Las memorias de un mentiroso / Orden de lectura #1 // En proceso

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Sinopsis

En un mundo donde las mentiras son su refugio, él se ve atrapado en una telaraña de engaños que se ha tejido durante tanto tiempo que se ha vuelto su única realidad. La actuación se ha convertido en su hábito, y el sufrimiento, una norma aceptada por todos, incluso cuando las heridas se multiplican. Ella, por otro lado, ha soportado mucho tiempo de reclusión y maltrato, pero finalmente encuentra el coraje para liberarse de esa oscura realidad. Ahora, busca romper con la rutina, alejar los traumas y abandonar el escenario que la atormenta, dejando atrás un pasado cargado de tragedias. Las mentiras y las estrellas se entrelazan en una danza compleja. ¿Pero es eso algo bueno? ¿Pueden dos mentirosos escapar de la telaraña que ellos mismos han tejido?, ¿lograrán dos actores dejar de representar sus papeles?, ¿acaso dos mentirosos pueden huir de las mentiras?, ¿dos actores dejan de actuar?, ¿un árbol muerto y una enfermedad pueden revivir?, ¿puede surgir la posibilidad de una resurrección?

Genero:
Drama/Romance
Autor/a:
Aidan's Soul
Estado:
En proceso
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. Primera mentira; Parte uno

Parte Uno

I

ANAKIN

18 de mayo del 2002

19:30 p.m.

El lápiz se movía con rapidez sobre el papel de la libreta. El grafito daba forma a una cara con mejillas llenas de pecas, unos ojos entrecerrados, una boca con una mueca burlona, una nariz puntiaguda y un cabello despeinado del color de las hojas de un árbol en pleno otoño. El dibujo de mi hermano mayor aún no estaba acabado, así que decidí levantarme del suelo (que era mi lugar preferido para dibujar) para ir al sótano. No recogí la inmensa cantidad de lápices de colores que había desperdigado por el suelo de mi habitación, al fin y al cabo, volvería en poco tiempo para continuar dibujando.

En mi camino al sótano, libreta y lápiz en mano, pasé cerca del baño. Se escuchaba el sonido del secador bastante fuerte así que decidí apresurarme a la puerta del sótano, esta estaba entre la cocina y el despacho de mamá. Abrí la puerta sin dificultad, llegaba perfectamente, había crecido durante el invierno y lo notaba en pequeñas acciones que me costaban menos como lavarme los dientes o alcanzar estanterías de la alacena, aunque aún no podía sentarme en la encimera de la cocina igual de fácil que Enzo, mi hermano mayor.

Al abrir la puerta del sótano no me hizo falta encender las luces blancas de la estancia, papá ya estaba allí, bajé.

El sótano era una explosión de colores que siempre me inspiraba, tuviera la edad que fuera. Esquivé los cubos de pintura abierta de mi padre y me acerqué a él por detrás. Él obviamente ya sabía que alguien entró, mas no supo quién era hasta mirarme de soslayo.

—¡Mi Príncipe! ¿Qué haces aquí? —Me preguntó lanzándome miradas mientras limpiaba el pincel que estaba usando, después lo dejó en un tarro que estaba a punto de explotar por la cantidad de pinceles y brochas que habían.

Estiré mis brazos hacia él con una sonrisa, enseñándole el retrato de mi hermano. Sonreí orgulloso. Él sonrió de igual manera y lo agarró.

—Eres todo un artista, Petit Prince . —Me felicitó volviéndome a mirar. Sus ojos mostraban el más profundo orgullo que un artista podía sentir al ver que su hijo también disfrutaba del arte—. ¿Quieres que te ayude a pintarlo? —Papá sonreía de la misma forma dulce con la que le sonríe a mi madre cada vez que la veía o después de felicitar a Enzo por las historias que le enseña, las mismas que me contaba antes de ir a dormir.

—¡Sí! —La felicidad llenaba mi pecho y me cargaba las energías—. Quiero usar tus pinturas, papi, ¿puedo? —Él asintió y dijo “sin ningún problema, cariño”, seguidamente apartó los tarros con brochas y pinceles de mil tamaños que habían sobre la mesa para agarrarme por debajo de las axilas y sentarme ahí para que estuviera más cómodo usando su caballete—. Quiero usar muuucho azul, papi.

—Ahora mismo te preparo el caballete, Petit Prince. —Me acarició las mejillas.

Agarró el cuadro a medio pintar de una mujer castaña, enfundada en un vestido blanco con un estampado de flores amarillas, que sostenía con una mano una pamela de paja enorme que tenía sobre su cabeza y con la otra sostenía un ramo de algún tipo de flor azul, que en ese momento no pude identificar pues estaba sin acabar, pero el color cielo intenso acompañaba los grandes ojos marinos de la mujer. Sin duda era una de las tantas pinturas con mamá de referencia. Sonreí mientras veía cómo papá la dejaba a un lado de nosotros para que el proceso que llevaba hasta ese punto se secara.

Coloqué la libreta en el caballete una vez papá la movió para que yo pudiera usarla. Me acercó el pequeño kit de pinturas que me compró para mí, aunque Enzo a veces la usaba para sus trabajos de clase. Elegí un pincel y comencé a mezclar pinturas con las indicaciones de mi padre para poder pintar el dibujo. Quería centrarme en los ojos de mi hermano, igual de azules e intensos que los de mamá. Quería mostrar el brillo de sus ojos aunque supiera que pocas veces veía el mismo verdaderamente en los ojos del mayor.

Miles Miller era un pintor con el orgullo de poder enseñar a su hijo sobre su vocación, la pintura, y el arte en este. Me enseñaba sobre diferentes historias detrás de sus cuadros.

Decía que si manchaba mi ropa, mi piel o la habitación entera de colores, todo el momento sería una obra de arte mucho más valiosa que un dibujo, un cuadro e incluso una escultura.

Decía que esas manchas contenían las pinceladas, las cinceladas o los pequeños fallos tras calcular mal la cantidad de pintura se derramaría o la cantidad de polvo que crearía una escultura de madera.

Todos estos pequeños fallos contenían la inspiración y la emoción por el arte y la representación del mundo plasmadas en un cuadro o un trozo de madera o piedra.

Aseguraba que si se mantenían esos errores, el amor y la emoción recorrerían cada recoveco de la habitación, la ropa, la piel y el alma de quien entrase al cuatro o viese el aspecto de ese artista. Todo sería una obra de arte. Papá lo llamaba el caos del artista.

Por eso él disfrutaba esparcir la pintura por el suelo, por su ropa blanca para pintar, por sus brazos, mejillas y, a veces, por su cabello.

Por eso mamá lo mandó al sótano, asignando así esa estancia como el espacio creativo de papá en la casa para que no se apropiase del salón, o de su despacho, y volviera a pintar los muebles por accidente de algún color vibrante.

Melissa Ribot, en contraste con papá, me enseñaba el arte con la música.

Me explicaba que los cantantes o instrumentistas tenían el poder de transmitir un mensaje codificado en melodías, letras líricas y acordes que nos creaban emociones con tan solo escuchar una parte de esta.

Aparte de eso, me enseñaba el arte de la escultura, de sacar una obra que estremecería y pondría la piel de gallina a partir de un bloque de piedra o madera.

También hablaba de la importancia del arte de la literatura. Una de las muchas formas para transmitir y recordar que los artistas podían emplear.

Papá acotaba siempre que la inspiración para crear los mensajes de las canciones, o los modelos para las bellas esculturas, venía de estadías en silencio mientras se observaba a las personas o a la naturaleza.

Mamá decía que esta venía de la interacción con personas, lugares o simples momentos de silencio en los que la mente podía imaginar y crear admirables mundos y personajes que serían representados en cualquiera de las formas que el arte se mostraba.

Ambos decían que las emociones se reproducían en mil doscientos contextos, formas y expresiones que cambiaban según la persona, el lugar y el momento.

Ambos resaltaban la importancia del arte en la cultura y la sociedad.

Ambos nos decían a mí y a mi hermano que el arte se expresaba de tantas formas como personas existen. Ambos amaban el arte. Ambos se amaban mutuamente.

Mi hermano, Enzo, no me dedicaba horas tratando de explicarme esos pensamientos tan rebuscados para un niño de mi edad en ese entonces.

Él me leía sus historias y compartía conmigo trozos de si mismo a través de los protagonistas de sus historietas cortas.

Juntos escribíamos relatos, tomábamos fotos y pasábamos tiempos largos en silencio pensando en las mil formas de crear personajes e historias entretenidas.

Sin embargo, pese a las formas que mi familia me hizo entender el arte, yo encontraba una hermosa forma de expresarme a través de las estrellas. No era la astrología lo que me atraía, era el espacio, la astronomía.

En ese momento de mi vida no me daba cuenta pero siempre que podía, escribía sobre los misterios de tierras más allá del cielo, dibujaba estrellas, planetas y posibles seres vivos en esos lugares. La mayoría de fotos que tomaba con la cámara de mi hermano eran al cielo, ya fuera de día o de noche.

Encontraba una inspiración y curiosidad latente en mi interior, aunque me faltaba desarrollarla y aceptarla del todo.




II

—Te ha quedado genial, Petit Prince . —Papá me sonrió para, seguidamente, darme un beso en la mejilla, felicitándome de nuevo y mencionando lo orgulloso que se sentía por mi avance—. Venga, va, ve arriba, yo dejaré nuestras obras de arte secándose y recogeré un poco aquí abajo. —Asentí y él me ayudó a bajar. Papá arrancó la hoja con el dibujo de la libreta con calma y paciencia, cuidando que el corte sea perfecto.

Me costó salir del sótano sin tocar los cubos de pintura de papá, entrar y salir del sótano era complicado, pero me parecía divertido, era como un juego. Al lograr pasar el laberinto de colores, llegué al salón. Mi hermano estaba chateando en el sofá, todo desparramado, con su cabello castaño apuntando hacia todos lados, con una camiseta ancha, unos pantalones baggy y sus calcetines blancos altos. Me acerqué a él solo para chismear, necesitaba algo para entretenerme.

—Vete, Anakin —dijo nada más verme.

—Pero Enzo…

—Pero nada, me molestas. —Bufó, rodando sus ojos. Siempre me gustaron más los suyos, azules, iguales a los de mamá.

—Solo quiero estar contigo…

—Ahora no quiero, Anakin.

Con la cabeza gacha me alejé de él. Era normal. Él ya era mayor y ya no le gusta jugar conmigo, tampoco pasábamos tanto tiempo como antes. Asumí que un niño de siete años no podía entretener a uno de quince igual que un adolescente de su edad, a veces deseaba crecer hasta poder hacer las cosas que le gustaban a mi hermano.

A él le gustaban los videojuegos arcade, el club de lectura, las películas, las conversaciones largas con adultos sobre temas que yo poco entendía y el silencio completo cuando escribía. Y a mí aún me gustaba corretear, saltar por todos lados, salir, mirar el cielo y hablar hasta por los codos de cualquier tontería.

Pero yo solo quería su atención.

¿Hice algo mal para que no quisiera estar conmigo?

¿Acaso está triste?

¿Por qué no me deja ayudarle?

¿Le pasa algo?

Ya no hacíamos nada juntos y eso me dolía.

—Cariño, ¿qué pasa?

Mamá me cortó el paso en el pasillo cuando iba al cuarto de mi hermano y mío, iba a continuar dibujando con los colores del suelo que había dejado, por eso me había llevado la libreta de nuevo.

—Oh, nada, es que quiero jugar pero no hay nadie que juegue conmigo —mamá decía constantemente que no había que mentir, así que dije la verdad—.

—No te preocupes, cariño, ahora le diré a tu hermano que juegue contigo.

—Es que no quiere. —Aseguré.

—Te tiene que cuidar esta noche así que va a estar contigo todo el rato y debe jugar contigo. No tienes por qué estar solo, cariño.

Ladeé la cabeza sin saber por qué Enzo tendría que cuidarme esta noche; así que le pregunté.

—¿Y por qué se tiene que quedar conmigo?

Mamá me miró con una sonrisa, pequeñas arrugas se formaban en sus ojos. Se veía juvenil aún pero era de esperar que siendo alguien que sonreía tanto empezasen a marcarse algunas arrugas.

—Papá y yo vamos a cenar. Te tiene que cuidar.

—Oh, vale... —Me quedé callado un rato—. ¿Por qué os vais a cenar?

Ella me sacó la toalla de la cabeza que papá me puso después de ayudarme a limpiar las manchas de pintura que hice pintando, soltando una pequeña y suave carcajada, me sonrió dulcemente y acarició mi cabello. A todos en casa les gustaba hacerlo. No entendía bien por qué pero acariciar mi cabello era casi que una costumbre.

Me veían lindo, me acariciaban el cabello, sonreía, me acariciaban el cabello, hacía los favores y recados que me pedían, me acariciaban el cabello, y así con dos mil razones más. Simplemente, les gustaba.

Miré a mi mamá.

Mamá era muy elegante.

Quería ser como mi madre.

Ella siempre llevaba el cabello limpio y sedoso, la ropa planchada, una postura recta,... Siempre cuidaba de mi aspecto pues: “Dar una buena impresión no es todo lo que cuenta, pero mucha gente se atreve a negar lo hermoso que eres y quiero que vean que mi pequeño Príncipe es el más apuesto, educado y amable niño del mundo”, eso era lo que me decía cuando le preguntaba por qué me ayudaba peinándome o a elegir la ropa los domingos para ir a la iglesia, aunque hacía tiempo que no íbamos.

—Hoy papá y yo cumpliremos catorce años de casados, cariño. Es un día especial.

Asentí algo confuso, no entendía bien por qué eso iba a ser tan importante pero ver a mamá así de feliz valía la pena.

Pronto oscurecería.

—Me encanta tu cabello, pero te lo tengo que cortar. Ya te tapa los ojos, mi niño. —Mamá me sonreía dulcemente mientras apartaba algunos mechones de pelo de mi frente.

—A mí me gusta así, mami.

Ella asintió y tras acicalar mi cabello la vi alejarse. Me giré y fui a mi cuarto, compartido con mi hermano. Crucé la habitación con cuidado de no resbalar con los colores y me tiré a mi cama individual mirando el techo, dejando la libreta a mi lado en la cama. No encendí las luces, ya entraba la luz de fuera, aunque era anaranjada por el atardecer. Miré la parte del cuarto que iluminaba, la cama de mi hermano estaba deshecha y la luz iluminaba sus sábanas grisáceas.

Me senté y me recosté en mi codo para mirar su parte de la habitación.

¿Por qué Enzo se alejaba? Yo amaba a mi hermano, le quería tanto... estaría con él toda la vida.

Era muy cariñoso, protector y cuidadoso conmigo.

¿Por qué cambió? ¿acaso la pubertad le hizo eso? Mamá a veces me decía que eso le pasaba.

Si la pubertad era eso,... no quería crecer nunca. Me gustaba jugar en el parque, correr y reír. No quería crecer y dejar de reír. Reír es bueno. Llorar no.

Imaginé a mi hermano recostado, encogido en su cama, con las sábanas enrolladas en su cuerpo. Él solía llorar por las noches, pero se tapaba la boca y se tiraba del cabello para no hacer mucho ruido y despertarme. De igual manera él no sabía que le escuchaba pues se giraba del lado contrario para no verme.

Tendría que hablar con él.

Saqué de debajo de mi almohada a mi peluche, Sin Nombre, una ranita verde claro con algunos parches en su cuerpo, sus patas y la parte derecha de su cara. En el colegio me la habían roto pero Enzo la reparó como pudo, mamá después lo corrigió y le puso un botón azul en el lugar que antes estaba su otro ojo. Ahora era una rana mestiza, con parches de verde oscuro, un ojo negro y el otro azul.

Salí de la habitación y fui a la cocina. Ahí Enzo y mamá estaban discutiendo.

—No pienso dejarte ir a esa fiesta y punto. —La firmeza en el tono de mamá era impresionante. Me sorprendía cómo se mantenía tan calmada—. Tienes que quedarte con Anakin esta noche.

—No. —Sentenció, firme, mi hermano—. No pienso cuidarle. Es mucho para mí.

—¿Cuidar de tu hermano es mucho para tí? —Mamá se cruzó de brazos.

—Cuidarle un día o dos no es ningún problema pero comienza a molestar si no puedo hacer nada por su culpa.

Apreté mi peluche. ¿Estaba molestando a mi hermano?

Solté un pequeño sonido extraño por la sorpresa. Ellos me miraron, intenté esconderme detrás de la puerta pero ya me habían visto. Era inútil.

—Enzo, discúlpate ahora mismo con tu hermano.

Él me miró, y, apretando sus puños, se acercó a mí. No hacía eso cuando se enojaba, lo hacía cuando estaba nervioso. Di dos pasos atrás cuando se arrodilló delante de mí.

—Anakin —se tomó una pequeña pausa—, yo te quiero mucho, ¿vale? —Apretó sus labios y miró a cualquier otro lugar para después mirarme a mí—. Eh, lo que dije antes es solo una exageración. —Mordió su labio inferior, inseguro—. Te quiero mucho, ¿vale? Es solo que me cansa tener que estar mucho tiempo con una persona —sus ojos no mentían, de eso estaba seguro—, necesito alejarme y tener mi espacio.

—¿No te gusta estar conmigo? —Pregunté en un susurro, intentando esconderme detrás de Sin Nombre. Enzo se acercó más y tomó mis hombros—. A mí me gusta jugar contigo.

—No, no, Anakin. —Negó varias veces—. Yo amo estar contigo. Es solo que... no... no puedo estar con alguien tanto tiempo.

—¿Ni siquiera conmigo? —Mis ojos se cristalizaron. Realmente quería estar con mi hermano.

Él no sabía qué hacer.

—Mira, hermanito, no puedo, necesito estar solo.

—Pero, ¿por qué?

Él solo me abrazó.

—Lo entenderás más tarde —sus manos temblaban, lo notaba mientras me abrazaba—. Perdóname, hermanito, no volveré a decirlo, vale?

Ya era tarde. Jamás se me olvidaría, no por lo que me dijo en ese momento, sino que cuando llegué a entenderle, ya era tarde.

Mamá le miraba de brazos cruzados mientras estaba apoyada en la encimera de la cocina. Sus ojos azules brillaban, no entendía de qué.

—¡Hola, familia!

La puerta del sótano se abrió, papá sonrió ampliamente, su ropa blanca estaba manchada de colores, como siempre. A mamá, en cuanto lo vio, su mirada brilló con intensidad. Los ojos negros de mi padre, iguales a los míos, se aclararon al ver a mi madre.

—Y ya empiezan con sus ñoñerías... —Enzo murmuró en mi oreja, reí suavemente. Él acercó sus manos para limpiar mis lágrimas y sonreírme. Mamá se giró, aún abrazada por papá para mirarnos.

—Enzo, estás castigado, y cuida a tu hermano. —Enzo refunfuñó rodando los ojos, yo volví a reír suavemente para, después, abrazarle.

—Está bien. —Me correspondió el abrazo y se levantó, cargándome.

Después de eso mis padres se dieron un beso corto. Mi hermano y yo apartamos la mirada, girando nuestras cabezas para vernos el uno al otro. Reímos y mis padres fueron al baño, mamá se iba a maquillar y papá a ducharse.

Enzo se sentó, conmigo en su regazo, en el sofá del salón. Me contó algunas anécdotas de cuando pateaba y alejaba a los niños de los parques que me rechazaban o me insultaban ya que vio a Sin Nombre. Papá fue a ducharse y mamá a maquillarse.

—¿Sabías que se rompió cuando tú tenías cuatro años? —Me comentó acariciando mi cabello aún húmedo, sobre Sin Nombre y esa vez que lo rompieron.

—No, no lo sabía. —Miré a Sin Nombre, era cierto que era viejo pero no se veía nada mal, aún mantenía un verde muy bonito—.

—Pues sí. ¿Quieres que te cuente la historia? —Asentí— Bien... Comenzó cuando vinieron los vecinos del Bajo A. ¿Te acuerdas de Víctor?

Volví a asentir, Víctor era el hijo del vecino del otro bajo del edificio, una vez me invitó a su casa y jugamos toda la tarde en su sótano lleno de juguetes.

—Bueno, el niño no dejaba de molestarte en los parques por tu bello cabello —agarró uno de los mechones y lo acercó a él, después lo soltó—. En ese momento no erais amigos y, yo creo, que tenía envidia de tus rizos —sonreí por su comentario—. Te apartaba del grupo de niños y no te dejaba subir al tobogán. Tú llorabas por eso —me sonrió, haciendo una pequeña pausa—. Un día te insultó bastante fuerte y yo, como el mejor hermano del mundo que soy, te defendí.

Hizo gestos como si peleara contra alguien, cuando acercaba sus manos al fingir los manotazos, sus dedos me hacían cosquillas. Reía mientras me estremecía entre los brazos de mi hermano y él sonreía, habló más fuerte para que le escuchase sobre mis carcajadas.

—Le dije muchas cosas y obviamente te ayudé a subir al tobogán, pero, al día siguiente, con sus amiguitos, rompió al pobre Sin Nombre delante de tí. El mayor error que hizo fue no asegurarse que yo le viera. Fui hacia él y le pegué.

—Pero eso es malo. —Hice un puchero, no me gustaba que se metiera en peleas—. ¡Tu eres mucho mayor que nosotros!

—Tranquilo, Annie, si es por defensa puedes hacerlo, pero ojo, solo cuando te defiendes .—Asentí—. Además, fue un empujoncito y una cachetada. Cuando volvimos a casa busqué formas de remendar al pobre Sin Nombre, pero lo hice tan mal que mamá tuvo que arreglarlo —sonrió agarrándome de las manos —.

Yo sonreía.

Él lo hacía igual pero algo había en él que me resultaba extraño.

Él se veía diferente.

Era diferente.

Era diferente al resto de adolescentes. Por lo menos a los pocos que conocí.

No eran sus ojos carentes de brillo, no eran las comisuras de sus labios que, pese a denotar una sonrisa, esta era inversa.

No eran esos detalles que le diferenciaban del resto, era el conjunto completo, no solo su actitud solitaria, antipática y depresiva, sinó el contraste de su actitud frente a las personas con los ideales y propuestas sociales por las que su hermano predicaba. Era cínico pero altruista, egoísta y, a la vez, un soñador.

Era el contraste.

Era la contradicción.

Él era una contradicción.

Único.

Tal vez por eso él era totalmente diferente a mí.

Yo era el resto, el ignorante.

Él era la consciencia silenciosa.

Aún así le amaba mucho y adoraba cuando me contaba sus opiniones, cuando me enseñaba sus historias cortas escritas a mano y el jamás dejó de permitirme estar junto a él, hasta estos últimos meses. De igual manera…

Adoraba a mi hermano.

—Annie, esta noche me voy con mis amigos un rato, necesito estar un tiempo con ellos —me dijo levantándose del sofá a la vez que me dejaba sentado en el mismo—. Te haré la cena, comeremos juntos y te irás a dormir para que me pueda ir. Cuando papá y mamá vuelvan mañana, no les digas nada, di que te dormiste pronto, por favor, lo necesito.

Fruncí el ceño, dudoso.

—Está bien, eso haré.

—Gracias, Annie, solo necesito que mientas esta vez.

Asentí de nuevo, no me hacía mucha gracia mentir, pero si hacía falta, no lo dudaría.

—Volveré pronto.

Mintió.




III

—Adiós, niños.

—Adiós, papá. —Le respondió Enzo.

—Cuida bien de tu hermano.

—Sí, mamá. —Le respondió con tono cansado, ella le regañó brevemente.

Me acerqué a mis padres con Sin Nombre, lo agarraba de una de sus patas traseras.

—Adiós mami, adiós papi. —Canturree, igual que un gorrión—. Volved pronto, porfi.

—Adiós, cariño. —Mamá me sonrió y acarició mi cabello, de nuevo.

—Pórtate bien. —Papá se agachó y me dio un beso en la frente, apartando mi flequillo, yo asentí.

Les sonreí y nos abrazamos todos. Ellos salieron, iban arreglados, papi llevaba un smoking y mami arregló su cabello.

—Vale, vamos a cenar, ¿qué quieres? —Enzo me miró mientras se limpiaba las manos en sus pantalones, tal vez le estaban sudando.

—No lo sé, Enzo.

—No me gusta que me llames así, Annie.

—¿Y cómo tengo que llamarte?

Enzo sonrió.

Edward.

—¿Por qué? —Ladeé la cabeza sin entenderlo.

—Porque Enzo es horrible. Mamá no pudo elegir un nombre peor.

Reí suave y fuimos a la cocina otra vez.

—A mi me gusta tu nombre.

—A mi no —dijo mientras abría el congelador—. Edward es mucho mejor. Y suena mucho más antiguo.

—Parece nombre de príncipe. —Acoté cuando él mencionó la antiguedad del nombre.

Me hacía pensar en los cuentos de nobles franceses cortejando a sus damas, aunque en las historias cortas de mi hermano, solían cortejar a otros nobles, incluso a granjeros, todos hombres. Aunque a veces era solo un noble sin ningún tipo de apego o sentimiento romántico hacia nadie.

—Bueno, como yo no quiero ser príncipe... puedes serlo tú. —Sonrió volteando para verme.

—Soy un príncipe? —Abracé fuerte a Sin Nombre mientras sonreía.

—Sí, Petit Prince.

—Papi me llama así —sonreí mientras él se daba la vuelta para caminar hasta la encimera y apoyarse en esta.

—Mmh, tienes razón —dijo mientras cerraba los ojos—. Vader. —Asintió aceptando el nombre. Yo sonreí ampliamente, después me acerqué para abrazar su espalda—. Este es mejor.

Reí al escucharlo, no había sido muy original pero me gustaba así que asentí, aceptando el apodo. Enzo, digo, Edward, me miró y sonrió.

—Hay una pizza congelada, ¿quieres?

—¡Sí!

Sacamos la pizza y la descongelamos, le pusimos más condimentos y embutidos encima, la pusimos en el horno, bueno, mi hermano la puso ya que yo no podía acercarme mucho porqué sino me quemaría, y tuvimos que esperar un largo rato, aunque eso nos empezaba a desesperar.

—Oiga, Señorito Vader. —Ambos nos miramos, apartando las caras del horno pues habíamos estado vigilando la pizza.

—¿Si?

—¿Acaso usted querría dar un paseo nocturno por los bosques del reino? —Me miró sonriente. Le seguí el juego.

—¡Pero necesito un caballo!

—¡¿Lo necesita?! —Él se agachó hasta dejar su cabeza a la altura de la mía. Los dos sonreímos.

—¡Sí!

Nos miramos, nos pusimos uno delante del otro, sonriendo. Empezamos a gritar mientras hablábamos como si fuéramos nobles y reímos, emocionados. Me cargó en su espalda, fingiendo que era mi caballo, corrió por el departamento y volvimos a la cocina después de desorganizar la cama de papá y mamá, fingiendo una lucha con sus almohadas, usando su ropa como disfraces. También hicimos un pulso en el que me dejó ganar y lo celebré como si hubiera sido mi logro más grande.

Reíamos sin parar.

Fuimos a la cocina y poco después la pizza estuvo lista. Enzo la sacó y la puso en un plato grande, la cortó en seis trozos y me dijo que tendría tres (aunque solo me comí dos). Nos duchamos, vimos películas y jugamos con sus consolas hasta muy tarde.