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¿Dónde está Mirna? ©

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Sinopsis

Aunque Risette sabía que mudarse sola podría dejarla a las puertas de alguna que otra eventualidad, jamás contempló que en esa lista figuraría recibir cartas a nombre de otra persona. Mucho menos, que se atrevería a leerlas y, como si con eso no bastara, se diera a la tarea de localizar a la desconocida a quien dichas misivas estaban dirigidas antes de que el tiempo hiciera de las suyas y un peligro contundente se desparramase sobre la nombrada Mirna. (Ingresa en la historia para leer la sinopsis). *** Esta obra es de mi absoluta autoría, por tanto, no consiento adaptaciones, falsificaciones, alteraciones del contenido, transcripciones ni ningún tipo de reproducción física o mediática. La más mínima violación de los derechos intelectuales de la presente, se enfrentará a medidas legales inmediatas con la Oficina Nacional de Derechos de Autor (ONDA), República Dominicana. © ⚠ BORRADOR ⚠ Fecha de publicación: 15/06/2023 Fecha de culminación: - Hermosa portada realizada por: @SergioSSaldana en Wattpad.

Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

I

—¿Estás segura de que podrás con todo esto? —inquirió papá, paseando la vista desde las paredes verde espárrago hasta las diversas cajas que contenían mis pertenencias mientras recorría una fracción de lo que era mi sala de estar cargando a mi hermanito de tres años, Zayan—. Porque yo digo, ¿no?, que saber hacer quehaceres domésticos es una cosa, pero encargarte de todos los aspectos de una vivienda tú sola, ya es otro cuento. Tienes que estar al día con la renta; comprar comida; pagar la luz, el cable... Eso sin mencionar que también tendrás que dividirte entre los estudios y el... ¿no prefieres que me quede contigo mejor?


—Mamá... —murmuré con una nota de advertencia.


—Basta, Clive. Serénate ya —Le amonestó ella, palmeándole el vientre—. Yo también voy a extrañarla, pero Risette ya tiene veintitrés; tenemos que confiar en que se las apañará y, si no, pues aprenderá. Pero ya es una adulta y considero que debemos... Oh, ¿a quién engaño? ¡No estoy lista para que mi nido se vacíe tan rápido! —De súbito, mamá me encerró entre sus brazos.


—Sí recuerdan que tienen dos hijos más, ¿cierto? —Alcé una ceja, divertida, una vez nos separamos.


—Por lo visto, si no usas chupete o tienes tu propio departamento solo eres un manto flotante que nadie ve. —criticó Aisling, mi hermana. Estaba en el descansillo frente a la puerta con una mano en la cadera y una pierna ladeada apuntando hacia un costado, rezumando todo el desenfado que una quinceañera que se rehusaba a caer en lo ordinario podía rezumar.


—Ignórala —aconsejó mamá, sacudiendo una mano al aire—. Está con el periodo y ya entró en esa etapa en donde lo odia todo sin razón aparente.


—Pues a mí se me hace que está de malas porque echará de menos a su hermanita mayor. —canturreé.


—Ya quisieras, estúpida.


Divertida, le mostré el dedo medio, y me centré en mamá.


Nuestros ojos ya estaban húmedos cuando la acerqué a mi pecho y refugié mi cara contra su pelo anaranjado, que me acariciaba la nariz debido a la notoria diferencia de altura en donde yo la relevaba.


—Los extrañaré mucho. —Lloriqueé.


—Tal vez deberías ir a casa más seguido —contestó papá en el mismo estado lacrimógeno, acercándose a nosotras para unirse al abrazo—. ¿De lunes a domingo desde la mañana hasta la noche te parece bien?


Me reí contra las pocas hebras rubias que decoraban su cabeza.


—Basta, Clive. Serénate ya. —repetí las palabras de mamá.


Volvimos a reír, a lo que Aisling bufó.


»¿También vas a extrañarme, Zay?


Él sacudió la cabeza en una negación tan rotunda que hizo bailotear su finísima cabellera cobriza arreglada en un corte honguito de tal modo que lucieron como un montón de espaguetis.


—Oh. Entiendo. Supongo que no me dejas otra opción más que... ¡hacerte cosquillas hasta que digas que sí! ¡Di que me vas a extrañar! ¡Dilo o no me dentendré!


—¡Pu favur, más no! —imploraba él entre risas mientras le arrastraba mis dedos por el cuello, zangoloteándose sin cesar—. ¡Te... te voy a estiañar!


—Lo sabía. —Me pavoneé y lo cargué para besuquearle las mejillas como sabía que también le producía cosquillas. Mis besos eran tan chillones que mamá a veces se burlaba diciendo que sonaba como una rata chirriando, pero en aquel momento no me importó en absoluto.


Charlamos un ratito más durante el cual mis progenitores me reiteraron como por trigésima vez que mi antigua casa siempre lo seguiría siendo. Y que, si me cansaba de vivir sola, podía regresar cuando así lo dispusiese.


—Una última cosa —adicionó mamá, deteniéndose en el rellano de la puerta con Zay enganchado a su cadera—: ¿Trajiste... todo? —Buscó mi mirada y, además de la cautela, pude apreciar la misma preocupación que siempre la embargaba al tocar este tema en sus iris almibarados.


-Sí, ma. Descuida.


Ella asintió, luciendo poco convencida. Me lanzó un beso aéreo que papá superó al enviarme toda una ráfaga de ellos y traspusieron el umbral.


—Uh, adelántense. Tengo que decirle unas cositas a Riz sobre los cambios que haré en su habitación.


Aisling aterrizó en el parqué y se dirigió hacia mí.


—Si piensas que porque no estaré podrás usar mis paredes para colgar pósteres de Monsta X, desde ya te digo que...


Le correspondí el gesto con rigidez, temerosa de que se tratase de una última treta que comprometería mi integridad física. Y justo cuando estaba por preguntarle si a eso se debía aquello, ella me relevó al implorarme:


—No te olvides de mí.


Entonces, la abracé con la misma intensidad, cerrando los párpados un momento.


—Pequeña idiota. ¿Cómo dices algo así? ¿No sabes que eso es imposible? Me has hecho tantas que no pienso dejar que el alzhéimer me atrape hasta cobrármelas todas.


Nos reímos y nos separamos lentamente.


—Sé que no vas a poder evitarlo porque los universitarios se vuelven muy imbéciles cuando no tienen quien los vigile, el doble en tu caso —Levanté mi puño con la intención de propinarle un puñetazo que esquivó al retenerlo entre sus manos, medio riéndose—, pero ten cuidado.


—Tranquila, torpe. No tengo intención de salir de fiesta todos los días ni de traer huéspedes de una noche si a eso te refieres. —dije fingiendo fastidio.


—No es eso —refutó. Pareció querer decir algo más para apoyar su consejo, pero al final solo soltó—: Nunca sabes los peligros que andan cerca hasta que te respiran en la nuca. Así que solo... ten cuidado.


Quise preguntarle a qué se refería con exactitud, pero ya había reculado y abandonado el departamento cuando lo planeé.


Aunque me tenté a teorizar sobre el cariz oculto en sus palabras, remembré que mi hermana se había autoproclamado «bruja» desde que «vaticinó» que nuestros padres tendrían otro bebé basándose en que mamá encogió su uniforme de gimnasia por ACCIDENTE.


En su lugar, rebusqué mi bocina portátil en mi cartera, la conecté a mi celular y me dispuse a cantar She's all I wanna be de Tate McRae en lo que desempacaba con toda la albricia que suponía finalmente ser independiente.


***


Los próximos días se volatilizaron con velocidad.


Habiendo sido de la clase de adolescente que solo pasaba por su casa para cubrir sus necesidades humanas básicas, cualquiera de mis conocidos habría pensado que me comportaría del mismo modo al tener mi propio techo. Sin embargo, luego de haberme ido andando al minimarket más cercano, sin celular en mano, creyendo que me las apañaría solo conociendo el nombre de mi calle, y de haberme visto a unos diez vecindarios de distancia, delegué que solo abandonaría el apartamento cuando me hubiese familiarizado con la zona lo suficiente como para no perderme y solo si la cuestión fuese obligatoria como ir a trabajar o a la universidad. 


A eso de las ocho de la noche, me encontraba echada en el sofá de gamuza de dos plazas, indomables rizos apuntando hacia el suelo y las manos sosteniendo un ejemplar de Alguien es el siguiente frente a mi rostro. 


Lo cerré, escupiendo un gruñido de frustración, y lo puse junto a mí. Era de mis libros favoritos, pero desde hacía rato no podía avanzar de párrafo.


Ver televisión estaba descartado, pues los únicos canales gratis que habían era uno sobre el reino animal y otro sobre infomerciales. Y el técnico del Wi-Fi no vendría hasta dentro de un par de días. Todavía tenía datos en el celular, pero no pensaba gastarlos todos de un golpe.


Con algo de dificultad, me levanté cuando la alarma en mi teléfono sonó, anunciándome la hora negra, y me encaminé hacia mi alcoba.


En el tocador, dos frascos. Sistemáticamente, abrí uno, luego el otro. Cogí una cápsula de cada uno y me las zampé a la vez, pero no las digerí.


Me dirigí a la cocina por un vaso de agua, pero terminé sirviéndome del vino tinto que papá me había obsequiado (con la esperanza de que lo invitase) y retorné a la sala con la botella.


Apoltronada en el sofá, agarré el libro con la mano disponible y traté de continuar donde lo había dejado. Exasperada, gemí cuando, de nuevo, me costó engancharme. Bebí para ahogar mis miserables penas hasta que me hube vaciado la copa. Me la rellené, esta vez hasta arriba, y, cuando menos lo noté, ya me había acabado media botella.


Me estaba enrolando un ricito en el dedo con la vista dispersa en el techo de yeso, que fue justo cuando escuché un sonido venir de la puerta. Fue quedo, pero lo suficientemente perceptible como para que me fijara en lo que lo había provocado: un sobre empujado por la franja de espacio debajo.


Entre trompicones, me incorporé y fui por él. Me doblé por la mitad y tuve que sostenerme de la manija para no caerme. Me envaré y abrí el único cajón que había en la mesita dispuesta junto a la entrada. En su interior, descansaba una caja de zapatillas de gladiador que también abrí; solté el rectángulo de papel junto a los otros seis sobres que me empezaron a llegar al segundo día de mi llegada.


Bueno... solo las enviaron a mi casa, pues no iban dirigidas a mí.


Lo primero que hice fue ir a administración para solicitar el número de los antiguos dueños, pero cuando me contacté con ellos alegaron no conocer a nadie llamada Mirna Minsky. En el edificio tampoco habían escuchado de ella. Por lo que opté guardarlas por si la propietaria iba a reclamarlas.


El material liso del sobre me hizo cosquillear las huellas dactilares, tentándome a abrir alguno.


«No. No puedo hacer esto. No es correcto», pensé. Regresé la caja al cajón, lo cerré y regresé al sofá, donde me serví otro poco de vino.


Traté de concentrarme en las diminutas olas que creaba el líquido granate conforme lo removía dentro de la copa, pero mi mirada no paraba de escrutar la mesita.


«¿Y si abro una?», se me ocurrió. «Puedo volver a sellarla y ella jamás lo descubriría.


«¿Y si lo hiciera?», rebatió mi consciencia.


«Podría decirle que se maltrató en el correo y que yo no tuve nada que ver. Además, no sabemos si aparecerá».


Sin más frenos morales que me impidieran continuar, busqué la caja y me la coloqué en el regazo cuando volví a estar sentada.


Después de revisar cada sobre para saber cuál tenía la fecha más antigua, regresé los demás al cautiverio y me quedé con el que correspondía leer primero. Mirna Minsky y 23, Fairwell St. era la información bosquejada en la parte externa. Pero del lado en el que se suponía que deberían haber estado los datos del remitente, no había nada.


«Que raro», me extrañé.


La hoja resguardada en el interior era amarillenta y su textura era apergaminada. Lucía como esos papeles que utilizaban antes para enviarse misivas, no obstante, la tinta china con la que estaban escritas las palabras seguía oliéndose fresca.


Desdoblé la lámina y me puse a leer antes de que la brisa de soñolencia que se desplomó sobre mí o el sentido del bien me aprisionaran:


Querida Mirna:


Podría jurar que no esperabas volver a saber de mí dado a que, cuando fui a buscarte al club en el que nos lo pasamos tan bien hace varias semanas, me dijeron que habías renunciado. Y justo después de nuestra noche especial.


No te preocupes, no pensé ni por un segundo que el asunto tuviese que ver conmigo. Ambos sabemos lo mucho que disfrutaste teniéndome entre tus piernas. El que te resistieras solo probó que eras tan fetichista por los azotes como pensé que eras al verte pasear por el bar contorneando las caderas e inclinándote hacia mí cada vez que te pedí que te acercaras y me trajeras otra bebida, tanteándome a que te nalgueara por excitarme tanto.


Cuando te volví a ver, consideré rendirme. «¿Cómo diablos te encontraría en una ciudad tan vasta como poblada?». El casi chocar contigo cuando ambos esperábamos escoger una misma plaza en la tienda, sin embargo, me hizo ver que el destino estaba de nuestra parte.


Por eso decidí seguirte.


Y ahora que sé dónde vives, puedes apostar a que no esperaré a convertirme en uno de tus recuerdos.


Quiero ser mucho más que eso.


Quiero ser tu todo.


Atentamente, tú sabes quién. 


¡Cuéntale a L a l u 🪄 lo que piensas sobre este capítulo!
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author

aquí tienes todo mi apoyo reina. ❤️

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