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Antología: una muerte más.

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Sinopsis

Antología de mis cuentos y microcuentos más preciados. Relatando siempre la muerte y como se le aparece a cada personaje. Historias con un poco de realidad, contandas en mundo de fantasía. ¿Te atreverías a leer cada una de ellas?

Estado:
hace 3 años
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Dicen las estrellas que los fugaces somos nosotros

El anciano se sentó.


Un viento gélido llegó y él temblequeó. Sólo vestía un par de tejanos rotos un poco curtidos, llevaba su camisa favorita y unos zapatos con suela desgastadas.


Miró sus uñas y advirtió que éstas estaban sucias. Todavía seguía cuidando las flores que había plantado con su esposa.


Después de su partida notaba su presencia en el jardín, donde habían compartido meriendas, risas y disfrutado de su compañía.


Cansado de su existencia pensó en todo lo que había recorrido en su misera vida. Miró las estrellas y la luna. Siempre había creído en el universo, él decía que le enseñaba lecciones.


<<Las estrellas son mágicas>>. citó una parte de un libro que había ojeado hace algunos años.


En este punto de la vida recordó todos los momentos que vivió. Pensaba que la vida no solo era blanco y negro, existían más colores y muchos matices.


Recordó el Azul. Confianza, confianza que había sentido por la mujer que más amo; luego,  pensó en el Rojo y sintió todo el amor que se había ido.


Pero, pensó en el Negro, después de todo existía. Había personas que amaban el negro, lo había visto con sus propios ojos. Él no sabía que pensar, tenía sentimientos encontrados por este color.


Suspiró.


Quería llorar, pero sus lágrimas habían desaparecidoz poco a poco, así como lo haría su existencia muy pronto.


—Siempre he admirado la luna, tal vez ella fue mi fuente de inspiración después que te marchaste.— Dijo al aire el anciano.


No se sentía bien ni mal, eran esos días en los cuales todo estaba gris. Lo que sabía era que no se sentía vivo, pues sus días más alegres habían acabado.


Las personas que se acercaban a él,  comentaban que tenía buen aspecto después de lo sucedido, pero él hacía años que había muerto.


Su vida había tenido varios matices, pero sin duda el mejor fue cuando conoció a su amada. Sentía rojo, el amarillo, el azul y mucho verde, ahora esos colores ya no existen en su vida.


Después de recordar varios momento que vivió con la hermosa mujer un repentino sueño lo atrapó, y él, sin poner resistencia cayó en los brazos de morfeo.




Se sentía flotando.


Entreabrió los ojos, adaptándose a la luz de la luna poco a poco. Comenzó a mirar todo a su alrededor y se sorprendió.


Se encontraba en una especie de jardín fantasmal, las flores brillaban a la luz de la luna, y parecía que estuvieran teniendo una animada conversación con el viento.


Miró hacia un arbusto y notó una

presencia. Lentamente la figura se hacia visible.


Cuando comenzaba a pensar que ya había quedado sin lágrimas, estas brotaron de sus ojos cada vez más rápido. Eran lágrimas de felicidad.


Él había creído que ya no le quedaba nada para ser feliz, pues la persona que había amado ya no estaba en su mundo. Y con su muerte llegó el Negro.


La vio. Tan hermosa como siempre había sido, un vestido largo le caía por las rodillas, era blanco, como su piel.


Ella caminaba lentamente hacia el lugar donde se encontraba él. Con cada pasó que daba se volvía más real para el anciano, él se fijó en su cabello y cómo el viento lo hacía bailar. Recordó cuando jugaba con él y cuanto amaba besarlo.


La mujer lo recibía con una sonrisa cariñosa.


Él por otra parte no podía moverse, le temblaban los labios y su cuerpo no acataba sus órdenes; estaba pasmado.


La anciana llegó al lugar donde se encontraba él y ensachó más su sonrisa. Él la detalló. Miró su rostro, vio sus arrugas y le pareció ver las raíces de aquel árbol que habían plantado juntos. Pasó a sus ojos y los vio más vivo que nunca, siguió un camino imaginario hasta su labios, los cuales quería toca; intento, pero no podía moverse. El mundo sin duda le estaba jugando una mala broma.


—Te he extrañado tanto.—Dijo por fin el anciano.


Sintió que había pasado toda una eternidad para que él pudiera decir eso; sin embargo, solo pasaron algunos minutos.


La anciana lo miró con lagrimas en los ojos.


—Yo también te he extrañado, cariño.—Contestó la mujer,— este lugar te encantará. Te estuve esperando todo este tiempo.


>> He hablado con las estrellas, me dijeron que querían conocerte. Te gustará escucharlas, tienen muchas cosas que decirte, ¿recuerdas cuando hablabas con ellas? Han decidido contestar a tus preguntas.


El hombre se sorprendió, no podía creer que existiera un lugar como ese.


—¿Cómo puedes hablar con ellas? Eso es imposible.


—Ven conmigo.— La anciana se acercó para susurrarle al oído,— y te mostraré. 


Lo besó.


El hombre sentía que recuperaba sus fuerza y se levantó. Su mente le decía que todo era irreal, pero descartó este pensamiento inmediatamente. El beso se había sentido tan real, que ya no pudo dudar más.


Su cuerpo ya no se sentía tan pesado. Tenía una carga tan grande que ya no podía soportar, pero ahora se sentía tan liviano.


Después de caminar por un sendero estrecho llegaron a su destino.


Era una vista espléndida, muy cerca de allí se podía contemplar un río donde habían muchas flores. Para ellos era cómo estar en un paraíso. Miraron hacia el cielo estrellado y vieron que las estrellas brillaban con más intensidad.


—Anda, querido. Es tu oportunidad.— Expresó alegremente la mujer.


El anciano le hizo caso a su esposa. Habló, luego, sintió que estaba completo.


—L-las estrellas m-me...— estaba sorprendido. Al fin podría cumplir su más íntimo sueño.


—Dime, querido. ¿Qué te dicen las estrellas?


—Dicen las estrellas que los fugaces somos nosotros.


El hombre abrazaba a su esposa, y en esos momentos quiso quedarse por siempre con ella. Siempre había disfrutado de su compañía y no quería volver a extrañarla.


La noche estaba más fria que de costumbre, el cielo se nubló y al cabo de un rato cayó una llovizna.


El cielo lo despedía y las estrellas lo recibían alegremente.


Sentado en la banca de un cementerio se encontraba el escuálido anciano. En sus ásperas manos llevaba un ramo de nomeolvides. Sonriendo, despidió la vida y por fin pudo vivir el sueño que tanto anhelaba.


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