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DIÁVOLO

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Sinopsis

En su búsqueda de buscar la paz consigo misma, Atinas Hanaud se consagra como una sacerdotisa al poder Pyrgom. Su falsa tranquilidad no dura mucho. Cuando cree que no es posible tener tantas heridas, estar tan furiosa con sus propias decisiones, comienza a buscar con desesperación alguien que le dé respuestas. Entonces encuentra a Wardell. Wardell es mitad fae, mitad drude. Es odiado por su naturaleza a engañar y Atina parece el tipo de víctima perfecta para jugar Diávolo. Wardell le asegura que es capaz de ayudarle con cualquier problema, si a cambio le ganas en su propio juego. Pero si pierdes... si pierdes, lo mejor que podría pasarte es morir. Y eso no lo sabe Atina, pero Wardell jamás ha perdido en Diávolo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPÍTULO 1

1000 años antes del nacimiento de Olith Crestfallen.


Todavía no consigo la forma que las manos dejen de temblarme. Y han pasado cinco días desde que hui de Livadia.

A veces me funciona admirar cada pequeña colina brillante y montañosa, que rodea con imponencia las torres y las casas suntuosas en Empyreal. Cuando llega la noche, los feéricos, normalmente crepusculares, atestan las calles que no me habría imaginado en mis mejores fantasías. Y los árboles, las flores… donde solía vivir es rarísimo avistar un tallo sano entre el henil podrido. Los animales son lo suficientemente listos para escapar de las consecuencias de la guerra. Aquí parece que la naturaleza se desenvuelve al compás del esplendor feérico, como complementándose. Y llego a un punto, que de verdad pienso: «Puedo dejar eso atrás». Pero mis manos tiemblan. Mi pecho se comprime a tal magnitud que estoy obligada a alejarme de la hospitalidad de esta tierra para huir sin rumbo.

Ahora es de noche y ni siquiera sé cómo he terminado en un pub. Supongo que en una ciudad inmensa como esta, es de esperarse que haya este tipo de entretenimiento. Tal vez esto es lo que necesito para calmar esta alerta imparable dentro de mí. Sí… seguro buscar lo que no se me ha perdido es la solución a mis problemas. Me siento miserable, como cuando te esfuerzas para ganar una competencia… y cuando lo haces, cuando ganas, te das cuenta que has perdido un gran pedazo de tu vida.

—Eh, tú, preciosura. —Una fae roza sus alas negras cerca de mi mesa y aquel instinto que late en mis oídos me dice que esto en livádicos es símbolo de muerte. «Pero estoy en Empyreal», me recuerdo. La vergüenza me embarga. Su cuerpo sinuoso oculto en telas ligeras se dirigen al desconocido de al lado y cuándo sonríe, su cara ovalada arranca destellos de las luces moradas. ¿Cómo alguien puede lucir tan hermosa y libre a la vez?—. Habla. ¿Karax o Arzok?

—No te diré nombre pero por pura casualidad, ¿qué me darías por Arzok? —Oigo la risa de un fae macho, atractivo, por supuesto, con su voz gangosa. Puede que esté lo suficientemente borracho para no importarle hablar dos tonos más alto.

—Si Arzok gana la carrera te patearé el culo. En cambio, si Karax gana podríamos empezar con…

Dejo de oír. Tengo el presentimiento que eso va más allá de apuestas. E igual, ¿qué puedo saber de dragones? Livadia prohíbe el mínimo atisbo de información que provenga de alguna de las Cortes fundadas en Euarydd. Quien se atreva a abrir la boca para halagar el reinado de… desconozco quién es el príncipe de Empyreal. O rey. No me quedan claro las jerarquías en tierras ajenas. ¿Será un Matadiosas, cómo se empeñan en señalar en sus absurdas propagandas? Suspiro hondo. La verdad tenía mejores cosas en qué ocuparme que leer historia. Tal vez si fuera un verdadero Conquistador, habría acabado con los cobardes que se resguardan en las paredes impenetrables del Moberg desde la creación de este mundo y entonces mi historia habría sido otra.

Soy hija única. A mi madre no le alcanzó la vida para darme un hermano, pues mi padre se la llevó al morir bajo los Asedios de Riannys. Tuve sesenta noches seguidas de guerras, totalmente huérfana. Al mantenerme por mi cuenta, me di cuenta que la idea de un hermano es extremadamente absurda, empezando porque sería egoísta de mi parte si le deseara esto a alguien querido. Vuelvo a mirarme las manos apoyadas en la mesa, ahora sudorosas. Entre mis dedos se encuentran los restos de un papel que he destrozado con el pase de los minutos. Todavía quedan un par de letras que sé de qué tratan.

Un Refugio Pyrgormiano. Al parecer, es común en la Alta Estepa. Es un hogar para las híbridas abandonadas o las desafortunadas consumidas por la culpa, que se vuelven sacerdotisas de un poder que, muy posiblemente, es igual de falso como quién aseguró que es cierto. Según lo que me explicaron, te arrebatan las libertades dadas por la naturaleza… y de intentar reclamarlas nuevamente, tendrás la sentencia de muerte atándose a tu cuello. De unirme pasaría de una tiranía horrible a una medianamente horrible. No sé cómo he llegado a este punto.

Los detalles se mantienen frescos en mi mente. Sus puertas violáceas, con sus pisos adoquinados y sus discípulos de trajes fantasmagóricos, iluminados por esos broches y cinturones que rodean esos trapos platinos, incluyendo ese velo cuya tela gruesa alcanza a morderte los tobillos desnudos. «Es la cereza en el pastel», pienso. «Deben ser maravillosos los golpes de calor con ese armario encima»

Sé que si acepto ese poder pyrgomiano, probablemente será la última vez que me llame Atina Hanaud. Me obligarán a creer en ridículeces: seré una niña casta e ignorante. Pero estaré segura. Dormiré sin miedo. Fuera de los límites ni siquiera los Ohtrakos se libraban de que un motín les cortara el cuello mientras dormían. Llarth es precioso, sí, y resulta evidente que es un mundo ajeno. No puedo sobrevivir si vivo en las calles, sola, sin trabajo o talento.

¿Cuánto duraría robando a gente que no lo merece antes que la consciencia termine matándome o caiga en las manos de un soldado del Ejército Oscuro? ¿Cuál sería mi futuro? ¿Ser una pobre rata? ¿Una completa desconocida? ¿Una asesina qué mancilla a una ciudad inocente? Eso sería darles el gusto de que los livádicos somos unos desalmados. Prefiero tragarme el mal sabor de boca. Me ocultaré bajo esas horribles telas y obedeceré a esas sacerdotisas, si eso significa qué estaré bien.

—Si las cartas son lo tuyo, Wardell te espera pacientemente en el segundo piso. ¿Quién sabe si te forras de monedas?

—¡Já! Para perder, me sale mejor rajarme el cuello.

Dos faes machos, de otra mesa, definitivamente no flirteando, captan mi atención. Cartas. De cría, jugar a las cartas era mi única distracción sana, cuándo mirar cadáveres a través de las ventanas me suponía un verdadero peligro. No me recuerdo especialmente buena, sin embargo, recuerdo los trucos de ciertos juegos en específico. Me lo enseñaban los soldados retirados que jugaban conmigo por pena. Los niños escaseaban por esos lares, ¿qué padre meramente inteligente dejaría a su hijo a la merced de reclutadores y ladrones?

Por ser completamente distintos, me sorprende que aquí aún se juegue con cartas. Y por los Titanes, se nota mi desesperación por no tener ni un duro. Podía arriesgarme a jugar a ver si puedo ganarme el beneficio de una cesta de pan o hidromiel. No creo que eso sea así de fácil, cuando se supone que deberías apostar también. Vuelvo a suspirar. Lo único que me queda es esta pulsera de plata. Un regalo... no, eso sería absurdo. En realidad, no recuerdo. Puede que la haya conseguido en un bote de basura, entre los restos de feéricos fusilados y tirados en esas carretillas podridas a manera de burla. Ah, sí, los Othrakos consideran un día perdido si no matan mínimo a tres traidores antes del mediodía.

—Anda ya, no seas llorica. —Sigue insistiendo uno y volteo y vuelvo a enterrar la cabeza en mi mesa. Por un segundo juraría que intenta convencerme—. Ese tipejo con cara de perro mal bañado te da una buena pasta si le ganas. Aunque admito que no es fácil.

—Olvídate. No me meto con gente que no conozco.

La curiosidad me llama desde las escaleras. El espacio de madera oscura se mantiene, con las luces vagueando de una esquina a otra. No encuentro ese escándalo incentivado por el hidromiel. Hay recelo. O quizás esto es muy alto para que la música llegue alta y clara. Me dirijo al final del piso, a dónde una tabernera atiende a un hombre libre con una sonrisa incómoda. Esta parece tentada de salir corriendo cómo si se tratase de un borracho pesado y dudo si esos tipos de abajo se refirieron de este bar en específico. Entonces detallo su mesa; sus manos fuertes juegan distraídamente con una baraja de cartas.

Ambos se callan a medida que me acerco. Mi cara comienza a arder. ¿Por qué no hay nadie, de qué temen, exactamente? ¿O es que esto es una zona exclusiva y seré echada a insultos? Cuando estoy lo suficientemente cerca, oigo su voz, la de aquel hombre y es tan grave y amenazante cómo imaginé:

—¿Te perdiste?

Murmuro:

—No. He oído que juegas a cambio de dinero… ¿Qué pides a cambio?

Una risita genuina brota de los labios de la tabernera.

—¿Estás segura qué tienes la edad para apostar? —Se entromete. Sus labios intensamente rojos resaltan bajo la luz azul, mientras la punta afilada de sus alas resaltan cómo dos espinas venenosas.

Trago saliva.

—Tengo diecinueve.

—Sí, se te notan. Lo que te falta es que los Oscuros te persigan porque te has metido con una cría, Wardell. —Ella deja una cerveza en la mesa, dedicándome una sonrisita enigmática antes de desaparecer.

Carraspeo. Tomo asiento delante de él sin permiso, lo que desconozco si es un abuso o un atrevimiento malinterpretado. Me observa con expresión indescifrable y cuando un destello de luz blanca nos roza, descubro que su piel está bañada en oro tostado y sus manos están revestidas de anillos gruesos. “Wardell”, memorizo su nombre. No podría saber exactamente lo que tiene... qué me repele y me atrae. Bueno, tiene dinero. Se nota que está podrido en monedas... Quizás se deba a eso.

—¿Una pulsera de plata? —pregunta con voz suave. Me sobresalto, con la pregunta erizándome la piel: ¿Cómo es qué sabe…? Bah, ¿importa, acaso?—. ¿Qué valor tiene eso para ti?

—Es todo lo que tengo —respondo sin dudar—. Quiero jugar contigo. ¿Podrías ofrecerme dinero a cambio?

Sus labios son una línea delgada y severa.

—Tu acento no pertenece acá. —El suyo tampoco. No podría decir si es de otra parte de Empyreal, pero puedo constatar que el acento melifluo de Llarth no es—. Y tiemblas. Una niña perdida no es de mi interés. No tienes nada que perder y yo no tengo nada que quitar.

—Perdóname mi ignorancia, ¿y tú quién eres? —digo—. ¿Eres de la realeza? No creo. No estarías metido en un pub a altas horas de la noche. Eres como yo. Con la diferencia que tienes dinero… y yo lo necesito. —Aprieto los dientes, rehusándome a que esto suene a súplica—. Permíteme jugar. Solo por una vez.

Bajo las luces, sus ojos son cambiantes e intimidantes. ¿Serán rojos, grises, azules? Es difícil saberlo.

—Perderás. —Asegura y su contesta se torna helada—. No aceptaré una estúpida pulsera de plata como cambio. Tendrás que pagarme como yo lo pida.

Retengo el escalofrío que recorre mi columna.

—Intentaré impedirlo. —Para demostrarlo, dejo la pulsera a un lado de su cerveza—. Por dinero fácil, tomaré el riesgo. —Recalco. Es un ser inexpresivo, aburrido y por alguna razón, la sombra extraña desenvolviéndose en su rostro es lo que me hace dudar—. Explícame de qué va esto: Y jugaremos.

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