Reina I: Jennifer
Respiro profundamente a la vez que termino de ojear la partitura una última vez, al mismo tiempo en que muevo los dedos en el aire practicando las notas.
Los nervios me atacan, y guardo la hoja en mi bolsillo trasero y camino por el pasillo, en un intento de calmar los nervios.
Desvío la mirada hacia el reloj, siete menos cinco, lo que significa que en cinco minutos debería salir. Mis nervios se disparan y las ganas de vomitar surgen.
Y como alma que se lleva el diablo, corro al servicio.
Me arrodillo al inodoro y expulso todo lo que he ingerido en las últimas horas, una manzana.
Me recuesto en la pared del baño e intento relajarme.
Me recuerdo que en caso de que gane cumpliré el sueño de toda mi vida, estudiar en el conservatorio con más prestigio del mundo y ser enseñada por verdaderos maestros del piano.
Camino para lavarme la cara ahora un poco más despejada que al principio, pienso, al menos por ahora con burla, en fingir un desmayo, pero esa idea queda atrás cuando oigo la voz de mi mánager comunicándome que ya es la hora.
Salgo del baño sintiendo mis manos temblar descontroladamente, había tocado miles de veces en conciertos más importantes, pero jamás me había pasado esto.
Mi mánager me acompaña hasta el inicio del escenario, mientras me suelta palabras de aliento, pero yo no le escucho, sino que me centro en esconder de él el temblor de mis manos, si me ve en este estado no me dejará tocar.
El camino hasta el borde del escenario se hace más largo que nunca.
Lo último que oigo de su parte, es un "suerte", antes de ser deslumbrada por el potente foco.
El camino que recorro desde el borde del telón hasta el banquillo se siente eterno. Cada paso que doy es más inestable que el anterior. El suelo bajo mis pies se mueve con violencia tratando de hacerme caer. Por suerte nadie parece notarlo ni siquiera cuando me coloco frente al público.
Mi mundo se paraliza cuando mis ojos se encuentran con los mil pares de ojos del lugar que se clavan como cuchillas en mí, mientras aplauden.
Cierro los ojos borrándolos de mi mente, cuerdo una sonrisa y me centro en tomar asiento sin tropezar.
Cojo aire profundamente, para luego liberarlo paulatinamente.
Los aplausos del público son lo que da inicio al concierto. Mi corazón se contrae y la falta de aire se hace presente.
Una vez que el silencio reina en el auditorio, desplazo mis manos hasta las teclas.
Cuando la melodía entra por mis oídos todo miedo desaparece, al igual que lo hace todo lo demás.
La música me hace olvidar donde estoy, y sólo soy consciente de las miles de emociones que recorren mi cuerpo y mi mente.
Vuelvo a años atrás lo que me animó a hacerme pianista profesional, pese a todo el miedo escénico que me produce tocar delante de otras personas, el hecho de no saber cómo expresarme, de encontrar las palabras para sacar el dolor fue lo que me impulsó ha hacerlo.
Siempre lo he sentido como una cura, lo que me ha llevado siempre a preguntarme por qué hay personas que odian el arte, mientras que yo lo necesito casi tanto como uno necesita el oxígeno, tocar siempre ha sido como una ráfaga de aire pulcro en un mundo lleno de contaminación.
No me doy cuenta del tiempo que llevo tocando. Reacciono cuando entro en la parte final, mis dedos se mueven por sí solos.
Pero antes de poder tocar la última nota, un disparo suena al son de la melodía, congelando el tiempo en el auditorio. Mi corazón hace sonar su última nota y por primera vez en la historia cuando concluye un concierto, no suena ni un aplauso.








