The fire in your heart is out
Hacía calor, el tipo de calor bochornoso que pegaba las sábanas a la piel y que marcaba el comienzo del verano en la costa Oeste. La ciudad de San Francisco se estremecía ante la idea de que las nubes bajas se retiraran y el sol castigador de Julio los golpeara en todo su esplendor. O, al menos, eso era lo que no dejaban de repetir en los avances informativos.
En su habitación del hotel Sheraton, con el aire acondicionado a máxima potencia y la mirada perdida en el techo, Milow no estaba muy seguro de que el mundo exterior fuera demasiado real.
Hizo girar entre los dedos el bote de somníferos. La única pastilla que quedaba golpeaba rítmicamente los lados del recipiente. En algún lugar, alguien había encendido un televisor, que daba una vez más el parte meteorológico. En una habitación lejana, una pareja gritaba, pero le resultaba imposible saber si se trataba de una pelea o una follada. Milow se preguntó en qué momento su vida se había convertido en un videoclip punk sin presupuesto y que ocurriría cuando la persona que no dejaba de llamar a su puerta, cada vez más fuerte, se cansara al fin.
—¿Sr. Pilgrim? —La voz intentaba sonar amable, pero él había aprendido a reconocer las huellas del pánico. Se levantó liberándose del lío de sábanas y se acercó para abrir la puerta, apenas lo suficiente como para ver una cara pálida, ocupada casi por completo por unos grandes ojos castaños.
Mantuvo el bote de somníferos fuera de la vista de la chica, sin dejar de hacerlo girar lentamente. Le gustaba el sonido de la pastillita golpeando contra el plástico. La asistente tragó saliva bajo su escrutinio. Milow intentó recordar su nombre. Sabía que llevaba al menos unas semanas por allí, puede que más.
Reconocía las gafas un poco torcidas y el pelo castaño. Sabía que le había llevado café un par de mañanas. Le parecía haberla oído reír en un pasillo, y estaba casi seguro de haber pensado que era un sonido agradable. Pero era completamente incapaz de recordar su nombre.
—¿Sí?
—Lo están… lo están esperando. En la sala de conferencias.
Milow ladeó la cabeza, esperando una explicación mejor. La joven parecía cada vez más nerviosa. El sonido de pastilla era más atractivo de lo que debería y la posibilidad de cerrar la puerta y ceder a ella era lo único en lo que su mente quería concentrarse.
—La rueda de prensa de esta mañana, señor. Tendría que haber bajado hace media hora.
Detuvo el movimiento de la pastilla. Miró con atención a la chica, con las gafas cada vez más torcidas, la coleta cada vez más floja y una expresión de ansiedad que lo hizo sentir un lejano atisbo de compasión. No debía ser fácil, pensó, estar al cargo de alguien que no era capaz de estar al cargo de sí mismo.
Suspiró.
—Dame un minuto.
No había manera de pasar desapercibido. Cuando Milow cruzó la puerta de la sala de conferencias lo cegó el chasquido de una veintena de flashes y las preguntas volaban antes de que lograra sentarse.
Sus compañeros ya estaban tras la mesa, y ninguno levantó la vista cuando se dejó caer pesadamente entre ellos. A su derecha, Dan dejó escapar un profundo y cansado suspiro. Shala y Heavy se limitaron a acomodarse en sus asientos. A pesar del revuelo, ninguno de los tres parecía demasiado dispuesto a reconocer su presencia con una palabra y Milow casi lo agradecía. Estaba demasiado cansado para fingir que estaba bien.
—Podemos empezar la ronda de preguntas… —John Haley, del equipo de prensa, sonreía sin un atisbo de alegría, pero al menos lo intentaba. Milow se mordió el labio, conteniendo una risa histérica, y se reclinó en su silla esperando que empezara el bombardeo.
—¿Por qué ha llegado tarde el señor Pilgrim? —Bueno, era una pregunta lógica para empezar. Heavy, sentado en el extremo de la mesa, bufó tan fuerte que hizo temblar el micro. Milow le dirigió al periodista de la segunda fila una sonrisa falsa.
—Soy una estrella del rock. Me he dormido.
Respuesta correcta. Sonaron unas pocas risas y el ambiente de la sala pareció relajarse un tanto. Por el rabillo del ojo, Milow vio que Shala ponía los ojos en blanco y se inclinaba hacia el micro para contestar.
—El muy idiota tiene complejo de murciélago. Siguiente pregunta.
Más risas. La tensión parecía haberse desvanecido casi por completo. Shala deslizó la mano por debajo de la mesa y le dio un suave apretón en la rodilla. Dan dejó escapar una risita y Heavy permaneció impasible, a la espera.
—Entonces, ¿no ha pasado la noche con Chris Anderson?
El cantante reprimió el impulso de golpearse la frente con la mano. La sonrisa de la reportera dejaba claro que pensaba que había tocado en hueso y Milow sintió una chispa de irritación ante su expresión triunfal. Y solo era la segunda pregunta.
—¿Por qué iba a pasar la noche con él?
La periodista se encogió de hombros sin dejar de sonreír. Estaba en la tercera fila, cerca de la puerta, y todas las cabezas y los micros se movían entre ella y Milow.
—Fueron pareja durante más de un año —aclaró ella, como si realmente Milow pudiera haberlo olvidado—. Está en la ciudad ahora mismo y se aloja no muy lejos de aquí. Mucha gente se pregunta si han encontrado un momento para verse.
El pensamiento de Milow viajó hacia Chris. Amable, cariñoso, atractivo. Inseguro, débil, constantemente asustado del mundo.
—Tú lo has dicho: fuimos pareja. Eso ya se ha terminado.
La reportera volvió a la carga.
—Se rumorea que sale con el productor de su última película. ¿Qué piensa de…?
—¿Hay alguna pregunta sobre el grupo o eso es todo?—la interrupción de Heavy fue más que bienvenida. La periodista pareció desinflarse.
Milow odiaba ver su vida diseccionada como si fuera un mal culebrón. Y detestaba la mirada ansiosa en los ojos de los periodistas, como si esperaran que enloqueciera ante la sola mención de alguien con quien hacía meses que ni siquiera hablaba.
—¿Por qué será tan breve la gira europea?
—Necesitamos un descanso. Llevamos sin parar casi tres años —intervino Shala. Se encogió de hombros y le sonrió al reportero, un pequeño hombre con una perilla descomunal—. Desde la salida del último disco apenas hemos tenido un momento, y pensamos que ya es hora. En esta gira nos centraremos en dar una buena despedida, en calidad en lugar de cantidad, antes de dedicarnos a nuestro siguiente proyecto.
Una voz se alzó desde la última fila.
—Entonces, ¿hay un nuevo disco en marcha?
—¿No lo hay siempre? —Dan acompañó la pregunta con una mueca de sufrimiento, provocando algunas risitas, antes de ponerse serio de nuevo—. Siempre estamos pensando en lo siguiente que haremos, pero ahora necesitamos tomar una pausa y coger aire. Canciones nuevas tenemos a patadas, pero nuestros fans se merecen algo más. Queremos trabajar y hacer las cosas bien.
—Volver a nuestros orígenes, ver lo que realmente queremos, profundizar —lo apoyó Heavy, sonriendo por primera vez desde que habían comenzado las preguntas—. Podríamos sacar un disco nuevo en tres semanas, y estaría bien para algunos, pero nosotros sabríamos que no es lo bastante bueno. —Chasqueó la lengua—. Somos músicos de verdad, no una maldita boy band.
Esta vez la carcajada fue general. Incluso Milow se unió durante un segundo, antes de que una nueva pregunta cortara todo atisbo de humor de raíz.
—Shala, has dicho que quieres dar una buena despedida. ¿Podría tratarse de una despedida definitiva?
De nuevo, todas las miradas volvieron a concentrarse en la periodista de la tercera fila. Se reclinó en su asiento, triunfal, y, a pesar de que se había dirigido a Shala, su mirada no se apartó de Milow mientras esperaba una respuesta.
—Nadie ha hablado de despedida definitiva. —Shala se aclaró la garganta, evidentemente incómoda—. Solo vamos a tomarnos un pequeño descanso. Como grupo.
Pero la reportera no iba a soltar su presa.
—No es lo que dicen mis fuentes. Ha habido muchos rumores durante los últimos meses. De crisis, de diferencias de opinión, y de… —recorrió con la mirada el rostro de Milow—… enfermedad.
Él no dijo nada durante un instante. Sabía lo que ella estaba viendo, lo que todos estaban viendo. Su cara demasiado delgada, sus ojos hundidos, las ojeras... el cansancio en todo el cuerpo. Por mucho que lo desmintiera, por mucho que se dijera a si mismo que todo iba bien, todos podían ver que no era así. Algo pasaba con Milow Pilgrim y el mundo quería saberlo.
—Se ha acabado la entrevista.
Se levantó de golpe, no tropezando de milagro, y corrió hacia la puerta ignorando los gritos de sus compañeros, las preguntas de los periodistas que intentaban bloquearle el paso y los flashes de las cámaras cegándolo una vez más.
—¡Milow!
Las manos de Shala lo sujetaron antes de que pudiera cruzar la puerta que conducía al garaje. Ella tiró y casi lo estrelló contra la pared a su lado en su intento de retenerlo. Milow siseó, impresionado por la fuerza que siempre olvidaba que ella tenía.
Shala era menuda, delgada y aparentemente frágil. También era la batería de un grupo de hard-rock y eso la convertía en una dama de hierro, de músculos pequeños pero fuertes y con la resistencia de un caballo de carreras. Milow ni siquiera intentó liberarse, sabiendo que sería inútil. En su estado actual, ella podría darle una paliza sin siquiera sudar.
—Déjame, Sal. Por favor.
—¡Y una mierda! ¿A dónde vas a ir?
Donde pudiera. A cualquier sitio al que pudiera llegar. A pesar de su pensamiento anterior, Milow intentó forcejear, encontrándose con que ella no cedía ni un milímetro. Mientras intentaba liberarse sin ningún resultado, Dan apareció a la carrera por el pasillo, con Heavy pisándole los talones. Milow suspiró y se hundió contra la pared, deslizándose hasta el suelo.
—¿Estás bien, Miles? —Dan se agachó a su lado, dándole un gentil apretón en el hombro.
Heavy se quedó atrás, mirándolo de una forma que dejaba claro que él no iba a ser amable. Durante los últimos meses, el bajista al que el mundo había apodado The Heavy Big Man había decidido que estaba harto de ser amable y Milow no podía culparlo.
—Dejadlo irse. Si quiere ir a revolcarse en la mierda, que lo haga. —Los ojos negros se entrecerraron en su dirección—. No somos responsables de él.
Dan palideció, mirando de uno al otro sin saber qué hacer. Milow decidió ponérselo fácil. Le apartó la mano con delicadeza y se puso en pie, alejándose al mismo tiempo de Shala, que todavía parecía decidida a retenerlo, y caminó directamente hacia la puerta del garaje.
—Procura no meterte mierda de mala calidad. —Milow se estremeció ante la voz de Heavy. No había un atisbo de emoción en su tono, solo el más puro sentido práctico—. Después de la gira puedes hacer lo que te dé la gana, pero ahora te agradecería que no te murieras en una esquina.
Milow no se volvió. Cerró los dedos alrededor de la manilla de la puerta y respiró hondo, pensando en todas las cosas que podía responder a eso. Y suspiró, sabiendo lo que estaba esperando Heavy.
—Tranquilo. Tengo cuidado con lo que me meto. Nada que no esté garantizado. —Se encogió de hombros, ignorando el jadeo de Shala y la mano que Dan intentaba cerrar en su camiseta para retenerlo—. Hasta mañana, tíos.
Cruzó la puerta, perdiéndose entre las sombras del garaje.