Aonadh
Érase una vez, hace mucho, mucho tiempo en un mundo muy distinto al que conocemos, que cuatro espíritus vagaban entristecidos por lo vacío que se encontraba el mundo, creando así en ellos la chispa de anhelo por crear vida y que iba aumentando con el paso del tiempo.
Fue ese sentimiento el que hizo que aquellos cuatro empezaran una mágica tarea, tarea de dar vida y ordenar el lugar en el que habían despertado milenios atrás, dejando de ser solo cuatro espíritus para convertirse en los guardines de esas criaturas.
Desde entonces, cada uno de ellos dedicó su existencia ha cuidar de todo su alrededor, admirando y amando su creación, sintiendo la conexión con la naturaleza que les daba la vida y poder. Sin embargo, había uno de ellos que nunca se sintió del todo satisfecho, siempre guardo ese vacío, ese algo que le faltaba algo para estar completo, aquello que llenará el hueco en su ser que con el paso de los años empezó a hacerse más pesado.
Aquel espíritu no sabía con precisión qué era lo que le faltaba y sólo fue, después de hablar con sus hermanos confiando sus secretos y sentimientos, que se le dió la oportunidad de crear a aquello que llenaría ese vacío.
Sus hermanos lo apoyaron y cada uno de ellos dió parte de su magia para ayudarlo a lograr su propósito y crear a los primeros seres humanos que habitarían la tierra donde vivieron por miles de años, y aunque estuvieron satisfechos con su resultado nunca esperaron lo que su accionar ocasionaría y traería con ello.
Un nuevo espíritu guardian. El guardián de su última creación.
Todos estaban sorprendidos por lo sucedido, nadie se esperó aquello e incluso tuvieron miedo al punto de que casi destruyen a las nuevas almas a las que les habían dado vida. Sin embargo, cada uno de ellos eran conscientes que al ser sus creaciones no sólo podían eliminarlas de las faz sin consecuencias, por lo que, con paciencia decidieron esperar antes de tomar una decisión.
Observaron, analizaron y se asombraron al ver cómo el nuevo espíritu y los humanos parecían ir de la mano con una relación tan estrecha con la que ellos mismos tenían con las demás criaturas según su afín, así que, al final vieron con cariño como su creación poblaba la tierra y la cuidaban bajo la guía del nuevo guardián, al que pronto unieron a su hermandad.
Con el paso del tiempo y al no ver maldad entre los humanos cada uno de los espíritus guardianes orgullosos de su creación decidieron otorgarles un don según su pode, formando así los primeros cinco reinos que gobernarían Aonadh por milenios.
Teinee, guiado por el fénix, se convirtió en el reino de fuego, que se ubicó en las tierras áridas del norte.
Fearann, guiado por el minotauro, el reino de tierra, en el bosque del este.
Adhair, guiado por el águila arpía, el reino de Aire, en los campos del oeste.
Uisge, guiado por el tritón, el reino de agua, en las costas del sur.
Finalmente el reino de Draoidheachd Daonna, guiado por el espíritu más joven de ellos ubicó su reino en las tierras centrales entre los cuatro reinos anteriores.
La felicidad que embargó a los guardianes al ver como los humanos se adaptaron a sus nuevos dones con naturalidad y sin ocasionar cambios en la paz que hasta entonces gobernaba fue simplemente maravillosa. Por ello, decidieron dejarlos a cargo para mantener el equilibrio por la eternidad, tomando así la oportunidad como retirarse y descansar mientras sus creaciones continuaban con su legado.
Los habitantes de todos los reinos apreciaron la confianza de sus guardianes y juraron cumplir con la voluntad hasta el último día de sus vidas, por lo que, mantuvieron la convivencia pacífica que hasta entonces habian llevado, y a pesar de las divisiones territoriales que había nunca existió distinciones entre los pueblos de cada uno de los reinos.
La paz era lo más preciado para todos los pobladores de Aonadh y los gobernantes estaban felices de que todos tuvieran el mismo objetivo, por lo que, siempre se apoyaban mutuamente entre las necesidades que surgieran con cada uno de ellos.
Si surgían tormentas, aquellos que tenían el poder de controlar el aire ayudaban a controlarla.
Si el calor extremo quemaba los cultivos, los de fuego impedían que se extendiera aún más y con ello los del poder de la tierra ayudaban a que ese terreno fuera productivo de nuevo.
Los del poder del agua evitaban las inundaciones y controlaban las mareas para las actividades pesqueras. Pero eran los del reino humano los que marcaban la diferencia, ellos no tenían el control de ningún elemento; sin embargo, lo que los hacía especiales era que cada uno de ellos nacía con dones especiales como la curación, la telepatía, telequinesis, poder para realizar hechizos, entre otros, pero el más raro de ellos era el de la precognición, el poder de poder ver el futuro, algo que aprovecharon en bien de Aonadh.
Todas las habilidades que adquirían los habitantes se intensificaban con la fuerza de la sangre con la que nacían; es decir, si eran puros o mestizos.
Los puros eran aquellas personas que durante generaciones solo se relacionaban con otros de su mismo elemento, pero después de tantos años, en convivencia sin límites entre reinos, había muy pocos de ellos. Por otro lado, los mestizos eran quienes abarcaban la mayor parte de la población, aquellos que tenían más de una habilidad, que eran poderosos y que algún día gobernarían a sus pueblos cuando los puros se extinguieran.
Todos lo sabían, era un hecho al que no cerraban los ojos y estaban de acuerdo con su destino, al fin y al cabo, cada uno de esos mestizos llevaría su poder.
Ellos eran la prueba de que cumplieron la voluntad de los guardianes.
Esa era la vida de todas las personas de Aonadh, aquella que todos amaban, la que tenían cuando la paz gobernaba.