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` Moon Junhui.
El encaje cae sobre mi rostro.
Está amarillento por el paso de los años y el olor que desprende es racio. A viejo. Pero es de mi madre. El que llevaba el día de su boda.
Las flores del velo y los lirios tirados cubren el suelo de piedra mientras el hombre refunfuña detrás de mí. Le molesta tener que trabajar con el velo viejo cuando uno nuevo y más bonito está sin usar en su caja.
Muevo el pie, aplasto la delicada flor del velo, aprisionando con el zapato el pétalo caído de un lirio rosa pálido. Flores fúnebres para una boda. Un presagio. No es que lo necesite. Su olor me revuelve el estómago. No es así como me imaginaba el día de mi boda.
—Terminado —anuncia el hombre.
Me pongo de pie, con el pétalo pegado a mi zapato. No me importa. Levanto la vista para encontrarme con mi reflejo en el espejo.
—No le gustará el velo —dice.
El es un borrón a mi lado. Desplazo mi mirada, dejando que mis ojos se centren en el. Es regordete y bajito y tiene una verruga en un lado de la cara de la que sale un grueso vello negro. No juzgues un libro por su portada no tiene nada que ver no tiene nada que ver con este. Es tan perro por dentro como parece por fuera.
—Supongo que tendrá que superarlo.
—Deberías ponerte el que él ha enviado.
No me molesto en contestarle, aunque estoy de acuerdo. El velo fue un regalo de mis hermanos. Un regalo... No, no es un regalo. Una crueldad más para hacerme llevar el velo de mi madre en esta boda falsa. Resopla, se gira para recoger el traje, las llaves tintineando en su cinturón. Podría quedármelas. Dominarlo. Esa parte sería fácil. Son los hombres con las armas fuera de la puerta los que serían el problema.
Los ruidosos pasos en las cien escaleras anuncian la aproximación de los soldados a la habitación de mi torre. Una torre. Me encerraron en una maldita torre. Mis propios putos hermanos. Por lo que parece, esperan que me resista. Me llevarán pateando y gritando si lo hago. Además, sé que no debo gastar mi energía en ellos. La necesitaré después. Para la noche de bodas.
Un hombre dice algo, otro se ríe, justo antes de que escuche un fuerte golpe, como si algo se estrellara con fuerza contra la pared. Es entonces cuando ocurre.
Los disparos estallan justo al otro lado de mi habitación. Una bala se abre paso a través de la gruesa puerta de madera y hace añicos el espejo, rompiendo mi reflejo en mil pedazos, enviándome de espaldas contra la pared de piedra. El hombre de la verruga grita. Me enderezo. Tocándome la nuca con una mano, sigo sujetando los lirios.
De repente, la puerta es derribada, golpeando contra la pared, mientras hombres fuertemente armados y con uniforme militar asaltan mi habitación. Una nube de humo les sigue, filtrándose en mi torre circular. Se despliegan, una docena de ellos y no reconozco a ninguno. Estos no son los hombres de mis hermanos.
El hombre está en el suelo balbuceando algo, sollozando.
Me quedo mirando la puerta mientras se acercan otro par de pasos, más silenciosos ahora. Este no tiene prisa. Y sé, en el momento en que entra en mi campo de visión, que es él quien manda. Es él quien tiene que preocuparse. El único que está enmascarado. Se detiene justo dentro de la habitación, la examina, observando cada soldado, cada piedra, cada telaraña. Y cuando sus profundos ojos se posan en mí, un peso cae en mi vientre, como un bloque de cemento de cien kilos.
El hombre de las llaves se levanta, tropezando con sus palabras mientras camina hacia él. Él le dirige una mirada de irritación y el no llega lejos. Un eco de balas lo hace callar, salpicando la sangre como si fuera pintura en mi cuello, en mi cara. Los disparos la devuelven al suelo.
Mierda.
No le echo una mirada. No necesito hacerlo para saber que está muerto.
Los ojos del hombre vuelven a los míos. Se estrechan. Y cuando da un paso hacia mí, retrocedo uno, tirando la silla que hay detrás al suelo, aterrado entonces. Preso del pánico.
Me doy la vuelta para correr, pero veo una docena de ojos que me miran fijamente. El intruso enmascarado, bloquea la única salida.
Ni siquiera puedo saltar desde la ventana. Están bloqueadas. El suicidio nunca fue una opción, no para mis hermanos. Ellos me necesitaban. Pero algo ha salido mal.
Y antes de que pueda decidir qué hacer, antes de que pueda decidirme a intentar embestirlo, a arriesgarme a que las balas me derriben como lo hicieron con el hombre en el piso, tiene mi muñeca en su mano derecha y la aprieta. Mi mano se abre.
Las flores se dispersan por el suelo. Las observo, luego veo cómo levanta mi mano hacia su cara. Su pulgar se acerca a mi dedo anular, donde el horrible diamante capta el sol menguante. Por un momento pienso que me va a romper el dedo. Pero se retuerce y lo saca a la fuerza. Está apretado, pero lo consigue. Se guarda el anillo y vuelve a mirarme a los ojos.
Trago con fuerza.
Lanza la cabeza hacia un lado, con una mano todavía alrededor de mi muñeca. Y me hace girar. Grito cuando me empuja hacia él, con su cuerpo como un muro sólido contra mi espalda. Me suelta la muñeca y coloca su brazo bajo mi pecho. Con el otro, me quita el velo del cuello, su mano es áspera contra mi piel, los dedos escarban, magullan.
Creo que va a romperme el cuello. Un rápido movimiento es todo lo que necesitaría. Pero no lo hace. En lugar de eso, en el momento en que giro mi cara hacia la suya, me aprieta y, al instante, mis rodillas ceden. Mis brazos caen inútilmente a los lados. Cambia el agarre y, cuando me resbalo, me levanta y me lleva por encima de su hombro, poniendo la habitación patas arriba antes de que se vuelva negra.
![Amor En Peligro [Kookmin]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_88c55c0706ed80af7618cf7760429c6d.jpg)







