Prefacio
Un año antes.
Durante toda mi vida había viajado por todo el mundo, fui entrenado para saber cómo pasar desapercibido ante la población, pero cuando la conocí a ella, todas esas normas se me comenzaron a olvidar.
Y ahí estaba nuevamente, entre una multitud de personas, despidiéndome de mi ex esposa, a la que le había dado el divorcio minutos antes de que su barco se alejara de tierra.
Ella no era como yo y por eso tuve que dejarla ir. Yo era un asesino, quien toda su vida estuvo internado en una academia en donde te entrenaban para matar. Ella era una chica común, quien había sufrido durante toda su vida y en realidad, no conocía lo que realmente era vivir.
Julieta era su nombre, pero a mí me gustaba llamarla «esposa», solo por molestarla. Era seis años menor que yo. La manera en la que nos casamos ante sus leyes, no fue la apropiada, ni siquiera entendí por qué la había elegido a ella. Tenía una oscuridad penetrante, quizá fue eso lo que más me atrajo.
Habíamos convivido tan solo unos meses que, incluso nos casaríamos ante mis leyes. Pero algo ocurrió en ese entonces y fue que pude salir de ese ensimismamiento en el que me había metido por ella. Su mundo y el mío no eran compatibles, yo ya había vivido demasiadas experiencias, ella apenas comenzaba a entender la verdadera vida.
La quería, pero sabía que estaría mejor sin mí. Jul era una de las pocas mujeres más fuertes que había tenido el privilegio de conocer. Así que, cuando la vi en la borda de ese barco, entendí que había hecho lo correcto dándole su libertad.
Sabía que, una vez volviendo a donde pertenecía, tenía que forzar un nuevo plan y buscar a la esposa que mis leyes me presionaban para tener. Sin embargo, cuando vi la sonrisa de esa esposa efímera que tuve, mencioné estas palabras muy en el fondo de mi oscura alma: «—Vive tu vida, y cuando lo hayas hecho, regresa y elígeme a mí».
En ese instante, sentí una mano dar un fuerte apretón sobre mi hombro, me di cuenta de que se trataba de Roderick, porque reconocí el guante de cuero.
—Es hora de irnos, señor —comentó.
Asentí como respuesta y volví a ver por última vez la distancia del barco, antes de darme la media vuelta y continuar con mi vida.
—¿Hiciste lo que te pedí? —le pregunté antes de subir a la camioneta que nos esperaba.
—En lo absoluto, señor.
Roderick era una de las pocas personas a las que yo realmente podía confiarle hasta mi vida.
—Entonces vámonos. La Orden nos espera —sentencié.
La Orden era nuestro hogar, pero también uno de los centros de operaciones pertenecientes a Romanova: la academia para asesinos. Nuestra lealtad estaba ahí, porque también era nuestro gobierno.
Quise irme en silencio durante el camino hacia la pista privada en donde se encontraba el jet, incluso, me fui así durante todo el vuelo. Roderick respetó mi silencio y me dio mi espacio yéndose hacia los asientos de atrás. Sabía que una vez que llegara a La Orden, mis hermanos me preguntarían por ella. No quería olvidarla, pero sí quería que dejaran de mencionar su nombre en mi ausencia.
Seguramente ya sabían que algo había sucedido, puesto que antes de abandonar mi hogar, le había pedido a mantenimiento que sacaran todas las pertenencias de ella de mi habitación. No quería llegar y verlas. No quería ni siquiera que su olor siguiera impregnado allí. Estaba consciente de que no podía solo hacer como si nunca hubiese existido, pero no quería que su recuerdo ahí me doliera. Suficiente era con mis recuerdos internos.
Cuando aterrizamos en Linus, tuvimos que tomar el helicóptero, mucho transbordo, pero así era mi vida. La Orden se situaba en una isla, porque teníamos que estar lejos de la ley judicial. Aunque era tan corrupta, que sabían sobre la existencia de Romanova, pero por una buena suma de dinero, se hacían oídos sordos y visión ciega.
No tardamos mucho en el aire antes de aterrizar en el helipuerto de La Orden, en donde mi hermano Adler y unos cuantos guardias, acudieron ante nuestra llegada. La verdad era que no me sorprendió cuando mi hermano no me preguntó por ella, ni mucho menos buscó detrás de mí para intentar saludarla, como siempre lo hacía para molestarla. Él era una de las pocas personas que me exigían dejarla en libertad, pero sabía que no obtendría la misma suerte con Legna, mi hermana.
Una vez que bajé solo por el elevador, ella ya esperaba ansiosa fuera de él. Estaba sonriente, pero esa sonrisa se le borró cuando me vio únicamente a mí. Pasé por su lado para evadirla, aunque ella siempre ha sido más complicada para ignorarla.
—¿Y Jul? —preguntó lo que no quería—. ¿Pasó algo? ¿Se ha quedado más tiempo con su familia?
Comenzó a bombardearme de preguntas. Legna no quería a cualquier persona, pero con mi ex esposa formó un vínculo que llevaba tiempo sin formar. Y para qué engañarme, Jul no era cualquier persona.
Seguí mi camino sin detenerme, pero ella seguía a mi lado, alcanzando cada uno de mis pasos.
—¿Por qué se han llevado a su psicólogo? ¿Está bien?
Mi ex esposa tenía muchos problemas emocionales y yo había mandado a traer a un profesional para que la ayudara, pero él solo estaba allí por ella, después de eso no tenía nada qué hacer en ese lugar.
—¡Marwan, te estoy hablando! —me levantó la voz, aparentemente molesta de ser ignorada.
—¿Aún tienes contacto con él? —fue lo único que le pregunté.
—Sí, de hecho, colgué hace un rato, estaba preocupado...
Endurecí mi mandíbula.
—Contáctalo y una vez que lo tengas en línea, enlázalo a mi red privada. No quiero que nadie intercepte nuestra videollamada.
—Se ha ido, ¿verdad? Tú la has dejado ir.
—Legna... —apreté los ojos—. Has lo que te estoy pidiendo y no hagas más preguntas.
—Eres un egoísta de mierda —escupió, antes de marcharse al centro de cómputo.
Entré a mi oficina, porque era el único lugar en el que ella no había estado y de momento, necesitaba estar solo con mis pensamientos. Aunque eso no duró mucho tiempo, para cuando Adler entró sin siquiera tocar la puerta.
—Legna está molesta, pero ya se le pasará —aspiró—. Marwan, hiciste lo correcto. Sé que la querías, pero ella era inocente a la vida. Algún día te lo agradecerá y tú también lo harás a ti mismo.
No quise correrlo porque sabía que tenía razón y porque no tenía la culpa de nada. Nosotros los Wichmann nunca peleábamos, nuestros padres siempre nos enseñaron que debíamos mantenernos unidos, aunque a veces tuviéramos nuestras diferencias, como yo la tuve al llegar con Legna. Ella no lo iba a entender, porque no solo le quité una cuñada, sino también a una amiga. Legna no tenía amigas.
—Ella va a estar bien, Adler, yo me encargaré de que así sea.
—¿En dónde está?
—En un barco, rumbo a Nueva York.
No tenía secretos con mis hermanos, confiaba ciegamente en ellos, tanto como en Roderick. Se suponía que también debería confiar en todo mi equipo, pero había cierta información importante que solo podía compartirla con mis más allegados. Además, no podían descubrir que Jul se había convertido en mi debilidad, porque entonces irían por ella y yo tenía que protegerla de mi mundo.
—Lo mandarás a él, ¿verdad? Hiciste esto de enviarla hacia allá para que esté con él.
—Solo confío en él para que pueda cuidarla mientras se acomoda en su nueva vida.
Adler rio con ironía.
—Romanova nos entrenó para ser despiadados, pero nuestra familia nos entrenó para no perder nuestra humanidad. Y esto que estás haciendo, Marwan, es el acto más humano que pueda existir en nuestro mundo.
—Se lo debo. Siempre estaré en deuda con ella —fijé mi mirada en él—. Nadie debe encontrarla, Adler, nadie debe saber en dónde está.
—Te ayudaré a protegerla.
Asentí.
—Solo falta que Legna lo entienda.
Y, por si fuera poco, ella entró también a la oficina sin siquiera tocar. Eran a los únicos, además de Roderick, a los que les permitía hacerlo. Solo ellos tenían el código de acceso.
—Ya está en la red —mencionó una vez que se cerró la puerta.
Mi oficina era una de las pocas que tenía paredes con paneles acústicos, esto permitía que habláramos libremente de información importante sin que alguien del exterior pudiera escucharnos. Legna se quedó adentro y eso no me sorprendió, pues estaba ansiosa por obtener información sobre el paradero de Jul.
Les ordené que se colocaran detrás de mí, mientras enlazaba la red a la pantalla frente a mi escritorio para que tuvieran una mejor visibilidad a la videollamada. Inmediatamente apareció su cara frente a nosotros, vistiendo con el uniforme de entrenamiento de Romanova.
—¿En dónde está? —fue lo primero que preguntó—. ¿Todo ha ido bien con su familia?
—Todo ha ido bien —respondí.
Su ceño fruncido me daba a entender cuán confundido era que se encontraba.
—Volvió con él, ¿cierto?
Legna volteó a verme impaciente, pero ignoré su mirada inquisitiva.
—No lo hizo.
—¿Entonces...?
—Está en un barco, rumbo a Nueva York. Es un crucero y durará al menos unas dos semanas en llegar al destino.
—¿En un barco? Jul le teme al mar, no va a...
—Ella ya no es la misma que tú viste por última vez —lo corté.
—Dime que mandaste a alguien con ella.
—Va sola.
—¿Por qué?
—Porque lo necesitaba.
Soltó una grosería. Estaba preocupado y realmente lo entendía, porque él no tenía idea de que la Jul de meses atrás, no era la misma que había abordado ese barco.
—Mañana iré a Romanova y pediré tu salida para que estés en Nueva York para cuando ella llegue. Irá a buscarte. Nadie tiene que saber que tú vas hacia ese destino, puesto que te pediré para La Orden.
—¿Ella lo sabe? —inquirió impaciente.
Sabía que se refería a si ella sabía en lo que él se había convertido.
—No. Y tampoco se lo dirás. No estarás mucho tiempo allí, solo un par de días y luego tendrás que volver.
—¿Y qué voy a decirle...?
—Lo que decidiste ser.
—Marwan... —me recriminó Legna.
Apreté mis ojos por enésima vez en el día y aspiré profundamente. Yo mismo estaba consciente de que a Jul no le caería bien esa noticia, pero también me molestaba el hecho de pensar que él la quería.
—Le dirás que formas parte de la OPMI; una organización de la milicia y que es privada. Te enviaré información para que sepas cómo manejarla ante ella.
Él asintió.
—Gracias.
Fue todo lo que dijo antes de que yo cortara con la llamada. Y ese «gracias», para mí fue un; «gracias por haber cumplido con tu promesa de dejarla en libertad».
Él era el mejor amigo de mi ex esposa, aunque también llegó a ser mucho más que eso; su nombre era Naím. Sabía que ella lo quería y que él la quería, así que, cuando decidió cooperar con nosotros para ayudarla a ella, le hablé de mi mundo. A él le pareció fantástico y estaba tan cegado por el dolor y el coraje hacia su padre, que quiso meterse a la academia. Entró por recomendación mía, fue mucho antes de yo llegar a sentir algo por Jul, pero ahora sabía que, si ella llegaba a enterarse lo que hice con él, me odiaría eternamente.
—¿Eso es todo? ¿La dejaste ir, así como si no hubiese pasado nada? —me reclamó mi hermana.
—Les daré toda la información de ella cuando esté instalada en el apartamento que le compré —mencioné en plural, ignorando completamente a Legna, no estaba de humor para discutir—. Desde ya, les aviso que no habrá ni un mínimo contacto con ella. Nada. Haremos como que nunca existió en nuestras vidas ante los demás.
—Pero sí existió —dijo Legna.
—No volveremos a mencionar su nombre —proseguí.
—¿Y qué le diremos a Cedrik? —preguntó Legna, al darse cuenta de que no le iba a hacer caso a sus reproches.
—De él me encargo yo —aseguré.
—¿Y de tu futura esposa?
Me tensé por completo. No quería otra esposa, la quería a ella. A Jul.
—No la tendré.
—¿Qué? —fue el turno de Adler para protestar—. La necesitas para adoptar a Cedrik.
—Alguien tiene que cambiar esa norma. No voy a obtener una esposa, solo para complacer a Romanova. Y si no es mucho pedir, quiero que me dejen solo.
—Sigues siendo un egoísta de mierda. —Volvió a escupir Legna, antes de abandonar la oficina junto a Adler.
Y sí, la verdad era que tenía razón. Seguía siendo un egoísta al no querer casarme por esperarla a ella. Seguía siendo un egoísta por dejarla en libertad, para que pudiera vivir en plenitud.
«Vive tu vida, y cuando lo hayas hecho, regresa y elígeme a mí».



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