Capítulo 1
Corría lo más rápido que podía. Quería alejarme de esa casa. Las dos semanas que estuve ahí fueron un auténtico infierno. Sin querer pise un charco de lodo, cada paso que daba dejaba una huella en la vereda. Por un segundo me asusté mucho. Mi cerebro no funcionaba adecuadamente por la tensión. Creía que estaba dejando una para que la bestia pudiera seguirme, alcanzarme, encontrarme y matarme. El solo pensar eso hacía que todos los pelos de mi cuerpo se pararan y que mi corazón latiera con la misma velocidad de un motor de un auto de carreras.
Vamos Franny, estas a salvo, pensé. No estaba a salvo, aun no. Le dije a mi cerebro que se calmara. No funcionó. Vamos Franny, me repetí con un poco más de ansiedad. Cuando la bestia consiga salir de la casa ya te habrás ido muy lejos. Sigue moviendote. Al mismo ritmo si es posible (no es posible. Bajé la velocidad porque me estaba cansando).
La casa había desaparecido de mi vista cuando voltee por un segundo. Deseaba verla. Admito que fui muy exagerada cuando dije que se trataba del infierno. No era del todo cierto. La dueña de la casa, la señora Yolanda Soliz fue una de las personas más amables que he conocido toda mi vida. Ella tomó a una gata herida y la cuidó hasta que mejoró. Le dio un hogar, mucho amor y cuidados.
La bestia me acompañó a mi nuevo hogar.
Siento que me estoy adelantando a los hechos.
Todo comenzó con una gata callejera llamada Franny que solo tenía una razón para vivir: La venganza. La pequeña gata negra quería vengarse del asesino que mayó a su antigua dueña. Con la ayuda de un ratón llamado Pascal y su manada de ratones hizo de todo para concretar su venganza.
Después de un par de intentos lo consiguió. Acabó con el monstruo, cuyo hobby era convertir a sus víctimas en desagradables obras de arte (a una chica la abrió y usó su piel como lienzo para pintar un castillito).
Como toda buena historia de venganza el daño colateral fue monumental. Franny, Pascal y los demás ratones incendiaron y estallaron la casa del asesino con él adentro (unos minutos después descubrimos que no era su casa), la auténtica dueña vio cómo su casa se quemaba y vio como el asesino salía cubierto de llamas. Solo dio unos pasos antes de caer muerto. La dueña creyó que el asesino era su hijo, sufrió un infarto y murió besando el suelo.
La dueña de la casa, cuyo nombre no recuerdo, tenía un gato, cuyo nombre si recuerdo. Se llamaba Romanov. No tuvo que hacer un trabajo detectivesco para saber que la responsable del incendio recaía en la pequeña Franny. Juró vengarse así le tomen sus nueve vidas.
Una amable decidió acoger a Franny y a Romanov.
Desde ese día comenzó mi pesadilla.
Otra cosa que quiero admitir es que estuve exagerando cuando dije que fueron dos semanas en el infierno. En realidad solo fue una semana. Buena parte de la primera semana me la pasé en el veterinario. La lucha contra el asesino terminó conmigo bañada en kétchup, quemada, lastimada por dentro y por fuera. Iba a necesitar muchos tratamientos.
Me dieron veinte años seguidos. El kétchup se había pegado a mi pelo gracias al fuego creando una rugosa capa rojiza. Tenía hemorragias internas y las costillas lastimadas (todo gracias a que el asesino había decidido usarme como balón de Futbol), parásitos estomacales por pasarme mucho tiempo comiendo basura y otras cosas que me costaron memorizar. La mayoría eran palabras de cuatro silabas que se solucionaban con muchas inyecciones.
Mi tratamiento fue muy caro. La señora Soliz no mostró ninguna expresión visible al ver la factura. Solo dijo: No importa cuánto cueste, sálvela. Estaba tan conmovida que me puse a maullar. Me propuse a dedicar cuerpo y alma en hacerla feliz. Si ella quería algo yo iba a hacer todo lo que estuviera en el poder de mis patas para hacerlo una realidad.
Lamento mucho incumplir esa promesa pero mi seguridad es lo primero.
Cuando llegamos a casa del veterinario yo estaba dormida dentro de mi jaula. Tenía el pecho vendado y un cono en la cabeza para evitar que me quite los puntos de la operación. Estaba débil y lo único que quería hacer era dormir. Sabía que la bestia me iba a privar de eso tarde o temprano. Me acurruqué en el suelo de pastico de la jaula y traté de dormir.
La señora Soliz entró a su casa, puso la jaula en el suelo y la abrió.
—Vamos, gatita. Sal que ahora mismo voy a preparar la cena.
Mi nueva dueña sí que era muy amable.
Levanté la cabeza y me asusté al ver el rostro de la bestia.
—Así es. Sal gatita para que pueda cenarme tu corazón — me dijo Romanov. Su tono de voz oscilaba entre la amargura y la socarronería. Todo lo que me decía eran amenazas serias que tenía intención de cumplir, pero también quería reírse de mí. Le daba una absurda sensación de poder, como si tuviera la sartén sostenida por el mango.
Quería burlarse de mí y ponerme los pelos de punta.
Consiguió ambas cosas.
—¿Qué diablos quieres? — pregunté con una voz cansada. Trataba de convencerle (y más importante aún: Convencerme a mí misma) de que sus amenazas no me afectaban.
—Ya te lo dije. Te lo dije la primera vez que nos conocimos. Quiero matarte por todo lo que me has hecho.
—¿Que se supone que te he hecho? — pregunté. Mis ojos estaban rojos del agotamiento. El solo conversar con él drenaba más energía de la que tengo. Solo quiero dormir.
El gato me gruñó mostrándome una gama de dientes amarillos, y unos colmillos más grandes que los míos. Con esos dientes podría romperme el cuello sin problemas. Gracias al dios de los gatos que tengo este collarín.
—¿Estas jugando conmigo o tienes retraso mental?
—Las dos cosas — respondí pensando que lo había engañado con mis palabras. Me tomó unos segundos el darme cuenta de mi error —. Solo lo primero. Solo lo primero.
Los ojos verdes de Romanov se tornaron salvajes. Con la poca luz que había en la casa se podía ver sin problemas los ojos de un monstruo. Romanov era más grande que yo. Quería consolarme pensando que solo se trataba de su gran pelaje marrón, pero la verdad vino para golpearme en la cara. Romanov era más grande, más fuerte y más violento que yo. Si él se hubiera enfrentado al asesino artista, en lugar de mí, lo hubiera matado en la mitad del tiempo.
Las orejas de Romanov estaban levantadas y su cola se movía como una serpiente que asechaba a un pequeño ratoncito. Por un segundo pensé en Pascal.
—¿No te acuerdas, eh? Permíteme refrescarte la memoria. Asesinaste a mi ama, asesinaste a su hijo, quemaste la casa en la que he vivido toda mi vida. Si crees que no tengo razones válidas para querer matarte entonces eres más estúpida de lo que pensé, y eso ya es decir mucho porque realmente creo que eres una idiota.
—Vete a la mierda — le respondí con amargura.
Si hay que realmente odio es que se burlen de mi inteligencia. Soy mucho más inteligente de lo que aparento. He ideado varios planes. Está bien solo uno tuvo éxito. Pero uno de cinco no está mal, ¿No es así?
—De las tres cosas de las que me acusas solo soy culpable de dos. Además deberías agradecerme. Todos deberían agradecerme. He detenido a un asesino que secuestraba y mataba personas para convertirlas en obras de arte de dudosa calidad.
Romanov se rio en mi cara. Sus carcajadas me causaban nauseas. Tal vez fueran los efectos secundarios de las pastillas, ¿quién sabe? Apenas se leer.
—¿Tú crees que me importa una mierda lo que hayas hecho o a quien hayas salvado? Si yo digo que voy a matarte es porque voy a hacerlo, ¿Has entendido? — Me habló como si fuera un comandante y yo tuviera que responder “Si señor” mientras hacía un saludo con mi pata.
Me insubordiné y no respondí un carajo.
—Asumiré que has entendido. Ahora sale de ahí que quiero matarte antes de cenar. Tu sangre hará la comida mucho más deliciosa.
—Vete al diablo.
Me acurruqué en el fondo de la jaula. No había mucho espacio para mí. Espero que tampoco lo haya para Romanov. Romanov esbozó una sonrisa cargada de confianza. Como si estuviera diciendo: Esto va a ser más fácil de lo que pensé.
—Si la montaña no va a Mahoma…
Romanov se metió en la jaula, aquí es donde se puede probar que Romanov era puro musculo y grasa debajo de tanto pelo marrón. Su enorme trasero no cupo en la jaula. Romanov solo pudo meter la mitad de su cuerpo en la misma. Aproveché la oportunidad y le di un arañazo en la cara. Dejé tres marcas bien visibles en su rostro felino. Un par de bigotes cayeron al suelo. La bestia me rugió haciendo que mis pelos se erizaran.
El arañazo hizo que Romanov saliera de la jaula. Se tocó la herida con la pata e hizo una mueca de dolor.
—Si quieres más de esto ¡avísame! — exclamé haciendo alarde de mi pequeña victoria. En momentos como este, cualquier victoria, por pequeña que fuese era muy importante.
Romanov saltó al interior de la jaula. Ya sea entrando a pie o saltando sus grandes posaderas le impedían entrar por completo. Creo que debería hacer dieta. Romanov extendió sus patas con la intención de devolverme el arañazo. Escondí las patas y me acurruqué más al fondo, alejándome lo máximo posible de sus garras. Abría y cerraba la boca como si quisiera comerme la cara (seguramente eso pasó por su mente unas cinco veces desde que lo arañé). Traté de darle otro arañazo, pero ninguno tuvo la misma fuerza de antes. Dejaba marcas en su cara pero no bastaban para hacerlo retroceder.
Atrapó mi pata con su boca. Me dio tal mordisco que me hizo gritar.
—Va a ser muy divertido ver como tratas de escapar con solo tres patas.
Una fuerza levantó a Romanov y lo alejó de la jaula, y lo más importante, lo alejó de mí. Se trataba de la señora Soliz. Ella cargaba a Romanov y le mostraba unos ojos reprochables.
Romanov también la reprochaba con la mirada: ¿Porque me detuviste cuando estaba a punto de matarla?
—No puedes jugar con el gatito de esa forma tan violenta ¿No ves que todavía está herida? Podrás jugar con ella una vez se haya recuperado, ¿entendiste? — la señora Soliz le hablaba como si fuera un niño pequeño. Le dio un golpecito en la nariz, cosa que Romanov se tomó muy mal. Le gruñó discretamente. La señora Soliz no lo escuchó -. Se un buen chico y ve a cenar.
Apuntó sus ojos, expandidos por unos lentes muy gruesos, a mi jaula.
—Tú también.
Me gustaría decirle que perdí el apetito, que Romanov me lo arrancó de un cuajo. No dije nada, de todas maneras no podía entenderme. Solo me limité a recostarme en el suelo de mi jaula y dormir, lo necesito tanto.
La señora Soliz aceptó mi decisión y se llevó a Romanov consigo. Estaba contenta de tenerla como mi ama. Mi felicidad era tan grande como el sol. He encontrado un hogar con alguien que me quiere y cuida.
Ese podría ser un final feliz.
Si no fuera por un mal tercio muy peludo.
Tengo que pensar que hacer con él.