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El Gran Filtro - La Ultima Ciudad

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Sinopsis

En un futuro distópico asolado por implacables oleadas solares, la humanidad se vio obligada a buscar refugio en las profundidades del océano para escapar de la extinción. Bajo un mundo sumergido, rígido y estratificado bajo una gran cúpula, yace la última de las ciudades, donde la supervivencia exige absoluta obediencia y soñar con escapar al exterior es el delito más peligroso de todos. En los niveles más bajos de esta metrópoli, una banda de contrabandistas que vive al margen de la ley persigue lo imposible: conseguir una nave espacial para abandonar la ciudad definitivamente. Lo que comenzó como una operación clandestina se transforma en una desesperada carrera por el inframundo acuático. Acosados por bandas rivales y perseguidos por fuerzas poderosas que parecen conocer todos sus movimientos, el grupo descubrirá que ascender hacia la libertad oculta un precio muy alto y que en las profundidades del mar, las verdades prohibidas son tan mortales como la propia extinción.

Genero:
Scifi/Action
Autor/a:
AsuteruSaberu
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

I - El Límite de Fermi

Totalmente exhausta y con el cuerpo pesado por el cansancio, me encontraba acostada boca arriba bajo la sombra protectora de un gran árbol. A mi alrededor se extendía una inmensa pradera de hierba alta y dorada que se mecía bajo un hermoso cielo azul, tan límpido que parecía casi irreal. Y en efecto, lo era. La brisa que rozaba mi piel traía consigo un aroma sintético a hierba fresca, un detalle sutil que me recordaba la naturaleza del lugar: no era más que un entorno simulado de descanso, una cámara de inmersión neuronal diseñada para amortiguar el desgaste de la mente.

De un momento a otro, el murmullo del viento fue interrumpido por la risa cristalina de dos niños que jugaban a pocos metros de mí. Me levanté levemente apoyándome sobre los codos y los miré. Eran un niño y una niña de cabello negro tan profundo y azabache como el mío. Ver su felicidad pura e inocente me contagió al instante, dibujando una leve y cálida sonrisa en mis labios por un breve segundo.

Una corriente de aire recorrió toda la pradera, levantando grácilmente las hojas y los pétalos. Fue en ese instante cuando la simulación comenzó a reaccionar a la actividad de mis ondas cerebrales. La interfaz del entorno, detectando el torrente de nostalgia en mi pensamiento, comenzó a alterar la arquitectura del paisaje artificial: el azul del cielo parpadeó levemente con tenue luz estática y la vegetación cambió suavemente de forma, moldeándose para reconstruir las proporciones exactas de los recuerdos de mi pasado.

—¡Mamá! —gritó la pequeña con entusiasmo.

La niña empezó a correr hacia mí con el rostro iluminado por la alegría. Se trataba de Jet, una versión muy joven de mi hija, de apenas seis años de edad. Al llegar a mi lado, se sentó en la hierba mientras los contornos holográficos de su figura se estabilizaban.

—¿Qué pasa, mi amor? —le pregunté con voz suave mientras le acariciaba su lindo y sedoso cabello.

—¿Cuándo regresarás otra vez? —inquirió ella, mirándome con unos ojos llenos de una expectativa inocente.

Al escucharla, un nudo se me formó en la garganta y no supe muy bien qué responderle. Todo esto que estaba experimentando no era más que una proyección holográfica, una ilusión construida por datos y patrones neuronales; ninguno de los dos niños en la simulación eran mis verdaderos hijos en el presente, sino ecos del pasado generados por la red.

En medio de un denso silencio, roto únicamente por el crujido simulado del viento golpeando la ladera, acaricié el tierno rostro de Jet. Una lágrima solitaria se me escapó y bajó rápidamente por mi mejilla antes de disolverse en el código del programa.

—Regresaré cuando llegue el momento... —mencioné intentando proyectar serenidad.

—¿Y cuánto es eso? —protestó ella, cruzándose de brazos y poniendo un gesto de enojo infantil.

Yo sonreí levemente, contemplando su berrinche con ternura.

—Pueden ser días... horas... tal vez semanas, meses o incluso años. Muchos años.

—¿Y cuánto tiempo es un año? —preguntó ladeando la cabeza, confundida por el concepto.

Mientras la miraba y continuaba acariciándola, opté por guardar silencio. La máquina no podía simular una pregunta lógica que no estuviera predeterminada en mis propios recuerdos. Sin más que hacer, me tumbé nuevamente sobre la hierba sintética, cerré los ojos y me dediqué a sentir plenamente el calor fugaz de ese bonito instante.

Sé perfectamente que los sueños y las simulaciones no son eternos, y este entorno no era uno que personalmente me terminara de convencer. Tal vez fuera por mero capricho o porque sentía que mi mente estaba estancada, pero volver a verlos, aunque fuera a través de proyecciones digitales, me brindaba un profundo confort. Me otorgaba nuevamente los ánimos necesarios para seguir luchando... luchando por construir un futuro y un mundo mejor para ellos.

Sin quererlo, mientras me sumergía en mis pensamientos, la red de la simulación interpretó mi carga emocional y me arrastró involuntariamente hacia aquel fatídico día en que me despedí de todo lo que amaba. Era el recuerdo de una partida quizás sin retorno, o tal vez el primer paso hacia un nuevo horizonte para la humanidad. Fuese como fuese, al abrir los ojos dentro del entorno virtual, reviví esa amarga experiencia una vez más.

El paisaje de la pradera se desintegró en lluvia de píxeles y fue reemplazado por la fría arquitectura de la plataforma de embarque. A mi alrededor había decenas de personas: algunas lloraban desconsoladamente, otras se abrazaban en un silencio devastador. El panorama era sombrío y desgarrador; mi mente consciente rechazaba revivir semejante dolor, pero la simulación, alimentada por el flujo de mi memoria, me impulsaba a continuar en ese fragmento del pasado.

—No... no quería que llegara este día —murmuró mi esposo, un hombre de mirada tierna y de un gran corazón, cuya figura holográfica temblaba por la emoción contenida.

De la nada, sentí cómo dos pequeños brazos me rodeaban las piernas con fuerza. Era Jet, aferrándose desesperadamente a mí. En este recuerdo ella era aún más pequeña, rozando apenas los cinco años de edad.

—Paxton, yo... —comencé a decir, buscando las palabras en el abismo de mi mente, pero terminé repitiendo exactamente lo mismo que pronuncié aquel día histórico—: Aunque no lo parezca... y aunque no vuelva a dar señales de vida, lucharé con todo lo que tengo para asegurar un mundo mejor.

Sin decir una sola palabra, Paxton se acercó rápidamente hacia donde me encontraba, tomó a Jet en brazos y ambos me envolvieron en un abrazo cálido y apretado. No podía soportar la carga emocional de ese instante; era una despedida inminente y dolorosa. Aunque ya habían transcurrido casi veinte años desde que viví ese momento en el mundo real, revivirlo en la simulación me seguía desgarrando el alma con la misma intensidad.

Mientras las lágrimas corrían por mi rostro y permanecía abrazada a mis dos seres queridos, comencé a notar cómo el calor que me brindaban comenzaba a disiparse lentamente. La luz del simulador parpadeó, el entorno se fragmentó en líneas de renderizado y la imagen de mi familia se erradicó por completo, dejándome sola en la plataforma virtual.

El día de la incursión hacia los límites del sistema solar se había fijado exactamente una semana antes del cumpleaños de mi hija. Era una coincidencia cruel, pero me embarqué en esa misión principalmente por ella. Aunque al principio me encontraba completamente devastada por la separación, la expedición hacia Próxima B representaba la última gran esperanza: una de las pocas misiones espaciales cuyo objetivo prioritario era evaluar la viabilidad de colonizar un nuevo mundo y salvar a nuestra especie.

En ese momento, me quedé flotando en la penumbra de la simulación mientras el entorno de embarque terminaba de disolverse. En su lugar, el sistema generó un domo holográfico interactivo que comenzó a proyectar gráficos estelares, mapas orbitales y líneas del tiempo que flotaban a mi alrededor como luciérnagas digitales. Me tomé un respiro prolongado, dejando que la música ambiental de la cámara calmara los latidos desbocados de mi corazón. Hablar de la misión o de mi propia partida era apenas la superficie del abismo; para comprender por qué estaba dispuesta a cruzar el vacío cósmico y abandonar a mi familia, era necesario retroceder aún más en el tiempo. Miré a mi alrededor, contemplando cómo el proyector de la simulación comenzaba a dibujar el antiguo mapa de la Tierra, y decidí repasar, paso a paso y con doloroso detalle, el origen de la tragedia que nos obligó a huir.

Mucho tiempo atrás, en nuestra amada Tierra, ocurrió una catástrofe sin precedentes: una inversión geomagnética. En condiciones normales, la inversión de los polos magnéticos es un fenómeno sumamente lento e inocuo que tarda milenios en completarse. Sin embargo, la humanidad no previó lo que acompañaría a dicho evento. Mientras el escudo protector del planeta se encontraba debilitado y desorganizado por la transición, el Sol desató una serie de fulguraciones de una magnitud nunca antes registrada.

Yo aún no había nacido cuando la catástrofe alcanzó su punto cumbre; fue mi abuela quien vivió en carne propia aquel infierno. Ella nos contaba a mí y a mis hermanos cómo una súper tormenta solar masiva se dirigió implacable hacia la Tierra. Toda la civilización quedó completamente impotente, a merced de ser arrojada siglos atrás en el tiempo debido a la violencia del impacto geomagnético.

El debilitamiento del campo magnético no pudo amortiguar el golpe de la masa coronal. El impacto resultante superó con creces el histórico Evento Carrington de 1859, colapsando las redes eléctricas mundiales en cuestión de segundos y destruyendo la capa de ozono. Las historias de mi abuela alimentaron desde mi infancia una profunda curiosidad por comprender los detalles técnicos de aquella tragedia. Los seres humanos se vieron repentinamente al borde de la extinción total: la radiación solar en la superficie terrestre se volvió letal en cuestión de días, convirtiendo continentes enteros en desiertos esterilizados y abrasadores. La alteración atmosférica y la posterior falta de oxígeno, provocada por la destrucción masiva de los ecosistemas, dejaron a la población mundial agonizando.

Muchos científicos y filósofos de la época afirmaban que habíamos tropezado de lleno contra el “Gran Filtro”, aquel concepto derivado de la Paradoja de Fermi que postula la existencia de una barrera inevitable para el desarrollo y supervivencia de cualquier civilización inteligente.

Hoy, más de 150 años después de aquel evento denominado “Límite de Fermi”, la existencia humana persiste apenas como un tenue susurro; un legado que se resiste a desaparecer mientras la población sobreviviente continúa refugiada en gigantescas metrópolis sumergidas en las frías y oscuras zonas abisales de los océanos, usando el agua profunda como un escudo natural contra la radiación letal del exterior.

Esta es la realidad que heredamos y la razón exacta de mi viaje. Mientras me preparo para dar por terminada la sesión en la cámara de descanso, los paneles holográficos a mi alrededor parpadean y ajustan su iluminación, contemplando las cifras, los mapas estelares y los datos de navegación que flotan en el aire. Con la responsabilidad de salvar lo que queda de nuestra civilización sobre los hombros, cierro la interfaz de la simulación mientras la nave continúa abriéndose paso hacia la inmensidad del espacio profundo.

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