Capítulo 1
La verja cayó con un sonido metálico tan fuerte que Eira sintió la vibración recorrerle el cuerpo entero.
—¡CORRE! —escuchó a Dante gritar a sus espaldas.
La calle explotó en un caos ensordecedor. Disparos, rugidos de motores, gente empujándose salvajemente y los infectados chocando contra los coches abandonados, desesperados por alcanzar cualquier cosa que siguiera respirando.
Uno de esos monstruos cayó de bruces sobre el parabrisas de una camioneta, mientras otro empezaba a trepar por el capó antes de que una flecha le atravesara el cráneo por detrás.
Eira perdió la mano de Eric en medio del tumulto. Solo fue un segundo, un maldito segundo, pero él ya no estaba. Giró la cabeza con desesperación, buscándolo, y entonces sintió cómo alguien la empujaba con fuerza.
—¡Eira! —bramó Leo.
Pero ella no conseguía encontrarlo. No lograba ver nada más allá de la oleada de infectados que se abalanzaba delante de ella. Había demasiados.
El estruendo de la horda era cada vez más ensordecedor, impidiéndole pensar con claridad. Divisó a algunos miembros del grupo en mitad de la calzada, parapetados tras unos coches cruzados que usaban como barricadas improvisadas para abatir a todo lo que se movía, pero estaban perdiendo terreno.
Eira dio un paso hacia ellos, pero un infectado apareció de la nada frente a ella; reaccionó por puro instinto, clavándole el cuchillo en el ojo antes de girarse sobre sus talones, buscando una vía de escape.
Intentaba regresar con los suyos cuando vio a Cris caer al suelo, devorado por tres infectados a la vez. En ese instante, comprendió que si no salía de allí de inmediato, ella sería la siguiente.
Así que corrió.
Las suelas de sus botas golpeaban el asfalto mojado con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa. Pasó junto a un coche que ardía por dentro, las llamas reflejándose en los escaparates rotos de una tienda de ropa completamente saqueada. Había cuerpos desparramados en mitad de la calle; algunos inertes, otros revolviéndose todavía.
Uno de ellos estiró el brazo e intentó cazarle el tobillo cuando pasó por su lado, y Eira estuvo a punto de caer de boca contra el suelo.
—Mierda…
Se libró del agarre de una patada y siguió avanzando sin mirar atrás.
Giró a la derecha, adentrándose en un callejón estrecho, y no aminoró la marcha ni cuando las piernas empezaron a arderle por el esfuerzo. Tampoco cuando el aire gélido le cortaba la garganta. Solo sentía el peso de la mochila golpeándole la espalda y el pánico haciendo que su corazón latiera desbocado.
Llevaban días huyendo de los infectados, pero la horda los había tomado por sorpresa, y el cansancio acumulado estaba haciendo que su cuerpo dejara de responder bien. Torció por una callejuela plagada de basura y escombros.
No tenía la menor idea de a dónde iba, solo sabía que necesitaba seguir moviéndose. El eco de la horda y de los disparos a lo lejos empezaba a sonar cada vez más distante.
Subió casi sin pensar los escalones de un edificio que parecía haber sido de oficinas. Tropezó a mitad de camino, empujó la puerta acristalada con ambas manos y se coló en el vestíbulo justo antes de volver a cerrarla de golpe.
Entonces, se hizo el silencio.
Se apoyó contra la madera de la puerta, intentando recuperar el aliento. El pecho le dolía y las manos le temblaban tanto por la descarga de adrenalina que casi dejó caer el cuchillo que aún empuñaba.
Levantó la cabeza hacia el interior y solo encontró una oscuridad profunda. Agudizó el oído, intentando descifrar si había infectados acechando en las esquinas, si el edificio estaba realmente desierto. No se escuchaba absolutamente nada, salvo su propia respiración acelerada y el tamborileo de su corazón contra las costillas.
Suspiró, apartándose de la entrada para adentrarse en el lugar. A su paso solo vio mesas destrozadas, sillas volcadas y rastros de sangre seca en las paredes, todo cubierto por el polvo acumulado desde que el mundo cayó meses atrás. Caminaba despacio, midiendo cada paso.
Se agachó para abrir una pequeña nevera ejecutiva que ya estaba vacía, buscando algo útil. Solo encontró dos latas de refresco demasiado hinchadas por el tiempo, pero al menos era algo.
Al llegar al final del pasillo, giró a la derecha y entró en una de las oficinas más amplias. Estaba completamente a oscuras. Cerró la puerta a sus espaldas con cuidado y se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo, llevándose las manos a la cara. Cerró los ojos.
Eric. Leo. Cris.
Mierda.
Su grupo. Sus amigos. Su único refugio en este infierno.
Eric probablemente le estaría gritando en ese momento por quedarse ahí quieta, mientras Leo intentaría trazar un plan para volver a por el resto… y Cris…
Joder.
Había visto cómo lo despedazaban. Había visto su rostro aterrorizado, escuchando sus gritos, y no había podido hacer nada para salvarlo.
Se pasó una mano por el pelo empapado y entonces lo escuchó. Una respiración. Demasiado cerca de ella.
Levantó el cuchillo de forma automática, poniéndose en guardia mientras clavaba la mirada en el fondo de la oficina. Solo veía sombras. Sin embargo, a medida que su vista se acostumbraba a la oscuridad, distinguió la silueta de alguien sentado en el suelo, parcialmente oculto detrás de una mesa de escritorio.
Un hombre.
Y no se movía. Ella tampoco.
Su corazón empezó a golpearle el pecho todavía más fuerte. Se incorporó con lentitud, tanteando con la mano libre el arma que llevaba enfundada en la cadera.
—Joder… —susurró casi sin aire—. Joder, joder…
Él seguía observándola desde la linde de la oscuridad, demasiado quieto, como si no le sorprendiera en absoluto verla irrumpir allí. No había reaccionado como lo haría cualquier otra persona; no parecía nervioso, ni tenso, ni mucho menos asustado.
Eso fue lo primero que a ella le llamó la atención. Lo segundo fue el arma.
No la sostenía en posición de tiro, ni la apuntaba en su dirección; simplemente la tenía apoyada de forma relajada sobre una de sus rodillas, como si tuviera la certeza de que no iba a necesitar usarla todavía.
Eira desenvainó su pistola, apuntó directamente hacia la silueta y tragó saliva a duras penas.
—No quiero problemas… —susurró, intentando que no le temblara la voz.
El hombre no respondió.
Ella entornó los ojos, intentando distinguir sus facciones, pero la falta de luz lo hacía casi imposible. Solo alcanzaba a divisar unos hombros increíblemente anchos bajo una sudadera oscura, y podía sentir la fijeza de su mirada clavada en ella de una manera sumamente incómoda.
No la miraba como lo haría un saqueador, ni como lo hacían los hombres con los que se había cruzado desde que las leyes del mundo desaparecieron. Esto era diferente, casi peor, porque parecía que la estaba diseccionando con los ojos, intentando comprender qué clase de criatura era.
—Mira… —empezó ella, forzando un tono firme mientras dejaba caer su mochila al suelo con lentitud—. Tengo comida. Puedes quedártela, me da exactamente igual. Solo… no me hagas daño.
Nada. Ni un solo amago de movimiento por su parte.
Eira sintió cómo un sudor frío le resbalaba por la espalda y dio un mínimo paso ciego hacia la puerta de salida. Entonces, él habló.
—Deja de apuntarme.
Su voz sonó profunda, grave y ronca, como si llevara demasiado tiempo sin usarse. Ella no bajó la guardia, pero descendió mínimamente el cañón del arma.
—Tú también tienes una.
—Y no te estoy apuntando con ella.
Aquello era una verdad incuestionable, y solo sirvió para que ella se pusiera más nerviosa todavía. Significaba que el tipo no la consideraba una amenaza en absoluto o que estaba tan seguro de sus propias capacidades que sabía que no le haría falta disparar para acabar con ella.
Eira dudó unos segundos hasta que terminó por bajar el arma del todo. Ahora que sus pupilas se habían adaptado por completo a la oscuridad de la sala, podía apreciarlo un poco mejor.
Tenía el pelo oscuro y revuelto, cayéndole en mechones sobre la frente, y sus facciones denotaban un cansancio brutal, rematado por unas ojeras profundas. Una vieja cicatriz le nacía cerca de la oreja y le cruzaba el lateral del cuello hasta perderse bajo la ropa. Además, era grande. Grande de verdad. De esa clase de hombres que ocupaban demasiado espacio físico incluso estando sentados en el suelo. La sudadera se le amoldaba ceñida a los hombros, probablemente empapada por la lluvia que no había dado tregua en los últimos días. Las mangas le cubrían los brazos casi hasta las manos, pero aun así dejaban a la vista unos nudillos prominentes, plagados de pequeñas heridas viejas y cortes recientes.
—¿Estás solo? —susurró ella.
—Sí.
Sin embargo, Eira tuvo la nítida sensación de que no estaba diciendo toda la verdad. Durante su antigua vida, se había ganado el sueldo detectando cuándo alguien mentía; era una deformación profesional de sus años como abogada antes de que la civilización colapsara. Pero prefirió callarse. No era el momento de pedirle explicaciones a un desconocido que parecía capaz de romperle el cuello en tres segundos.
Fuera del edificio se escuchó un estrépito fuerte, en algún punto de la avenida principal. Probablemente infectados rezagados de la horda chocando contra algo. Ella se tensó al instante, pero, por el rabillo del ojo, vio que el desconocido apenas parpadeó. No le importó lo más mínimo. Ni siquiera levantó la cabeza para evaluar el ruido, y ese detalle hizo que un escalofrío le recorriera el cuerpo.
Cualquier superviviente normal reaccionaba ya ante el menor ruido, por insignificante que fuera. Todo el mundo… menos él.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí…? —preguntó ella al final, rompiendo el silencio casi sin darse cuenta.
El desconocido tardó unos instantes en responder.
—No lo sé.
Eira frunció aún más el ceño, estudiándolo. No tenía el perfil de un saqueador, ni el de un superviviente común, ni el de alguien que se hubiera dispersado de su grupo. Parecía… solo. En él no había esa clase de soledad desamparada que arrastraba la gente tras el colapso; era una soledad distinta, casi impuesta por elección propia.
Otro golpe sordo resonó en el exterior, esta vez más lejano. Un arrastre de cuerpos que chocaban contra algo antes de seguir su camino.
Eira mantuvo la pistola en la mano unos segundos más. Ni siquiera se había percatado de la fuerza con la que la empuñaba hasta que el antebrazo empezó a pasarle factura por la tensión. La bajó lentamente, pero no la enfundó. Todavía le flaqueaban las piernas por la carrera y sus pulsaciones no se habían estabilizado.
Dio un paso a la derecha sin perder de vista al desconocido y apoyó la espalda en la pared. Echó un vistazo al entorno. Había un par de pósteres corporativos torcidos, ordenadores con las pantallas reventadas y montañas de folios esparcidos por el suelo. Una mesa de juntas enorme permanecía volcada cerca del ventanal, como si la hubieran usado a modo de parapeto. Era una sala de reuniones, sin duda.
La tormenta no cesaba; oía el golpeteo rítmico de las gotas de lluvia estrellándose contra los cristales agrietados de la habitación.
Se pasó una mano por la nuca, retirándose los mechones húmedos. El pelo se le había soltado casi por completo de la coleta y se le había pegado a las mejillas. Se lo apartó con suavidad, volviendo a improvisar un recogido.
El hombre no le quitó los ojos de encima mientras lo hacía. No la miraba de forma descarada, ni con esa lascivia a la que se había acostumbrado a que la miraran desde que todo esto empezó. No había ese deseo rancio ni esa forma de recorrerle las curvas que siempre la ponía a la defensiva. Era una mirada mucho más extraña, casi clínica: como si estuviera registrando sus movimientos. Memorizándolos.
Volvió a clavar sus ojos en él. No aparentaba tener más de treinta años, quizás menos. Sin embargo, poseía una mirada densa que lo hacía parecer mucho mayor de lo que era. Como si hubiera presenciado demasiadas desgracias en muy poco tiempo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
Él la contempló un instante más, y ella llegó a pensar que la dejaría con la palabra en la boca. Finalmente, el hombre desvió la vista hacia el ventanal.
—Gael.
Ella volvió a mirarlo, notando que su rostro recuperaba esa expresión vacía. Eira asintió, esbozando una sutil sonrisa de cortesía.
—Soy Eira.
El silencio se adueñó de la sala de nuevo. Fuera apenas se percibía el rastro de los infectados; la horda que los había emboscado debía de seguir su curso hacia el sur de la ciudad. Aquello era un alivio, o tal vez no tanto. Significaba que su grupo se había desperdigado por completo y ella se encontraba atrapada a solas en un edificio abandonado con un tipo que parecía capaz de partirle el cuello con una sola mano sin apenas despeinarse.
Y, aún así, no sentía que fuera a hacerlo. Resultaba inquietante, sí, e incluso peligroso. Pero había un presentimiento en su interior que le decía que no era un mal hombre. No sabía cómo justificarlo. En su antigua profesión había tratado con individuos mucho peores; monstruos con sonrisas impecables y trajes a medida cuyos ojos reflejaban una maldad real. En Gael no percibía esa podredumbre.
—He perdido a mi grupo —terminó confesando, más por la imperiosa necesidad de escuchar una voz humana que por otra cosa. El silencio la ponía enferma—. Íbamos hacia el norte. Hay un asentamiento seguro cerca de Maryland o algo por el estilo. No lo sé con certeza, la verdad. Cuando Rob lo explicó en el campamento, no le presté demasiada atención.
Él no reaccionó. No soltó el típico “lo siento” automático ni le hizo ninguna pregunta por compromiso, pero tampoco le retiró la mirada; simplemente permaneció allí, escuchándola, y ese simple hecho le bastó para continuar.
—Nos separamos por culpa de la horda, eran demasiados —siguió relatando—. Nunca nos habíamos topado con una de frente, aunque sí las habíamos avistado a la distancia…
La voz le flaqueó levemente al final de la frase. Apretó los dientes de inmediato, molesta consigo misma por mostrar debilidad. Gael desvió sus ojos oscuros hacia las manos de ella, reparando en que tenía los nudillos completamente blancos de tanto apretar la empuñadura de la pistola. Eira relajó los dedos, soltando un largo suspiro.
—Si siguen vivos, buscarán un refugio donde pasar la noche —sentenció él al fin.
—Sí… eso espero —respondió ella, liberando el aire despacio.
Aunque, en el fondo, albergaba serias dudas. No eran soldados; solo supervivientes normales. Llevaban meses conviviendo juntos desde que su anterior refugio fue arrasado por una banda de saqueadores y se vieron obligados a vagar por la carretera. Desde entonces, su única meta era alcanzar Maryland. Cris, Leo, Eric, Dani… habían superado demasiadas penurias como para desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Pero el apocalipsis llevaba meses demostrando que daba igual cuánto quisieras a alguien: la gente simplemente desaparecía.
Se incorporó ligeramente, tomó la mochila que había dejado en el suelo y comenzó a rebuscar en su interior sin descuidar del todo la presencia del hombre. Sacó un paquete de galletas saladas medio aplastado. No era un gran manjar, pero llevaba días racionando la comida debido a la escasez. Extrajo un par de galletas y las sostuvo entre sus dedos antes de levantar la vista hacia él.
—¿Tienes algo de comer?
Él negó con la cabeza una sola vez. Ella contempló el paquete semivacío y luego lo miró a él.
—Toma.
Él no hizo el menor amago de moverse.
—Cógelas —insistió ella—. No me voy a morir por dejar de comer cuatro galletas.
Gael permaneció inmóvil. Eira resopló por la nariz, perdiendo la paciencia.
—Vale, pues muérete de hambre si quieres.
Se llevó una de las galletas a la boca. Estaban un poco blandas por culpa de la humedad ambiental, pero era el único combustible del que disponía. Gael la observó masticar en silencio. No había rastro de codicia ni de hambre en sus facciones; más bien parecía un hombre sumamente acostumbrado a lidiar con la privación.
Ella tragó el bocado y volvió a tenderle el envoltorio con lo que quedaba.
—En serio, quédatelas.
Esta vez, él sí se incorporó, haciéndolo con una lentitud calculada. Eira se tensó inconscientemente al verlo erguido cuán largo era. Era muchísimo más alto de lo que aparentaba estando sentado, imponente.
Gael avanzó con un paso grácil y silencioso, una fluidez impropia para alguien de su envergadura. Tomó el paquete evitando cualquier contacto con los dedos de ella y regresó a su rincón de la misma manera en que se había acercado. Ella lo escoltó con la mirada hasta que volvió a acomodarse contra la pared. Lo vio inspeccionar el paquete y volver a cerrarlo sin probar ninguna.
—¿No vas a comer? —preguntó ella, contrariada.
—Luego.
—Bueno, menos da una piedra…
Se pasó una mano por la cara una vez más, agotada.
Durante un buen rato, ninguno de los dos pronunció palabra. Gael continuaba estático, vigilando la puerta de la oficina con una fijeza absoluta. No daba muestras de cansancio; solo una atención implacable.
—¿Siempre estás así?
Él ladeó ligeramente el rostro hacia ella.
—¿Así cómo?
—No lo sé… tan en tensión. Tan alerta.
Gael le sostuvo la mirada durante unos instantes antes de desviar de nuevo su atención hacia la entrada.
—Sí.
Ella soltó una risa sutil, negando con la cabeza.
—Eso debe de ser jodidamente deprimente, la verdad.
El silencio volvió a instalarse en la estancia. Eira apoyó la nuca contra el muro y entornó los párpados. Sentía que el cuerpo le suplicaba un descanso, pero le resultaba imposible conciliar el sueño. Cada vez que bajaba la guardia, su mente le proyectaba flashes de la calle, el estrépito de la verja al caer y el grito desgarrador de Leo…
Abrió los ojos de golpe, clavando de nuevo la vista en la imperturbable figura del hombre.
—Apenas pestañeas…
—¿Me estás analizando? —inquirió él, sin desviar los ojos de la puerta.
—Era abogada antes de que todo esto se fuera al garete —explicó ella, encogiéndose de hombros—. Estudiar el comportamiento de la gente era, literalmente, lo que pagaba mi alquiler.
Aquella revelación provocó una ligera alteración en las facciones de Gael. Fue un matiz casi imperceptible, pero ella lo captó al vuelo.
—¿Abogada? —preguntó él.
—Sip.
—No pareces abogada.
—¿Y se puede saber qué aspecto se supone que debe tener una abogada?
—No lo sé. Más insoportable.
Eira soltó una carcajada espontánea antes de poder contenerse. Lo verdaderamente curioso de la situación fue el modo en que él la miró de inmediato, directo a los ojos, como si el sonido de su risa fuera un dialecto extranjero que no lograba comprender.
—Vale —admitió ella, aún sonriendo—. Eso ha sido un insulto en toda regla.
—Sí.
—Eres un tipo bastante borde para alguien que acaba de aceptar comida gratis de una desconocida…
—Aún no me la he comido.
Ella rodó los ojos, divertida.
—Dios… sigo sin entender a los americanos —susurró, volviendo a meter la mano en la mochila para buscar algo mientras hablaba—. Sois demasiado exasperantes. Ni siquiera sé por qué Jorge insistió tanto en venir aquí de vacaciones…
—No soy americano —puntualizó él, seco.
—Bueno, hablas como uno —replicó ella, mientras sacaba una linterna pequeña—. No te lo tomes a mal, solo digo que das el pego.
La encendió apuntando directamente hacia el suelo. El haz de luz amarillenta barrió parte del suelo de la estancia e iluminó el rostro de Gael de lleno durante un breve segundo.
Ella se quedó petrificada. El tipo arrastraba muchas más marcas de guerra de las que había apreciado inicialmente en la penumbra. Un corte limpio y reciente en la ceja, varios hematomas verdosos jalonando el cuello y el labio inferior partido. Sostuvo la luz un instante extra antes de redirigirla hacia el suelo, tratando de disimular la punzada de nerviosismo que le había atenazado el estómago al contemplar sus heridas.
—¿Tienes algún lugar al que ir? —preguntó, hurgando de nuevo en el macuto para evitar mirarlo a la cara.
—Sí.
Mentira. Una demasiado evidente para alguien con su experiencia en juzgados.
—Vas a tener que esforzarte más si quieres mentirme…
—Nunca he tenido la necesidad de hacerlo.
—Pues eso ha sonado un poco psicópata.
Él ni se inmutó. Eira expulsó el aire por la nariz y negó con la cabeza mientras extraía una pequeña botella de plástico vacía.
—¡Maravilloso! —masculló—. Lo que me faltaba, me he quedado sin agua…
Se levantó despacio, acusando el agarrotamiento de los músculos de las piernas, y caminó hacia una esquina de la oficina, justo al lado de uno de los ventanales semirrotos. Había vislumbrado con el destello de la linterna un pequeño dispensador de agua.
—Cuidado —advirtió la voz de Gael antes de que ella diera el tercer paso.
Ella giró el rostro hacia él.
—¿Por qué?
—Cristales.
Eira bajó la linterna. En efecto, había cientos de fragmentos diminutos esparcidos alrededor de la máquina.
—Gracias…
Rodeó la zona con cautela y se agachó junto al aparato, pero la garrafa superior estaba completamente seca.
—Mierda, era de esperar…
Apoyó una mano en la rodilla para impulsarse hacia arriba y volvió a percibir los ojos oscuros de Gael fijos en ella, siguiendo cada milímetro de sus movimientos con una atención hipnótica. Regresó a su rincón y se dejó caer de nuevo sobre el suelo.
—¿Cuánto tiempo llevas solo en realidad?
La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera sopesarla. Gael se tomó unos segundos antes de contestar.
—Mucho.
La inflexión con la que pronunció esa única palabra le causó una opresión en el pecho, porque sonó dolorosamente real. No la soltó con esa prepotencia fingida de otros supervivientes que inflaban sus desgracias para intimidar o dar lástima. Sonó… profundamente exhausto.
—Yo echo de menos mantener una conversación normal, la verdad —confesó ella en un hilo de voz—. En mi grupo tampoco es que habláramos demasiado últimamente, siempre estábamos pendientes de cualquier peligro… Sé que hablo por los codos, sobre todo cuando me pongo nerviosa, porque…
—Sí, hablas bastante —la interrumpió él, con una entonación completamente plana.
Ella soltó una risa sutil.
—Sí, bueno… soy española, venimos con ese defecto de fábrica.
Él siguió mirándola y, por primera vez desde que había entrado en la oficina, Eira creyó detectar un matiz diferente en sus ojos: confusión. Era como si Gael fuera incapaz de comprender cómo aquella mujer podía relajarse de esa manera en su presencia. Y la verdad era que ni ella misma lograba descifrarlo.
Solo tenía clara una certeza absoluta: si ese hombre hubiera querido hacerle daño, ya la habría matado hacía mucho rato.
A veces las personas más peligrosas son las que menos parecen necesitar compañía...