El reloj de Sombra y Vapor

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Sinopsis

En el corazón de una ciudad donde la magia y la maquinaria se entrelazan misteriosamente, Liora Ashworth, una joven que lucha por su supervivencia, se encuentra atrapada en una red de secretos y poderes antiguos. Criada como una nihilarca, alguien que reniega de la magia, Liora ve su mundo voltearse cuando descubre un reloj humeante, un artefacto que es mucho más de lo que parece. Al aceptar un trabajo en la famosa taberna The Nettle Nest, Liora se ve envuelta en un mundo de intriga donde los relojeros infunden vida en sus creaciones mecánicas y las sombras de un pasado olvidado amenazan con resurgir. Mientras aprende a navegar entre camareros mágicos y clientes impredecibles, Liora debe enfrentarse a su propia herencia y decidir qué papel jugará en la lucha eterna entre el humo y el metal. "Sagas de Humo y Metal: El Reloj de Sombra y Vapor" es una historia de descubrimiento y valentía, donde el destino de una muchacha puede ser la clave para equilibrar un mundo al borde de un cambio revolucionario. Con cada tic-tac del reloj, Liora se acerca más a la verdad, una verdad que podría cambiarlo todo.

Genero:
Fantasy/Drama
Autor/a:
PabloRhyal
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

"En tierras más allá del conocimiento, una joven desafiante se adentró en lo desconocido, no por oro o fama, sino por la sed de aventuras y respuestas ocultas. Este es el legado de quienes buscan su destino más allá del horizonte trazado."

Extracto de “Camino del Errante”, por Eldrin el Viajero


Me despertó el jaleo metálico de los cronomatas. Mi habitación, bastante deteriorada para estar en la Avenida de los Maestres, una de las calles más decentes de Horocrest, ya me resultaba un suplicio. Encontrar un trabajo que no fuese la esquina entre la taberna y el callejón del banco se estaba convirtiendo en una tarea imposible. Podía oír el bullicio del mercado dos calles más abajo. El viento traía el aroma del pan y las carnes asadas que se colaban a través de mi ventana entreabierta. Era un verano caluroso.

El baño era parte de la habitación en sí, un rectángulo minúsculo donde las grietas de las paredes lo hacía poco acogedor. Pero era lo que tenía y daba gracias por ello. Me aseé como pude y me puse la ropa de viaje que llevaba desde hacía varias semanas. Tenía las botas sucias así que las limpié con un trapo mohoso que seguía en el mismo sitio desde que llegué y ya estaba lista para evitar al portero. Había llamado un par de veces a mi puerta ayer, preguntando por el Crown que le debía desde la semana pasada.

No me costó mucho evitarlo pues se enredaba hablando con las inquilinas de dudoso oficio que llenaban el hostal. Me deslicé entre ellas, algunas me sacaban una cabeza a pesar de que probablemente tendrían mi misma edad. Un par de segundo después ya estaba en la calle. El sol radiante quemaba, era mediodía. Los carros de caballos pasaban a toda velocidad, casi sin respetar ninguna norma de circulación. El olor a meados de las esquinas que se mezclaba con el de la comida, que previamente entraba por mi ventana, me hizo arrugar la cara. Siempre me quedaba boquiabierta al ver los enormes exoesqueletos mecánicos que los relojeros creaban.

—¡Cuidado muchacha!—me gritó aquel hombre

—Lo siento

Estaba en el camino de su creación, que iba arrastrando un carromato lleno de chatarra metálica. El cacharro dejaba una pequeña estela de humo negro, lo que me llevó a deducir, a pesar de mi limitado conocimiento, que se trataba de un Igniexosqueleto. Desprendía calor y en su pecho quemaba energía, <<Si es que así era como funcionaban>>. Sus pasos metálicos hacían que vibrara el suelo, pues sus casi dos metros lo hacían bastante pesado. De un color bronce oscuro y con un cuerpo lleno de rendijas los hacían, un poco… terroríficos.

Crucé la calle, no sin antes cerciorarme de no estar otra vez en el medio de ningún exoesqueleto más, y me planté en la puerta de aquella taberna. The Nettle Nest. Había un gran cartel ornamentado en lo alto de la fachada, con ortigas talladas en la madera. Me sudaban las manos cuando puse la mano sobre el pomo. Me las sequé en la falda, tomando aliento y tratando de eliminar mi ansiedad cuando escuché gritos. Era demasiado pronto para que los borrachos que se solían juntar a media tarde se aglutinaran allí.

Cuando abrí la puerta, el cambio de ambiente fue inmediato. La luz del mediodía quedó atrás, y me envolvió la penumbra acogedora de la taberna. El aire estaba impregnado con el aroma a madera vieja y un toque de humo de pipa. Las mesas de roble, gastadas por los años de uso, se esparcían irregularmente por el suelo de tablones crujientes.

Una serie de velas y lámparas de aceite arrojaban sombras danzantes sobre las paredes, donde colgaban retratos borrosos y herramientas de relojería. Aunque era temprano y no me lo esperaba, algunos parroquianos ya ocupaban rincones habituales, sumergidos en sus conversaciones y bebidas. El bullicio era constante, una mezcla de charlas y risas ocasionales.

Pero mi atención se desvió, como la de todos, hacia el altercado en el centro de la sala. Dos hombres, uno sentado en una silla con una túnica negra sin articular palabra y el otro de pie, de barba frondosa agitando el puño en el aire. Eran improperios bastante fuertes que hubiesen hecho a mi propio padre salir corriendo del establecimiento, pero yo me quedé. Estaba cogiendo aire cuando el tabernero me hizo un gesto resignado, me indicó que me acercase a la barra, mientras el manejaba la situación.

—¡Quien te crees que eres, no sabes de lo que soy capaz!—dijo el hombre barbudo, con el puño levantado.

—Caballero, me está haciendo perder el tiempo y no dispongo de mucho—el que estaba sentado me daba un poco de repelús.

Aquel hombre vestía una túnica negra con decoraciones plateadas, muy bonita, pero no tanto como su cara. Parecía joven pero tenía unas arrugas poco naturales en su cara, como si envejeciese de repente. Era difícil de explicar.

—¡Encima es un chulo de mierda!—aquel hombre levanto el brazo para asestarle un puñetazo.

Me tapé la cara con las manos.

—¡Orlov, basta ya!—me sobresalté ante el grito del tabernero.

Salió de detrás de la barra. Mi respiración se había entrecortado por la tensión del momento. Fue hasta la mesa y sacó al hombre del establecimiento. Aún ofreciendo resistencia, el tabernero lo sacó casi sin esfuerzo. Era monumental, sus brazos eran casi más grandes que yo y tenía que agachar la cabeza al pasar por la puerta. Me acomodé en el taburete y volví a secarme las manos en el vestido. Últimamente me sudaban demasiado.

El hombre de negro, me miró y me sobresalté un poco. Sacó un reloj de bolsillo del interior de la túnica y lo ojeó un momento. Era, como decirlo, irracional. Las manecillas eran de humo negro, y el mecanismo interior se podía ver perfectamente. De cobre y estaño y con pequeños engarces de color dorado. A pesar de todo era bonito.

—¡Guarda eso y que no vuelva a verte, fuera de mi taberna!

El tabernero entró haciendo crujir la madera del suelo. El grito me volvió a asustar. El hombre se lo volvió a guardar y tras levantarse y guiñarme un ojo, cosa que me hizo arrugar la nariz, salió por la puerta. Inspiré profundamente. <<No debería haber entrado aquí>>. Se me pasaban mil cosas por la cabeza, pero debía demostrarme a mi misma que podía hacerlo, que era libre.

—Lo siento niña. ¿Qué te pongo?—se disculpó el tabernero.

—Yo… Será mejor que me vaya.

—Espera, mujer, no hace falta, esos dos no volverán por aquí. ¿Que, tienes hambre? ¿Quieres comer algo?

Parecía bastante calmado y las pulsaciones de mi corazón se redujeron, tenía una voz aterciopelada que calmaba. Le volví a mirar los brazos y luego me fije en su cara. Un bigote espeso y una gran nariz. Tenía unos ojos verdes oscuros que brillaban de vez en cuanto por el reflejo del sol a través de las ventanas.

—Dime, ¿Qué te pongo?

—En realidad, venía a buscar trabajo—dije de la manera más segura que pude.

—¿Trabajo? ¿Tu? ¿Pero que edad tienes?

Siempre. Me. Lo. Preguntaban. Lo odiaba. Mi estatura no ayudaba pero tampoco es que pareciese una niña. Hacía tiempo que había cumplido la mayoría de edad. Me crucé de brazos y fruncí el ceño.

—Veinte. ¿Es un problema?—quizá me hubiese pasado.

—Vale, vale…—se echó a reír—¿Y que sabes hacer?

—Se cocinar, fregar, coser, cantar…—sabía hacer muchas cosas, pero tenía que mentir si quería el puesto—lavar, limpiar vomito… ¿Fregar?—Eso ya lo había dicho.

El tabernero tenía las cejas arqueadas ante la sorpresa de la cantidad de labores que podía desempeñar y a saber cuantos serían verdad. Volvió a reír con exageración. Y ahora era yo quien arqueaba una ceja.

—¿Y servir mesas?

—Podría hacerlo. Sí—estaba tan segura como de que el cielo es rojo.

El entornó los ojos y me miró un momento. Yo seguía de brazos cruzados, tratando de parecer segura de mi misma. Quizá hubiese servido de algo. Tras pasarse la mano por su grasa media melena castaña, bufó con gracia y se apoyo en la barra.

—Está bien. Empiezas mañana, PERO—levantó un dedo—Solo cobrarás un Shilling al día. Hasta que vea como te desenvuelves. Ofrecemos alojamiento a empleados, pero se te restará de tu sueldo. Tie…

Yo ya había cambiado por completo mi postura. Mi mirada pasó de enfadada a perpleja y sin darme cuenta mis brazos se habían descruzado y estaba apretando los puños de emoción.

—¡Si!—dije cortándole, antes de que cambiase de opinión.

Se sorprendió y otra vez la risotada que hacía que la risa se me contagiase. Extiendo su enorme mano hasta mi y se la estreché.

—Trato hecho. Empiezas mañana, así conocerás a Mira y podrá ayudarte con todo—se golpeó la frente con la parte baja de la mano— Tantas prisas y ni nos hemos presentado. Mi nombre es Wilfred Nettleback, orgulloso propietario de The Nettle Nest. Encantado de conocerte…

—Liora Ashworth—esbocé una sonrisa sincera—Encantado de conocerle, señor Nettleback y gracias por la oportunidad.

—Por favor, llámame Wil. Todo el mundo lo hace. El señor Nettleback era mi padre—me copió la sonrisa

—De acuerdo… Wil—me resultaba raro llamarle por el nombre de pila. No porque fuese mi nuevo jefe, sino que no le conocía. —¿Podría empezar hoy?

—¿Hoy?

—La verdad necesito el dinero y cuanto antes le demuestre lo que valgo… mejor, ¿no?—estaba eufórica lo que me hacía soltar lo primero que me viniese a la cabeza.

La risa empezaba a pasar de graciosa a impertinente ya que se reía por todo. Wil me miró con aprobación y dio un par de golpes en la barra.

—A las seis en punto, niña, sé puntual.

Asentí, aliviada. Finalmente lo había conseguido. Después de tantas semanas enfrentando la soledad, y aunque no pasé hambre, mentiría si dijera que no necesitaba desesperadamente este trabajo. Al salir de la taberna, el contraste entre la penumbra del interior y la luz brillante del exterior me hizo parpadear un par de veces. La calle que estaba bañada por el sol, que aún seguía en su punto más alto, era un hervidero de actividad.

Los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancía, desde frutas frescas hasta artefactos mágicos. <<¿Serán de verdad?>> Los peatones se movían con prisa entre los puestos y las tiendas. El aire vibraba con el retumbar de los martillos de los herreros y el silbido de las máquinas de vapor.

Miré hacia arriba, hacia los edificios que se alzaban a ambos lados de la calle. Era una surtido diverso de arquitectura antigua y moderna, donde las fachadas de piedra se entremezclaban con las estructuras metálicas y los paneles de cristal. En algunos balcones, las flores colgaban en macetas, añadiendo un toque de color a la paleta industrial de la ciudad.

Mientras caminaba, me encontré con grupos de niños corriendo y jugando entre los exoesqueletos mecánicos, que descargaban mercancías con una precisión casi poética. A lo lejos, el zumbido constante de las fábricas se mezclaban con el murmullo de la multitud, creando la sinfonía, que para mí, ya era característica de Horocrest.

Me reflejé en el escaparate de una tienda de una fachada ropa con un montón de prendas colgadas y maniquíes vestidos. <<Que asco de ropa>>. Metí la mano en mi pequeña bolsa de monedas y, tras contarlas por el tacto, deduje que quizá tenía suficiente para los precios que vi en las etiquetas.

La tienda era enorme a juzgar por su fachada. Tuve que estirar el cuello para ver los mostradores de tela que recorrían el perímetro de la estancia. Telas de colores apagados y vibrantes, amarillos horteras y verdes y púrpuras maravillosos. Había más maniquíes dentro, en secciones, según pude descifrar. Ropas de gala, de trabajo, de… ¿Combate? Había una sección con túnicas y armaduras tachonadas de cuero que cubrían pecho y muslos. Eran… interesantes.

—¿Te puedo ayudar bonita?— La señora me asustó al tocarme el hombro con un dedo huesudo. —Por lo que veo, si…

Asentí, la verdad no le faltaba razón cuando me vio de arriba abajo con cara de asco. Ciertamente, iba andrajosa, pero no hacía falta ser tan expresiva.

—Sígueme por aquí. Espero que traigas dinero, una puede donar ropa pero no se vive del aire. Y ya he cumplido con el cupo de este mes. ¿Traes verdad?— dijo parándose y bajando las gafas un poco, haciéndolas reposar en su nariz ganchuda

—Si, señora. Creo que tengo suficiente

—Bueno, eso lo decidiré yo—masticó un par de veces algo que no quise saber de que se trataba y continuó guiándome a través de pasillos interminables—Cuidado ahí.

Dijo ella levantando un dedo. Rápidamente me agaché cuando una caja de madera pasó a centímetros de mi nariz. Era un exoesqueleto moviendo mercancía que irradiaba otro tipo de energía. Su núcleo era azul y no despedía humo, en realidad no hacía casi ruido alguno. Del mismo color que los que había visto en las calles, pero este estaba más cuidado y podría decir que abrillantado.

—Es Gelt, es funcional, pero la combustión hidrófila ya sabes lo que tiene. No puedo tener un exoesqueleto soltando humo y apestándome las telas.

No tenía ni idea de que era lo que tenia la combustión hidrófila, pero seguí caminando tras ella. Tras un par de minutos danzando entre pasillos mientras ella tocaba las telas y me decía cuando bonitas quedarían en esta prenda u aquella, llegamos a una sección llena de vestidos, hermosos. Me quedé boquiabierta, solo había visto aquel lujo en las fiestas de los palacios de Aeternis.

—¿Cuál te gusta más, muchacha?—señaló uno que me encantó—¿Este?

Era de color añil con encajes de pedrería y un escote demasiado marcado.

—Me encanta… pero solo estoy buscando ropa para diario, perdone—dije con vergüenza.

—¿Y no me las podido decir antes? El tiempo es oro niña.

Si dejase de hablar como una cotorra quizá hubiese podido, pero antes de que me diese cuenta ya la estaba siguiendo entre los pasillos. Esta vez evite a Gelt con destreza, agaché la cabeza prediciendo su movimiento y me fijé en unas túnicas negras, en una sección que estaba casi escondida. Eran igual a las que el hombre del reloj llevaba.

—Señora, ¿para que son esas túnicas?—las señale sin el menor reparo.

—Para los monjes de Aethar, por su nombre, ¿de donde sales niña?

—No soy de aquí. Soy de Aeternis—contesté con un poco de enfado

—Uhm… pobrecilla. Bueno, esas túnicas son las que suelen usar los monjes de la Abadía de nuestro señor Aethar.

<<Osea, que era un monje>>

—¿Y suelen llevar relojes raros?—pregunté, ya estaba metida en mi faceta de investigación.

—Niña, esos relojes son sus Arcanix—se volvió a bajar las gafas para verme—¿Sabes lo que es un Arcanix?

—Si señora—No lo sabía.

—Menos mal, ni tan si quiera en esa nación de negacionistas se puede eliminar la racionalidad. Muy bien— puso su mano en la cadera y me señaló cuatro modelos, bastante mejores que aquel vestido tan bonito.

—¿Son lo suficientemente discretos?—dijo metiendo la uña entre los dientes

—Si, señora, muchas gracias

Me decidí por unos pantalones de cuero marrón que se ajustaban a mis muslos con algún que otro bolsillo oculto que en aquel momento me pareció útil. Y una camisa de blanca de manga larga, bastante sencilla que no me daría calor.

—Horriblemente vulgar—dijo la mujer al verme la ropa puesta—¿Vas a incinerar la ropa vieja? Por un par de Shillings más lo hacemos aquí.

—Solo la ropa, por favor.

La mujer se alzó de hombros y, después de pagar, salí con mi nueva ropa, aunque conservando mis botas. Me resultaban muy cómodas como para deshacerme de ellas, por muy sucias que estuviesen.

Desde luego, ya no sentía tanto calor. Tiré el vestido viejo a un pequeño cubo de basura y vi el enorme reloj de la plaza. Eran las cuatro y aun me quedaba tiempo de ir a por mis cosas en el hostal y volver a la taberna para empezar mi turno. Pero mi atención se desvió a una figura familiar: el hombre de la túnica negra. O alguien que se le parecía, o quizá otro monje. Pero giró la cara y no había duda, era él.

Se desplazaba con rapidez entre la gente, casi como una sombre entre la multitud. Algo en el me intrigaba, la vez la manera en que había manejado el altercado en la taberna, o ese extraño reloj que había sacado. Ahora sabía que era su Arcanix, o lo que fuera eso. Sin duda ya lo descubriría. Movida por la curiosidad, decidí seguirlo discretamente, manteniendo una distancia prudente.

Caminé tras él, pasando por calles estrechas y plazas bulliciosas, siempre maravillada por la diversidad y el dinamismo de Horocrest. Cada esquina revelaba algo nuevo: un relojero afinando martillando sobre una gran pieza de metal, niños jugando con pequeños autómatas, o un grupo de artistas callejeros tocando una melodía pegadiza. Pero nada me despistaba de el.

Finalmente, el hombre de la túnica negra se detuvo frente a un edificio en ruinas, apartado del bullicio principal. El lugar parecía abandonado, con ventanas rotas y puertas desvencijadas. Observé como sacaba algo del interior de su túnica, mirando algo en eso antes de desaparecer en el interior del edificio. Se internó en el pero algo cayó de su túnica con un leve clic metálico. El hombre continuó su camino sin darse cuenta de que había perdido algo.

Me detuve y miré el objeto en el suelo. Era el reloj. Ese mismo reloj de aspecto irracional, con manecillas de humo negro, que había sacado en la taberna. Dudé un instante. <<¿Debería devolverlo? No.>> Pero la curiosidad pudo más que la cautela. Me agaché y lo recogí. Era más pesado de lo que esperaba, y su diseño era un más fascinante de cerca. Las manecillas de humo negro se movían con una gracia etérea, y los intrincados engranajes del interior emitían un suave zumbido.

Mientras lo examinaba, una sensación extraña me invadió. Era como si el reloj estuviera vivo, latiendo con una energía que no podía comprender. Me di cuenta de que no podía simplemente dejarlo allí o devolvérselo al hombre sin más. Había algo en ese reloj, algo que me llamaba. Me lo guardé y eché una ultima mirada al edificio en ruinas. No tenía intención de internarme más o seguir al hombre, no en ese momento.

Regrese por las calles de Horocrest, sintiendo el peso del reloj contra mi pierna. Sabía que había tomado una decisión importante, aunque no podía anticipar las consecuencias de mis actos. Por ahora, debía prepararme para mi primer turno en la taberna, pero algo me decía que aquel reloj iba a cambiar mi vida de una forma que aún no podía imaginar.