Prólogo: La Caída
El sol se alza por todo lo alto, una suave brisa de primavera sopla con gentileza y los estudiantes realizan sus actividades de siempre. Los gatos, por su parte, paseaban por cada rincón de la academia.
El gran campanario suena, anunciando un cambio de hora, algunos se dirigen a sus clases, otros al patio y Él simplemente está de pie, en el balcón de su habitación. Ojos carmesíes, cabello escarlata y una piel algo pálida. Era una apariencia dada por su familia, algo que no le pertenecía.
Su pálida y vulnerable piel estaba siendo cubierta por el uniforme característico de los de primer año. También llevaba consigo un collar con lo que parece ser un rubí agrietado, reflejando algo que él busca ignorar.
Unos minutos pasan y un chico rubio llega a la habitación, fijándose directamente en aquel que está en el balcón.
—Berlio, deberías estar en cama, como indicó el doctor.
Berlio, aquel chico pelirrojo. Desde ese día ha estado actuando raro, no habla con nadie, no va a clases ni tan siquiera se atreve a mirarlos, como si tuviera miedo de algo. El rubio pensaba que era su amigo, pero parece que ya no.
La cabeza de Berlio ha estado llena de preocupaciones y cuestiones que no lo han dejado tranquilo, incluso ahora. En un momento en que parece tranquilo y relajado, es incapaz de no pensar en aquello, por su culpa alguien ha salido herido… Su cuerpo y mente parecen no poder sostenerse más tiempo en aquel estado. Él se empieza a sentir débil, su condición parece haber empeorado, el chico empieza a sentirse mareado y a perder el equilibrio. Cayendo de aquel balcón.
—¡Berlio! —grita el otro chico nada más percatarse de lo ocurrido.
El pelirrojo siente como si el momento fuera en cámara lenta; su inminente impacto se ve correspondido por el deseo del chico de vivir. Él simplemente había perdido el equilibrio, él no quería morir. Así, los recuerdos de su corta vida hacen mella en la poca racionalidad que tiene, recuerdos de cómo a partir de su décimo cumpleaños los ojos de su familia hacia él cambiaron.
Lo recuerda con claridad cuando aquel reclutador fue a examinarlo durante aquella celebración. Los resultados no fueron los esperados; lo acontecido ocasionó revuelo. Berlio tenía muy poca aptitud para el fuego. No tener aquel don fue un gran golpe para su familia y para él. Una familia cuya reputación se basa en el dominio de este elemento, que su primogénito sea incapaz de dominarlo, no sería bien visto.
A partir de aquel momento, Berlio tuvo que pasar días y días sin descanso, leyendo y aprendiendo todo sobre el “arte del fuego y las llamas”. El trato que recibía pasó a ser muy bajo; le fueron concebidos numerosos dispositivos y artilugios para enmascarar aquel defecto de su familia, aquella falla.
Su vida se tornó en un infierno los siguientes dos años, hasta que fue enviado a la academia. ¿Por qué había nacido así? ¿Por qué no podía contentar a sus padres por más que quería? ¿Qué hizo mal?
La culpa la tenía él por haber nacido así…
El chico por un momento olvidó que estaba cayendo, que su muerte era inminente y solo se estrelló de cara al suelo.