Capitulo 1
NOTA DE LA AUTORA:
Lean la advertencia para evitar cualquier disgusto.
⚠️ ADVERTENCIA. Esta novela contiene INCESTO. Leer con precaución. ⚠️
¿Que es el Incesto?
Es cuando existe una relación sexual y amorosa entre familiares. En este caso, será padre-hija.
Con todo esto aclarado, les dejo con la novela.
El emperador y la princesa
Hace mucho tiempo, en un imperio muy lejano, vivía una pequeña princesa adorada por todos.
Rodeada de lujo y esplendor, no había deseo que no se le cumpliera.
Vestidos, joyas, juguetes: su vida estaba llena de todo lo que cualquier niña podría desear.
Pero más que cualquier tesoro, la princesa atesoraba con todo su corazón algo en especial.
—¡Papá!
O más bien a alguien.
Su voz resonó en el gran pasillo, cargada de emoción. Apenas distinguió la figura de su padre entrando en la sala, corrió hacia él, ignorando las miradas de los sirvientes y olvidando los modales que se esperaban de una princesa.
El emperador, imponente y frío, relajó su expresión al verla. Sus ojos dorados, usualmente tan gélidos como el acero, se suavizaron.
La pequeña se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza. Él, acostumbrado a este ritual, posó una mano en su espalda y otra en su cabeza, acariciando su cabello con una ternura que nadie más lograba provocar.
—¿Me extrañaste? — preguntó con una voz más suave de lo que nadie imaginaba.
—¡Mucho! —exclamó la princesa, levantando la mirada hacia los ojos dorados de su padre—. ¡No sabes cuánto esperé tu regreso!
El emperador la alzó en brazos, y la pequeña rodeó su cuello como si nunca quisiera soltarlo.
—¿Sabes? Esta vez no lloré porque no estabas. Bueno… tal vez un poquito. O quizá dos veces… —dudó, bajando la voz mientras contaba con los dedos—. ¿O fueron tres?
El emperador soltó una ligera risa, algo tan extraño en él que los sirvientes enmudecieron. Observó a su hija con una mezcla de curiosidad y un interés oscuro, preguntándose cuánto tiempo más podría mantenerla bajo su control antes de que su pureza se contaminara con la verdad.
Cinco años atras, había tenido la intención de matarla.
Furioso por la traición de la emperatriz, había decidido borrar cualquier rastro de ella, incluyendo a su hija. No podía permitir que alguien con la sangre de esa perra siguiera con vida.
Empuñando su espada, se dirigió a la habitación de la niña, decidido a eliminarla. Pero lo que encontró al abrir la puerta fue algo que no esperaba.
Una pequeña criatura, apenas capaz de sostener un peluche, lo miró con ojos brillantes. Eran idénticos a los suyos, y aun así, estaban llenos de pureza y confianza. La niña avanzó tambaleante y, con una mano diminuta, tomó el dobladillo de su pantalón.
—¡Dada! —exclamó con una torpeza encantadora.
El emperador se quedó inmóvil. Nadie lo había mirado de esa forma antes, sin miedo ni odio. Incluso los niños más pequeños se estremecían en su presencia. Pero esta niña lo miraba como si él fuera su todo, sin saber que estaba frente a un depredador.
En ese momento, un pensamiento oscuro cruzó por su mente:
«¿Cuánto tiempo podrá seguir mirándome así?»
¿Qué haría cuando descubriera la verdad? ¿Lloraría, temblando de miedo? ¿O lo odiaría con todo su ser, deseando vengarse? La idea era demasiado intrigante para ignorarla.
Guardó su espada y se marchó, dejando viva a la niña por un simple capricho.
Con el tiempo, comenzó a visitarla, al principio para satisfacer su curiosidad.
Pero pronto, esas visitas se volvieron más frecuentes. Verla correr hacia él con una sonrisa, escuchar su risa… todo eso provocaba un extraño alivio, una calma que no había sentido antes.
Había comenzado a pensar que debería olvidar su plan retorcido y mantener las cosas como ahora, sin embargo, todavía no podía olvidar que la sangre de esa perra fluía en sus venas. Lo que le hacía retrasar su decisión.
Sin embargo, un día que se dirigía a visitarla, las cosas comenzaron a aclararse.
—¿Qué hará cuando descubra que Su Majestad fue quien mató a la emperatriz? Pobre niña, lo adora tanto…
La espada del emperador cortó el aire, y la cabeza de la mujer cayó al suelo antes de que pudiera terminar su frase.
Su compañera gritó aterrorizada, pero su voz se apagó al encontrarse con los ojos del emperador: fríos, feroces, llenos de furia contenida.
—Está prohibido mencionar a la emperatriz —declaró, su voz cortante como el filo de su espada—. Cualquiera que lo haga, morirá.
La otra sirvienta se inclinó temblando, incapaz de hablar.
—Encárgate de esto —ordenó, señalando el cadáver con indiferencia antes de guardar su espada y marcharse.
Por un momento, la idea de que su hija pudiera haber escuchado aquellas palabras le revolvió el corazón. Apresuró el paso y, al llegar a su habitación, la encontró profundamente dormida. El alivio que sintió fue tan intenso que decidió algo en ese instante: Ella nunca sabrá la verdad.
De vuelta al presente, el emperador apartó esos recuerdos al notar la mirada preocupada de su hija.
—¿Estás enojado porque mentí? —preguntó ella, con lágrimas formándose en sus ojos dorados—. Lo siento, no volveré a hacerlo.
El emperador limpió las lágrimas que amenazaban con salir y plantó un beso en su mejilla.
—Yo también te extrañé —dijo con suavidad, aunque su mente seguía trabajando en silencio.
No podía permitir que ella lo desafiara, ni siquiera con una mentira inocente.
—Pero no debes mentir. Especialmente a mí. ¿Lo entiendes?
La princesa asintió con determinación.
—¡Nunca te mentiré!
El emperador observó su expresión con calma. Aunque sus palabras eran sinceras, sabía que los humanos eran propensos a cambiar. Porque, aunque había decidido perdonarle la vida, sabía que si alguna vez se convertía en un problema, no sabia que sería capaz de hacer.
—Te he traído regalos —dijo finalmente, relajando su expresión. —Vamos a verlos.
La princesa sonrió, abrazándolo mientras caminaban juntos.
Los asistentes que los seguían observaron la escena en silencio, todavía incapaces de entender cómo esa niña podía transformar al hombre más temido del imperio. Pero lo que ellos no sabían era que, detrás de esa ternura, el emperador guardaba una oscuridad que ningún amor o cariño podría disipar.








