Condena
¿Qué es más peligroso? ¿Desafiar la ira de un Dios o la corromper la naturaleza?
Hajime Kokonoi era un orgulloso y poderoso rey, el cual podía presumir de ser respetado, admirado e incluso adorado como si de una deidad se tratara.
Sus súbditos anhelaban su cercanía, y era tal su fidelidad que estaban dispuestos a besar el piso bajo sus pies.
En pocas palabras, Hajime lo tenía todo, incluido un bello y valioso esposo que aseguraba su futuro en la corona; su nombre, Takemichi Hanagaki.
Cualquiera que conociera lo suficiente a Kokonoi sabía que sus ambiciones y metas iban más allá de lo que era moralmente correcto, pero al rey poco le importaba.
Ansiaba conquistar nuevas tierras, tener más poder y ser recordado como el mejor rey que alguna vez hubiese pisado la tierra. Estaba seguro, sería recordado más que cualquier dios.
Se creía tan poderoso e invencible que cualquier cosa le parecía posible. Es por eso que cuando encontró a la más bella criatura salvaje no se contuvo y acogió al exótico animal.
No había bestia que se le resistiera, y esa no sería la excepción.
De brillante y dorada melena, un porte digno y con una mirada salvaje y dominante, adquirió al león más hermoso que sus ojos alguna vez pudieron mirar. Lo llamó Manjiro.
Sin embargo, el capricho del rey por su nueva "mascota" duró apenas unos cuantos días, así como era costumbre en él.
Takemichi, quién no esperaba nada de su majestad, supo que su siguiente tarea sería cuidar del león. Aunque tampoco era algo que le molestara, después de todo, él también estaba solo en el enorme palacio.
Para sorpresa de los sirvientes y del mismo Kokonoi, el Hanagaki logró acercarse al león sin que este le atacara. Takemichi era tan especial que había logrado encantar a una bestia salvaje como Manjiro.
Y lo más increíble de todo es que era mutuo; Takemichi adoraba al león, y el animal lo adoraba a él.
Mas no todo siempre es felicidad, porque si había algo que los dioses amaran más que ser adorados, era castigar a los miserables humanos que los desafiaban, tal como hacía Hajime Kokonoi.
Izana, el dios de los océanos, sintió rabia de ver cómo un humano abandonaba sus obligaciones para con ellos, y que, además, mostraba más interés por una infame criatura como aquel león —aunque fuera momentáneo—.
Un humano no podía desafiar a los dioses, era un crimen imperdonable y que le haría pagar. Porque si alguien sería la ruina del rey, ese sería el majestuoso león que su esposo adoraba tanto.
Fue así que una mañana los gritos de la servidumbre despertaron al durmiente rey.
De inmediato acudió al lugar, pues aunque su reinado era próspero, la idea de ser atacado no podía ser descartada.
Reconoció que los gritos provenían de la habitación y al llegar quedó hecho piedra, pues en el lugar donde debería estar durmiendo su adorado león, se encontraba un chico de cabellos largos y dorados, ojos oscuros y con cuerpo de león de la cintura para abajo.
—Su majestad, el león...—Balbuceó un sirviente—. El león es este chico.
Manjiro miró confundido y aterrado todo a su alrededor, y no podían juzgarlo, no cuando apenas horas atrás no era más que un león salvaje.
Sintió las miradas sobre él, quería gritar que dejarán de mirarlo o que los destrozaría, pero entonces un olor dulce y fresco alertó al rubio. Se trataba de Takemichi, que, con las mejillas rojas de tanto correr y la respiración entrecortada, llegó a la habitación.
Al igual que el resto, Takemichi se quedó sin palabras cuando vio a la extraña criatura, pero lejos de sentir miedo, tenía curiosidad por él.
Manjiro se sintió avergonzado, no quería que lo viera en esa forma. Tenía miedo de no gustarle más y de no ser el "hermoso león" con el que Takemichi siempre quería estar.
Por su parte, Kokonoi quería cortarle la cabeza a Manjiro, pero se contuvo. La transformación de Manjiro solo podía ser obra de un dios y no del pobre animal. Pero ¿qué haría? Ya no podía tener a una criatura tan horrible a su lado.
Era una deshonra y tenía que deshacerse de él.
—¡Por favor, detente! —Takemichi se plantó delante de él, protegiendo con su cuerpo a la criatura, como si hubiera leído sus pensamientos—. Él no tiene la culpa.
Los ojos de Takemichi estaban llorosos, y esto en lugar de conmover al azabache sólo pudo aumentar su furia.
—¿No estás viendo lo que es? —Cuestionó colérico—. Es una abominación que debe morir.
Takemichi sabía que su esposo podía tener razón, pero no quiso creerlo. Aunque Manjiro fuera una criatura abominable, seguía siendo el león que quería y que protegería sin importar ir en contra de las órdenes de su majestad.
—Podemos protegerlo y cuidar de él —sugirió—. No eligió nada de esto. Además, el único culpable aquí eres tú, los dioses han hecho esto por ti.
El azabache apretó los puños. Siempre se había enorgullecido de ser un hombre respetable, pero en ese momento lo único que quería era callar de un golpe a Takemichi.
—Yo tomaré la responsabilidad, por favor, su majestad. No le haga daño —suplicó.
La dulzura en las palabras de Takemichi hicieron sentir náuseas a Kokonoi, todo lo contrario en Mikey, quien sólo pudo mirar confundido y con los latidos de su corazón desenfrenos al ojiazul frente a él. ¿Por qué lo defendía y se enfrentaba al rey por él? ¿No sé supone que debía odiarlo? ¿Qué acaso no era horrible?
Kokonoi chasqueó la lengua, frustrado. Sabía que no tenía sentido pelear con Takemichi, de una forma u otra siempre se salía con las suyas, y eso lo enfurecía.
—Haz lo que quieras.
Sin más que decir, Kokonoi se marchó sin molestarse en mirar atrás, ignorando que ese sería el momento en que su vida colapsaría.
Los días pasaron, al igual que pronto, las semanas y después los meses, y fue en todo ese lapso de tiempo que la vida de Takemichi dió un giro que nunca pudo imaginar.
Desde que era pequeño, a Takemichi le educaron a ser obediente, servicial y sumiso con el hombre que tuviera que desposar, y si bien así fue la mayor parte de su vida, hubo algo que derrumbó todas esas reglas impuestas.
Salvar a Mikey no fue solo su primer acto de rebeldía o la hazaña más osada que alguna vez imaginó hacer, sino que fue el inicio del fin para el Takemichi obediente. Y aunque al principio se sintió aterrado, la compañía de Mikey fue suficiente para alejar todos sus miedos y borrar cualquier duda de su corazón; había hecho lo correcto al salvar a Manjiro.
El azabache quedó fascinado con tal hermosa criatura, ¿y cómo no hacerlo? Era majestuoso y tenía una personalidad dulce y juguetona que, aunque estuvieran en los peores momentos, siempre lo hacía sonreír, diciendo cosas como:
—¡Eres lindo, Takemicchi! Quédate conmigo.
Además, debía reconocer que poseía unos ojos hermosos. Eran tan profundos y misteriosos como un abismo, uno en el que estaba dispuesto a perderse.
Para Mikey las cosas no fueron muy diferentes, porque aunque era una criatura salvaje con el castigo de un dios sobre su espalda, pudo encontrar alivio y calidez en la única persona que estuvo dispuesto a sacrificarse por su vida; Takemichi.
El ojiazul siempre buscaba formas de escapar de todas sus aburridas obligaciones para pasar tiempo con Manjiro, y este siempre lo agradecía.
No soportaba las miradas que los sirvientes le dirigían, lo único que quería era compartir tiempo con Takemichi y ser alguien a quien él quisiera. No necesitaba más.
Fue natural que con el tiempo sus sentimientos se volvieran en algo más que cariño. Manjiro deseaba a Takemichi, y Takemichi lo deseaba a él, pero no había mucho que hacer o eso pensaba el ojiazul porque Manjiro no era alguien que se rendiría.
Él era capaz de hacer feliz a Takemichi y darle todo el amor que Kokonui no era capaz de darle. No lo soportaba, su pecho dolía y sus garras salían de sólo imaginar a Takemichi al lado del rey.
No lo perdería, porque aunque Takemichi no lo supiera, él ya era suyo y de nadie más.
Es así que una noche de verano, con la cálida brisa acariciando sus rostros y una sensación de ansiedad, que los celos nublaron la mente de Manjiro, y antes de darse cuenta lo que hacía se encontró a sí mismo tirando al suelo el cuerpo de Takemichi.
¿Qué por qué lo hizo? Sencillo, porque había un olor desagradable impregnado en su ropa; el olor de Kokonoi.
—Apestas —escupió con rabia, Mikey.
Takemichi lo miró confundido.
—Ese olor es asqueroso.
El pecho del ojiazul se estrujó. Imaginarse como alguien a quien Manjiro odiaba le hacía sentir triste.
Sin embargo, no hubo tiempo de pedir explicaciones, pues antes de poder decir una palabra, los labios de Manjiro devoraron los suyos. Era un beso salvaje y desesperado, ya que Manjiro era un total inexperto.
Takemichi respondió el beso, abriendo su boca y permitiendo que la lengua del rubio explorará su cavidad, pero él no se quedó atrás y comenzó a mover su lengua, jugueteando con la de Manjiro.
Esto fue suficiente para que el miembro del rubio se levantará y palpitara pidiendo atención. Quería más.
Manjiro no se contuvo y desgarró con furia el camisón blanco que Takemichi portaba. Recorrió con mirada lasciva el cuerpo del ojiazul. Su piel era una nívea y suave, pero sus ojos se detuvieron en los rosados botones sobre su pecho.
Mikey no dudó y mordió uno de ellos, mientras jugaba con el otro.
—E-espera, Mikey-kun... —Musitó con dificultad, Takemichi, luchando por no perder la cordura—. P-por favor...
El azabache intentó acallar sus jadeos, y negarse, pero su cuerpo respondía sólo. ¡Joder! Estaban en el palacio y podían ser descubiertos en cualquier momento, pero la sola idea de ser vistos lograba excitarlo más. ¿Qué es lo que diría el rey de verlo así con la criatura que tanto despreciaba?
—Hazme caso a mí, Takemicchi.
Su piel se erizó al sentir como la lengua de Mikey raspaba con una lentitud exquisita su piel. Pero lo que terminó de perderlo fue la lujuria plasmada en los oscuros ojos que lo miraban con devoción.
—¿Quieres que me detenga, Takemicchi...?
La poca cordura que le quedaba se fue al carajo al escuchar el ronroneo de aquella criatura. ¿Cómo podría negarse?
Era su perdición y el error más sucio que podría cometer, sin embargo, aceptaría su castigo con gusto si eso significaba tenerlo para sólo para él.
Mikey sonrió complacido de ver a su querido Takemichi aceptar. No espero más y le dió la vuelta, para después continuar besando la curvatura de su espalda y acariciar el trasero de su amante.
Takemichi no pudo más que alzar las caderas, dando permiso a Mikey de continuar.
El rubio detuvo sus caricias y tomó su miembro, para después pasear su glande en la entrada del ojiazul, arrancándole suspiros y provocando que restregará su trasero contra su virilidad.
Sin aviso, Mikey entró de una sola estocada en él, arrancando un sonoro gemido de los labios del ojiazul. El rubio se sintió en el cielo al sentir como su miembro ser apretado por las paredes internas de Takemichi, y aunque quiso ser gentil con el azabache, no pudo contenerse y lo penetró con fuerza rudeza.
Takemichi sentía su interior arder con cada estocada, era demasiado duro y profundo, pero le gustaba lo suficiente para no querer detenerse. Sólo atinó a mover sus caderas en busca de más.
Mikey sonrió al ver a Takemichi necesitado de él, y aumentó la velocidad y profundidad de sus estocadas, porque si Takemichi lo deseaba con tanto ímpetu, él no se lo negaría. Le daría todo de él.
Pronto el sonido de pieles chocar, jadeos y gemidos resonaron por toda la habitación.
Mikey miró embelesado la delicada nuca de su amante, era como si le pidiera atención a gritos. Sin dudarlo, acercó sus filosos dientes a la piel y mordió el cuello, aumentando la profundidad de las embestidas y haciendo gemir al azabache sin pudor alguno.
Takemichi estaba tan perdido en su placer que no fue capaz de notar las finas líneas de sangre que recorrían su cuello hasta caer debajo de su pecho.
Las piernas de Takemichi temblaban tanto que apenas y podía mantener sus raspadas rodillas quietas. Estaba cerca de su límite, pero no quería detenerse. Quería ser uno mismo con Manjiro para siempre.
Un gruñido escapó de la garganta de Mikey cuando sintió las paredes de Takemichi apretar su miembro. Él también estaba cerca de terminar, pero no sé detendría, llenaría a Takemichi de con todo semen. Lo marcaría para que todo mundo se diera cuenta de que era suyo.
—¡Quiero más! —Exclamó extasiado, Mikey, clavando sus garras en las caderas de Takemichi.
El ojiazul no pudo soportarlo más y terminó viniéndose entre gemidos, siendo seguido por Manjiro después de un par de estocadas más.
Takemichi se quedó satisfecho al sentir la tibia esencia de Manjiro llenar su interior y escurrir hasta sus muslos.
Manjiro tomó de la cintura a Takemichi, quién luchaba por normalizar su agitada respiración, y lo recostó a su lado, envolviendo la desnudez del azabache con su propio cuerpo.
Durante unos minutos, Mikey se dedicó a lamer y dejar pequeños besos y mordidas en el torso de Takemichi, hasta que este se quedó profundamente dormido.
Manjiro sabía que si existía un lugar como el cielo o el paraíso, él no sería bienvenido. Sin embargo, no necesitaba de ello, ni de ningún otro lugar que salvará su alma, porque para Mikey no había lugar más perfecto que los brazos de Takemichi; ese era su propio paraíso, uno que no dejaría ir.
El rubio envolvió uno de los lechosos muslos con su cola, y se acercó al oído del durmiente azabache para después morder su lóbulo con deseo.
—No te dejaré escapar, Takemicchi.
Los meses y las estaciones pasaron en un abrir y cerrar de ojos, y lo que pudo pasar como un momento de lujuria y deseo desenfrenado se convirtió en un amorío ilícito y prohibido, no sólo porque Manjiro fuera una criatura fantástica, sino porque Takemichi estaba casado con nadie más que Hajime Kokonoi, el rey.
Sin embargo, esto no fue suficiente para detener a los amantes, muy por el contrario, Takemichi se refugió en la excusa de que necesitaba despejar su mente para marcharse del palacio a una de sus mansiones personales, claro que en compañía de Manjiro.
Aquello, si bien extraño al Hajime, no le preocupó, él también necesitaba tiempo lejos de Takemichi y de aquella horrible criatura.
Cuando los meses pasaron y Takemichi no daba noticias de querer volver al palacio, fue entonces que Kokonoi decidió actuar. No por gusto, más bien por obligación, pues parte de ser un buen rey era mantener su imagen. Suficiente tenía con ser nombrado como
"el rey castigado por los dioses".
Sin avisar, Kokonoi fue a la mansión dónde se encontraba Takemichi y entró a hurtadillas, pues aunque estuviera en una de las propiedades de su esposo, nunca había sido bienvenido.
Kokonoi se permitió recorrer el lugar sin recato, fijando especial atención en el decorado de mal gusto —según él— una gran cantidad de pinturas y un enorme ventanal que daba al patio.
Su sangre hirvió de rabia, pues lo que no esperaba encontrar era a Takemichi y a Manjiro abrazados en medio del jardín.
Estuvo a punto de ir y encararlos, pero la sensación de algo rozar su pierna le detuvo.
Su cuerpo tembló al mirar la pequeña figura a sus pies. Y fue ahí donde lo comprendió todo.
La repentina huida de Takemichi, sus negativas a volver pronto al palacio real y su necedad por mantenerse cerca de la vil criatura de Manjiro.
Todo cobraba sentido si miraba los tres pequeños y rubios cachorros recostados en el suelo.
—¡Miserables!
Su orgullo como soberano estaba por los suelos, no sólo era el pasatiempo que los dioses tenían para divertirse, ahora era la burla del mundo entero, porque aquel que se supone sería su compañero hasta el final de sus días, no sólo no lo amaba, sino que adoraba en cuerpo y alma a una criatura maldita.
Y por si esto fuera no suficiente, existían tres cachorros que nacieron de esa unión despreciable.
Empero era suficiente, no permitiría más burla a su persona. Al carajo los dioses, el mundo y Takemichi, se deshacía de esos bastardos.
Kokonoi desenvainó su espada y la empuño con fuerza, para después guiarla al cuello de uno de los cachorros que dormía plácidamente, ignorante de como su efímera vida sería arrebatada.
Antes de que pudiera cortar uno de los pelos de algún cachorro apareció Takemichi frente a él.
—¡Detente, por favor!
Ante la mirada atónita del rey, Takemichi detuvo con las manos desnudas el filo del arma, sangrando al instante.
—¿Así es cómo me pagas por todos estos años, Takemichi? —Reclamó con frustración—. Metiéndote con esa bestia y dejando que te engendré esas abominaciones.
—No importa lo que digas. No dejaré que les hagas daño.
Pequeñas lágrimas escaparon de los ojos de Takemichi, pues aunque había aceptado las heridas en sus manos como un acto de redención, lo cierto era que pese a sus errores no permitiría que dañaran a sus pequeños.
Aun si eran el resultado de un amor infame, él los protegería con su propia vida.
—No tienes que preocuparte por ellos. —Alzó la espada—. Los mandaré contigo al infierno.
Takemichi esperó el siguiente corte del azabache, pero este nunca llegó.
Cómo si se tratara de un héroe, apareció Manjiro, y detuvo el ataque del Hajime, arrebatando la espada y lanzándola lejos de él.
Forcejearon durante unos segundos, hasta que en un descuido, Mikey mordió con fuerza la garganta de Kokonoi, y de un sólo tirón le arrancó gran parte del cuello.
Sangre emanó de la destrozada tráquea del azabache, y pronto los pulcros y relucientes pisos de la gran estancia se tiñeron de escarlata.
La mirada de Kokonoi se fijó en Takemichi, esperando por su ayuda, pero no hubo respuesta. En sus últimos momentos sólo pudo ver al ojiazul tomar en sus brazos a uno de los cachorros y recostarlo en su pecho.
Hajime no quería morir, no así, mas no había más que hacer. Se desangraba y aunque quisiera no podía pronunciar ni una sola palabra, su garganta estaba desgarrada. Sólo quedaba esperar la muerte.
Mikey sonrió, orgulloso, cuando el pálido y moribundo cuerpo de Kokonoi cayó al suelo.
No había remordimiento o dolor en el pecho del rubio porque sabía la verdad. Si Hajime Kokonoi no hubiera desafiado a los dioses y a Izana, habría evitado su trágico final.
Para su desgracia, fue en contra de un dios, pero lo que terminó de sellar su destino fue entregarle a Takemichi a una criatura infame que no dudó en verlo morir con tal de arrebatarle el ojiazul.
Era irónico, el azabache salvó su vida y él a cambio le dió la entrada al inframundo.
Los zarcos de Takemichi contemplaron en silencio y sin algún rastro de lágrimas como la vida de Kokonui se extinguió.
Finalmente, el rey había muerto, y él era libre.
Los cachorros, que desconocían lo que ocurría, se pasearon en el charco de sangre del ya muerto rey.
Mikey y Takemichi sabían que eran una abominación, el fruto de un castigo divino, pero ni siquiera, eso era motivo suficiente para detenerles.
Porque si debían cumplir una condena por su pecado, la cumplirían si eso significaba estar juntos hasta el fin de la eternidad.