Preludio
La familia Jeon y la familia Kim se conocían desde hacía años. Todo comenzó con los primeros Kim y Jeon, dos hombres que trabajaban juntos escarbando en una mina. Su amistad nació el día en que el abuelo Kim salvó al abuelo Jeon de un accidente. Este último, profundamente agradecido, lo invitó a comer. Así empezaron a conocerse y descubrieron cuánto tenían en común.
Con el tiempo, formaron sus propias familias, pero siguieron frecuentándose hasta el punto de celebrar juntos los días festivos. Tuvieron hijos, que crecieron como si fueran hermanos. Así nació la tradición, que perduró hasta el nacimiento de Kim MinSuk y Jeon Ana, ambas hijas únicas.
Crecieron juntas: primaria, secundaria, preparatoria y universidad, siempre una al lado de la otra. Su amistad era más fuerte que cualquiera jamás vista. Ambas adoraban la tradición Kim-Jeon. Para ellas, era una bendición.
Desde niñas soñaban con continuar aquella hermosa costumbre. Imaginaban que sus hijos crecerían igual que ellas, que serían inseparables, que la conexión entre ambas familias seguiría viva. Lo creían firmemente; era algo que llevaban en la sangre.
Por eso, tras casarse, ambas quedaron embarazadas el mismo año. Fue emocionante tener tanta suerte. También decidieron comprar casas una junto a la otra, y sus esposos no se opusieron. Conocían la tradición y la apoyaban.
Era casi una ley que los Kim y los Jeon fueran buenos amigos. Por eso, cuando nacieron Wonwoo y Mingyu, sus madres soñaban con que se llevaran tan bien como sus antecesores. Pero las cosas no salieron como esperaban.
Cuando eran bebés, no hubo ningún problema. Jugaban juntos, compartían juguetes e incluso tenían fotos vestidos igual. Siempre salían en conjunto, como dos pequeños hermanos. Sin embargo, a medida que crecían, todo cambió.
—Wonu, tu dibujo está feo.
Mingyu, de tres años, señaló el pollo que su vecino Wonwoo había dibujado. Las líneas amarillas sobresalían de los bordes oscuros, y había colores rojos, azules y verdes por todas partes. Wonwoo miró su obra y la alzó.
—Tu cara es fea —le contestó.
Mingyu frunció el ceño.
—La tuya es mucho más fea.
—No es cierto. Tú estás muy feo —replicó Wonwoo—. Te pareces a... —el niño se detuvo, pensativo, con un dedo en los labios—. A un perro. Y a mí no me gustan los perros —le sacó la lengua.
—Tú pareces un gato —contraatacó Mingyu—. Los gatos son sucios. Buscan basura y se la comen. Tú comes basura. Eres un cochino.
A Wonwoo no le gustó aquello. Lo odió tanto que rompió en llanto. Mingyu, molesto, le tapó la boca con la mano.
—¡No llores! ¡Haces mucho ruido!
Wonwoo le mordió la mano, haciendo que Mingyu gritara y también comenzara a llorar. Ahora ambos sollozaban y moqueaban al mismo tiempo. Sus madres acudieron a ver qué ocurría. Les pidieron que se disculparan y se abrazaran. Lo hicieron a regañadientes.
Las madres decían que todo se debía a la edad, que estaban en una etapa de crecimiento y aprendizaje. Les parecía graciosa aquella rivalidad. No imaginaron que duraría más de lo esperado.
Llegó el cuarto cumpleaños de Mingyu. Wonwoo fue invitado, como siempre. El cumpleañero jugaba en el patio con sus amigos, mientras Wonwoo prefería estar solo en una esquina.
Cuando llegó la hora de abrir los regalos, los tíos de Mingyu le obsequiaron un gran auto eléctrico. El niño no tardó en estrenarlo y presumirlo ante sus amigos, incluido Wonwoo.
—Mira, Wonwoo, yo tengo un auto y tú no.
—Yo no necesito auto porque sé caminar —se cruzó de brazos—. Los que no saben caminar necesitan eso. Por eso los bebés usan carriolas. Tú eres un bebé.
—No es una carriola —replicó Mingyu—. Es un coche.
—Pero es como una carriola, así que eres un bebé que se hace popó en los pañales.
—¡No soy un bebé!
—¡Sí lo eres! —respondió Wonwoo, dándose la vuelta y alejándose a saltitos.
Mingyu gruñó, mirando el volante de su pequeño auto. Él no era un bebé. Ya no usaba pañal; llevaba calzones azules con dinosaurios. Era un niño grande.
Observó a Wonwoo de espaldas, jugando con un pequeño camión de plástico que su madre le había prestado. Le había colocado una planta en la parte trasera y decía en voz alta que era un camión de flores. Estaba de rodillas, haciendo sonidos de motor mientras lo empujaba.
Mingyu volvió a mirar el volante y esbozó una sonrisa maliciosa. Alzó su pequeño pie y presionó con fuerza el acelerador, dirigiéndose hacia Wonwoo. El niño de tez pálida escuchó un ruido y alzó la mirada.
No tuvo tiempo de moverse: fue atropellado por el coche eléctrico de Mingyu. Este rió con fuerza mientras aplastaba el cuerpo de Wonwoo, haciéndolo rodar bajo las llantas. Wonwoo chilló, llamando la atención de los adultos. Mingyu fue castigado, y Wonwoo recibió disculpas. No había resultado herido, lo cual era lo más importante.
Con el tiempo, ambos enemigos conocieron a sus hermanas: Seulgi y Minseo. Serían la segunda pequeña pareja destinada a continuar la tradición. Desde bebés, parecían llevarse muy bien. Las madres se emocionaban al verlas.
Pero no era el caso de los niños. Seguían con esa absurda rivalidad. Crecieron, y cada cumpleaños era un desastre. Sus peleas evolucionaban con ellos. No obstante, ambos sabían perfectamente que debían asistir a los eventos del otro.
Porque Kim Mingyu no es Kim Mingyu sin Jeon Wonwoo, y Jeon Wonwoo no es Jeon Wonwoo sin Kim Mingyu.