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𝑨𝒓𝒅𝒊𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒂𝒎𝒐𝒓

Sinopsis

Quien diría que me terminaría enamorando de la persona menos esperada, el amor y el dolor ser volverán a juntar en el camino para poder tomar la decisión correcta, déjame amarte como nadie mas lo ha hecho para que no vuelvas a la oscuridad de tu soledad. 𝑵𝒐𝒕𝒂: ✔Los personajes le pertenecen Kōhei Horikoshi, este es solo un fanfic de fan para las fans. ✔Recuerden que este fanfic es sobre Endavor y T/N(aunque metí mi oc's de bnha por falta de ideas y se le cambió el nombre para seguir con la idea de que el fandom disfrute la historia con el personaje) ✔ La protagonista en la época actual tiene 29 años. ✔Disculpen las faltas de ortografía. Inicio: 10 Jul. 2021 Finalización: ????

Genero:
Fantasy/Drama
Autor/a:
TessGL
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

El humo todavía flotaba sobre los escombros cuando todo terminó.

No había sido una pelea sencilla – nunca lo eran – pero el villano ya estaba inconsciente a mis pies y la ciudad seguía en pie. Eso era lo único que importaba. Sentía el cansancio instalado en los hombros como un peso invisible, pero me erguí de todas formas, respiré hondo y dejé que las alas de materia oscura se disolvieran despacio en el aire, como humo negro que el viento se lleva sin dejar rastro.

La reportera ya estaba cruzando el cordón policial con el micrófono en alto.

— ¡Una vez más, Chaos Bloom ha defendido la ciudad! — anunció hacia la cámara con los ojos brillantes, luego se giró hacia mí. — ¿Qué puede decirnos sobre el enfrentamiento de hoy?

— Que ya terminó de la mejor manera posible — respondí con calma, ofreciéndole la sonrisa de siempre: tranquila, segura, la que decíatodo está bajo control, aunque por dentro lo único que quería era silencio y algo caliente para beber. — Un intento de robo que quedó en eso, solo un intento. Estaba de patrulla matutina, así que el detenido no representa ningún peligro para la zona.

— ¿Hubo complicaciones con su quirk? Vimos manifestaciones bastante intensas dentro de la pelea.

— Nada fuera de lo manejable. — Sostuve su mirada sin parpadear. —Con el entrenamiento adecuado, lo extraordinario se vuelve rutina.

La reportera anotó algo con cara satisfecha.

Yo aproveché para desviar la atención hacia el cordón policial donde un grupo de niños me miraba con ojos completamente abiertos, pegados a la valla como si temiera que la escena desapareciera si parpadeaban.

Eso sí me arrancó una sonrisa genuina.

Me acerqué despacio para no asustarlos.

— ¿Todos están bien? — Les pregunté agachándome un poco a su altura. Asintieron en bloque, mudos de emoción. — Bien. Eso es lo más importante. — Hice una pausa y levanté una ceja. — Aunque si no regresan a la escuela antes de que llegue el siguiente noticiario, ese sí va a ser un problema serio.

Se fueron corriendo entre risas y unos que otros empujándose juguetonamente.

Me volteé hacia la camioneta de la policía y cargué al villano con la misma calma con la que se carga cualquier cosa pesada e inconveniente – mentalmente le agradecí – no por la primera vez, a cada profesor de la U.A. que me había hecho creer que me iba a morir durante el entrenamiento. El resultado valía cada hueso adolorido.

El capitán se separó del grupo para recibirme, con ese gesto formal de siempre.

— Le agradecemos mucho, Chaos Bloom

— Es mi deber, capitán — respondí mientras firmaba el documento que me extendió uno de los oficiales. A mi izquierda, al otro lado de la calle, alguien gritó mi nombre de héroe y levanté la mano en respuesta sin voltear de todo. — Respecto al informe de ingreso del detenido, ¿Le parece bien recibirlo por medio electrónico? La agenda ha estado cargada estas semanas.

— Sin problema — dijo él, con un tono que mezclaba comprensión y algo que sonaba sospechosamente a lástima. — Sabemos que la agencia de Endeavor la mantiene bastante ocupada.

Sonreí.

Una sonrisa perfectamente controlada que no dejaba ver absolutamente nada de lo que pensaba en ese momento, que era básicamente esto: llevaba semanas sintiéndome la secretaria personal de un hombre con el carisma de una pared de concreto, compaginado de misiones, papeleo y la tesis de la Universidad con el mismo número de horas que tiene el día para todo el mundo, que son veinticuatro y no son suficientes.

Pero eso no era información relevante para el capitán.

—Le envío el informe en cuanto llegue a la agencia. Hasta luego.

Invoqué las alas antes de terminar la frase-materia oscura que toma forma, densa y obediente, con ese calor que solo existe en las cosas que vienen de otro lugar – y me elevé sin más.

La ciudad se fue achicando debajo de mí poco a poco. Desde arriba todo parece más manejable las calles se convierten en líneas, los autos en puntos de colores, la gente en pequeñas figuras que siguen su propio camino sin saber que alguien las está mirando desde las nubes. Me gusta ese momento. Siempre me había gustado, aunque nunca lo admitiera en voz alta – porque sonaba demasiado poético – para una heroína que acababa de cargar a un villano inconsciente como si fuera un costal de papas.

El sol de la tarde pintaba los edificios de naranja y dorado, y las sombras que proyectaba eran largas y alargadas, como dedos que intentaban alcanzar algo que se les escapa. Respiré hondo. El aire a esta altura era diferente – más limpio, más frío, sin el olor a humo y concreto roto que había dejado la pelea atrás.

Que bonito habría sido nacer con alas de verdad, pensé. No las mías, que eran materia oscura y obediencia — sino alas de verdad, de esas que existen, aunque no haya nadie mirando.

Seis meses, pensé después, casi sin querer.Ya.

No era un pensamiento que hubiera invitado. Pero a esa altura, con la ciudad extendiéndose debajo como un mapa dibujado con demasiado detalle, era difícil no dejar que las cosas flotaran a la superficie.

El auricular vibró y el instante terminó.

— Aquí Chaos Bloom — contesté sujetándolo con cuidado. Cierta persona me había advertido muy seriamente que si volvía a romper uno me descuartizaría, y yo le creía completamente.

Hi, baby bird.— La voz al otro lado sonó coqueta y divertida, exactamente igual que siempre, como si seis meses no hubieran pasado.

Solté el aire despacio.

— Hola lindo. — Hice una pausa que dejé caer con todo el peso dramático que merecía. — Qué milagro que te acuerdes de que existo. Seis meses sin un solo mensaje. Ni una llamada. Ni siquiera un ”Oye, sigo vivo, no te preocupes“. Desapareciste del mapa completamente.

No pensé que me fueras a extrañar tanto, baby.

— No te extrañe — respondí con toda la dignidad que permite volar sola sobre una ciudad mientras el viento te despeina. — Extrañe la compañía. Hay una diferencia muy importante y me parece que deberías anotarla.

Su risa llegó clara a través del auricular – esa risa que no había cambiado desde e día que nos conocimos en I-island, cuando los dos éramos más jóvenes y el mundo parecía un poco menos complicado. Me permití sonreír sola en el aire, con la ciudad extendiéndose debajo de mí en todas las direcciones como un mapa que alguien hubiera dibujado con demasiado detalle.

Sí, sí, tienes razón. Lo anotó.— No sonaba arrepentido en lo absoluto. — Oye te marcó porque estoy a unos metros de la agencia. Traigo comida, de la buena, no de la máquina expendedora que sé que has estado usando. ¿Te parece si subo mientras terminas los trabajos de la Universidad?

— ¿Cómo sabes que he estado usando la máquina expendedora?

Baby.

— ...Me parece perfecto — respondí sin confirmar ni desmentir nada.

Su sonrisa volvió a sonar y esta vez no pude evitar de reírme también, suave, para mí misma, mientras el edificio de la agencia aparecía entre los demás con su silueta familiar. Localicé mi punto de aterrizaje cerca del callejón lateral – el de siempre, el que tiene esa grieta en el concierto con forma de relámpago que nadie ha arreglado en dos años – y comencé a descender despacio.

— Te veo en unos segundos, corazón.

Terminé la llamada. Las alas se disolvieron en el aire como siempre, silenciosas, sin dejar rastro. Aterricé sola en el callejón con el último eco de su risa todavía en el oído.

Un día más. Seguíamos en pie.

Por ahora era suficiente.

Me quité la chaqueta al entrar – el frío de los finales de otoño se sentía más en los huesos que en la piel, y yo tenía la mala costumbre de enfermarme cada año en esta temporada sin falta, como si mi sistema inmunológico tuviera agendado ese momento de colapso – y crucé la puerta de la agencia con el ruido familiar envolviéndome: llamadas, teclados, fotocopiadoras, puertas. El caos organizado de siempre.

Llegué a mi escritorio y encontré exactamente lo que me imaginaba: alguien que no debería estar ahí, revisando mis cosas con toda la comodidad del mundo.

— ¿Y bien? ¿Qué tiene de interesante mi escritorio que no puedas apartar los ojos de él? — le dije con toda la calma del mundo.

Keigo se volteó tan rápido que casi se cae, y al siguiente segundo ya me había envuelto en un abrazo de los suyos – entusiasta, sin previo aviso– completamente él. Lo devolví sin dudarlo. Lo había extrañado más de los que pensaba, su risa tonta, sus chistes malos, el ruido que hace al comer. Las cosas pequeñas que no sabes que necesitas hasta que desaparecen.

— Te extrañe

— Yo también — respondí separándome de él para mirar su sonrisa de oreja a oreja.

Se acomodó en el borde del escritorio mientras yo encendía la computadora y ordenaba mis cosas. Esperé a que la pantalla cargara y él espero también, con esa paciencia que la gente no suele atribuirle pero que no existe cuando importa.

— Oye — dijo con una voz más baja. — ¿Cómo va todo? ¿Pudiste...despedirte?

No esperaba la pregunta, aunque debería haberlo hecho.

El silencio que siguió duró apenas unos segundos, pero se sintió mucho más largo.

Me quede mirando la pantalla sin realmente verla, con esa sensación familiar de cuando algo que creías enterrado decide asomarse sin avisar. Seis meses. Habían pasado seis meses y el tema todavía sabía igual – algo que se quedó a la mitad, a una puerta que nunca termino de cerrarse del todo.

— No del todo — dije al fin— Hay cosas que no se cierran como uno quisiera sin importar cuánto tiempo pasé o cuánto lo intentes. Hice una pausa, eligiendo las palabras con cuidado. — Ese vestido sigue en el closet. Blanco, en su funda, exactamente donde lo dejé el día que todo se acabó. No lo he movido. No sé si tirarlo, guardarlo o simplemente seguir ignorando que existe.

Keigo no dijo nada. Bien. No quería que dijera nada.

— Lo peor no es el vestido — continúe, casi sin darme cuenta de lo que estaba diciendo en voz alta — Lo peor es que a veces me pregunto si algún día voy a querer volver a usarlo. No ese vestido específicamente, sino...la idea. La promesa que representa. Y no tengo respuesta para eso todavía. — Solté el aire despacio. — Y está bien no tenerla. Creo.

Keigo me miró un momento con esa expresión que rara vez le dejaba ver a la gente sin el escudo del humor – sin la sonrisa fácil – y asintió despacio. Solo eso. Un asentimiento que decíate escucho, te creo, no tienes que explicar más.

— Pero estoy bien — agregué, y esta vez lo decía en serio, o al menos lo suficientemente en serio como para creerlo yo misma. — Fueron seis meses duros. Ya pasaron — le mostré el brazo con un gesto teatral, dejando que la ligereza volviera a la conversación como siempre hacíamos los cuatro algo pesaba demasiado. — ¿Ves? Sigo entera.

Se río, suave, y yo también.

Fue entonces cuando la temperatura del lugar cambio.

No de manera literal – aunque con Endeavor nunca se podía descartar – si no de esa forma en que un espacio entero parece reordenarse alrededor de una sola presencia.

Levanté la vista del teclado justo a tiempo para verlo cruzar la entrada: alto, serio con esa expresión que hacía que la gente apartara la mirada sin saber muy bien porqué. Keigo, que no había aprendido la lección en todos los años que llevaba trabajando con él, abrió la boca de inmediato.

— Uy, que cara, Endeavor. Parece que quieres asesinar a alguien con la mirada.

— No molestes, Hawks. — dije en voz baja, casi para mí misma, como un reflejo. Un hábito viejo de poner distancia entre la chispa y el fuego antes de que llegara a algún lado.

Keigo me lanzó una mirada divertida que claramente decíademasiado tarde. Suspiré y volví al informe.

El problema es que, con ese nivel de tensión en el ambiente, concentrarse era casi imposible. Lo note primero en las manos – ese impulso de agarrarme el cabello – y luego en las piernas moviéndose solas. Busque entre mis cosas la barra de chocolate de emergencia. Keigo, que me conocía bien, ya me estaba mirando.

— Miyamoto.

La voz de Endeavor cortó el ruido.

Me voltee despacio. Estaba frente a mí, con esos ojos turquesas fijos en los míos y una expresión que, viniendo de él, era lo más cercano a la preocupación que probablemente sabía mostrar.

— Ven a mi oficina.

No era pregunta. Con él nunca lo era.

Me levanté. Keigo se puso a mi lado de forma natural – me tomó de la mano sin hacer aspavientos, un gesto viejo entre nosotros, de esos que no necesitan explicación – y los tres cruzamos hacia su oficina en silencio.

Adentro, Keigo me instaló en el sillón y saco de no se donde una bolsa de plástico con burbujas para que las reventara.

Conocía el truco.

Funcionaba.

Empecé a reventarlas despacio mientras la tensión en el pecho cedía milímetro a milímetro, como cuando aflojas un nudo que llevas demasiado tiempo apretando sin darte cuenta.

Endeavor se sentó frente a su computadora y retomo los informes sin decir nada más. Keigo se entretuvo mirando el estante de libros con las manos en los bolsillos. Y yo fui calmándome en silencio, al ritmo pequeño y constante de las burbujas.

La oficina tenía esa clase de quietud que no es vacía sino densa – llena de cosas no dichas y trabajo pendiente – y el peso particular de tres personas que comparten un espacio sin necesitar llenarlo de palabra. Me gustaba eso, aunque nunca lo hubiera dicho en voz alta.

Fue uno de esos momentos tranquilos cuando levante la vista hacia él.

Sin las llamas de la barba.

Sin la máscara de fuego.

Solo ese perfil serio y concentrado, la mandíbula firme, los hombros cargados de una tensión que nunca parecía abandonarlo del todo, como si llevara algo encima que nadie más podía ver. Lo había observado así antes, muchas veces, en reuniones largas y noches de papeleo interminable. Pero esa tarde la luz de la pantalla le caía diferente, o quizás era yo la que miraba diferente – no lo sabía con certeza.

Entonces, como si lo hubiera sentido, levanto la vista.

Nuestras miradas se cruzaron.

No duró más de un segundo.

Quizás menos.

Pero en ese segundo algo paso que no supe nombrar – algo que se instaló en algún lugar entre el pecho y la garganta y se quedó ahí quieto, sin pedir permiso.

Aparté la mirada primero.

Volví a las burbujas.

Pero el pensamiento ya estaba ahí y no había manera de deshacerlo: jamás había visto unos ojos de ese color. No en todas las personas que había conocido, no en todos los lugares que había estado. Ese turquesa profundo que no terminaba de decidirse entre el azul y verde, que cambiaba dependiendo de la luz, que no parecía a nada de que pudiera comparar con algo conocido.

La belleza no siempre anuncia su llegada, pensé. A veces simplemente aparece – en la oficina de un hombre serio, un martes cualquiera, mientras reventas burbujas de plástico para no ahogarte – y no te da tiempo de prepararte para ella.

"Se puede pintar el cuadro mas hermoso con tan solo combinar un color con otro“.

No supe de donde vino ese pensamiento.

Pero se quedó.

Y yo, por primera vez en seis meses, no intenté alejarlo.

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