「 ✦ Just Because ✦ 」
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Regla 1: La muerte no hace tratos sin trampas de por medio.
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LALISA MANOBAL.
Leí otra vez las instrucciones del doctor, después de tantos análisis, los cuales esperé que todos estuvieran erróneos, el último había sido exactamente igual que los últimos seis. Le eché un vistazo a las pastillas, y le agradecí al farmacéutico, para caminar hasta mi coche. En todo el camino iba sopesando acerca de mi enfermedad.
Creí que era temporal, que aquellos momentos de fatiga, o quizás perdida de visión, eran por faltas de lentes, y sí, era correcto, pero también eran porque estaba con una enfermedad, la cual no tiene cura, ni mucho menos tratamiento, a menos de que no sea a base de medicamentos.
Conduje en pleno silencio, con las ventanas de mi coche abajo para recibir el viento de aquel tardío amanecer. No había sol entre las nubes, más bien había una gran nube negra, la cual se interponía entre el cielo azul. Al momento de parquear el coche frente a mi casa, me detuve un segundo a leer los medicamentos.
—Esto puede servir para calmar el dolor —musité.
Bajé de mi coche, y me dirigí a mi casa, dejando todo a un lado, y sintiendo un dolor fuerte en mis articulaciones. Quería descansar, dormir por largo periodo de tiempo. O dormir eternamente, que es lo que haré pronto.
Mi familia no estaba al tanto de nada, ni mucho menos al tanto de lo que me estaba ocurriendo. La única que tenía una noción de mis citas al médico, era Rosé. Y no estoy ni segura de que esté convencida de lo que me ocurre, por eso preferí ocultarlo. Le eché un vistazo a mis manos y fruncí el ceño.
No duraría mucho, no me quedaba mucho tiempo. Mi enfermedad estaba avanzada, se supone que en lugar de estar suponiendo cosas, debería estar viviendo mis últimos meses de vida. En su lugar, estoy rehusándome a la idea de perderme a mí misma.
En silencio, subí las escaleras a mi habitación, me encerré ahí, y me senté en la cama, recordando las palabras del doctor.
—Tu tiempo de vida no es muy largo, Lisa. Lamento tener que decírtelo, pero la enfermedad está avanzada.
—Patético —repliqué—. Sabía que algo no andaba bien, ¿por qué me sigue importando?
Alcé las cejas, y permanecí sentada en mi cama, observando lo que se encontraba a mi alrededor. Ni todo el dinero que hice todos estos años, nada de lo que tengo logrará salvarme, darme más días de vida o quizás una enfermedad menos peligrosa.
De pronto, a mi mente llegaron esos cuadros donde fui feliz. Porque la vida es una triste historia que se resume a momentos felices guardados en fotos. Le seguí echando un vistazo a todo. Cuadros por doquier, y cada recuerdo de cuando los presenté, de cuando me entregaron mi primer premio, de cuando hice un cuadro solo por diversión.
Esa niña que no quería asomarse a la música, ni a la ingeniería, ni a la cocina, ni mucho menos a la medicina, quería demostrar lo que valía a través de una pintura.
Fruncí los labios y en silencio quise aceptar mi destino, pero yo no quería que fuese mi destino.
Sostuve una fotografía donde aparecía yo con mi primera medalla.
—¡Eres una farsa! —grité lanzándola contra la pared—. ¡Para nada vine a este mundo, no me molestaría que viniese la muerte ahora mismo y me llevará. ¡Odio todo!
Hice el intento de calmar mi respiración, no podía alterarme. Si de por sí me quedaba poco tiempo de vida, no quería adelantar mi muerte.
—Que manera tan ordinaria de llamarme —dijo una voz.
Giré mi cabeza y cuerpo en dirección a la silla que se encontraba en la esquina de mi habitación. Mi quijada cayó al piso y mi frente se arrugó. Miré a los lados buscando una respuesta a que una persona desconocida esté en mi habitación.
Ladeé la cabeza.
La chica de cabellera castaña leía una revista y la pasaba con tranquilidad, con los pies sobre una pequeña mesita que había. Me sumergí en lo desconocido, y quise buscar respuestas a que una chica estuviese en mi habitación, leyendo una revista y mostrando el obvio desinterés hacia esta, ni cambiaba de página.
—¿Quién eres y qué carajos haces en mi habitación? —inquirí.
Sin despegar la vista de la revista, me respondió.
—Tú misma me acabas de llamar —negó—. Se supone que tienes que saber.
—¿La muerte?
—Mira —cerró la revista—. Tan bruta no eres. Siempre me asignan a los peores humanos, qué pereza.
—No, no puede ser —caminé de un lado a otro—. Tú no puedes ser la muerte, la muerte no existe.
—Sí, yo también creía eso. ¿Moraleja de la historia?, crean en lo imposible, nadie sabe si se convierten en un demonio el cual quita vidas para agregar más merito a su existencia inexistente —dijo en un tono desinteresado—. Por lo menos esta habitación no tiene amarillo, mi anterior víctima era medio rara.
Se colocó de pie y sin más, comenzó a caminar por toda mi habitación. Se acercó al balcón, mirando una planta con interés pero sin posar sus manos sobre ella.
—¡Es que no puedes existir! —discutí.
—¿Y por qué tu sí?, egoísta —bufó.
—Porque yo soy humana —dije con obviedad.
—Y yo soy la muerte con disfraz humano —atacó—. Y no está tan mal, lo escogí lo mejor posible.
—¡Es que no puedes venir aquí y decir que eres la muerte, seguro eres una ladrona! —acusé.
Me miró, —Entre tantas cosas me acabas de llamar ladrona... fingiré que me dolió. Auch —se llevó la mano al pecho fingiendo—. Esta planta es extraña.
—¡No, no, no! —me agité—. Esto tiene que ser una broma, ¡tú eres una ratera!
—Sigues lastimándome —expresó impasible—. Duele mucho.
—¡Déjate de bromas y vete de mi casa! —la eché.
Alzó las cejas, —Nunca esperé ser echada de esa manera —se subió en la barandilla de mi balcón.
Mis ojos se desorbitaron, —¡Así no! —pero fue demasiado tarde, saltó de espaldas.
Corrí hasta allí, pero no vi nada. Busqué con la mirada, pero la sorpresa me la llevé cuando escuché un ruido detrás de mí. Me giré y ahí estaba ella nuevamente. No me podía decir que era la muerte cuando lucía tan real. Ropa normal, cabello humano, ojos, boca, tenía todo lo de un ser humano. Y se aparecía aquí diciéndome que era la muerte.
La observé detenidamente. Ojos gatunos, cabello castaño, labios no tan gruesos, un rostro agraciado. Era linda.
—Un humano no pudiera hacer eso —presumió—. Ahora... ¿Nos podemos ir?, no tengo todo el tiempo.
—¿A dónde?
—Si soy la muerte se supone que te vengo a matar, no sé, por lógica —dijo tópica—. ¿Nos vamos?
—Que no. ¡Tú no puedes ser la muerte, no existes!
—Me estás viendo, es obvio que existo. ¿Viste?, siempre me tocan humanos raros —se encogió de hombros—. Ven, si nos vamos desde ahora nos ahorramos seis meses de vida. Mejor para ti.
—¡Aléjate de mí, ladrona! —acusé cuando estuve a poco de acercarse.
Ella no mostraba sentimiento, era un rostro sin pizca de emoción. Un rostro serio, el cual hablaba y solo así se le podía ver quizás algo, pero nada más.
Suspiró, —No entiendo por qué siempre que me ven me dicen ladrona, sigue doliendo. No nos hagamos las fuertes, un adiós y listo.
El timbre de mi casa me avisó que había personas ahí, la miré y corrí hasta la puerta. Creí que me detendría, pero cuando llegué a la puerta, la chica ya no se encontraba. La abrí de golpe y me encontré con el mensajero.
Era un chico amable, el cual siempre que pasaba por mi casa, tocaba mi puerta para saludar, o conversar un poco. A mí no me molestaba, pero eso me dio una idea hoy, la cual no podía desaprovechar.
—Oh, hola —carraspeé—. Ne-necesito tu ayuda.
El chico de ojos claros me sonrió más alegre que otros días. Era un chico amable, bastante llamativo, no era de las personas que voltearías a mirar dos veces en la calle, pero su carisma lo hacía lucir de cierta forma atractivo.
—Sí, por supuesto, Señorita Manobal. ¿Qué necesita? —dijo dispuesto.
–Ven, mira, tienes que ver, hay alguien en mi casa.
Agitada lo jalé hasta dentro de mi casa, cuando entré a la sala, ahí en mi propio mueble se encontraba la chica, quien tenía sus piernas cruzadas y estaba entretenida leyendo la misma revista. Incluso, la veía más despreocupada. No prestaba atención al chico, ni mucho menos a mí.
—Ella... tienes que decirle que se vaya —alegué—. Por favor.
El chico me miró confuso, —¿A quién?
—A ella... —señalé hacia la chica—, dile que se vaya, no sé cómo entró a mi casa.
El chico me miró perdido.
—No sé de quién habla, Señorita —confesó.
De nuevo dirigí mi vista al mueble, y ahí estaba ella, muy tranquila, sin prestarnos atención.
—No puede verme —subió la mirada chocándola con la mía—. Si yo así lo quiero, puedo ser invisible para él. Solo tú me estás mirando en este momento, no te esfuerces.
Solté la mano del chico y mis hombros cayeron en incredulidad y decepción.
—Lo siento —hablé—. Es mejor que te retires, yo estoy muy cansada. Perdón.
El chico asintió y salió de mi casa, se despidió y yo cerré la puerta detrás de él. Cuando regresé, la chica se encontraba mirando los retratos que colgaban de la pared.
—¿Quién eres? —volví a preguntar.
—La muerte —volvió a responder girándose—. ¿Ahora si me crees?
—No puede ser —resoplé—. Esto es absurdo. ¡Tú no puedes existir!
—Para tu mala suerte y la de muchos, si soy real. Otros lo suelen aceptar más rápido —comentó—. ¿Estás lista?
—Tengo más tiempo.
—Es mejor ahorrarnos todo ese tiempo, morirás de toda forma —expresó de forma fría.
—Ya basta, ¿quieres? —me senté en el mueble—. No necesito que me lo recuerdes a todo momento.
—Es obvio, simplemente te rehúsas a la idea. Los humanos son patéticos —repudió—. Son... patéticamente inútiles.
—¿Quieres callarte?, no te soporto.
—Lo sé —respondió juntando sus manos por delante—. Te puedo escuchar. Puedo escuchar todo lo que piensas.
—No lo haces.
—Sí, sí, lo hago.
—¿Ah, sí? —la miré fijamente—. ¿Qué estoy pensando ahora?
—Tienes miedo —redactó—. Miedo a dejar a tu madre y a tu hermana, miedo a abandonar todo lo que has logrado, miedo a no encontrar el amor. Lo de siempre.
Me atemoricé. Ella en serio sabía lo que yo estaba suponiendo, no era una broma ni mucho menos un juego. Ella sabía perfectamente lo que pasaba por mi mente y los temores que abordaba. Me mordí el labio con fuerza reprimiendo mi grito de auxilio.
—No puedo irme aún —dije por lo bajo—. No termino de despedirme.
—¿Para qué quieres hacerlo? —quiso saber.
—¿No es obvio?, cuando amas a personas no quieres irte y dejarlos —solté con obviedad–. Por lo visto, tú no eres tan inteligente.
—No, pregunto el porqué quieres enamorarte. Vas a dejar a la persona, el amor es solo una idea equivocada que les incrustó la sociedad.
—El amor es lindo, muerte —respondí.
—Eso te hace más patética que un humano promedio.
—¡Oye!
—Terminemos con esto, me evitas el esfuerzo, y yo te evito una muerte con dolor —expuso.
—¿Hay alguna forma de quedarme más tiempo?
Chasqueó los dedos y en sus manos apareció un libro, la sorpresa se vio reflejada en mi rostro. Buscó página por página en el libro, hasta detenerse en una específicamente.
—Según la regla ciento treinta, la única forma de que se te conceda una vida más es aprendiendo a amar a la muerte y logrando que ella se enamore de ti —leyó—. Si no lo logras en un tiempo determinado, la muerte tendrá el derecho de no solo matarte a ti, sino también a tu familiar más querido —cerró el libro de golpe—. ¿Escuchaste?
—Trato —me paré extendiendo mi mano.
La muerte me miró con rareza, —¿Por qué harías un trato conmigo de esa forma?
—Estoy segura de que puedo hacer que te enamores de mí —dije con orgullo—. O puedo enamorarme de ti.
—Nunca vi un humano con tanta fé. Nadie se enamora de mí, me temen o me odian. Nadie quiere a la muerte.
—¿Qué te impide hacer un trato conmigo? —pregunté con simpleza—. No tiene nada de malo, ya que no te enamorarás y tendrás un dos por uno.
—No hago tratos con humanas patéticas, y recuerdo perfectamente que hace media hora estabas diciendo que era imposible mi existencia —recordó—. Fuera de eso, no es suficiente para que haga ese tipo de tratos.
—A ver, si tú ganas, ¿qué más quieres?
Dio dos pasos al frente.
—Si tú ganas yo te doy una vida más, y por supuesto, no me llevaré a nadie a quien tú quieras —asentí—. Pero si yo gano... me llevo tu alma y a la persona que más amas.
—Pero quiero más cosas —ahora di otro paso al frente—, tengo el derecho de unos dos deseos, y de ponerte un nombre. No quiero que te llames muerte, ni podrás leer mis pensamientos, sería injusto.
La muerte frunció los labios y dio un asentimiento de cabeza.
—Trato —tendió su mano—. Si no logras lo que dijiste en menos de seis meses, puedes estar segura de que tu muerte será tan dolorosa y desgarradora, que no tendré ni una pizca de remordimiento.
Yo con una sonrisa estreché su mano.
—Me das una vida más, si me logro enamorar de la muerte —dije segura de mis palabras.
—Nadie se puede enamorar de mí, soy la muerte —respondió despectiva.
—Yo sí.









Soy nueva en la comunidad, pero admito que estoy conforme y satisfecha con esta historia, me encanta! ¡♡!