Prólogo
— Primera Soberana, ¿es esto lo que querías para el reino…?
Suspiré. Aunque mi maestro siempre me reprochaba por el gesto, dejé que las emociones negativas en mi interior se desvanecieran en el aire. Junto a mi aliento.
Ése mismo día, quienes anhelaban destruir el legado de Thea, provocaron una extensa cadena de eventos y sacudieron los cimientos más profundos del reino Der Zentrale. Aún no lo sabía.
Después de cambiar mis ropas para la reunión con los altos mandos del reino, me preparé. Acomodé mi cabello oscuro con una mano y dejé atrás mi habitación.
La noche nunca acabaría. O eso creí, cuando alcé la mirada y quedé boquiabierto.
De pie entre las elegantes paredes claras, encima de la alfombra de terciopelo, una mujer me observaba a los ojos.
Sus cabellos pelirrojos largos tenían hojas y ramas enredadas, el vestido blanco que llevaba puesto estaba manchado de polvo, fulminantes ojos verdes azulados mirando en mi dirección; fue imposible desviar la mirada.
Fascinado por la presencia de tan curiosa mujer, mi estómago se encogió. El cansancio abandonó mi cuerpo enseguida.
— Disculpa, ¿quién eres? — pregunté y ella dio un pequeño brinco.
No obtuve una respuesta, solo una mirada de desconfianza.
¿Qué más podría haber hecho…?
¿Se supone que debía saberlo?
… Aquella mujer de aspecto andrajoso en realidad cambiaría el destino del reino Der Zentrale, a partir de sólo unas palabras:
— ¡Yo no podría ser su reina!








