❥ La casa
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¡Atención!
Este fanfic fue publicado anteriormente en Wattpad. Por cuestiones normativas y de seguridad para la obra, se optó por publicarla dentro de esta plataforma.
Si bien es un fanfic antiguo, actualmente se encuentra bajo modificaciones.
La historia no cambió, solo se extendió y se pulió.
Para mis nuevos lectores y los antiguos me vuelvo a presentar
¡Soy Kora, Korita, Scar o Scarmi!
❥ Es un placer
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Las luces cegadoras, el ruido de los motores, las bocinas, los murmullos, las carcajadas… eran factores que se intensificaban con el caer de la noche. Estos se volvían más irritantes e insoportables para la migraña de cierta castaña oculta en un callejón un tanto alejado de la peatonal.
La niña reunía fuerzas de sus adentros, buscaba concentrarse y hacer foco. Necesitaba comida, necesitaba dinero… necesitaba una víctima que no moviera un pelo.
Sus ojos se posaron en aquel niño de cabellos rubios, él se estaba despidiendo de sus amigos mientras caminaba hacia atrás con despreocupación. Ya alejado se desvió a un pequeño puesto de comida, sacó su billetera y en un amague de hablarle a la mujer, su billetera desapareció.
La pequeña corrió camuflándose entre la multitud, sujetó la billetera y al igual que el dinero del muchacho, se esfumó.
Alejada de las multitudes y cerca de una plazoleta, sacó la billetera del bolsillo y le echó una ojeada. Sinceramente no sabía quién estaba peor, aquellas monedas sólo le servirían para una botella de agua y quizás un dulce. Un suspiro de pesadez se liberó, había corrido por nada, pero una vez más la realidad se chocaba contra ella, “no porque sea rubio tiene plata”.
Con las monedas en mano tiró la billetera hacia algún lado, sus ojos ahora buscaban una posible cama, Finalmente la encontró en lo alto de un árbol, sus ramas gruesas podrían soportar su peso al menos esa noche. No dudó ni un segundo, se subió al árbol y se acomodó disfrutando de su tranquilidad, aunque a los minutos su atención se desvió a otro lugar.
Un oficial de policía y el niño rubio merodeaban por allí, El mayor llevaba una linterna y el menor tenía el teléfono en mano.
-¿Seguro que corrió por aquí?
-No estoy muy seguro… -le miró con obviedad- pero la señora dijo que sí
La luz de la linterna se posó en el suelo, ambos varones miraron la billetera tirada con algunos papeles hacia afuera. El rubio se acercó y así como ella minutos atrás, suspiró con cansancio y una pizca de molestia al ver que su dinero ya no estaba
-¿es?
-Es…
-...-El guardia rascó su nuca al ver al crío, suspiró y se acercó palmeando su hombro- Te llevaré a casa, Revisaré las cámaras por si encuentro algo, ha habido muchos robos por la zona
Él asintió y la pequeña se encogió al verlos tan cerca. Al parecer los ojos ya estaban puestos en ella, debía mudarse antes de que algún adulto la atrapara.
No iba a mentir que dudó en sí partir esa misma noche o en la mañana siguiente, pero por temor a encontrarse con algún guardia en la luz del día, esperó unos cuántos minutos y bajó de su nido.
Caminó durante quizás poco más de una hora. Se alejó en dirección a un barrio que aparentaba ser tranquilo, Por un lado aquello le gustó, significaba que no habría tantos oficiales merodeando, pero también significaba que quizás no habría tanto movimiento ni rutas de escape.
Esto último se confirmaba con el pasar de los minutos pues observando los árboles, los pasillos y las casas… había mucho espacio y pocos escondites. Tardó en decidir si seguiría buscando o si debía asentarse allí, pero teniendo en cuenta la hora y el cansancio, solo optó por buscar algo ahí mismo.
Caminó un par de cuadras mientras observaba el suelo, le llamaba la atención aquellos adoquines usados en las antiguas calles, Estos comenzaban a levantarse y verse más gastados a medida que se alejaba de las casas.
Lo supo en el instante en que la vio, Aquella casa abandonada y lúgubre debía ser la razón por la que el resto se alejaba y el mantenimiento se ignoraba.
Se acercó más y más, se adentró entre los árboles débiles y secos y sin darse cuenta pisó aquel terreno. El césped estaba largo y un tanto opaco, no había basura pero tampoco cuidado. Entró en la casa no sin antes ojear desde afuera si había algún indigente, y ante la ausencia de vida humana y animales sarnosos, se metió con un poco de cobardía.
El piso de madera era frío y estaba lleno de polvillo, los muebles estaban sucios y cubiertos cada uno con una manta blanca o gris a estas alturas. A simple vista nadie estaba allí así que simplemente optó por acercarse al sofá y quitarle la manta de seguridad, la sacudió, torció un poco y sin más se tiró. Una nube de tierra se levantó y ella gruñó. Aun así, sin rechistar buscó algo de comodidad y se durmió
Un nuevo día inició. El sol brilla, las aves cantan y la niña cuál muerta descansa.
Incluso con el sol en su rostro, la tierra y el mal olor, ella descansaba plácidamente pues claro, entre las ramas duras y un sofá mugriento… es fácil decidir cuál es más cómodo.
Aún así tanta tranquilidad fue interrumpida y no por todo lo dicho anteriormente. Algunos cuchicheos, algunas voces y algún que otro pataleo consiguió que se removiera y lentamente se despertara, aunque no en su totalidad.
-¿Está muerta?
Una voz muy aguda se escuchó.
-Tengo hambre…
Con un poco de atención podías notarlo, no era una, eran muchas.
-¡Hay que comerla!
Sus comentarios acerca de comerla viva o corroborar si estaba muerta, la lograron desconcertar. Sus ojos se abrieron y como si aún siguiera en su sueño, una especie de conejo rosado le respiraba en la cara.
Se veía suave
Se veía esponjoso
Se veía dulce y amable
-¿Estás muerta?
Fácil y sencillo, así es como le das un paro cardíaco a un vagabundo
-¿Qué mierda..? -Sus labios temblaban mientras que su dulce voz salía-
Ella se puso de pie como pudo y desde su altura pudo ver como un ejército de conejos de goma se acercaban a ella rodeándola
-No está muerta -soltó uno- ¿La matamos?
Sus pequeñas patas se subieron a sus pies, sus orejas rozaban sus piernas y un escalofrío recorrió su vértebra. Cayó y en cuestión de segundos los pequeños seres saltaron sobre ella intentando devorarla, quizás.
Sus carcajadas salieron pues entre sus supuestos golpes y mordidas lo único que consiguieron fue cosquillas. Aun así la risa le impedía pensar, lo único que atajó a decir fue un “paren” y un “¡largo!”.
Tirada en el suelo y con sus ojos puestos en la puerta, pudo sentir un aire frío invadir la sala. Fue repentino y dejó su huella en ella. Un suspiro y una risita resonaron y los pequeños bichos se calmaron.
-¿Qué hacen?
Su voz era suave y tenía una pizca de picardía. Un niño abrió la puerta corrediza y observó a la muchacha siendo comida. Tenía ojos grandes y deslumbrantes, su tez era clara y su cabello era tan liso y fino que se movía con delicadeza con la brisa. Su ropa era tradicional, pero su gorra le resultó un tanto extraña, pero no tan rara como su sonrisa y esa mirada.
Sus ojos se achinaron robándole el aliento, los pequeños conejos simplemente retrocedieron
-ah…
No sentía ese peso encima suyo pero sí el frío.
-gracias… -tenía una mano en su pecho mientras que poco a poco se sentaba y le veía- lo lamento… ¿es tu casa…? -preguntó a la vez que alzaba una ceja- Creí que estaba abandonada, perdón el atrevimiento
Él solo la observó, esa sonrisa aún se mantenía. Ninguno dijo nada pues podríamos decir que ella estaba hipnotizada. Esos orbes ámbar la engatusaban.
Pero un gruñido salió
No por molestia ni como amenaza
Fue de hambre
-¿Tienes hambre? -Preguntó un tanto burlón y ella solo se encogió mientras asentía con la cabeza- Ven, sígueme
Él ladeó su cabeza ligeramente, se apartó de la puerta e hizo una ademán para que le siguiera, Estaba a la delantera, no le miraba siquiera
-¿Cómo te llamas?
Su voz la desconcertó nuevamente, pero teniendo en cuenta la situación, ella no tenía más opción que responderle.
-Podríamos decir que no tengo nombre… -murmuró- todos me gustan así que eres libre de llamarme como quieras. -él le miró de reojo, su semblante era serio- ¿Y tú?
-mmm… -alzó su mirada y luego la bajó, ahora caminaba un tanto más cerca- Yugi Tsukasa
-Es un lindo nombre
Ese fue el fin de la conversación, ninguno dijo nada mientras caminaban.
La casa se veía más acogedora con la luz del día y quizás era por el cansancio pero se sentía un tanto adormilada
-¿Qué eran esas cosas? -preguntó al recordar a los conejos-
-¿Ah? -se giró a verla y ella dibujó la silueta de los animales en el aire- ¡Ah! esos… son Mokkes, son espíritus
-¿Espíritus?
No entendió aquello, pero al ver como él asentía con alegría asumió que era un nuevo tipo de juguete con un nombre llamativo y turbio.
Se sintió extraña luego de aquel comentario. Sentía que caminaba en círculos pues llevaba un buen rato siguiéndole… ella le seguía… seguía al niño que con cada pestañeo se veía más transparente. A estas alturas ella caminaba ciegamente, aunque al entrar a la cocina su cuerpo se tranquilizó, él le sonrió y en un abrir y cerrar de ojos un plato de galletas apareció.
-puedes comer
