PRÓLOGO
En un reino muy lejano, donde los tronos se alzaban sobre cimientos de piedra y los estandartes ondeaban al viento, se erguía un castillo majestuoso, un símbolo de prosperidad y belleza. Gobernado por el Rey As de Tréboles y la Duquesa As de Corazones, la pareja real reinaba con sabiduría y justicia, amada por un pueblo que vivía en armonía bajo su protección. Sin embargo, por encima de la política y las riquezas, lo más preciado para los monarcas era su familia: cuatro hijos, cada uno con virtudes únicas.
El mayor, el Príncipe As de Luna, era un maestro de la espada, valiente y calculador. Su hermana, la Princesa As de Espada, deslumbraba con su belleza y astucia, mientras que el Príncipe As de Diamante, un caballero sereno y protector, siempre estaba dispuesto a dar todo por los suyos. El menor de todos, el Príncipe Joker, era la luz del castillo, un niño lleno de inocencia y carisma, cuya risa era capaz de iluminar hasta el rincón más oscuro.
Pero la sombra del escarlata acechaba, una presencia oscura y envidiosa que odiaba la paz del reino. Una tarde, cuando el sol apenas se ocultaba tras el horizonte, una figura encapuchada de rojo se deslizó furtivamente hasta los muros del castillo. El Príncipe Joker, inocente y lleno de bondad, vio al extraño, quien se presentó como un anciano vagabundo en busca de refugio.
—Oh, joven príncipe, —dijo el anciano con una voz suave y rasposa—. ¿Serías tan bondadoso de brindarle un techo a este pobre viejo?
Joker sonrió con la pureza de un corazón que desconocía la traición.
—Por supuesto, buen hombre. Ven conmigo, aquí estarás a salvo.
El anciano y el príncipe formaron una amistad, pero bajo aquella apariencia inofensiva, se ocultaba una oscura verdad. Mientras los días pasaban, el anciano esperaba, paciente, su momento. Finalmente, llegó el día de la coronación del Príncipe As de Luna, el futuro heredero del trono. El reino entero se llenó de alegría. Las calles estaban abarrotadas de gente celebrando el ascenso del príncipe guerrero.
Durante la ceremonia, Joker observaba desde la primera fila, y al girar la cabeza, vio al anciano entre los invitados. Sonrió al verlo allí, pero algo en su estómago dio un vuelco, un presentimiento que no logró identificar. Sin embargo, la ceremonia continuó, la Oruga Sabia se acercó con la corona real sobre un cojín bordado, y el Conejo Blanco hizo sonar su trompeta.
—Felicidades, hijo mío, —dijo el Rey As de Tréboles, su voz resonando por el salón.
Pero justo cuando la multitud estalló en aplausos, un sonido discordante rompió el momento. Un par de palmas se unieron de manera lenta, metódica, calculada. Todos se volvieron para mirar al anciano encapuchado, quien ahora se había enderezado por completo, su figura ya no era la de un hombre frágil, sino la de alguien que emanaba un poder oscuro.
—Qué hermosa familia, —dijo con una voz profunda, casi burlona—. Tan unida, tan perfecta.
El Rey se levantó de su trono, su ceño fruncido con inquietud.
—¿Quién eres? —preguntó el monarca, su tono firme.
El encapuchado no respondió de inmediato, en su lugar, comenzó a barajar una baraja de cartas. El sonido de las cartas mezclándose llenó el silencio del salón. Finalmente, detuvo sus manos y habló:
—Soy el Rey de Corazones. He venido a reclamar lo que es mío.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, lanzó las cartas al aire, y éstas, girando como dagas, se transformaron en caballeros horrendos con armaduras hechas de naipes. El caos estalló en el castillo. Los caballeros se lanzaron sobre la multitud, bloqueando las salidas. El Rey As de Tréboles, junto con los príncipes As de Luna y As de Diamante, desenfundaron sus espadas, dispuestos a proteger a su familia. La Reina As de Corazones, desesperada, tomó a Joker en un intento de ponerlo a salvo.
—¡Huyan! —gritó el Rey, mientras cruzaba espadas con uno de los caballeros.
—¡Qué escena tan conmovedora! —rió el Rey de Corazones—. Hombres luchando mientras las mujeres y los niños corren a esconderse.
Joker, incapaz de soportar más, se soltó del agarre de su madre y corrió hacia el encapuchado.
—¡Detente! —gritó, con lágrimas en los ojos—. ¡Por favor, detente!
El Rey de Corazones lo observó, divertido.
—Ah, pequeño príncipe, no entiendes nada de este mundo, ¿verdad?
Con un gesto, sus caballeros derribaron al Rey As de Tréboles y a sus hijos mayores. El Príncipe Diamante fue herido en la columna, incapaz de moverse, mientras que el Príncipe Luna, luchando con toda su fuerza, fue también sometido. Los gritos de la Reina y la Princesa Espada resonaron en la sala.
—¡Jajaja! —El Rey de Corazones levantó los brazos, disfrutando de su triunfo—. Todo esto, gracias a ti, pequeño Joker.
El joven príncipe lo miró con terror, sin poder entender cómo todo había salido tan mal. Las palabras del Rey de Corazones se clavaban como puñales en su alma.
—¿Qué quieres? —exclamó el Rey As de Tréboles, derrotado—. Tómalo todo, pero deja a mi familia en paz.
—Dame tu reino, —respondió el Rey de Corazones, su tono amenazante—, y tal vez los deje vivir.
El Rey Trébol asintió, resignado, pero antes de que pudiera decir más, el Príncipe Luna se liberó de los caballeros y levantó su espada.
—¡No, padre! ¡No se lo permitas!
Sin embargo, antes de que el príncipe pudiera atacar, las cartas lo inmovilizaron.
—Qué valiente, —se burló el Rey de Corazones—. Pero estúpido.
—¡Deja a mi hermano en paz, monstruo! —gritó Joker, con miedo en sus ojos, pero su voz se perdió en el estruendo.
El Rey de Corazones, sonriendo, hizo un gesto hacia uno de sus caballeros.
—Por atreverse a desafiar al Rey... ¡que le corten la cabeza!
—¡Noooo! —gritaron todos, mientras el Príncipe Luna era arrastrado lejos.
—¡Dijiste que no les harías daño! —rugió el Rey As de Tréboles, con el corazón desgarrado.
La risa maligna del Rey de Corazones resonó en el salón. Uno a uno, los miembros de la familia real fueron separados, arrastrados y humillados ante los ojos de Joker. La reina lloraba mientras veía a sus hijos caer. Y entonces, en un acto final de crueldad, el Rey de Corazones sacó una daga brillante y la hundió en el pecho del joven Joker.
La risa y los gritos se desvanecieron en la oscuridad que envolvía al pequeño príncipe, mientras su luz se extinguía.








