Fuego y Sangre

Sinopsis

Antes de ocupar su lugar como rey, el príncipe Aziraphale debe completar una misión casi imposible: encontrar a un dragón y acabar con él, con el propósito de asegurar la supervivencia de su pueblo por una generación más. Esta es una antigua y sagrada tradición, que cada heredero al trono de Paradis debe cumplir, sin importar su edad ni su género... o, al menos, eso es lo que todos le han hecho creer. ✦ Universo Alterno: Fantasía. ✦ Por favor, ¡lee las advertencias!

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La Noche

“Oh, mi dulce niño de la primavera, ¿qué sabes tú del miedo? El miedo es para los dragones de las dunas, con sus escamas de oro y sus crueles relámpagos que siempre los acompañan. Para los dragones del pantano, con sus voces que anuncian la muerte y su veneno que derrite la carne. El miedo es para los dragones de fuego, con sus escamas negras como el abismo y codiciosos como los hombres. No importa lo que hagas o en dónde te escondas, mi niño, porque ni los muros más gruesos o los ejércitos más poderosos podrán salvarte de la furia de un dragón”.


La pesada tapa del libro se cerró de golpe en la mesa, dejando sonar su eco por la solitaria biblioteca, mientras las velas sobre el candelabro de oro de tres brazos se derretían lentas y deprimentes. Tras todas esas horas leyendo, desde el amanecer de aquel día, él por fin había llegado a una conclusión: el mundo era un lugar cruel.

Desde el momento del nacimiento, hasta el instante en que se cerraban los ojos, el mundo hacía pagar a cada ser viviente por existir. Todos estaban condenados a buscar sustento, a pelear por sobrevivir y, por si acaso era poco, los humanos habían inventado algo llamado “deber” para poder atarse a sí mismos con reglas estúpidas e inútiles. Juramentos, promesas y normas. Política, expectativas y un peso que nunca quiso cargar.

Es decir, ¿por qué habrían de ser sus hombros los que cargaran con el destino de un reino? Con los treinta años recién cumplidos, ya no era el príncipe joven de antaño, pero la edad no era un impedimento para cumplir con su deber.

Aziraphale, de la Casa Caelum y el primero con el nombre, se convertiría en el nuevo rey de Paradis.

La verdad era que jamás imaginó que se llegaría el día para ocupar el trono. Había sido criado desde su nacimiento para ello, desde luego, instruido en todo lo que un futuro monarca necesitaba conocer para dirigir a su pueblo. Pero para el príncipe Aziraphale aquello era más bien una condena porque ocupar la silla venía con miles de problemas y ataduras.

Había creído, cuando era niño, que su madre sería eterna. Luego pensó que tal vez ella tendría otro hijo al que él pudiera pasarle el deber, pero sus múltiples embarazos fallidos fueron la razón por la que se fue debilitando antes de la muerte del rey consorte hacía ya varios años. Y ahora, nueve días después de su muerte, se había llegado el momento de que el legítimo heredero ocupara el lugar que le correspondía por derecho.

Si tan solo fuera una ceremonia sencilla en el Templo de los Nueve, tal vez, no se sentiría tan nervioso y miserable como se sentía en ese momento. Pero no. Necesitaban a alguien con sangre real para aquel ritual sagrado y, como el único hijo vivo de la fallecida Reina Madre, el destino estaba sellado para él.

Así que aquella mañana, fría y lúgubre, el príncipe Aziraphale no encontró mejor cosa por hacer que encerrarse en la enorme biblioteca. Metido esta vez en la sección de historia, intentó encontrar una respuesta entre todos los maestros que abordaron el tema del ritual, pero las letras que había leído a lo largo de esos años no cambiaron ese día.

Todas hablaban sobre los dragones tan antiguos como el continente mismo, sobre los sanguinarios jinetes que habitaban ahí cuando los Primeros Hombres llegaron y el precio que debieron pagar para poder compartir la tierra.

Un precio que ahora los herederos de la Casa Caelum debían vengar.

Por supuesto, tal y como sabía desde el principio, ninguno de los antiguos libros mencionaba algún método para salir con vida de semejante barbarie. Aziraphale ni siquiera pensó en tomar los libros de dragones que se encontraban en el fondo, olvidados en un estante donde acumulaban polvo y termitas, pues estaban escritos en un idioma ya muerto.

Cuando la luz de las velas empezó a titilar todavía más, decidió que era suficiente y salió de la biblioteca. Poco después, a su pesar, ya estaba en camino a la sala del Consejo Real. Vestido con sus mejores ropas, al igual que siempre, procuró alargar su recorrido por los pasillos elegantes del Castillo Blanco tanto como fuera posible.

Contemplaba así cada detalle del lugar donde creció. Paredes blancas con pequeños y exquisitos acabados en tonos dorados. En algunos de los pasillos había grandes retratos de los antiguos monarcas, incluyendo el de su madre, mientras que otros estaban compuestos casi en su totalidad por enormes ventanales desde los cuales se podían ver los amplios jardines y la muralla que los resguardaba.

El príncipe Aziraphale se detuvo un momento frente a uno de esos ventanales.

Se tomó algunos minutos, para contemplar la primera nevada del año caer sobre los bonitos y bien cuidados rosales, preguntándose cuánto duraría el invierno y si no sería un mal augurio que lo coronasen con ese clima. Más allá de los jardines reales divisó la gran muralla que protegía a la capital de los nueve reinos, la gran Ciudad Amurallada de Darys, así como el río Kilvan que se extendía por el bosque Ean y se preguntó si, cuando fuera rey, podría convencer a todos de eliminar esa tradición tan peligrosa y salvaje.

Una expedición a la que el heredero al trono debía acudir sin compañía alguna.

Había vivido la mayor parte de su vida sin tener que preocuparse por nada, pero la muerte de su madre le trajo un sinfín de problemas. De pronto él era quien ocuparía su lugar y, como tal, debía cumplir con su deber. Uno que empezaba, desde luego, arriesgando su vida.

Aziraphale repasó en su mente las historias de los héroes que conocía al derecho y al revés. Todos esos príncipes y princesas que, en su momento, emprendieron el viaje fuera de las murallas de la Ciudad de Darys. A veces duraban meses, a veces semanas; había leído sobre algunos que no volvieron hasta un año después y, desde luego, escuchado sobre los desafortunados que no volvieron jamás. Pero, sin importar el riesgo ni el tiempo que se tomaran, la misión era clara: debían buscar a un dragón y matarlo.

Era un ritual tan antiguo como el reino que le impedía subir al trono, u obtener una pareja formal, hasta que fuera completado con éxito.

Pero las dudas invadían su cabeza de forma inevitable. Siempre lo habían hecho. No comprendía del todo la leyenda sobre el origen de dicha tradición -a pesar de haberlo leído cientos de veces- y tampoco entendía qué sentido tenía traer la cabeza de un dragón para adornar la sala del trono.

Dudas que, según los miembros de la Corte, no tenían base ni razón de ser… pero que revoloteaban en su cabeza sin darle ni un segundo de descanso. Justo como esas reuniones a las que lo llamaban cada mes disfrazadas con comida y bebida, en las que se trataban cosas relevantes para los nueve reinos, aunque esa vez era diferente.

Esa vez le iban a informar a dónde debía ir para buscar al dragón.

—Alteza, lo están esperando en el comedor —la voz de un guardia lo sacó de sus pensamientos.

Asintió y reanudó su camino de forma automática a través del laberinto de pasillos en aquel castillo. Para cuando reaccionó ya había llegado, por lo que se detuvo unos segundos para inhalar profundamente, antes de hacerle una seña a los guardias y que abrieran las puertas. Al entrar, para su horror, notó que ya todos se encontraban ahí y que solo estaban esperándolo a él. Bueno, ¿qué importaba? Cuando fuera rey, se decía, nadie iba a poder reclamarle por tardarse tanto.

—Príncipe Aziraphale —lo saludó lady Saraqael cuando se acercó mirándolo desde su innovadora y elegante silla de ruedas—. ¿Nervioso por el gran día?

—En lo absoluto, mi lady —respondió y supo por la sonrisa en ese rostro que no le creyó—. Confío en que los Dioses me darán su bendición.

—Estoy segura de que así será.

Aziraphale apenas asintió. Ya sabía que solo estaban buscando señales de cobardía para burlarse de él. Ambos avanzaron hacia la amplia mesa donde se sentaron los nueve miembros de la Corte y él ocupó su lugar a la cabeza. Pronto, un gran banquete fue servido, para que disfrutaran de la más fina comida mientras discutían lo que sucedería tan pronto llegara el atardecer. Ni bien vio las bandejas con comida, demasiada para solo nueve personas, Aziraphale intentó no pensar en la posibilidad de que no tendría otra comida así en mucho tiempo.

—Una disculpa por hacerlos esperar —habló tan pronto como notó la mirada de todos sobre él—. ¿Empezamos?

Apenas se sentó, el resto de los presentes hizo lo mismo, como dictaban las reglas de etiqueta. Notó los movimientos sutiles y delicados que las ladies hicieron para colocarse sobre las piernas la servilleta de tela, con el grabado del escudo de la corona, así como la forma en que algunos de los lores tomaban tragos del agua cristalina que estaba frente a ellos. Entonces miró los muchos cubiertos que estaban a su disposición en ambos lados de su plato. Vio cómo servían frente a él la crema de col y cómo sus nueve invitados empezaron a comer en silencio. Vio los detalles de los manteles y a las personas del servicio moverse de un lado a otro, trayendo más trozos de pan y revisando que las copas estuvieran llenas todo el tiempo sin falta.

Se fijó en todo, hasta en la cosa más insignificante, lo que fuera necesario para poder olvidarse de que el tiempo se había llegado y que, a pesar del clima y todo lo demás, era necesario cumplir con sus responsabilidades.

Aun cuando, sin duda alguna, esa era su última cena.

Lo más lógico hubiera sido que comiera tanto como pudiera. Y la verdad era que ese había sido su plan por mera supervivencia, pero hasta la más fina carne de res traída desde las Praderas de Pa’li y las mejores verduras de los Jardines de Hadaen sabían a cenizas en su boca. Oía las conversaciones de fondo y el sonido de los cubiertos de plata contra la elegante cerámica de la loza, más su cabeza estaba dándole vueltas al mismo asunto una y otra vez, de forma incansable y obsesiva.

Pensaba en las mil y una formas en que podría morir si el dragón no lo convertía en cenizas primero, claro, suponiendo que durara un par de horas fuera de las murallas y que no se encontrara con un dragón del pantano o de cualquier otro tipo. Pensaba también en el origen de esa tradición y lo incoherente que le parecía. En lo estúpido que resultaba probarle a todo el reino de Paradis que era digno de ocupar el trono si ni siquiera lo quería.

—¿Alguna noticia de las Tropas de Exploración? —preguntó por fin cuando hubieron acabado el primer platillo.

Poco después trozos finos de carne de venado, bañados en salsa de moras, fueron servidos en los platos de todos.

—Los soldados de la zona norte reportaron avistamientos en el bosque Ean —respondió Ser Michael—. Ha sido constante toda la semana.

—¿Qué tipo de dragón? —la voz de su tío, el príncipe Metatrón, hizo girar la vista de todos hacia el otro extremo de la mesa.

—Un dragón de fuego —contestó Ser Michael.

Aziraphale tragó saliva mientras que los demás se mostraron casi decepcionados por la noticia. Matar a un dragón de fuego era casi como matar una rata: había tantos que ni siquiera resultaba extraño verlos.

—Debe ser el mismo que ha estado saqueando nuestras minas —comentó el príncipe Gabriel con una pequeña sonrisa en el rostro luego de darle un trago a su copa de vino—. ¿No es conveniente, Aziraphale? Vas a quitarnos un problema y a ganar tu pase al trono. Felicidades.

—Enhorabuena, Majestad —agregó Lord Uriel—. Todos esperaremos ansiosos su regreso.

Aziraphale apenas pudo asentir. No sabía explicar la razón, pero aquellas sonrisas y buenos deseos los sintió más falsos que nunca. La comida continuó por casi una hora entera. Se discutieron temas como el festival de año nuevo y las preparaciones para el invierno.

Resultó deprimente notar la facilidad con la que siguieron hablando de esas cosas mientras ignoraban la posibilidad de que el príncipe heredero tal vez no volvería. Tras concluir se dirigieron hacia el Gran Salón para la reunión de despedida en honor al heredero. Tan sumido en sus pensamientos como estaba, ni siquiera había prestado atención a los saludos y deseos de buena suerte que todos le dieron, sino hasta que se encontró de frente con sus dos grandes amigas, las ladies Muriel y Margaret -o Maggie, como él gustaba llamarla-.

—Mi príncipe —lo saludó Muriel con una reverencia cuando se acercó a donde él estaba—. Le deseo buena fortuna en su travesía.

—Estoy segura de que volverá victorioso —añadió Maggie.

Aziraphale por fin sintió una sonrisa sincera abriéndose paso en su rostro. Al menos podía decir que dos personas de verdad querían volverlo a ver.

—Gracias a las dos —respondió él tomándolas del brazo a ambas antes de caminar con ellas hacia una de las ventanas—. ¿Cómo estuvo el suyo? Sé que los caminos no son amables.

—En realidad fue bastante tranquilo —respondió Muriel con una sonrisa alegre—. Los dragones blancos se quedan cerca del Monte Congelado, así que no tuvimos muchos problemas cuando salimos del norte. Aunque bueno, las cosas no son iguales cerca del Cuerno de Dragón, ¿cierto?

Muriel rió bajito, como entre nerviosa y asustada. No era de extrañarse. Incluso cuando los avistamientos de dragones eran tan comunes como los de cualquier otro animal salvaje, no todos tenían la valentía de enfrentarse a ellos y, mucho menos, de sobrevivir a un encuentro. Ese hilo de pensamientos pronto le causó un hueco en el estómago al príncipe, de modo que prefirió que sus dos queridas amigas de la infancia siguieran hablando.

—¿De verdad? Me alegra —le respondió Aziraphale antes de voltear hacia Maggie—. ¿Y qué hay de ti?

Ella sonrió. Despegó su mirada de la nieve que caía allá afuera y la posó sobre la lady del Archipiélago de Perzys, Nina. Alta, con rizos definidos y hermoso vestido que resaltaba el color de su piel. No era secreto para el futuro rey la clase de relación que tenían entre ellas y que, ansiaba, pronto fuera formalizada.

—No, no lo son, pero pueden ser agradables con la compañía correcta.

Aziraphale notó eso y su sonrisa se hizo más grande.

—Imagino entonces que fue un buen viaje.

—Lo fue —ella rió y regresó su atención al príncipe—. Así como lo será el suyo.

Él suspiró y apartó la mirada de ella para volverla a fijar en el jardín que, poco a poco, se empezaba a llenar de nieve. Miró luego hacia el salón, lleno de los invitados, cuyas voces flotaban en el aire y de forma inevitable llevó su mano hacia su dedo meñique, ahí donde llevaba el anillo de oro de su familia, al que dio vueltas por lo nervioso que se sentía.

—Sí, claro, un viaje muy agradable —murmuró antes de volver a darse la vuelta para ver hacia el jardín y, cuando volvió a hablar, su voz bajó muchísimo—. Aunque sea algo completamente estúpido e inútil, por no decir ridículo y peligroso.

Muriel suspiró cuando lo escuchó.

—Sí, lo es, pero no es posible cancelarlo. Al menos no hasta que seas rey.

Aziraphale soltó su anillo y dejó salir un suspiro de hastío. Por suerte nadie lo notó. Paradis era un continente muy apegado a las tradiciones, de eso no había duda alguna, por lo que no era bien visto que alguien las cuestionara o se quejara de ellas. Sobre todo las personas de la realeza, quienes se suponía que debían ser los guardianes de la historia, de las costumbres y todo lo que era sagrado. Los cimientos en los cuales se había forjado el reino que conocían ahora.

Pero, para el príncipe heredero, había cosas que no tenían sentido y que no se podía sacar de la cabeza sin importar que eso fuera inapropiado. Herejía por decir poco.

—Dicen todo sobre los jinetes malditos y sobre los dragones salvajes que masacraron a los Primeros Hombres, pero ¿por qué los Dioses le “concedieron” la victoria a Caelum? ¿Nada más para después pedirle un sacrificio? —murmuró con el entrecejo fruncido—. No tiene sentido.

—Los designios de los Dioses nunca tienen sentido —respondió Maggie en un suspiro—. Por eso son Dioses, Azi. No se supone que debemos cuestionarlos.

Aziraphale cerró los ojos y exhaló.

—Sí, lo entiendo, sé que es algo sagrado y todo eso —murmuró—. Pero no logro entender por qué tenemos que arriesgar a los herederos así. ¿Qué sentido tiene matar a un dragón si el verdadero problema son los otros cientos que todavía atacan y saquean los pueblos? Es…

—Es horrible, sí —dijo ella mirando hacia el jardín—. Nosotros tenemos que lidiar con los dragones marinos en la bahía y los dragones de fuego del archipiélago. Nuestros pueblos se tienen que reconstruir muy seguido y nuestros barcos siempre sufren daños. Tienes razón, Azi, porque sería mejor concentrarnos en lidiar con los dragones que nos atacan en lugar de cazar uno nada más por una tradición, pero… es parte de nosotros, como dicen todos. Es algo que se debe mantener con vida.

El príncipe iba a decir algo en contra de eso, pero se detuvo cuando notó al Supremo Sacerdote acercándose. El hombre que, según decían todos, hablaba en nombre de los nueve dioses. Escuchó sus joyas tintineando con cada paso lento y pesado que daba, por lo cual tuvieron que girarse y abandonar la conversación que tenían, porque no sería nada bueno que llegaran a escucharlos.

—Alteza —lo saludó haciendo una reverencia e ignorando a la mujer que estaba a su lado—. ¿Está listo?

Aziraphale frunció el entrecejo por la confusión. Miró de nuevo hacia afuera y notó que todavía no se veían los colores rojizos del atardecer.

—Pero-

—Debe prepararse —lo interrumpió el sacerdote—. Antes de la hora debe estar listo.

El príncipe apretó los labios. Se dio cuenta entonces de que todos lo miraban expectantes, así que ya no argumentó nada más. Asintió y salió del salón tras despedirse con una sonrisa de su querida amiga Maggie. Los guardias lo escoltaron hasta su habitación y su escudero le ayudó a cambiar sus elegantes y finas ropas por su majestuosa e impoluta armadura plateada, su espada y todo lo que le haría falta para enfrentarse al dragón que lo estaba esperando en alguna parte del bosque.

El dragón que, sin duda, lo acabaría matando con una sola exhalación.

Se quedó largos minutos de pie, en medio de su habitación, mientras se preguntaba si acaso todos los herederos se habían sentido así. Si acaso alguno se había sentido valiente y no tembloroso como él. Si acaso era el primero en avergonzar a la familia real. Probablemente era así.

Respirando agitado, como si hubiera corrido por horas, fue escoltado ahora hacia el pueblo. Caminó solemne, sin parpadear de más y cuidando cada paso que daba, para no verse tembloroso ni llegar a tropezar. Lo habían entrenado toda su vida para ello, pero no sentía que hubiera sido suficiente.

Treinta años no era nada en realidad. Pensó entonces en todas las cosas que iba a extrañar, como su enorme biblioteca y los deliciosos bocadillos que las mujeres de la cocina ya sabían que le gustaban. Pensó en que esa era la segunda vez en su vida en que salía de la capital y que no conocía en lo absoluto esos senderos por donde iba a andar, que nadie le instruyó en cómo sobrevivir a algo así, aunque supiera defenderse y pelear como ningún otro.

Pensó en todo lo que iba a encontrarse detrás de la muralla que los protegía y no se dio cuenta del momento en que llegaron por fin a la plaza de la ciudad, donde todos lo estaban esperando. Contempló la estatua del dragón que estaba allí, atravesado por una espada justo en el corazón, mientras intentaba convencerse ahora de que no tenía que ser tan difícil. Es decir, si otros lo lograron, ¿por qué él no?

Quiso aferrarse a esa idea y por eso buscó algo de seguridad entre los muchos rostros que estaban ahí reunidos, pero no encontró nada más que emociones contenidas en sus miradas, desde la compasión hasta el respeto. Más no era un respeto como el que se le tiene a un rey si no... como el que se le tiene a un difunto.

—Hace ya más de seiscientos años nuestros ancestros llegaron a Paradis —habló el Supremo Sacerdote haciendo que todos los presentes guardaran silencio—. Buscaban tierras fértiles donde pudieran construir una nueva vida para sus familias, pero descubrieron que no eran los primeros habitantes de este paraíso.

Aziraphale exhaló. Todos conocían la historia, sí, pero era diferente escucharla ahora que era él quien saldría de esos muros. Miró a lo lejos el camino principal que llevaba hasta la puerta de la muralla y sintió un escalofrío. Deseó que todos estuvieran mirando al sacerdote, pero ya no sabía ni qué esperar.

—Otros ya moraban aquí —siguió el hombre—. Otros hombres que practicaban la brujería y que montaban en bestias sedientas de sangre. Nuestro rey, Caelum, les ofreció la paz, porque no deseaba poner en peligro a su pueblo y los jinetes aceptaron... por un tiempo.

El repentino canto de un ave distrajo al príncipe. No lograba ubicarlo entre el espeso follaje de los árboles que rodeaban la plaza, pero su dulce melodía fue suficiente como para desconectarse del relato horrible que venía a continuación. Y es que, por algún motivo que él no lograba entender, los sacerdotes creían buena idea el narrar todos los hechos violentos que produjeron la guerra con lujo de detalles. Hablaban de los saqueos, de las villas destruidas y las vidas que arrebataron al lomo de sus dragones, todo por la envidia que sintieron de los hombres.

Pero Aziraphale solía preguntarse, muy seguido y en silencio, ¿qué podría envidiarle un jinete de dragón a un hombre común y corriente?

De pronto el canto del pájaro cesó, justo a tiempo para que el príncipe notara que ahora la atención volvía a ser suya.

—El rey Caelum —continuó el sacerdote—, entregó a su primogénito a las entrañas de las bestias como tributo a los dioses para que le concedieran la victoria sobre los malvados jinetes y para que su pueblo pudiera ganarse el derecho de habitar estas tierras.

Entonces, la mirada del hombre se posó sobre la de Aziraphale, pero su tono de voz siguió siendo el mismo: alto y serio para que todos lo escucharan.

—Por sus venas corre la sangre del Libertador, Alteza —le dijo—. Usted ahora debe ir allá a vengar a todos los hermanos que hemos perdido en esta guerra contra los dragones que quedan. Traerá su cabeza aquí, a esta misma plaza, para que su sangre sea la primera que derrame en su reinado. Una promesa de seguir con el legado de sus antepasados para por fin exterminar a esas bestias.

Como dictaba la tradición, Aziraphale dio dos pasos hacia el sacerdote y lo vio sacar la daga ceremonial de una caja en color negro. Sintió el corte sobre su palma y contuvo la mueca de dolor cuando el hombre lo apretó para que la sangre corriera y se derramaran algunas gotas sobre la elegante loza de la plaza.

—¡Qoy sit qoy! —gritó el sacerdote.

—¡¡Qoy sit qoy!! —respondió la gente.

Los colores rojizos del atardecer se empezaban a desvanecer cuando la puerta de la Ciudad Amurallada de Darys se cerró tras la espalda del príncipe heredero.

Aziraphale, con su casco ya puesto y las provisiones de toda una semana dentro de la bolsa que cargaba en su caballo, empezó a caminar en dirección al bosque Ean. Era conocido por ser el más grande de Paradis y, por ende, el que más atraía a los dragones de todo tipo, claro, a excepción de los marinos. Año con año escuchaba sobre avistamientos de dragones del pantano e incluso dorados, por lo que no sería complicado –esperaba- toparse con el que estaba buscando.

Pero la noche cayó y no logró ver ni escuchar nada más que su respiración y el resoplar de su caballo. Pronto el calor se fue y dejó en su lugar el frío de la penumbra. Lo más sensato habría sido quedarse en un lugar, acampar y esperar a la luz del día para seguir con su búsqueda, pero él no quiso hacerlo. Algo en su interior le dijo que siguiera y así lo hizo. Decidió, desde luego, usar la lámpara de aceite que colgaba del cuello de su caballo para poder iluminar su camino y buscó por cualquier señal que pudiera llevarlo hasta lo que quería, pero no encontró nada más que huesos y...

Se detuvo.

No queriendo ser presa de la emoción, como tantas veces le había sucedido antes, desmontó al corcel blanco y se acercó un poco más para observar los huesos que estaban en aquel lugar. Notó entonces la ausencia de un cuerno entero en el cráneo de un borrego cimarrón, mientras que el resto estaba ennegrecido y no pudo evitar sonreír. ¿Qué otra cosa podría derretir un cuerno si no el fuego de un dragón?

Aziraphale dejó los huesos atrás y siguió avanzando.

La penumbra que rodeaba el bosque era casi absoluta, a excepción de la poca luz de luna que lograba colarse entre las ramas y la de su propia lámpara. La nieve recién caída y la que todavía estaba danzando desde el cielo se acumulaba sobre ambos y sonaba con cada paso que daba su caballo. Pensó de pronto en que, sin importar cuánto avanzara y cuánto siguiera buscando, no podría sorprender al dragón. Los de su clase eran bastante buenos escuchando, de modo que decidió dejar a su caballo atado en un árbol y continuar a pie.

No fue buena idea.

Con el brazo derecho en alto cargando la lámpara y además la pesada armadura que llevaba no tardó en sentirse cansado. Le era difícil saber cuántos metros de nieve habían caído, pero también tenía que levantar las rodillas para poder avanzar, por lo que decidió entonces tomarse unos minutos para recuperar el aliento.

Se recargó en el tronco de un árbol e inhaló. El aire frío le caló en los pulmones y en la garganta y al mismo tiempo lo ayudaron a recuperar las energías que le hacían falta. Deseó por un instante que lo hubieran enviado a esa travesía en el verano o en la primavera y no en ese duro clima, pero ya ni siquiera valía la pena quejarse. La única forma que tenía para poder volver a casa era acabar con eso, de modo que volvió a dar un par de respiraciones profundas antes de seguir, mientras intentaba dejar de pensar en por qué su madre y todos los demás siempre se rehusaron a responderle sus dudas.

Dudas que, por cada paso que daba entre los árboles del bosque Ean, empezaban a retumbar en su mente con mayor fuerza.

Siempre se preguntó de dónde habían llegado sus ancestros. Si Paradis era todo lo que existía en el mundo, ¿entonces de dónde venían? Si ya había jinetes de dragones, ¿cómo fue que lograron sobrevivir entre las bestias? Uno de esos debió ser el primer jinete, ¿no?

Y luego estaba el asunto de la leyenda que dio paso a la ceremonia. “Qoy sit qoy”, gritaban. “Sangre por sangre”, demandaban. Y Aziraphale no podía dejar de pensar en que, teniendo en cuenta las especies de dragones que ya se habían extinguido, la deuda de la que hablaban ya había sido cobrada hacía mucho. ¿Entonces por qué-

El cielo se iluminó de pronto.

Casi como si el Sol hubiera salido a medianoche, apenas un momento, Aziraphale logró ver una bola de fuego gigantesca que cruzó el cielo y aterrizó de golpe en el bosque a varios metros de donde él estaba. Una luz acompañada por un sonido atronador que cimbró el bosque e hizo a los animales huir. Ni siquiera había logrado preguntarse del todo qué había pasado cuando, sin pensarlo, corrió hacia allá.

La nieve que hundía sus botas y las ramas que se atoraban en su capa parecían no querer dejarlo avanzar. Pero lo hizo. Corrió por entre el bosque sin fijarse, siguiendo la luz y el sonido de los árboles quemándose, hasta que llegó a la zona del impacto y tuvo que quedarse ahí. Observando. Mirando el tamaño de las llamas, antinaturales, sintiendo el calor abrasador como ningún otro fuego le hizo sentir.

Tuvo que usar su mano para cubrir sus ojos de esa luz cegadora, del poder inconmensurable que poseía aquella hoguera e incluso así le costó mantener la mirada sobre ella. Cualquier otro, más listo que el príncipe, seguro ya se habría ido lejos de ese lugar porque no sería sorpresa que las llamas perdieran el control –como siempre sucedía- y terminaran consumiendo a quienes estuvieran cerca.

Pero... de ser así, ¿no se habrían extendido ya? ¿Y entonces por qué parecía que estaban disminuyendo en tamaño? Aziraphale apartó su mano del frente de sus ojos para mirar mejor y no supo decir si soñaba o no, pero el fuego empezó a calmarse. Se juntó poco a poco en el centro de aquella zona, como si acaso algo lo estuviera absorbiendo o “guardando”.

Pronto, la figura de un dragón se dibujó y Aziraphale empuñó su espada, pero luego aquello se desvaneció. Una última llamarada, como una lengua, se alzó en el aire y dejó atrás suelo quemado, árboles hechos cenizas y... el cuerpo de un hombre desnudo, de cabello largo como el fuego.

Aziraphale no pudo moverse.

Aquel desconocido se dio la media vuelta y fue entonces cuando el príncipe notó las incontables heridas que llevaba sobre la piel. La sangre que escurría de ellas. La forma en que su cabello parecía arder también.

Cuando sus ojos se encontraron, Aziraphale dio un paso hacia él, antes de que el hombre cayera inconsciente en el suelo.