Cap.1
Aquel pequeño mexicano iba caminando por las calles de la gran ciudad, acercándose poco a poco a lugares más oscuros y escasos de luz ya que, eran barrios bajos.
Abrazó su pequeño kit de lustrabotas, temía que algunos vagabundos o ladrones se lo quitasen en lo que caminaba en busca de algún lugar para dormir pero...al pasar un callejón logró oír un sollozo débil.
Al principio pensó en solo seguir caminando, no quería meterse en problemas por andar donde no debía pero ese sollozo parecia de alguien pequeño, otro niño, tan débil y delicado que terminó compitiendo con su propia moral sobre que debería hacer.
Miró a los lados, fijándose en que nadie estuviera cerca y, se adentró a aquel callejón, dando pasos cortos, prestando atención a su alrededor, temía que fuera una trampa, que aquel sollozo haya sido solo una grabación y que lo quisieran raptar así que, a cierto punto se detuvo y dio un paso hacia atrás.
—Q...¿Quién está ahí? Sal ahora mismo.
Intentó decir en un tono molesto o dominante para que, quién sea que estuviera ahí, supiera cuan malo o fuerte podía ser.
Escuchó como aquel sollozo iba cesando al punto de solo oírse pequeños quejidos.
Claro que, al escuchar unos pasos empezó a retroceder poco a poco hasta que...de un momento a otro, logró ver a un niño tropezarse y caer frente suyo, ambos se quedaron callados unos segundos, aquel niño se levantó como pudo logrando enderezarse y mirar al otro.
Por unos segundos, cruzaron miradas, el mexicano con sus ojos café no dejaba de ver aquellos grandes y brillantes ojitos dorados de ese chico completamente sucio.
Parecía tener la piel celeste, era más bajo que el pero aún así tenía una pequeña pancita que sobresalía de la gran remera que tenía puesta, la cuál, llegaba un poco más allá de sus pies.
México se quedó pensativo unos segundos, volvió a mirar a los lados para después, mirar al celeste.
—¿Por qué estás aquí? ¿Dónde están tus padres?.
Siguió con aquel tono molesto, aunque en realidad tenía curiosidad por el niño, además de cierto miedo por lo tarde que era, lo miró, esperando alguna respuesta pero...no hubo alguna.
—..Ar...Argentina...
Frunció un poco el ceño al oír su débil voz mientras se secaba sus propias lágrimas.
Lo miró de pies a cabeza, estaba sucio, realmente sucio, lo cuál lo llevó a pensar que lo habían abandonado.
Aquel mexicano por más que le diera pena la situación del niño no podía hacer mucho, apenas ese día había juntado unos escasos centavos, hacia unos días que no comía y tampoco tenía un techo en el que dormir, ¿Cómo se haría cargo de un niño menor que el?...
—Debes esconderte, ahí, donde estabas y no llorar que sino hombres malos vendrán a llevarte.
Dijo antes de darse la vuelta para empezar a caminar, debería apurarse antes de que algún vagabundo se adueñara de la cama improvisada de cartones que había hecho el día anterior pero...cuando creyó que se había desasido del menor, escuchó algo caerse detrás suyo, por lo que, al girarse y ver que se trataba de ese celeste, levantándose nuevamente para seguirlo suspiró pesadamente llevando una de sus manos hacia su rostro.
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—¡Señor España! ¡Psss! ¡Señor España! ¡Ya despiértese viejo dormilón!.
Susurraba el mexicano mientras daba saltos para mirar por aquella ventana, llegando a darle leves toquecitos con la intención de no llamar la atención de alrededor ya que, era una calle silenciosa y cualquiera podría verlos.
Sonrió ampliamente al ver que la luz de esa habitación era encendida y como al poco aparecía aquel hombre de tercera edad por la ventana, poniéndose sus lentes con el ceño fruncido, ya que, lo habían despertado de su plácido sueño.
—¡¿Qué quieres chaval?! ¡¿No ves la hora a la que vienes?!
Aquel mexicano sonrió levemente y se movió a un lado para mostrar al niño tímido que tenía detrás suyo, quién, al ver que ya no tenía al tricolor delante suyo, se asustó y volvió a esconderse detrás de su espalda, mirando de reojo a aquel hombre que parecía bastante molesto.
—Señor España, me encontré a este niño en un callejón, parece que lo han abandonado, me quedé con el pero su estómago no deja de sonar, ¿Tendría un pedazo de pan para que le de, por favor?
Aquel europeo miró con atención a ese par de niños, ciertamente, a pesar de lo malhumorado que se pudiera ver, en realidad sí sentía empatía y cierta pena por el estado en que estaban ambos, uno más sucio que el otro, uno más delgado que el otro pero...ambos mirándolo con unos ojos brillosos, llenos de esperanza ante la respuesta que les pudiera dar, y es que, él estaba en un asilo de ancianos, podía entender lo que era ser abandonado por la propia familia..
Así que, tras un suspiro pesado, abrió mejor aquella ventana notando la sonrisa que ambos ponían, lo cuál, le derritió el corazón por unos segundos a pesar de que en su rostro no era notable esos cambios sentimentales.
—Sabes que odio la suciedad, entren y llévalo a la tina, se limpian bien y no quiero ver nada sucio, ya veré que puedo conseguir.
Dijo en un tono neutral mirando como el tricolor cargaba al más bajito entre sus brazos para hacerlo subir a la ventana dejándolo dentro de la habitación para así, el subirse saltando con cierta dificultad dejando su cajita de lustrabotas a un lado.
Así, aquel español, tras ver que el mexicano agarraba la mano del pequeño y se lo llevaba al baño suspiró y cerró la ventana para así, salir de la habitación, le daba cierta vergüenza pero tendría que hacer todo un teatro de “anciano” para que las enfermeras le dieran comida a esas altas horas de la noche.
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—Vaya, estabas algo alimentado en tu casa ¿No?, tienes una pancita notable, yo ya no la tengo. Dime, ¿Aún no recuerdas a tus padres? Bueno...para empezar...¿Hablas español?...creo que no...
Decía aquel mexicano mientras se ocupaba de ir limpiando al pequeño, agarrando una pequeña cubeta para cubrirlo con aquella agua cálida notando así, que ese niño en realidad tenía la piel celeste y blanco, junto a un pequeño sol en la punta de su nariz.
Al principio se sentía mal por que el niño no respondía pero...ver que este sonreía al chapotear en el agua llego a reír el también, ese pequeño celeste se le hacía muy lindo y tierno ¿A quién se le ocurriría tirarlo así en un callejón sucio?, eran cosas que el no entendía a veces de los adultos...
Así, se dispuso a bañarlo y bañarse a sí mismo dejando sus ropas también lavada a un lado colgando ya que, el español asomó su mano en la puerta del baño para pasarles dos remeras suyas.
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España miraba como ese pequeño niño dormía plácidamente en su cama con su pancita sobresaliente por todo lo que había comido con desesperación, usando una de sus remeras que le cubría hasta los dedos de su mano mientras que México iba guardando la comida que había sobrado en un pequeño paño y lo dejaba a un lado de su cajita.
Siguió observando, llegando a bajar un poco el cuello de la remera para ver la clavícula del albiceleste, notando que, en esta no había nada, suspiró y decidió arroparlo con la manta de la cama.
—México, ¿Notas un aroma diferente en el aire?.
Preguntó con cierta preocupación aunque mantenía la calma, algo que, el menor no entendía en un principio, se acercó a la cama, trepó esta para subirse y sentarse frente al español para entenderlo mejor.
—¿A que se refiere Señor?
—Tu eres un Alfa, sabes que yo por ser beta no puedo sentir u oler tu aroma, ahora...éste niño, por lo que me haz contado se llama Argentina, ¿Notas algún aroma diferente? ¿Canela? O ¿Menta? ¿Algo así en el?
México levantó una ceja para luego, alzar un poco su cabeza para olfatear mejor el lugar acercándose poco a poco al albiceleste, acercándose a su cuello de donde, desprendía cierto aroma dulce, era débil pero el lo podía notar, y, aunque le haya parecido ciertamente delicioso y atrayente como para querer quedarse unos segundos más ahí oliendo, fue apartado por las manitos del más bajo, notando como este llegando a girarse frunciendo el ceño para volverse a acurrucar en la almohada siguiendo con aquel profundo sueño.
—Si señor, huele a vainilla y a pan recién hecho, ¿Qué significa?
Preguntó con cierta inocencia mientras se volvía a sentar pasando sus manos por su cabello ya que, el menor lo había despeinado un poco pero...aquel español solo pudo mirar con pena al pequeño niño que dormía ahí, ese niño era diferente al mexicano, no solo por su complexión sino también el aura que ambos tenían.
A pesar de que el tricolor era un alfa pequeño, ya tenía algunos los rasgos de su raza, no solo el carácter, la postura y la mirada de depredador sino por el pequeño tatuaje que había cerca de su clavícula, la cuál, era una perfecta “A”.
Esas marcas las daban a los 3 años, la edad perfecta en que los menores ya daban a relucir si eran alfas, omegas u betas. Aquel argentino no parecía tener una, lo cuál, le daba a pensar que sus padres lo habían tirado a la calle apenas supieron su raza...
Suspiró con pesadez, ¿Ahora que haría?, México tenía 6 años, y ese niño llamado Argentina tendría alrededor de 3 años.
El no podía cuidarlos, apenas alimentaban y medicaban a los ancianos en ese asilo como para cuidar a dos niños, tampoco podía llevarlos a la policía o dejarlos en un orfanato, ellos se podrían aprovechar de ambos y en especial del omega para venderlo a cualquiera que lo quisiera.
Pensó y pensó y...supo que en el único lugar que ambos podrían estar seguros sería ahí, con el.
—México, escúchame atentamente, es muy importante.
Dijo serio, mirando a aquel niño mientras ponía sus manos en sus hombros para que solo le prestara atención a el.
—Por las noches vendrán aquí a dormir, vendrán cuando la aguja del reloj de el número 8, este niño corre peligro allá afuera con cualquier adulto, el es un omega, los de su tipo suelen ser llevados por hombres malos y nunca vuelven, debemos cuidarlo, aunque quisiera tenerlo aquí todo el día no puedo, las enfermeras vienen a limpiar o a ver mis pertenencias, si los ven aquí, los echaran y pondrán más seguridad por los mezquinos y tacaños que son, así que, durante el día estará a tu cuidado ¿Entiendes?.
—No...¿No podemos llevarlo a un orfanato? Es muy lindo, seguro lo van a querer rápid-...ay no...también se lo pueden llevar esos hombres malos ¿No?
Aquel español asintió con la cabeza, llegando ambos a suspirar ante el dilema en el que se encontraban, en esos tiempos no se podía confiar en nadie por el dinero fácil que muchos querían hacer, solo se podía confiar en la familia y aún así...a los tres los habían abandonado...








