Capítulo 1
Un intenso olor ocre y metálico inundaba la totalidad del edificio, el olor que por instinto todo ser vivo sabe reconocer y asemeja al final de la vida. Un centenar de cadáveres se esparcían por las distintas estancias, pasillos, escaleras y balcones, dificultando el paso a los vivos.
En conformidad con la sonora cantata fúnebre el número de seres que se encuentran caídas aumentaba paulatinamente, agravando el aire y limitando el espacio, como resultado de la ley natural de imponerse a los unos a los otros en la búsqueda de reafirmar su dominancia y su poderío frente a los otros. Era una celda rebosante de depredadores, crueles y profesionales, sin mayor objetivo que apoderarse de la débil y gorda presa que se encontraba herida frente a sus propias narices y con ello la cuantiosa recompensa en metálico. No se necesitó ni esperar a que las puertas se cerrasen para que la primera vida fuera tomada, desencadenando la matanza.
Cuchillos, dagas, hachas y porras, pasando por las armas de fuego. Todas ellas alzaron la cacofonía de la batalla, un coro desordenado y sucio de voces, acentos y tonos. Todos cantando al compás la melodía de la muerte.
Entre aquella danza, pasando casi inadvertida, se alzaba una macabra escena entre toda la carnicería. Rodeado por un pequeño coro de poco más de una docena de diversos contrincantes, hombres y mujeres por igual, protegidos e imbuidos por sus auras de combate, iluminando sus posiciones con un extraño repertorio de colores. En su centro se encontraba un hombre realmente alto, rondando los cincuenta y pocos años, su piel tenía un suave tono canelo y marcado por un sin número de cicatrices. Su pelo oscuro estaba veteado por las canas plateadas. Estaba bien vestido, como si estuviera acudiendo a un evento social de clase alta, en tonalidades oscuras. Su mano izquierda sujetaba perezosamente una pistola semiautomática dejando que permaneciera apuntado al suelo, mientras que su diestra se encontraba enterrada en el pecho de una asesina de piel blanca.
Su cara mantenía una mueca de dolor, tensando su mandíbula a la par que varios gruñidos de dolor se escapaban de sus labios, mientras lograba mantener la mano del Sabueso lejos de su corazón. Una pena que sus acciones terminen siendo inútiles, pues con la simple presencia de la oscura aura del veterano los últimos resquicios del aura magenta de la mujer estallaron cómo un cristal roto. Sin una mayor resistencia, que su fuerza física de su víctima elevó su poder, licuando en el proceso el interior de la asesina.
Las dos mitades de la nueva incorporación de los muertos cayeron con dos golpes secos, propagó el miedo en sus corazones. Visibles en sus miradas, en el temblor de sus cuerpos y en la decoloración blanquecina de sus nudillos al aferrarse aún más a sus armas. Todo por la visión incandescente del veterano.
El Sabueso, como era conocido este hombre en los bajos mundos, levantó la mirada hacia sus oponentes. Sus ojos brillaban cómo hierro recién salido de la fragua, brillaban con una luz salvaje y despiadada. No había rastro de miedo en ellos, solamente una determinación letal. La sangre de su última víctima goteaba de su mano, manchando el suelo y acompañando al charco carmesí a sus pies.
Ajenos a la matanza, ajenos al mundo más allá de ellos, reinó el silencio. Un silencio sepulcral se apoderó del lugar, roto únicamente por el eco de los cuerpos cayendo al suelo y el crujir de los huesos bajo el peso de los muertos. Los contrincantes, antes tan seguros de su victoria, ahora dudaban. El Sabueso era un adversario formidable, un depredador forjado en las guerras tribales del Oriente próximo, uno que solo había conocido la crueldad.
Con un movimiento rápido y preciso, el hombre guardó su pistola en la funda de su cinturón y se puso en guardia. Sus movimientos eran gráciles, casi danzantes, una danza de muerte que había aprendido a lo largo de sus años de experiencia.
El miedo podía impulsar a los seres vivos a correr o hacer locuras, locuras cómo enfrentar de frente a sus atacantes.
Y eso fue lo que ocurrió, uno de ellos impulsado por su miedo se lanzó hacia con su cuchillo por delante. La intención de su ataque estaba dirigida a perforar su garganta. Y esa pequeña acción desembocó en el valor del colectivo, cómo una llama ardiendo en sus corazones, avanzaron al unísono mientras i2mbuyen sus auras en sus armas. Algunos alzaron sus voces, tratando de suprimir los resquicios de temor en sus mentes, mientras otros se decantaron por ahorrar fuerzas y concentrarse en golpear el cuerpo. Puñaladas y cortes, puñetazos y patadas. Todo lo que estaba al alcance de sus mentes con el propósito de vencer a quien consideraban una leyenda viva. Él era “Hellhound”, el Sabueso Infernal de Luna de Sangre, comparable y, por muchos de sus fans acérrimos, superior a Kelpie, Fénix, al Dragón de Jade de la Tormenta o incluso al León de Nemea.
Ante la vista de todos permitió que el valiente se adelantara, permitiéndole soñar despierto con las recompensas y el renombre que obtendría si lo lograba, para terminar, hundiendo su pie derecho en su pecho con una patada frontal y ver cómo caía de espaldas. Podía vislumbrar la confusión en sus ojos, mientras soltaba su arma y dejaba que la sangre se impregne en su chaqueta. Todo terminó cuando aquella patada se transformó en un fuerte pisotón dirigido a su cabeza, terminando aplastada como una calabaza seca. Mientras el cerco continuaba su lento avance prefirió agacharse hasta recoger aquel cuchillo y balancearse lentamente en su diestra.
El aire estaba cargado de tensión y el silencio se rompía únicamente por el sonido de las armas logrando su objetivo o chocando con algo más. Sabía que enfrentarse a doce enemigos no sería tarea fácil, pero estaba decidido a luchar hasta el final. Ante sus ojos las distracciones y las estratagemas que estaban a punto de poner en práctica eran como hacer un examen ya rellenado con las respuestas.
El primero de los asesinos se abalanzó sobre él con una rapidez sorprendente. Sabueso esquivo su ataque, probando el filo de su nuevo cuchillo en el hombro del desdichado. Cuando la sangre se filtró a través de los pliegues de su ropa lanzó una patada lateral, impulsándolo hacia un segundo asesino.
Sabueso se movía con agilidad y destreza, esquivando las estocadas de las espadas y respondiendo con golpes precisos. Cada movimiento era calculado, cada golpe era letal. Axilas, garganta, ingle y abdomen, todos adornados con una pequeña cantidad de cortes poco profundos. Cada golpe le informaba del estado y la condición de la hoja, siendo claro el poco trato de que había recibido de su anterior dueño.
Con un suspiro aburrido elevo una vez más su aura, pareciendo más una densa niebla de sombras que un aura normal contrastándola con el repertorio de sus atacantes, todo mientras rodeaba la hoja. La misma se había alargado hasta el metro de longitud, perfilando una punta recortada.
Ante la transformación de su arma dos nuevos contrincantes se lanzaban contra él, ambos empuñando un par de hachas gemelas, atacando desde lados contrarios con movimientos de tijeras. Su ataque solo tuvo que ser esquivado, pero no para él. Con su nueva arma chocó con uno de ellos mientras que con su mano libre atrapó las manos del segundo.
En ese momento se dieron cuenta de la estupidez de su estrategia, en el instante que apretó su mano destrozando en el proceso las del insensato. Desarmado e inutilizado se pudo centrar en su contrincante, reduciendo su aura y dejando que avanzara libremente hasta enterrar aquel cuchillo en su garganta. Todo para intercambiar armas y tomar sus dos hachas, repitiendo aquel movimiento de balanceo hasta adaptarse a sus pesos y equilibrios. Ante la previsión de ser únicamente un juego para el mayor empezaron a lanzarse en su contra, no sin desaprovechar la oportunidad de apuñalar por la espalda a los derrotados.
Mientras continuaba adaptándose se dedicó a pasar entre ellos, casi danzando, provocando que se enfrentarán al derramar su sangre entre sí. El sonido del acero chocando con el acero llenaba el aire mientras se defendía de los ataques coordinados de los asesinos. Su resistencia era impresionante, pero la fatiga comenzaba a hacer mella en su cuerpo.
En medio de la pelea, fue evidente que algunos de ellos habían perdido el interés en enfrentarse a él. De los nueve restantes solo cuatro mantenían su atención. Lentamente, una expresión agría se formó en su rostro. Sus labios se torcieron en una cruel sonrisa, mostrando el cambio en su dentadura al enseñar dos pares de colmillos caninos a su vez cómo la forma afilada de todas las piezas de su dentadura. Su garganta comenzó a brillar en un tono anaranjado mientras en el interior de su boca la luz empezaba a tomar una tonalidad más rojiza, empezaba a sentir como su fiel compañero empezaba a rascar el muro de su mente para rogar por la oportunidad de beber sangre fresca, pero tan rápido como
Para empeorar su humor los pocos asesinos que seguían prestando atención fueron carbonizados por una llamarada azul, dejándolo frente a un montón de cenizas y metales fundidos.
— ¡Pajarraco! — Un grito se alzó en el interior de todo el edificio, llamando la atención de todos ellos, haciendo vibrar incluso las ventanas antibalas. — ¡Deja de robarme las presas viejas de mierda!
En respuesta una melodiosa risa falsa se alzó desde el segundo, acompañada por el sonido de las llamas devorando lentamente la madera. — Si eres tan lento normal que te roben las presas, ¿o es que ya estás senil?
Gracias a los ardientes ojos de Hellhound la curvilínea figura de una mujer enmascarada, vestida con túnicas negras con un intrincado diseño de plumas en un bordado celeste, quedó inmortalizada cómo una actriz iluminada por los focos del teatro. 2Su melena carmesí se extendía hasta sus caderas, ondeando cómo el mar. Lo más llamativo sin duda eran sus ojos, tan claros cómo un par de zafiros pulidos, pues portaban un fuego azul.
— ¡Solo estás molesta porque el gatito no quiere darte rabo! — Una vez más su voz retumbó en la estancia, provocando que muchos de los presentes se apresuraron a abandonar el lugar. — ¡Así que deja de joderme o te juro que cenaré pollo frito!
Casi en una respuesta rápida un majestuoso pájaro de fuego azul se posó a la derecha de la mujer y en respuesta de las sombras a espaldas del Sabueso surgió un colosal Sabueso del infierno. Sus fauces desprendían aún más luz que las de su compañero humano y recorriendo su cuerpo todas las cicatrices iluminaban su contorno. Sus ojos carmesíes brillaban con los fuegos del infierno, y su gruñido inundó la habitación.
— Los chuchos han de quedarse bajo las faldas de sus dueñas o siendo cargados en sus bolsos. — Incluso con la máscara todos podían vislumbrar el odio en su mirada, siendo capaces de imaginar el contorno de sus labios en una cruel sonrisa. — ¡Así que hasta que logres comprender lo que es el amor, cierra tu apestosa boca!
— ¡Tus excusas apestan más que toda esa mierda cursi que escupes cada vez que nos vemos, y siempre andas detrás del gato! ¡No eres más que una acosadora!
— ¡Atrévete a repetirlo maldito sarnoso!
— ¡Oblígame vieja virgen! — Y acompañando sus palabras ambos saltaron hacia el otro, con las armas listas y con sus auras listas para la lucha.
En el aire el sonido de sus armas chocando, el metal enfrentándose al metal. Las hachas gemelas chocaban, resbalaban y eran empujadas por la espada oriental de Fénix. Cuando ambos volvieron a estar en el suelo no dudaron en lanzarse contra el otro una vez más, acompañando a su pelea sus espíritus guardianes acompañaron a sus humanos hasta enzarzarse en su propia lucha.
Impulsados por sus auras, y varias décadas de experiencia, su combate era demasiado rápido para muchos de los espectadores. Fénix era más ágil y flexible, logrando contorsionar su cuerpo y atacar por distintos ángulos a la par que aplica distintos efectos con cada ataque, por el contrario, Sabueso Infernal era duro, experimentado y salvaje.
Duro al reforzar su aura en los puntos donde caía la hoja, demostraba su experiencia al contrarrestar aquellos ataques demasiado rápidos cómo para l2ograr reforzar su aura y su personalidad a salvajada al avanzar directamente contra el peligro o exponer sus puntos vitales para forzar los ataques y estar preparado para cubrirse.
Ambos alcanzaron el cuerpo del otro dejando finas marcas sobre sus ropas, dejando que el fuego de su interior se ocupase de sanarlos. A su alrededor los destellos azules y naranjas, tan fugaces y a la vez tan intensas, eran lo poco que los espectadores podían percibir y sentir de quién iba ganando.
— Vamos Pelayo, ¿acaso estás tan viejo que no puedes seguirme el ritmo? — La cruel mirada, mezclada con la danza de su cuerpo al ritmo de su arma demostraba el peso de sus palabras.
— No, solo que tengo hambre Banhui Sin. Trabajar tanto no es bueno para el cuerpo y menos animales de rutina cómo nosotros. — Los miembros del oficio tenían pocas reglas, pero eran de oro; No matar a otro asociado si no estaban persiguiendo el mismo contrato, no matar dentro de los territorios de los gremios y no decir en público los nombres verdaderos de otros asesinos. Salvo la última norma los castigos eran decididos por los Convenios y los consejos de maestros, solo la última podía ser administrada por los miembros inmiscuidos. — No gruñas por que siga tu juego sucio, nacida en el reino de Goryeo.
Solos en su propio mundo volvieron a danzar con la muerte, ignorantes del resto de la carnicería o de los desdichados que acabaron interponiéndose entre ellos.