Their Love Story
Sun and Moon
Fernanda Fernández
El amor es una tortura, y yo estoy completamente enamorada de ti.
Ahora, aquí, mojada, sola y rota en el estanque donde alguna vez compartimos nuestro amor es que recuerdo la primera vez que te vi, que escuché tu voz, tu nombre.
Yo estaba sola en este hermoso pastizal hasta que llegaste tu.
El pasto verde acariciaba mis pies desnudos, mi vestido blanco flotaba con la brisa del verano, mi cabellera roja era lo único que resaltaba en este lugar, la forma en que ondeaba, supongo yo, era la razón de mi soledad, como si una gran bola de fuego me siguiera a todos lados. Desde que llegué aquí nunca pude hablar, los conejos, las ardillas, las aves, las mariposas, todos parecían huir de mí.
Los amaba, deseaba jugar con ellos, quería acariciar su suave pelaje, abrazarlos contra mi pecho, escucharlos cantar, sentirlos aletear a mi alrededor, quería tanto sentirme amada por ellos, pero mi voz nunca salió. Sé que soy una tonta que está dispuesta, a sentarse y esperar, esperar a que se dieran cuenta de mi amor, de lo mucho que habría dado con tal de estar acompañada una sola vez.
Nunca pasó...
Y un día llegaste a este jardín.
Una mañana cuando abrí los ojos y corrí al estanque, donde todos se reunían cuando no veía, no los vislumbre. Supongo que mi corazón no es el primero en romperse, lágrimas saladas llegaron a mis labios, quería gritar y sangrar, pero, entonces, a lo lejos, bajo un gran árbol con bellas flores rosas te encontrabas tú. Recargada en el tronco te observe, tu piel morena salpicada de manchas blancas, tu larga cabellera negra, tu vestido blanco se enrollaba en tus muslos por tus piernas ligeramente levantadas, pero tu sonrisa.
Tu sonrisa resplandecía como el sol. Y fue allí que me di cuenta que tu serías mi nuevo sol.
Pero cariño, ¿no puedes ver? Tu voz era dulce y tranquila, una infinita paz sentía al oírte. Tenía miedo de que te alejaras de mí, no quería acercarme, no quería que me notaras, pero lo hiciste. Ladeaste la cabeza, aun con una sonrisa, tu rostro apuntaba en mi dirección y yo a la distancia me sentí estremecer.
—Ven aquí.— dijiste estirando tu mano al aire.
Me aterre, mi pulso se aceleró, ¿qué hacer? me pregunté. Pero antes de darme cuenta ya estaba tomando tu mano, un escalofrío me recorrió. Me senté a tu lado y tomaste al pequeño conejo café que tenías entre tus piernas.
—¿De qué color es? ¿Es lindo?— no conteste.
No pude hacerlo y me lamenté por eso. Por la forma en que tu sonrisa cayó, creí que tú también te irías, supongo que mis ojos no son los primeros en llorar esta vez, porque lágrimas corrieron por tus mejillas casi de inmediato, me asuste, quería hacer algo, decir algo, pero mi voz nunca salió.
Una suave sonrisa se formó en tus labios contrastando las lágrimas que caían, te giraste hacia mí y por un segundo olvide como respirar embelesada por tu belleza. Cuando con delicadeza tomaste mi mano y en ella pusiste al pequeño conejo no pude evitar llevarlo a mi pecho, abrazándolo con fuerza y cuidado al ver que no iba a correr más, mis propias lágrimas ahora recorriendo mi piel.
—Estamos rotas, ¿verdad, bonita?— aseguraste.
Tús lágrimas ya habían parado, te inclinaste hacia mí y con tal gentileza tocaste mi cara con torpeza, con cuidado limpiaste mis lágrimas, una sutil sonrisa se extendió por tu semblante mientras continuabas acariciando mi rostro, no hay nada más que yo pueda hacer teniéndote frente a mí.
—De verdad eres linda. No llores más, ahora estamos juntas.
Y por primera vez en mucho tiempo dejé de sentirme sola.
No soy la primera en saber que no hay manera de superarte, desde entonces nos volvimos una, como el Sol y la Luna. El tiempo pasó y nuestro cariño creció hasta convertirse en amor. Un deseo más allá de lo físico o carnal, un deseo de estar, de sentirte a mi lado, de escucharte reír, de admirarte, un deseo de amarte. Estoy perdiendo la cabeza, lo supe el día que te besé.
No lo podías creer, tu expresión lo decía todo, y por un momento temí haberlo arruinado, si te ibas ahora, si me dejabas sola, si desaparecías de mi vida no creí poder resistir, entonces me abrazaste con fuerza y con gracia caímos al agua del estanque. Me sentí flotar cuando tus labios me volvieron a besar, mi corazón explotó de felicidad y mi pecho se calentó de amor.
Supe entonces que nunca más volvería a estar sola.
—Estoy completamente enamorada de ti...









