Maligna Oración

Sinopsis

Dégel de Acuario, como santo dorado, es valiente, inteligente, determinado y serio. Pero como hombre, él también tiene dudas, deseos y miedos. Él hace tiempo había perdido a su querida lady Seraphina por culpa de una terrible fiebre, entonces, ¿quién era la “Seraphina” que había aparecido una noche en su biblioteca? 【 Decretos Divinos II 】 Ship principal: Dégel x Seraphina. Ship secundaria: Albafica x Agasha.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

I. Tan Frío como el Hielo


Con una cara sudorosa que demostraba cansancio, pero al mismo tiempo un alivio significativo, Dégel de Acuario se hallaba saliendo de los aposentos de su amigo, Kardia de Escorpio. Limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo que más tarde guardó en el interior de su armadura, se sintió aliviado por haber podido tratar con éxito a su compañero. De nuevo había tenido que ayudarlo con el mal que lo aquejaba cada vez que las Moiras se aburrían y les daba la gana joderlos a todos un poco.

Esta vez había sido bastante difícil controlar ese llameante problema que algún día le quitaría la vida al Santo de Escorpio, sin embargo, las cosas habían salido bien esta noche y por suerte Kardia podría volver a sus andadas en cuanto despertase.

Dégel se dijo a sí mismo que debía estar loco como para preferir ver a su mejor amigo molestando a otros, o a sí mismo, nuevamente en vez de quedarse acostado en su cama, inconsciente y sin fuerzas para siquiera mover un dedo. Pero, ¿qué más podía pedir? Era su amigo.

—¿Él estará bien? —preguntó sorpresivamente la diosa Athena, quien era bien sabido, se había encariñado mucho con Kardia hasta tal punto de considerarlo como un tío loco al que era más sensato evitar.

Cada vez que Kardia caía por su mal del corazón, la joven deidad estaba ahí para tratar de ayudar.

Aunque eso Dégel lo sabía bien, el santo no pudo evitar sentir el impacto de la sorpresa adentro de su pecho, aunque no lo haya demostrado. Sería demasiado irrespetuoso de su parte asustarse por la sorpresiva visita de Athena.

—Sí, mi señora. No debe preocuparse —le respondió siendo cordial.

Aunque ella fuese en apariencia mucho más joven que él, Dégel sabía que hablaba con una deidad milenaria a la que debía hablarle como quien era, su diosa.

—Con seguridad —agregó—, mañana estará molestando a Albafica otra vez.

Ante su diagnóstico, la diosa soltó un suspiro y sonrió con más calma.

—Menos mal —dijo tranquila.

—Vaya a descansar, mi señora —le sugirió con un tono paternal—, si él la ve así me gritará durante horas por permitir que lo viese en esas condiciones. Sabe cómo es.

—Eso haré —asintió Sasha—. También ve a descansar.

—Imposible. Hoy me toca montar la guardia.

—Pero debes estar muy agotado.

—Estaré bien —desligó con cortesía, aunque era cierto y había requerido mucho de su cosmos en esta ocasión para evitar que su amigo no muriese—. Dudo que Kardia, por hoy, vuelva a tener problemas así que me retiro.

—Entiendo. Ve con mucho cuidado.

Sasha conmovió a Dégel con su preocupación.

—Eso haré —luego de una reverencia, salió de Escorpio con dirección a Libra donde seguramente Dohko estaría durmiendo luego de un agotador día de entrenamiento.

Entrenamiento en el que Dégel había participado al igual que otros Santos Dorados.

¿Pero quién iba a imaginar que Kardia iba a tener una “recaída” a mitades de la noche mientras bebía alcohol con Manigoldo? Menos mal que el Santo de Cáncer había sido veloz al transportar a Kardia hasta su casa y luego llamar a Dégel a la suya para que lo atendiese.

En definitiva, cuando era momento de dejar las tonterías a un lado, Manigoldo y Kardia eran de admirar, porque no sólo eran capaces de actuar con madurez, sino que hasta por un segundo, esos dos olvidaban que eran un par de dolores de cabeza con cuerpos humanos, para abrir paso al sentido común y demostrar que eran hombres (a veces) responsables.

Si bien fue cierto lo que Dégel le dijo a Athena con respecto a la salud de Kardia, él no podría asegurar en un todo que no fuese a despertar con un dolor de cabeza extremadamente alto debido a todo el alcohol que ingirió. Menos mal que Kardia no vomitó a sus pies en esta ocasión mientras Dégel contenía la fiebre, o haber hecho su trabajo de cuidarlo habría sido más difícil para el Santo de Acuario.

Inhalando profundo el aire fresco de la noche para evitar bostezar, Dégel continuó andando por el resto de casas hasta salir de Aries, donde curiosamente Shion estaba despierto y mirando las estrellas con parsimonia; de pie y apoyado de espaldas en uno de los pilares.

A Dégel le hubiese gustado contemplar el cielo junto con su compañero, como ya se les había hecho costumbre, pero él tenía trabajo que hacer. Aparte de su Ilustrísima, Shion era el que tenía más conocimientos sobre los astros, incluso a veces Dégel le pedía ayuda por su ya conocida, perfecta interpretación. Por eso mismo, a Dégel le gustaba invitar a Shion a su casa y ver qué podían averiguar juntos, compartir puntos de vista astrológicos y uno que otro dato científico del cual podían debatir pacíficamente por horas.

O eso hasta que llegaba Kardia cual torbellino descarrilado y comenzaba a hacer desastres por todos lados como un pequeño perro chihuahua con sobredosis de cafeína.

»Dégel… ¿tú extrañas… a esa mujer? —pero, ¿por qué Kardia le había preguntado eso?—. ¿La quieres… de vuelta? —¿por qué lo habría hecho cuando, desde que ocurrió ese terrible suceso, él no había tocado el tema ni siquiera por error?

El Santo de Acuario apretó los puños con deseos de voltearse, ir a la Casa de Escorpio y estampar a su amigo contra un muro justamente como Albafica de Piscis había hecho hace unas dos semanas y media, precisamente por abrir la boca cuando nadie se lo estaba pidiendo.

Dégel ansiaba escuchar la pared romperse bajo la espalda de Kardia y enterrar sus dedos sobre la carne para que el insensible bastardo bocón que tenía como compañero dejase de decir estupideces cuando era más que evidente que nadie quería oírlas. Pero esta vez no podía culparlo del todo. Estaba delirando por el dolor cuando lo hizo.

¿Qué le habría pasado por la cabeza a Kardia para hablar de eso mientras se retorcía sobre la cama?

Jamás lo había hecho antes.

¿Por qué ahora sí?

»¿Has sufrido mucho por ella? —y… ¿cómo había podido centrarse en ese tema en medio del dolor?

Cuando Dégel estuvo lo suficientemente lejos del Santuario, pero no tanto como para no hacer su caminata de patrulla, convocó viento helado sobre su palma distrayéndose un poco con el frío cosmos arremolinándose a su voluntad sobre su mano.

Miró con mucha atención el baile del viento helado.

En su corazón algo más que sólo la sensación muerta y congelada nadando entre sus dedos le dijo que debía calmarse. Recuperar su templanza y no dejarse perturbar por algo que quizás había sido una coincidencia; un error.

»Dégel —aún podía oír con claridad esa melodiosa voz que le recordaba un día soleado—, ¿podrías dejar de llamarme “señorita”? Somos amigos, ¿recuerdas?

Amigos, por supuesto que lo habían sido.

¿Pero cómo dejar de llamarla como lo que era? Él podría ser un Santo Dorado, sin embargo, ella era una dama noble y educada sin sangre en sus delicadas manos preciosas. Una dama adiestrada en las artes más cultas y bendecida con una amabilidad que incitaba a quererla, de todos los modos posibles.

¿Por qué esa carta no había sido sólo una mala broma?

¿Por qué el destino era tan cruel con los buenos? ¿Por qué a veces el mundo era tan injusto con la gente amable, decente y maravillosa?

Querido amigo.

Lamento tener que decírtelo por medio de una carta, sin embargo, no tengo las fuerzas para hacerlo en persona.

Mi amada hermana, Seraphina, ha muerto.

La enfermedad que le aquejó por meses cobró al fin su vida a dos días de enviada esta carta; se hizo hasta lo imposible por salvarla; de aliviar su dolor; sin embargo, los dioses no quisieron que ella recuperase la salud y al final no despertó.

Su cuerpo será velado y enterrado como dicta la tradición, así que quizás, cuando vuelvas, yo pueda acompañarte a donde sus restos descansaran.

Cuídate, hermano.

—Unity.

Maldito sea Kardia y su enorme boca. ¿Por qué el idiota se había esmerado en hacerlo recordar aquello de esa forma tan insistente? ¿Por qué preguntarle ahora sobre lady Seraphina cuando antes simplemente le había dado su pésame antes de dar la vuelta y dejarlo solo?

Antes de que las emociones lo encegueciesen por completo, Dégel se centró en el viento frío, el cual se acentuó más hasta que él mismo la sacudió de su mano como quien tira tierra lejos de sí mismo.

Lo que Dégel en verdad quería hacer era ponerse a congelar todo a su alrededor y luego reducirlo a polvo hasta cansarse. Si él no estaba completo… ¿por qué habría de estarlo lo que le rodeaba? Ese pensamiento era impropio de él; pero los sentimientos no tenían cerebro, y a veces también carecían de empatía.

¿Por qué?

Sabía muy bien que, si se lo preguntaba a Asmita de Virgo, éste le diría que el ciclo de la vida era así y no habría nada que pudiese hacer para cambiarlo; que ni el llanto ni la ira ayudaban en nada. También le diría que todo ser vivo tendría que morir algún día… pero francamente, Dégel en estos momentos no estaba de humor para esas charlas filosóficas carentes de emoción. De comprensión. De calor humano.

Dégel, en el fondo, se conocía lo suficiente como para saber que si Asmita empezaba con esos discursos (que en estos momentos le parecían) estúpidos iba a pararle la lengua congelándole la boca con todas las posibilidades de empezar una Guerra de los Mil Días contra él.

Por otro lado, si Dégel se sinceraba con Kardia y le hablaba de lo frescas que estaban todavía las heridas de su corazón, aún con casi un año desde que recibió tan fatídica noticia, Dégel estaba seguro que la respuesta (o la mejor solución) de su camarada sería ir a ahogar las penas usando el alcohol.

Dégel primero se cortaría una pierna, o la cabeza, antes de deshonrar de ese modo la memoria de una mujer tan noble. Tan cálida. Tan inalcanzable, como lo era Lady Seraphina.

Seraphina. Su solo nombre describía a la perfección el tipo de maravilla que había sido ella en vida. Él jamás podría insultarla bebiendo para olvidarla; nunca para intentar aliviar su dolor con sustancias nocivas cuando ella usualmente le decía que debía tener cuidado con su salud. Dégel sabía que lo mejor que podía hacer dadas las circunstancias era recordar los buenos momentos que pasó con ella y permitirle a su alma irse en paz, honrándola lo mejor que pudiese mientras que él todavía respiraba.

»A veces creemos que si el dolor desaparece, los problemas se irán con él —meditó hace poco Albafica de Piscis en su charla de antier—, pero la cruda realidad es que el ser humano es masoquista por naturaleza y necesita de ese dolor para aprender. Para comprender también, que no somos inmortales ni inmunes a las consecuencias de un error. ¿Y qué puedo decirte? —él alzó los hombros—. A veces no podemos seguir viviendo… si no morimos un poco. Nosotros mejor que nadie ya lo sabemos bien, incluyéndote.

¿Quién mejor que Albafica para decir algo así? Para hablarle del dolor que equivale al elegir erróneamente un camino. Equivocarse en una decisión que, por muy pequeña que a uno le pareciese, podría pesar más de una tonelada al final del día sobre la balanza.

De hecho, Albafica pasó una experiencia peor que la suya, pues mientras Dégel había sufrido en silencio, bajo el terrible golpe que equivalían tan pocas palabras en un papel, Albafica había perdido a la mujer más importante de su vida frente a sus propias narices y más tarde supo que, intencionalmente, fue culpa suya.

Pero gracias a los dioses, la situación de Albafica acabó bien.

Hace tan solo un par de semanas Agasha, la joven florista que traía flores al Santuario, y Albafica, habían afrontado una horrible prueba de fuego que los puso en la cuerda floja durante tortuosas horas donde nada ni nadie sabía si sobrevivirían o no. Un error por parte de alguno de ellos dos mientras sus almas estaban en juego, y en estos momentos estarían muertos, condenados en el hades, sufriendo por toda la eternidad y olvidándose a sí mismos. Sin la posibilidad de renacer y volver a encontrarse.

Y es que esto no era una historia inventada de alguien poco confiable; Albafica de Piscis y Agasha en efecto estuvieron muertos. Luego, gracias al valor de Agasha y algo de ayuda divina, Albafica resucitó en cuerpo, pero no en espíritu ya que ella no lo siguió de vuelta al mundo de los vivos. La chica quería olvidarlo todo, también a él, porque pensaba que sus sentimientos no eran correspondidos. El alma de esa muchacha se fue con la diosa de la noche, Nyx, y Albafica se quedó en la Tierra pensando que Agasha había decido permanecer muerta porque nadie la necesitaba o siquiera la quería.

Dégel había sido testigo del derrumbe emocional que el abandono de Agasha causó en Albafica hasta que ella volvió con él.

Si no controlaba sus propios sentimientos, ¿ese mismo sería su destino? ¿Caminar como un cadáver hasta encontrarse con la muerte? ¿Respirar en automático porque tu espíritu ya no estaba consciente y su cuerpo sería el único que seguiría funcionando? Lo peor era que él a diferencia de Albafica y Agasha, no tenía de su lado a ningún dios capaz de resucitar a los muertos, y aunque lo tuviese, aparentemente hacer algo así costaba demasiada sangre para que funcionase como se deseaba.

Él jamás podría poner en peligro a nadie con tal de verle otra vez. No importa cuánto le quemasen esos deseos; esa ansiedad.

»¿Cómo supiste que la amabas? —le preguntó Dégel a Albafica, ya que estaban enfrascados en ese tema.

»¿En serio quieres saberlo?

Era normal que Albafica se mostrase confundido por esa cuestión tan fuera de lugar, y es que entre ellos no hablaban de sus sentimientos, menos si estos estaban heridos o confundidos. Y no es que fuesen tan quisquillosos con sus propios asuntos, que no solía ser un error en la mayoría de los casos, sino porque la historia advertía de los desastres que podría ocasionar, confiar tus secretos a alguien incorrecto.

Lamentablemente la humanidad era impredecible. Aun entre santos que han jurado proteger siempre la justicia, y siendo compañeros, jamás sabrías quién está realmente de tu lado, quién de todos los que decían apreciarte lo hacían de verdad. Y por supuesto, quién sólo fingía ser un aliado, pero en secreto buscaba una oportunidad para clavarte un puñal por la espalda. O al final, quien no resistiría una tentación y te traicionaría por un beneficio aún mayor que el que pudiese ofrecer una amistad leal. Por desgracia, en la historia de los Santos de Athena, casos como el mencionado en último, había demasiados, tantos como para no dormir tranquilo por las noches sin pensar que en uno de esos momentos de supuesta tranquilidad, alguien te borraría del mapa mientras no tenías la guardia alta.

La historia tenía a montones de traidores a Athena que vendieron sus lealtades a cambio de basura terrenal o “vida eterna”. Daba igual el rango; Caballeros de Bronce; Caballeros de Plata; Caballeros de Oro. Era como si la vida misma diese un mensaje claro: “todos tienen un precio”.

Para variar, ese tipo de movimientos rastreros, a veces venían de quien menos te lo imaginabas.

Pero había un pequeño detalle; y es que la mayoría de esos idiotas que vendían su lealtad al Dios del Inframundo, qué solía ser lo más común cuando se suscitaba una vileza así, no sabían o se negaban a aceptar que, si bien Hades era el dios de los muertos, él era capaz de conceder la vida eterna.

Hasta donde se sabía, la Ambrosía era la única bienvenida al círculo divino olímpico. Y la Ambrosía, muy para el pesar de los avariciosos y estúpidos que buscaban la vida eterna ofreciéndose a trabajar para Hades, sólo estaba a merced de los dioses.

Por otro lado, y volviendo a temas no tan vomitivos, tampoco era nada común que Albafica de Piscis hablase de sí mismo; Dégel ni siquiera se esperó que él aceptase la pregunta de buena gana y además le respondiese.

»Lo supe cuando comprendí que su vida valía más que la mía. Mucho más.

Dégel se sorprendió por su rápida y tierna declaración.

Para tratar de comprender con su siempre lógica mente, aquello que Albafica estaba admitiendo sentir por Agasha, Dégel fue cuidadoso y respetuoso cuando le pidió unos momentos más de su valioso tiempo para hacerle otra pregunta. Aprovechando cada segundo de una corta conversación que no deseaba tener ni con Kardia ni con nadie más que no se tomase esto en serio.

»¿Y antes? No sentías nada por ella.

Albafica sonrió por lo bajo.

»Sentía ansiedad y me preguntaba constantemente si ella estaba bien. Pensaba mucho en que debía cuidarla, aunque sea de lejos. Al principio creí que eso era normal ya que esos pensamientos se hicieron más fuertes después de que me enteré de la muerte de su padre —notablemente Albafica entristeció, Dégel no pudo creer lo evidente que fue siendo que su compañero de armas siempre procuraba mantener una expresión neutral—. Quería verla y asegurarme de que estuviese bien, pero nunca pude encontrar el valor de sucumbir a ese deseo por muy fuerte que fuese. Después de un tiempo… simplemente dejé de pensar mucho en ella, al ya no tener noticias malas al respecto, creí que su vida estaba yendo mejor.

Por supuesto, hasta que llegaron las diosas Psique y Nyx para retorcerle algunas tuercas.

»¿Por qué me preguntas esto, Dégel? —Albafica siempre fue muy astuto e intuitivo. Se puede decir que esas cualidades se acentuaron con dureza cuando volvió del hades, aceptando sin resistencia alguna que se había enamorado de su salvadora: la florista de Rodorio.

Dégel no se sintió con la confianza de decirle qué lo atormentaba con exactitud.

»Ni yo mismo lo sé —reconocer que algo iba más allá de su entendimiento era algo que Dégel no hacía con frecuencia, pues él siempre estaba en la búsqueda eterna del conocimiento; nunca estaba quieto; jamás permanecía ignorante.

Dégel no estaba admitiendo nada frente a un idiota burlón sino a un compañero serio que no se reiría de él si hablaba con sinceridad. Con su corazón. Pero en esos momentos no se sintió seguro de dar por sentado cosas que no comprendía como quería hacerlo.

Muy por desgracia, para comprender estos sentimientos que agobiaban al Santo de Acuario no se estudiaba; al menos no usando libros. Era normal Dégel que estuviese tan confuso ya que estas lecciones formaban parte de la vida humana y sólo la experiencia era necesaria para siquiera imaginar lo que las emociones trataban de darle a entender.

¿Qué era? ¿Acaso aún estaba tan herido como cuando recibió aquella terrible noticia hace casi un año que lo refundió hasta el centro de la tierra? ¿Aún no podía dejar ir aquellas emociones oscuras que lo hicieron pedazos cuando se enteró de que él ya no podría hacer nada?

Nada para salvarla.

Con sentimientos encontrados, Dégel todavía rememoraba cuando estuvo a punto de explotar en cólera porque le fue negada su petición de visitar Blue Graad por una emergencia. ¿Acaso estar presente en el entierro de su única amiga no lo era?

»Lo siento mucho, Dégel —había dicho el Patriarca con una seriedad que retorció al Santo por dentro—, pero con el resurgimiento de Hades tan próximo, me temo que necesito que todos ustedes se queden en el Santuario hasta nuevo aviso. Nuestra prioridad, es mantener segura a Athena.

»Sí… entiendo —¿por qué no insistió? ¿Por qué se tragó la sangre caliente que subió desde su estómago hasta el paladar y le supo a bilis?—. Perdone por importunarlo.

Esa tarde Dégel se quedó mudo. No habló con nadie; sacó a patadas a Kardia de sus aposentos porque Dégel tuvo el infortunio de encontrárselo de vuelta a su templo molestando a Albafica en la Casa de Piscis.

Siendo sumamente descortés, los ignoró a los dos y siguió bajando hasta sus aposentos donde Kardia lo siguió fastidiando con preguntas estúpidas. Usando su cosmos, Dégel lo empujó otra vez, pero en ese instante lo hizo con ventisca helada, le cerró la puerta en la cara y la selló a cal y canto; incluso la congeló enteramente para que nadie se adentrase.

No durmió ni comió; pero tampoco lloró. Sólo se detuvo a sentarse en un rincón y mirar el infinito.

¿Por qué no había llorado como seguramente habrían hecho todos los demás? Debía ser normal que Dégel se desmoronarse en lágrimas incluso si era un hombre y la regla popular dictaba que no debía hacerlo, ¿o no? Él simplemente no podía creerlo; era imposible que se insensibilizara tanto con los años y sin duda, algo tan terrible como la muerte de su mejor amiga de la infancia, debía causarle esa reacción.

¿Acaso se había enfriado demasiado? ¿Tan hueco estaba por dentro?

Durante todo el tiempo que se mantuvo lejos de todo, mientras el hambre lo atormentaba luego de varias horas (quizás días) sin comida ni alimento, Dégel recordaba sus mejores momentos al lado de ella; sus sonrisas amables, su tacto gentil. El calor que trasmitía con su sola mirada. La forma melodiosa y risueña en la que decía su nombre.

Ese deseo que ella tenía por salvar a su gente y llevarlos a un sitio cálido donde pudiesen vivir.

Rememorar la confianza que ella trasmitía hacia su fuerza como Caballero hizo que Dégel apenas hiciera una mueca de dolor y apretase los puños por la impotencia.

¿Por qué no había lágrimas?

Pasada la negación, porque no se creía que esa carta pudiese ser real, vino la tristeza, ya que dicha misiva era auténtica; Unity realmente la había enviado luego de la muerte de su hermana. Más tarde llegó a Dégel el enfado y la desesperación, lapsus donde todos sus compañeros estuvieron de acuerdo en que estaba demasiado sensible y violento por todo. Ignorándolos, Dégel pareció aumentar en histeria, alcanzó la duda sobre si los doctores habían hecho realmente bien su trabajo, con ello vino también la desesperación por saberlo.

Dégel también llegó a pensar que él pudo haber hecho algo por ella. Qué los doctores no servían y él sí hubiese podido salvarla. En su obsesión con respecto a ese “y si”, Dégel pasó varios meses con un humor irritable que incluso Kardia había calificado como: “dolor explosivo”, pues el muy astuto, supo ver más allá de los actos violentos de Dégel. Supo encontrar el origen de su difícil camino hacia la resignación.

»Por alguna razón, pareces buscar que alguien te dé un puñetazo y te tire todos los dientes para que sientas un dolor más grande que el que te aqueja —Kardia le paró los pies en medio de una discusión—. Pero… déjame decirte que no lo estás buscando del modo correcto. Si quieres que Asmita te saque los intestinos, ve y méate en sus estatuas. O ve a la Casa de Géminis y pregúntale a Aspros por ese hermano gemelo que “ocultan” en la Isla Kanon. O mejor aún, ve y dile al Patriarca que se vaya al diablo, la próxima vez que te mande a llamar.

Con toda su furia y tristeza, todavía a todo lo que daban. Dégel iba a responderle, pero él lo mandó a callar.

Pero si quieres que alguien te mate para sacarte de la miseria en la que estás, porque evidentemente, la temporada de luto es distinto para cada uno de nosotros, te aviso que a este paso sólo te ignoraremos. Y no lo haremos porque queramos que sufras, no vayas a ser tan estúpido como para creer eso —gruñó entre dientes—. Lo haremos porque respetamos lo suficiente tus sentimientos como para lastimaste físicamente cuando tu alma no ha parado de sangrar desde que recibiste esa noticia.

Se podía decir, que eso fue uno de los pocos momentos serios de Kardia que Dégel recordaba con más aprecio. Porque fue sincero. Porque le ayudó a enfriar sus volátiles emociones negativas. Porque no giró la cabeza cuando Dégel más necesitaba a alguien con quien hablar. Con quien desahogar aquel dolor.

Dioses, ¿por qué ella?

De entre todos los malditos que manchaban Siberia con sus inmundas presencias, ¿por qué las Moiras habían cortado el hilo de una mujer tan gentil? ¿Por la hicieron sufrir de un modo tan horrible? ¿Por qué no la habían dejado en paz para vivir haciendo lo que más amaba que era ayudar a su pueblo?

¿Por qué él había estado lejos mientras ella sufría? Él siempre había tratado de llegar a tiempo cuando Kardia recaía en su malestar, ¿por qué no pudo hacer lo mismo con lady Seraphina cuando ella más lo necesitaba? ¿Cómo es que Unity le había mandado una carta tan corta y directa diciéndole que su hermana había muerto y que lo único que podía hacer en cuanto lo viese sería llevarlo ante su tumba? ¿Por qué no lo puso bajo aviso desde que la fiebre se negó a irse con los medicamentos y los doctores atendiéndola?

¿Acaso Unity también lo culpaba de algo? ¿Sería capaz?

Dégel, usando su mente lógica, se dijo que él no tenía por qué sentirse culpable. Porque de haber podido hacer algo lo habría hecho sin importar qué; sólo para salvarla. Para verla sonreír una vez más, él habría movido cielo y tierra. Habría enfrentado al mismísimo Hades usando sólo un tenedor, para evitar que su llama se apagase.

¿Pero cómo? Él era Dégel de Acuario; el santo con el cosmos más frío de entre todos sus compañeros, quizás su presencia en vez de ayudarla la habría perjudicado. Ella era cálida como la primavera… él tan frío como el invierno, pero no uno donde la vida aún podía existir. No, Dégel era un inverno que atraía la muerte. Tan frío como el mismo planeta Neptuno, con todo y sus vientos tempestuosos. Su sólo toque eliminaba, paralizaba, daba miedo y hasta hace poco él no estaba en contra de ello.

»No es que no me guste el frío… pero a veces sentir el calor del sol tampoco está tan mal, ¿o sí? —ella solía bromear de ese modo muy de vez en cuando—, perdón —se reía con delicadeza—, no pude evitarlo —entonces él sonreía con ella tratando de no sentirse herido por pensar que lady Seraphina trataba de decir que no lo quería tan cerca de ella por su frialdad.

Y pensándolo mejor, ¿quién querría tenerlo cerca si era bien sabido que el frío en proporciones en las que Dégel estaba acostumbrado a vivir era igual a sentenciarse a sí mismo a la muerte? Sólo Kardia de Escorpio estaba tan loco y quizás él no ponía objeción porque era un suicida y porque gracias a ese frío él podía seguir vivo.

Fuera de ahí, el círculo de amigos de Dégel se reducía demasiado.

Pero cuando el desánimo hacía espacio en Dégel por sus palabras, ella hacía algo inesperado que le calentaba el corazón. Ya fuese tomarle el hombro, la mano o el brazo y pedirle que la acompañase a algún sitio para seguir hablando. Aunque ciertamente era ella quien hablaba todo el tiempo; de su día a día, de su hermano, de la gente. Jamás del temible frío que se llevaba vidas cada vez que se acentuaba. Vidas, incluyendo la suya propia.

Frío

Eso era lo que se la había llevado.

Eso había sido lo que la mató.

Eso fue lo que la dejó agonizando, temblando sobre una cama entre fiebre y tos durante un tiempo prolongado.

El frío había borrado sin clemencia, la jovialidad y vitalidad que ella había poseído. El frío había congelado los latidos de su noble corazón a pesar de todo esfuerzo proporcionado por el hermano que ella quería, y éste a su vez la quería a ella.

Con una recuperada resignación, Dégel se sentó en la orilla de un barranco con una postura alerta. Con su humor actual, estaba dispuesto a convertir en estatua de hielo a lo que sea que se moviese o intentase tomarlo desprevenido.

—¿Quieres verla otra vez, no es así?

Rápidamente Dégel se dio la vuelta y tomó una postura defensiva. Bastante pronto se calmó y bajó la guardia cuando vio a Kardia de pie atrás de él sin usar la armadura. El cabello alborotado que le cubría por completo la cara y se mecía un poco por el viento fue demasiado delator, era ese idiota; además, su cosmos también era inconfundible.

—¿Qué haces despierto? —lo reprendió bajando los brazos—, si la señorita Athena te ve por aquí…

—Nadie debería quitarte la oportunidad de compartir tu alma con aquella persona que amas —susurró suavemente—. Tú has hecho mucho por otros, y poco haces por ti mismo. Eso es algo que respeto de ti —Kardia usó un tono serio que Dégel no pensaba que tendría—. Te he oído demasiado y creo que no estaría mal… ayudarte —inhaló profundo—. Pero hay algo más que debes saber. Durante toda tu vida te has negado a cumplir tus propios deseos, y si eso no cambia, terminarás muriendo en espíritu antes de que tu cuerpo se consuma con el tiempo, entonces verdaderamente no tendrás nada que ofrecer.

Dégel no se dio cuenta de que había hecho una mueca de desconcierto hasta que sus músculos faciales se relajaron un poco para hablar.

—¿Qué? —soltó con una mueca de estupefacción—. ¿De qué hablas?

—Sólo piensa en que no hay imposibles y la muerte es sólo otro estado de la misma vida.

De acuerdo, eso sonaba como algo que Asmita de Virgo diría… pero no Kardia.

—Ajá —musitó viendo venir un chiste estúpido—, ¿sabes Kardia? Resulta que esta noche no estoy de ánimos para tus estupideces; menos sobre este tema. Así que, si vienes a molestarme, te voy a pedir que por hoy me dejes en paz.

Le dio la espalda otra vez, Kardia estaba muy extraño hoy.

En medio de sus dolores, cuando Dégel bajaba y bajaba su temperatura, él murmuraba en sus sueños cosas que al Santo de Acuario entristecieron mucho porque sólo Kardia sabía concretamente cuándo había ocurrido el fallecimiento de Lady Seraphina y el dolor que eso le había (y le seguía) causando.

»No es culpa tuya; estoy seguro que ella no te condena.

¿Y ahora venía con estas tonterías?

—Lo deseos son poderosos —susurró Kardia; evidentemente, negándose a irse—, y para mí no hay imposibles cuando se trata de la vida. Nos veremos pronto, mi amigo griego. Gracias por cuidar de mí.

¿Qué?

Un minuto… ¿qué?

Dégel estuvo a punto de darse la vuelta para patearle el trasero a Kardia y pedirle que se dejase de ridiculeces, sin embargo, cuando miró por encima de su hombro vio que él ya se estaba yendo. Sin perturbación ni tambaleos, aunque no hace mucho su corazón haya estado a punto de matarlo.

Si Dégel antes pensaba que su amigo era raro, ahora ya no se sentía con la sabiduría de declarar algo estando tan confundido como se sentía en estos momentos. Y ni pensar que Kardia estaba siendo manipulado por algún dios; el cosmos del santo había estado imperturbable.

¿Y si el tonto era sonámbulo?

Arqueando una ceja ante esa posibilidad, Dégel fue por él. No vaya a ser que Kardia se esfumase del Santuario en sus condiciones o que se intente aprovechar del padecimiento para hacer de las suyas en Rodorio.

Esa noche, Dégel se descubriría que, en efecto, las apruebas apuntaban a que Kardia de Escorpio tenía sus episodios de sonambulismo, por suerte su amigo pudo devolverlo a su casa y retomar sus deberes en la guardia hasta que el sol estuvo a punto de salir. Curiosamente durante todos esos lentos minutos Kardia no volvió a abrir la boca, a veces roncaba, pero no hablaba de forma tan fluida como hace un rato.

Cuando Dégel fue a checar su estado, en Escorpio, lo puso sobre aviso respeto ese dilema. Kardia simplemente alzó los hombros con su típico desinterés ante algo que debía preocuparle.

—¿Y qué fue lo que te dije para que estés tan preocupado? —se rio desayunando pan con un vaso de leche. Dio una gran mordida hablando con la boca llena—. Debió haber sido algo muy malo para que me veas así.

—No fue nada malo —desligó tratando de alejar su paranoia—, sólo comenzaste a hablar como Asmita.

—¿Cómo Asmita? —Kardia hizo una mueca como si de pronto la leche le supiese rancia.

—Dijiste que la meditación era el camino para alcanzar la paz interior.

No era cierto, pero ni de chiste le diría algo como lo que éste le había soltado en su inconsciencia la noche de ayer. Sobre todo, si no recordaba que había estado removiendo memorias en Dégel que quizás no había tenido la intención de tocar.

—¡Oh mierda! Dime por los dioses que Manigoldo no escuchó eso —hasta entonces Kardia se alteró.

—No —se escuchó un canturreó por las paredes de Escorpio haciendo eco—, pero lo escuché ahora.

Kardia hizo el típico gesto que hacían los otros cuando veían a su colega inspirado para joder. Entre risas, Manigoldo de Cáncer junto a un malhumorado Albafica de Piscis estaban bajando desde Sagitario.

—Carajo —soltó Kardia viendo la actitud socarrona de Manigoldo—, ¿si escuchaste que eso ocurrió cuando estuve delirando, verdad?

—Yo sólo escuché que en el fondo estás de acuerdo con los principios santurrones de Asmita —se burló fingiendo ternura, poniendo una mano sobre la cabeza de Kardia.

Nadie juzgaría a Dégel por pensar que era hermoso cuando esos dos se molestaban entre ellos; a él en lo personal le hacía muy feliz, iniciar así su mañana.

—Qué tierno eres, compañero —continuó Manigoldo hacia Kardia, quien entrecerró sus ojos—. A decir verdad, no me extrañaría que también fueses una oveja noble, casta y pura en el fondo, como una flor blanca. Y ese horrible cabello sea sólo para apantallar que eres “todo un rebelde” —le alborotó más la melena entre risotadas. Kardia lo apartó con el codo, pero no logró golpearlo.

Por la cara más relajada que tenía Albafica, Dégel supo que el Santo de Piscis también estaba disfrutando con esto.

—Pagarás por tu ofensa a mi vida sexual, la cual disfruto mucho. ¿No te han dicho que tienes una boca demasiado estúpida como para seguir viviendo? —farfulló Kardia con amenaza.

Aparentemente ni Kardia era inmune a los dolores de cabeza que se podían conseguir si se tenía a Manigoldo de Cáncer a un lado e inspirado para molestar al prójimo.

—Tantas veces como a ti, pero tranquilo —le palmeó la cabeza como si le hablase a un perro—, me encargaré de decirles a todos que Kardia de Escorpio ya está madurando.

—¿Antes o después de que te rebane en pedazos?

—Preferiría que eso lo hicieses después —Manigoldo se apartó—, hoy tengo una misión con Albafica. Él está demasiado sensible por tener que apartarse de su mujercita.

—Oh, ¿en serio? —Kardia estuvo a punto de echarle el paquete a Albafica. Pero digamos que éste también estaba mejorando.

—Al menos yo tengo a una mujer a la que no tengo que darle dinero o engañarla siendo alguien que no soy, para que me soporte —no esperó a que los otros le respondiesen ya que se adelantó—. ¡Muévete, idiota! —gritó con mucha fuerza a Manigoldo.

El mencionado hizo un mohín de fastidio.

—Desde que volvió del hades se ha vuelto insoportable.

—Llámalo karma —se entrometió Dégel viendo a Manigoldo irse resignado junto al Santo de Piscis quien efectivamente, había cambiado radicalmente su carácter desde que su alma volvió a su cuerpo. O más bien, desde que su vida dio un giro de 380° gracias a un par de diosas sin nada mejor que hacer que extraer almas y mandarlas al hades.

Kardia por su lado se rascó la cabeza, bebiendo lo último de la leche.

—Y volviendo al tema, ¿qué crees que pueda hacer para evitar que siga levantándome de la comodidad de mi cama para ir por ahí diciendo estupideces mientras duermo?

—Se cree que los sonámbulos tienen algún asunto pendiente que su cerebro les impide olvidar desde la inconsciencia, y su cuerpo intenta llevarlo a cabo cuando duer…

—Como los fantasmas. Asuntos pendientes.

Conteniendo las ganas de darle una palmada fuerte en su cabeza, Dégel lo vio seriamente.

—No.

—¿En teoría me dices que es probable que haya olvidado hacer algo y cuando duermo es cuando mi cerebro se acuerda de ello e intento hacerlo aun si estoy dormido?

—Es una posibilidad —si debía ser franco, Dégel no quería perder tiempo con esas cosas aunque su mejor amigo estuviese implicado.

Estaba demasiado… hastiado para ello. Además, Kardia ya era un adulto, tenía que arreglar este tipo de problemas por sí mismo.

—Entre tantas tareas que has dejado de lado, quizás una parte de ti esté harta de tu holgazanería.

—Pues vaya cerebro tan traidor —bufó Kardia cruzándose de brazos—. Bien, veré qué le hice ahora a Asmita —se levantó de la silla, invocando su armadura.

—¿Asmita?

—Dijiste que mientras caminaba dormido, dije algo que Asmita diría. ¿Qué mejor por dónde empezar que con él?

Tenía sentido, ojalá fuese eso.

—¿No me acompañas? —le preguntó Kardia a Dégel.

—Adelántate. Si le hiciste algo malo a Asmita… —sonrió levemente—, no quiero estar tan cerca de ti para cuando se lo preguntes.

—Amigo traidor —masculló de lado para luego marcharse.

Dégel por su lado esperó un par de minutos y luego descendió también. No estaba de ánimos para encerrarse en su templo y deprimirse ahí. La noche de ayer había dormido muy poco pero aunque se sentía cansado, sabía que si dormía, iba a tener solo pesadillas.

Para cuando llegó a Virgo, Dégel se sorprendió de ver a Kardia hablando con Asmita sin golpes de por medio.

—¡Hola, Dégel! Creo que ya sé por qué estuve actuando como loco ayer —le gritó desde su posición.

—Qué bien —dijo sin dejar de caminar, en su mente, deseándole a Asmita la mejor de las suertes si iba a quedarse a Kardia por todo lo que quedase del día.

—¡Oye, si vas al pueblo tráeme algo! —le pidió como si fuese un niño pequeño.

—Sí, sí —masculló poniendo los ojos en blanco.

Entonces los dejó solos.

Cuando llegó a Aries vio a Shion hablando con su pupilo Mū en la entrada, sobre quien sabe qué cosas. El niño se había presentado no hace mucho ante el Santuario y sin embargo estaba demostrando actitudes valiosas que lo hacían un perfecto candidato a la Armadura Dorada; era probable que Shion también viese ese potencial y supiese que sólo tenía que pulirlo para hacer de Mū un buen soldado ateniense.

—Shion, voy a pasar por tu casa.

—Adelante, Dégel —le dijo sin perturbarse ni preguntarle a donde iba.

A diferencia de lo que muchos pudiesen pensar, aunque los Santos Dorados viviesen cerca el uno del otro, no era común ni normal que entre ellos estuviesen preguntándose sobre sus planes. Cada uno tenía su vida y cada uno sabía cómo vivirla a menos que tuviese relación con el enemigo.

Hablando de eso, Agasha, la florista de Rodorio, había declarado frente a Athena, su Ilustrísima y los Santos Dorados que ella ahora era una especie de hilo con la diosa Nyx que podían utilizar si así lo deseaban. Por testimonio del propio Albafica, la diosa se había encariñado con Agasha y no solo eso sino que además las habilidades que le fueron otorgadas por la diosa no se habían ido por completo.

Cuando Agasha descendió al hades por Albafica y de forma rastrera, la diosa Nyx la convirtió en su primer soldado en siglos, de su peligroso y antiguo ejército caído, le dio a la chica un poder que debía ser de temer. Al principio se pensó que Agasha sería una enemiga potencial de la cual tener cuidado, pues nada garantizaba que no pudiese ser seducida por esas habilidades y comenzase a obrar de manera inadecuada, sin embargo con su propia boca y acciones posteriores, la chica afirmó que la diosa le había dejado quedarse en el mundo de los mortales hasta que la muerte hiciese lo suyo y su alma pudiese volver al lado de su ama. Claro, todo bajo una serie de condiciones que la propia Agasha puso sobre Nyx.

Era asombroso que la divina dama aceptase dichas cláusulas en el contrato. Más aún que el marido de Nyx, Érebo, quien era un dios demasiado susceptible, accediese también.

Por lo que Dégel sabía, Agasha se había convertido en la primera Sỹdixx en siglos. Las Sỹdixx fueron un gran ejército de Nyx en los tiempos mitológicos. Antes el máximo dolor de cabeza del gran Zeus, y actualmente sólo había una de ellas en existencia. La única Sỹdixx que, desde la creación de esa especie, tenía libre albedrío sobre su destino.

La marca que daba veracidad a lo antes dicho, era que los ojos de Agasha, al caer la noche, se oscurecían por completo convirtiéndose en una réplica de cómo se veían los ojos de la diosa Nyx.

Cuando eso ocurría, el cosmos de Agasha se incrementaba hasta ser parecido al de un Santo de Bronce promedio, sin embargo, los Santos Dorados sabían que, si ella moría y su alma retomaba el poder original, ella sola podría ponerlos en aprietos a más de uno de ellos sin mucha dificultad.

Y hablando del tema…

—¿Señor Dégel? —oyó una voz dulce muy cerca de él—. Qué gusto verle por aquí.

¿Cómo es que sus pies lo guiaron hasta esa jovencita? El cosmos de ella era débil en estos momentos, demasiado pequeño, y aun así pudo percibir su poder sobre natural cuando ella le habló de no muy lejos.

Vaya descuido el suyo. Dégel no se había percatado de a donde se estaba dirigiendo.

La mujer que se había ganado el corazón de Albafica, Agasha, estaba adentro de lo que pronto sería su nueva casa luego del desastre que habían ocasionado los dioses Nyx, Eros y Psique al jugar con el corazón y la cordura de Albafica, donde no sólo él había muerto sino también ella. Por fortuna, los dioses habían sido benevolentes al revivirlos a ambos y no dejarlos condenados en el infierno.

—Disculpa —dijo Dégel sin apenarse—, no era mi intensión importunarte.

—No lo hace —su amable voz hizo eco desde adentro—, ¿puede… pasar y darme su opinión? —pidió con una tímida media sonrisa.

Dudoso de aceptar ese favor, Dégel asintió y por sí sólo se movió hacia ella. Muy pronto se dio cuenta que la puerta de la entrada había sido agrandada para que alguien de su estatura pudiese entrar sin problemas. Lo sabía porque las casas aledañas tenían la medida de sus puertas bastante más pequeña.

—No está mal —visualizó siendo cuidadoso con su tono de voz, el cual Kardia siempre le decía que debía hacer menos serio si quería que la gente que lo oyese no se sintiese mal por su acento frío—. Se ve… espaciosa.

Con unos dulces ojos brillantes, Agasha asintió con la cabeza.

—Exacto —respondió ella animosa ante su aprobación—, y no solo eso, el señor Shion tuvo gran la idea de aprovechar bien el espacio que tiene el terreno, tanto el que ocupará el jardín como el que ocupa ahora la casa.

»También designó un área donde se pudiese acomodar mi negocio sin necesidad de sacar y meter mis flores todo el tiempo. Sólo necesitaré de una gran puerta de madera en el interior de la casa; un tanto alejada de la puerta principal para eso. Un par de puertas grandes afuera que abran hacia adentro, y una pared para separar el negocio de mi casa… y ya —con entusiasmo, ella se encaminó hasta una esquina para señalarle a donde quería que Dégel viese—. Esta parte será la que ocupe mi nuevo establecimiento, no es muy grande pero mi florería iniciará de nuevo siendo pequeña lo que me viene perfecto.

Luego, Agasha se movió hacia la derecha.

—En ese sitio iban las escaleras, pero ya arreglamos eso. Ahora irán aquí —señaló la pared y el techo cuya apertura dictaban la veracidad en sus palabras—. De este lado —señaló esta vez el centro—, estará una pequeña sala de estar y la cocina donde estaba inicialmente, será más pequeña que las anteriores, pero yo no me quejo —alzó los hombros—. Y arriba se harán unos tres dormitorios. A diferencia de los dos que antes había, también serán más pequeños. Pensé que todo quedaría con un perímetro demasiado reducido, pero si lo pienso bien, así es mejor ya que no necesitaba una cocina tan grande y aquí vivo yo sola —se rio con nerviosismo.

Considerando que el romance entre Agasha y Albafica era un secreto solo para la población civil de Rodorio y los Santos que no eran Dorados, Dégel no quiso preguntarle por qué querría su casa con más de un dormitorio. Así que sólo asintió con su cabeza. Sin duda alguna la estructura debía estar en manos de Shion para que las divisiones estuviesen bien hechas; lo curioso era que incluso Kardia se hubiese prestado para trabajar en la construcción siendo lo holgazán que era.

Dégel notó también que la casa tendría dos ventanas en la cocina con vista al jardín (todavía no reconstruido) y otras dos al lado opuesto, una a la derecha de la puerta principal, y la otra estaba a 2 metros a la izquierda.

Quizás Shion se haría cargo de ellas también. La distancia entre el techo y el piso era alta y las escaleras que tendrían que llevar hacia el segundo piso, todavía no estaban hechas, pero claramente ahí habría unas, pegadas a la pared y seguramente con un barandal de madera.

—El señor Shion dice que hay que dejar que todo repose un poco otra vez —continuó Agasha—, antier vino para ver cómo había quedado la estructura y dijo que si se mantenía un buen ritmo en la reconstrucción… iba a poder volver aquí en unos pocos meses. Por suerte, en esta ocasión tendré no sólo un huerto sino también un pequeño invernadero, además de que el baño será más accesible que el anterior —Agasha puso las manos sobre su cadera con felicidad—. El señor Shion es un genio… pero… todavía no puedo creer que el señor Albafica no vaya a dejarme pagarle ni un solo centavo de esto —sonó un poco irritada.

—Fue él quien destruyó tu casa.

Por eso Dégel consideraba lógico que Albafica quisiera correr con todos los gastos. Era lo mínimo que podía hacer por Agasha luego de tanto caos.

—Pero no lo hizo a propósito… él… no estaba en control de sí mismo. No tuvo la culpa de nada —Agasha rememoró lo mismo que Dégel, y por su mirada, no juzgaba por nada de lo ocurrido a Albafica.

Esa sin duda era una mujer que amaba a su compañero y quizás, la única en comprenderlo de verdad.

Otra chica en su lugar, le estaría haciendo a Albafica trucos sucios para seguir beneficiándose del dinero del santo, insistiendo en cosas costosas o de plano en no dejarlo vivir en paz, esmerándose cada día en recordarle que por su deseo “egoísta”, ella había muerto y tenido que bajar al Inframundo para buscarlo a él también.

Dégel quiso sentirse feliz por Albafica… pero por alguna razón no pudo hacerlo. Aunque Dégel no se torturaba pensando en ello, pues no es como si Albafica necesitase de su empatía para ser feliz junto a la mujer que amaba.

—Lo sé —le dijo Dégel a Agasha—, pero él piensa que eso no le exonera de nada.

Ambos se quedaron en silencio durante unos momentos; cada quien pensando en sus propias memorias de lo ocurrido.

—Señor Dégel —masculló Agasha.

—¿Sí?

—Cambiando un poco de tema. ¿Usted sabe…? —ella se sonrojó cuando Dégel la descubrió jugando con sus dedos—. ¿Cuándo es el cumpleaños del señor Albafica?

Dégel se quedó pensando por un buen rato. La verdad era que no lo recordaba; o no tenía conocimiento de ello. Sabía cuándo cumplía años Kardia, cuándo cumplía años Shion, Sisyphus y Regulus… pero Albafica había estado tan sumido en su propio mundo durante toda su vida, apartando a todo y todos de su entorno, que si en algún momento la información del día de su nacimiento, o del día en el que el antiguo Santo de Piscis, Lugonis, lo encontró, a Dégel se le había borrado de la cabeza.

—Lo siento —le dijo con decepción.

—No importa —sonrió rascándose la cabeza—, estoy segura que algún día haré que me lo diga.

Eso sí le pareció raro a Dégel, se supone que en una pareja no debería existir ese tipo de secretos.

—¿Albafica no quiere decírtelo? —preguntó curioso, ella negó con la cabeza aflojando su sonrisa—, ¿por qué?

—Dice que no importa —suspiró con desanimo—, pero a mí sí me importa; y si él no quiere decírmelo yo lo investigaré.

La confianza y el sentido de lealtad de Agasha lo conmovieron.

En definitiva, ella debía querer mucho a Albafica para querer averiguar el día de su cumpleaños cuando él mismo le había dicho que no era necesario que lo supiese, ¿cuáles habían sido los motivos de Albafica para hacer algo así? Dégel no lo sabía. Pero no dudaba en que, la insistencia y determinación de Agasha, lograrían descubrir el afamado día.

—Si quieres puedo ayudarte, quizás su Ilustrísima lo sepa.

—¿Podría preguntarle por mí? —él asintió—. ¡Qué bien! ¡Muchas gracias! —sus gritos hicieron eco por las paredes de la estructura, pero bastante pronto su alegría se evaporó—. Me alegra haberle encontrado. Aunque es curioso… —musitó eso último pensativa más para ella que para él.

—¿Curioso? —Dégel se extrañó—. ¿Qué es curioso?

La alegría de Agasha se fue apagando poco a poco hasta que quedó una mueca preocupada.

—Necesito… necesito decírselo a alguien…

Con la mirada, Dégel le pidió que continuase.

—Antes de que amaneciera, yo… —dudosa y tímida, buscó las palabras adecuadas—. Verá… tuve una muy mala sensación cuando desperté… y de hecho… también oí… gritos.

—¿Había alguien en problemas?

—Eso creí, así que subí al techo de la casa de la señora Tábata, pero… no había nada. Al menos no abajo.

¿No abajo? Dégel se extrañó.

—No comprendo lo qué dices.

—Lo que oí… provino desde el cielo —susurraba como si temiese decir incoherencias, y para Dégel eso era.

¿Cómo se podían escuchar gritos en el cielo? Y si Agasha lo había oído, ¿por qué ellos no?

—Sé que no es lógico —continuó viéndolo a los ojos, aun con la poca iluminación que podía infiltrarse a la casa—. Pero algo en mi corazón me decía que no estaba imaginando nada ni me estaba volviendo loca. Lo que me despertó… eran gritos. Y después sentí que algo se aproximaba desde el cielo hasta la tierra, algo que no viene con buenas intenciones.

—¿Y qué se supone que viene? —inquirió tratando de no verla con irrespeto—, lo siento Agasha, pero lo que me dices es confuso.

—Yo sé, yo sé. Pero… —negó con la cabeza—. Pero creo que… pude verlo… al menos por un momento —inhaló profundo—. Por unos segundos, pero así fue. El cielo se pintó de rojo, señor Dégel. ¿Acaso nadie más lo vio? —preguntó deseosa de recibir una afirmativa. Y eso era algo que Dégel no podía darle.

—El cielo jamás se pintó de rojo.

—Pero lo hizo —Agasha seguía insistiendo. Como si estuviese intimidada por lo que creía haber visto.

¿O acaso era él quien estaba incomodándola?

—Sólo espero que no sea una especie de premonición —ella tragó saliva—. Fue algo de verdad aterrador. Y confuso también. ¿Podría estas sensaciones estar relacionadas al hecho de que estoy afiliada a la señora Nyx?

Después de años y años estudiando los astros, Dégel no confiaba en tal cosa como la adivinación… y ayer él no había visto el cielo poniéndose rojo. Las estrellas tampoco se habían visto extrañas ni nada parecido la última vez que las observó.

¿Acaso Agasha le estaba diciendo que sentía que podía leer el futuro? ¿Qué podía sentirlo? ¿Qué podía presentir cuando algo malo se aproximaba? ¿Desde dónde? ¿Desde afuera del planeta?

En su opinión, nada de esto tenía ni el más remoto sentido.

Para empezar, todos aquellos que decían leer las cartas o la mano, a juicio de Dégel, eran todos unos charlatanes. Pero si se tomaba en cuenta que esta chica, efectivamente había visto el infierno y estaba aquí parada diciéndole que estaba temerosa por lo que había sentido y visto anoche; entonces su advertencia era algo que se debía tomar en cuenta. Además de que Agasha también había probado el poder de la diosa de la noche, una deidad primordial, y había formado una conexión con ella. ¿Cómo creer que sus sospechas eran mentiras o alucinaciones?

Pero haciendo uso de su arraigada seriedad y conocimientos, Dégel podría escucharla y luego decirle a la muchachita que sencillamente era imposible que una mortal pudiese adivinar el futuro aun si los dioses le habían prestado algo de su poder. Después de todo, ni siquiera Athena podía hacerlo.

A todo eso, si Agasha había visto y sentido algo, ¿acaso la señorita Athena no debería haberlo hecho también?

¿Será que Agasha confundió una pesadilla o un presentimiento?

—Cuando vi el rojo en el cielo, sentí… un temor enorme. Escuchaba… sonidos que no puedo describir, aparte de los gritos… —ella lo vio con cierta tristeza—, y cuando miré las estrellas de la constelación de Acuario, creí que eran las estrellas quienes pedían ayuda. Sin embargo… creo que estaban advirtiendo algo —masculló bajando la mirada—. Y el que hoy usted esté aquí, donde no se pararía por simple coincidencia, no hace más que preocuparme —dijo esto último con recelo.

—¿Cuándo fue todo eso? ¿Ayer por la noche?

Con cierto temor, ella negó con la cabeza.

—Hoy por la madrugada —corrigió helando por dentro a su oyente—, algo muy malo se aproxima, señor Dégel. Y me da mucho miedo —insistió en eso. Su preocupación parecía tan palpable que seguro se podría cortar con un cuchillo—. Sentí entonces que apenas saliese el sol debía llamar a mi señora, pero ella al parecer no me oye… creo que eso puede deberse a que… ya sabe, Érebo y ella acaban de volver a reencontrarse después de mucho tiempo.

Dégel no pudo contradecir que quizás los dioses ignorarían a Agasha a propósito si es que estaban ocupados.

¿Pero y que tal si en verdad esto debía ser para preocuparse?

—Además de que todavía descubro mis poderes, así que… ruego porque lo que haya sentido no sea más que una preocupación mía. Aunque… mientras tanto, quisiera consultar esto que sentí con su Ilustrísima… y el señor Albafica. También con usted y el señor Shion —Agasha tragó saliva pesadamente—. Claro… si es que ustedes lo consideran necesario. Ya sabe. Mejor prevenir.

Pero Dégel apenas la oyó.

Entrando la madrugada había sido cuando Lady Seraphina volvió a su memoria y su cosmos se desestabilizó. Cuando Kardia lo encontró y le soltó toda esa palabrería respecto a ella.

—Y hay algo más —se removió dudosa—. Esta mañana, he estado pensado seriamente en que es posible que, en base a las estrellas de las constelaciones, yo pueda sentir alguna conexión con ustedes, los Santos Dorados consagrados a ellas —dudó un poco más en continuar, pero al final lo hizo—. ¿El señor Kardia está bien?

Dégel salió de sus pensamientos por la sorpresa que esa pregunta le causó.

—¿Kardia?

—Esta madrugada —Agasha volvió a desviar su mirada—, la constelación de Escorpio también tuvo un brillo extraño en tres de sus estrellas… y apenas supe, por el señor Albafica, que el señor Kardia había tenido problemas con su corazón otra vez.

Y no sólo con su corazón.

»¿Quieres verla otra vez, no es así?

¡Tonterías! Esto debía ser un error o una enorme coincidencia.

La parte racional de Dégel no dejaba de insistir conque todo lo que le decía Agasha no eran predicciones del futuro sino toda una serie de conexiones que habían caído al mismo tiempo. Y que ella no podía predecir el futuro. Menos uno que no se veía bonito para el mundo o para la humanidad en general.

Posiblemente, dada su actual naturaleza, Agasha fuese susceptible a la oscuridad, pero no era nada coherente que se convirtiese en una adivina de la noche a la mañana.

—Me temo que mi “lado Sỹdixx” esté despertando dones en mí que no he pedido… y siendo franca, tampoco quiero tener —confesó algo temerosa.

—¿Crees que saber el futuro es malo? —hizo una pregunta retórica. Por la cara de ella, Dégel dudaba que Agasha considerase un don así una bendición.

Si Dégel creyese mínimamente en que algo así fuese posible, él pensaría en que saber más de la cuenta sobre el destino de todo y todos, sería más bien una maldición. Pero no pensaba que la premonición fuese real en lo absoluto. Él tenía la firme creencia de que cada quien era dueño de su propio futuro y que éste no estaba tallado en piedra ya que, a cada segundo, las elecciones de cada quien podían variar incluso sin que los dioses lo viesen venir.

—Nunca, hasta esta madrugada, había pasado por algo así —dijo ella—. Y todavía tengo algo de miedo —respondió con ese sentimiento palpable—, señor Dégel prométame que usted y el señor Kardia van a cuidarse. Y que… aunque no me crean sobre poder presentir el peligro que se acerca… al menos nos mantendremos todos alerta.

Con una mirada tierna y triste; quizás por instinto y humanidad, ella sin pensarlo, puso una mano sobre el antebrazo de Dégel, el cual estaba cubierto por la armadura, pero justamente en el momento en el que hicieron contacto, Agasha abrió la boca, dio un respingo e inclinó su cabeza hacia atrás como si su alma se hubiese separado de su cuerpo otra vez.

Agasha se había quedado congelada en su sitio.

Impresionado como temeroso, Dégel se separó por inercia de ella, pero Agasha se paralizó ahí mismo, como si su cuerpo se hubiese convertido en piedra.

Lo alarmante fue que sus ojos, antes verdes, se ennegrecieron dejando alumbrar pequeñas luces azules que se asemejaban a las estrellas del cosmos.

Esos eran los ojos de la diosa Nyx, y los que se supone, debían aparecer sólo cuando el sol cayese.

¡Era mediodía!

—Agasha, ¡Agasha! ¡Despierta!

Dégel la llamó una y otra vez teniendo miedo de tocarla otra vez, cuando ella se fue hacia atrás en dirección al piso, fue imposible que él no la sostuviese. Cuando eso hizo, el cuerpo de Agasha se hizo flácido sobre sus brazos, pero los ojos negros no habían cambiado, ni siquiera los había cerrado. Parecía que se había petrificado.

Jamás se lo diría ni a ella ni a Albafica, pero esos ojos le daban escalofríos.

—Agasha, vamos, reacciona —tratando de mantenerse en cordura, la agitó un poco, pero cuando se dio cuenta que ella no estaba en sí misma, Dégel decidió cargarla en brazos y correr rápido hacia el Santuario.

Quizás Athena pudiese decirle qué estaba pasándole.

Si Albafica volvía al Santuario y Agasha no regresaba a la normalidad, Dégel no sabría cómo perdonarse a sí mismo. Aunque no entendía qué fue lo que pasó cuando Agasha puso una mano sobre él. Tampoco estaba seguro de que esto haya sido culpa suya pero no había sentido ninguna presencia cerca además de ellos dos.

¿Entonces qué significaba todo esto?

—¡Shion! —gritó desde debajo de las escaleras de Aries.

Cuando el Santo salió con la calma que le caracterizaba para ver porqué los gritos, se puso pálido al mirar que Dégel llevaba en brazos a Agasha.

—¡¿Qué fue lo que ocurrió?! —Shion lo siguió escaleras arriba.

—No lo sé —gruñó, reconociendo nuevamente que temía en desconocer lo que pasaba a su alrededor.

Al tener sólo silencio por parte de Shion, Dégel dedujo correctamente que éste tampoco tenía ninguna idea de qué estaba sucediendo.


PROHIBIDO DESCARGAR/IMPRIMIR PARA SU VENTA (la autora condena todo tipo de acto ilícito de este tipo y se procederá legalmente en caso de suscitarse el caso). / FAVOR DE NO RE-SUBIR A NINGUNA PÁGINA (todo acto de ese tipo será considerado como plagio). / NO TRADUCIR SI NO SE HA PEDIDO EL PERMISO CORRESPONDIENTE. Seamos honestos y educados; este trabajo es únicamente para entretener y no se busca lucrar con este de ningún modo.

—Gracias por su atención.