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Forbidden way to heal

Sinopsis

Las heridas tras la batalla sanarían en el cuerpo de Fukuzawa Yukichi, no eran mortales; sin embargo, dejarían una cicatriz. Cicatriz que le recordaría cuán frágil y efímera es la vida humana, y, por eso mismo, debía dejar de ser indolente con sus propios sentimientos, especialmente con aquellos dirigidos hacia un joven peculiar: Edogawa Ranpo.

Genero:
Romance,Erotica
Autor/a:
Valdemirt
Estado:
Completa
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo único

«No lo entiendo. El resto del mundo tiene algo que no comprendo. Me da miedo. Los demás parecen monstruos; monstruos que sólo yo no entiendo. Vivo solo en un mundo de monstruos».

Fukuzawa abrió los ojos con el recuerdo del día que conoció a Ranpo palpitando en sus sienes. En específico, el del suceso de El día es un sueño, la noche es real en el teatro, cuando vio cómo al chico se le resquebrajaba la máscara que lo mantenía al margen del resto de los mortales.

No pudo evitar preocuparse y, al caer la noche, supo que necesitaba protegerlo, convertirse en un escudo para él y ser el arma que lo alejara del peligro.

Sin ganas de privarse del calor que le proporcionaban las mantas del futón, echó la cabeza hacia un lado, topándose con la vaina de la espada que juró nunca volver a empuñar y que, ahora, mantenía cerca para actuar a la brevedad si es que Ranpo –o algún otro miembro de la agencia menos afortunado– necesitara de su auxilio.

Esa espada que, si bien, no asesinó a su mejor amigo, estaba hecha del mismo material que todas las demás.

Al costado opuesto yacía Ranpo sobre el tatami, con la cabeza apoyada en un cojín –lo habría agarrado de la sala en su camino a la habitación–, en una posición un poco menos que incómoda; lo imaginaba quejándose apenas despertar, para usar la incipiente tortícolis como pretexto y tomar el día libre.

Si tenía suerte, no le pediría dinero para las chucherías habituales.

A todo eso, ¿qué hacía allí?

—¿Hm?

Escuchó al chico hablar.

—¿Estás despierto, Presidente?

Era curioso que siguiera pensando en él como un chico. A sus ojos, lo era, aunque no cabía duda de que se trataba de un adulto que ya contaba con veintiséis años sobreviviendo en un mundo tan incierto como lo era el suyo propio.

—Ahora lo estoy —respondió con la voz un tanto áspera y apagada. Tenía un tono bajo y pausado que lo obligó a aclararse la garganta.

Su mirada de usual estoicismo adquirió un brillo cálido y reconfortante cuando Ranpo se talló un ojo con la mano, porque, sí; ese hombre en sus veintitantos, en ocasiones le parecía adorable y pacífico como un gato. En la mayoría de esos recuerdos, dormía.

Ranpo se incorporó con movimientos lentos y pesados. Cualquier anciano con problemas articulares luciría ágil en comparación, incluso si tuviera asistencia por un lado.

Un suspiro profundo escapó de los labios de Fukuzawa, cargado con el peso de la resignación. Incluso a sus más de cuarenta años, exhibía más energía matutina que ese “caso especial” junto a él.

—Te cederé el futón si prometes guardarlo cuando se te pase el sueño.

Un par de segundos le bastaron para ponerse en pie, mostrando su cuerpo cubierto por una yukata blanca, ligera, que vestía para dormir.

—Espera. —Con un movimiento rápido, Ranpo lo tomó por la muñeca—. Haruno salió, le prometí que la llamaría en cuanto despertaras para que trajera el desayuno en su camino de regreso. —Dejó caer la cabeza, encontrando las piernas de Fukuzawa—. El refrigerador está vacío.

Conociéndolo, Fukuzawa sabía que algo debía obtener ese muchacho a cambio de fungir como recadero. Algo como una ridícula cantidad de golosinas. Ya iba siendo la fecha en que tenía que llevarlo casi a rastras a un laboratorio clínico para que le hicieran análisis de sangre. Le preocupaba que pudiera volverse diabético un día de esos.

No obstante, más que la necesidad de conocer los niveles de azúcar de Ranpo, debía encontrar la razón del extraño y reciente hábito de amanecer en el cuarto de Fukuzawa

—¿Acaso tienes pesadillas?

—Ninguna —respondió al instante.

—¿Hay algún problema con tu habitación?

—Todo en orden.

—Entonces, ¿por qué has estado despertando a un lado de mi cama esta última semana?

—Porque tú no estás durmiendo bien —dijo sin rodeos—. Dejando de lado las líneas de expresión naturales y las marcas características de la edad, tus ojeras se han vuelto profundas; tienes los hombros caídos, pese a que mantienes la postura habitual; parece como si realizaras los movimientos con esfuerzo, aun si son ágiles en esencia; sin mencionar que tu voz y gestos no suelen tener rastro alguno de fragilidad.

La respuesta a cada uno de esos detalles era evidente: estrés emocional.

La mano que Gen’ichirō había traspasado con su espada, incluso si se encontraba cubierta por vendajes –así como el resto de su torso herido–, le recordaba lo efímera y delicada que es la vida.

No había dejado de pensar en su batalla y en el último aliento de su gran amigo. Con cada paso que él daba hacia adelante, otros tantos se desplomaban a sus espaldas, cargándole con un incontable número de responsabilidades que no podía eludir.

—No me he recuperado del todo —atinó a decir algo que en parte era cierto—. Si fuera veinte… No, diez años más joven, ya habría dejado atrás esta pesadez del cuerpo.

—Hmmm. —Se puso en pie con torpeza, elevando los brazos al cielo para desperezarse—. Ya. Supongo que es lo que sucede a medida que te haces más grande. Por eso deberías acostarte otro rato.

El tiempo pareció detenerse cuando los ojos de Fukuzawa encontraron la espalda del chico.

El chico que le dio tremendos dolores de cabeza y que se aferraba a su cuerpo para que lo cargara porque se rehusaba a subir una colina.

El chico que hacía berrinche cada tanto porque cambiaban la receta de sus platillos favoritos o le asignaban casos aburridos.

El chico que había puesto su mundo de cabeza y por quien comenzó a mover cielo, mar y tierra para poder mantenerlo a salvo.

El chico que le tenía una confianza ciega y una lealtad inamovible; el mismo que se le declaró en el pasado y a quien no dudó en rechazar.

Recordaba cada una de sus palabras aquél día.


—Me gustas, Fukuzawa. —Le había soltado de golpe, después de encarrerarse sobre la avenida vacía y plantarse justo al frente.

—Como persona, quiero suponer.

—No. —Agitó la cabeza—. De manera romántica.

Fukuzawa respondió tras un pausado suspiro originado por aquellas palabras impulsivas que acostumbraba oír.

—Te llevo casi veinte años.

—¿Eso qué tiene que ver? Sé contar.

—Saber contar no es suficiente para comprender las implicaciones de una relación así. —Continuó su camino, pasando al lado de Ranpo—. Además, eres demasiado joven. Apenas tienes quince años, lo correcto sería que buscaras a alguien de tu edad para adquirir todo tipo de experiencias: tener una cita, tomarse de las manos, tu primer beso. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Un bufido de contrariedad resonó en la poca distancia que los separaba al andar, revelando el descontento de Ranpo con la situación.

—¿Tú hiciste esas cosas cuando tenías mi edad?

—Eso… —No. A sus treinta y cuatro años, jamás había experimentado algo semejante y justo por esa razón estaba a favor de que el muchacho lo hiciera; sin embargo, alguien con el carácter de Ranpo lo tendría difícil, sin mencionar su “talento especial”.

—Lo sé —continuó—. Sé que nunca has tenido un interés amoroso. Sé que te has dedicado a las artes marciales desde que eras un niño; la manera tan silenciosa en la que caminas, tu postura y movimientos sutiles evidencían una enorme disciplina. Eres capaz de contar a las personas realmente cercanas a ti con una mano y te sobran dedos.

Fukuzawa no podía hacer más que escuchar. Cada una de esas frases era cierta.

—Así que, si tú no tuviste esas experiencias a mi edad, ¿por qué no tenerlas conmigo? Sería bueno para ambos que…

—Ranpo —interrumpió.

—¿Sí?

—Eres valiente al declarar tus sentimientos de esa forma, pero debes entender que no es apropiado. Cuando crezcas un poco más, quizá puedas comprender mejor lo que te estoy diciendo ahora. —Sólo rogaba que no fuera demasiado tarde cuando se diera cuenta.

Si bien él no tenía una capacidad analítica sobrenatural, era capaz de comprender cómo se sentía el otro. Cuando menos, sabía por qué Ranpo podía encontrar atracción hacia él, una figura adulta, alejada de su familia, que le había dado una mano en momentos de necesidad y con quien compartía vivienda, comidas y otras actividades.

También era consciente de lo inmoral que resultaría una relación así. Jamás podría perdonarse el arrebatar los mejores años de la juventud de Ranpo. Pese a estar en el mismo mundo, a coexistir en Yokohama, caminaban por senderos separados y confiaba en que llegaría el momento en que Ranpo lograra forjar un mejor futuro de lo que estaba siendo el suyo propio.


El día en la agencia resultó aburrido para Ranpo, como de costumbre. Fuera de las cuatro paredes que lo resguardaban, la ciudad portuaria continuaba sumida en el bullicio del comercio y el ajetreo por las reparaciones a la infraestructura. Calculaba que pasarían de veinte a cuarenta y cinco días antes de que hubiera un caso interesante.

Lejos de distraerse –usando a Kenji y Atsushi como conejillos de indias– su mente se mantuvo evocando aquella expresión atribulada que Fukuzawa nunca despejó durante el desayuno. Era como si mirara al vacío, contemplando recuerdos lejanos.

Líneas de preocupación le surcaban la frente, marcando el peso de sus pensamientos; los labios, efectuando una ligera curva hacia abajo, revelaban el origen de la aflicción que sentía en lo profundo de su ser; los ojos… Esos ojos. Sus ojos. Las ventanas del alma que permitían la vista al interior de un hogar solitario, melancólico y anhelante.

Cada gesto en aquel hombre cargaba un pesar silencioso que Ranpo no podía aliviar. Ya había puesto en palabras lo necesario y sabía que el otro necesitaba un momento de introspección. No era como si no hubiese ocurrido antes, pero sí era la primera vez en la que el pasar de los días prolongaba el suplicio.

—Estoy en casa —dijo al entrar al acogedor apartamento ampliado en el que comenzó a vivir desde los catorce años.

—Justo a tiempo —agregó Fukuzawa, sentándose en el tatami—. La agencia no debe tener ni un solo percance si llegas cuando la cena está recién servida.

—¿La trajo Haruno? —Conocía la respuesta, pero desde hacía mucho le gustaba escuchar la voz del otro, así fuese con pláticas simples y absurdas.

—Sí, no tiene mucho de haber salido. ¿No la encontraste de camino?

—Nope.

—Ya veo. La invité a hacernos compañía, pero parece que tenía planes para ir al cine con la señorita Naomi.

Pese a que entre las funciones habituales de Haruno no se encontraba estar al pendiente de la alimentación del Presidente de la Agencia de Detectives, se ofreció a tener esa clase de atenciones durante su recuperación.

Ranpo sabía que ella consideraba a Fukuzawa como un padre, por lo que esa clase de comportamiento no se encontraba fuera de lo esperado. Lo que aún no comprendía, era por qué se preocupaba también por él. ¿Era por vivir con el Presidente? ¿Por no dejarlo al margen? ¿O lo consideraba un hermano mayor?

Agitó la cabeza, pasando por alto la mirada de un lobo que se posó sobre él.

Los platos de la mesa se terminaron vacíos al poco rato. Un huequito en el estómago le obligó a traer un par de chocolates almacenados en la despensa de emergencia de su recámara.

Tras meterse la última golosina en la boca, levantó los trastes para llevarlos al fregadero. Años de regaños y llamadas de atención hicieron que se disciplinara; no obstante, prefería comer en restaurantes para ahorrarse la parte molesta de limpiar.

En el camino de regreso, Ranpo detuvo su andar y desvió la mirada hacia su mano izquierda, misma que sostuvo Fukuzawa en un claro indicio por evitar que continuara con su camino.

—¿Presidente? —Abrió los ojos de par en par al inclinar el rostro y toparse con una expresión consumida, surcada por senderos de tristeza y arrepentimiento, que convergían en una mirada afligida en busca de respuestas—. ¿Qué te…?

—Ranpo —interrumpió y, pese al dolor que externaba en las facciones, su voz era cálida, casi reconfortante e impregnada de afecto—. Toma asiento. Necesito que me digas una cosa.

El nombrado obedeció, intentando descifrar las intenciones tras el gesto que le oprimió el corazón.

Después de lo ocurrido con Gen’ichirō, ante la vista de Fukuzawa se alzaron pocas siluetas. La más clara de ellas, la que había comenzado todo para él, otorgándole un nuevo sentido a su vida y a sus acciones, era la que tenía delante.

—¿Cuántos años tenías cuando te me declaraste?

—Dieciséis.

—Significa que han pasado diez años desde entonces —dijo, más para sí mismo que para resaltar en la conversación.

Miedo no sería la palabra exacta para catalogar la razón por la que lo rechazó en su momento, aunque se hallaba bastante cerca. En aquel entonces, ¿cómo podría tener una relación con un niño al que le llevaba casi veinte años y a quien conocía de tan poco tiempo?

—¿Cómo te diste cuenta de lo que sentías en ese momento?

—Fue bastante fácil, aunque me tomó un año llegar a esa conclusión. Yo te dije: veo el mundo diferente a como lo veía ayer, ¿por qué será? Y tú me respondiste: porque por fin lo entiendes.

»Después de un par de días noté que solía ver las cosas grises, monótonas y aburridas, pero el día que te conocí —hizo una pausa para extraer los anteojos baratos que siempre llevaba consigo—, me diste esto y comencé a ver las cosas a color. O, al menos, es una forma de resumirlo.

»No es algo que hubiera experimentado antes, así que me llevó varios meses descubrir que, en realidad, me había enamorado.

—Ya veo. —Resultaba irónico que a alguien con las peculiaridades de Ranpo le hubiera tomado tan poco tiempo algo que a él le costó diez años.

Desde que supo de los sentimientos del muchacho se había convencido a sí mismo de que lo suyo no podía ser. Más que su pareja, Fukuzawa podría ser su padre –si consideraba una concepción en la adolescencia–, aunque jamás lo insinuó; en su lugar, aclaró que la diferencia de edad era un impedimento y se aferró a la idea de que el chico lo entendería si le decía que debería buscar a alguien más joven, alguien que pudiera ver el mundo como él.

Gran error.

Nadie podía ver el mundo de la manera en que Ranpo lo hacía y el propio Fukuzawa se lo había hecho saber durante el primer caso que resolvieron juntos

«Tú eres especial, el resto del mundo es estúpido. Yo incluido».

Vaya que se sentía estúpido. Más ahora.

¿Por qué molestarse tanto por un niño huérfano? ¿Por qué ir tan lejos, al punto de fundar una agencia y empuñar la espada de nuevo? ¿Por qué darle entrada a su trabajo, a su casa y a su vida, a alguien que apenas conocía?

Él no era un centro de caridad andante y por supuesto que en un inicio planeó echarlo, así que, ¿por qué vivían bajo el mismo techo a esas alturas?

—Y —continuó—, ¿cómo te sientes ahora? —Tuvo la necesidad de expresarse mejor tras ver una pizca de desconcierto en la expresión opuesta—. Yo… ¿aún te gusto? ¿Todavía sientes algo por mí?

Si el dolor de perder a Gen’ichirō había sido cruel y profundo, no podía imaginar lo que sería de él si se viera en la situación de sostener entre sus brazos el cuerpo sin vida de Ranpo. Le devastaba a un nivel inconmensurable pensar en aquello, al punto de no poder imaginar la escena con nitidez. Algo en su interior se lo impedía por su propio bien.

Sus valores y su moral le prohibieron ir más allá cuando Ranpo cumplió los veinte. Él rondaba los cuarenta años en aquel entonces. ¿Cómo podía atreverse a hacer algo así? ¿En verdad planeaba arrebatarle la juventud y los mejores años de su vida a quien se esforzaba en cuidar y proteger? Por supuesto que no, ni en un millón de años lo haría.

Sin embargo, ¿qué había ganado y qué había perdido en mucho menos de un par de décadas? ¿Qué sentido tenía seguir a rajatabla sus principios y su ética en asuntos donde no mandaba la cabeza sino el corazón? ¿Qué había hecho todo ese tiempo?

—¡Por supuesto! —exclamó Ranpo, con el tono tan risueño y enérgico que le caracterizaba.

Fukuzawa exhaló con lentitud el aire que contuvo de forma inconsciente. ¿Por qué esperaba una negativa? Y, ¿por qué experimentó tanta quietud al escuchar esa respuesta?

Sus sentimientos comenzaban a aclararse.

«Tal vez…»

Con un movimiento suave, casi delicado, Ranpo tomó entre sus manos la que Fukuzawa reposaba sobre su propia rodilla, inclinándose hacia adelante para reducir la distancia sin llegar a ser invasivo del todo.

—¿Eso es todo? —Ladeó el rostro, la mirada expectante.

Fukuzawa pasó los ojos de las manos hacia aquel par de irises verdes, brillantes y transparentes en sus intenciones. Parecían contener un océano de curiosidad, dispuestos a absorber cada palabra que pudiera emitir.

—Tienes delante a un chico de veintiséis años, soltero, con un buen trabajo y casa, que acaba de declararse, ¿y eso es todo lo que vas a decir?

La escena se tornó familiar con una precisión sobrenatural. Fukuzawa supo de inmediato que se trataba de un déjà vu o de un fragmento del pasado con nuevos matices. Por primera vez en días, supo que esa clase de recuerdos eran los que necesitaba revivir, en lugar de aquellos bañados en sangre.

—Con veintiséis años ya no eres un chico —respondió, la voz fluida, con trazas de un río que intenta volver a su cauce. Los dedos de la mano libre los sumergió en aquella mata de cabellos oscuros, cubiertos de manera parcial por una boina—. Eres un adulto. Uno muy joven. Y no sé si necesite recordarte que la casa es mía.

—¡Eso no…!

—Así que sí —interrumpió—. Aún tengo mucho que decirle al soltero con buen trabajo, que seguramente dejó los trastes sucios en remojo por flojera a lavarlos.

«¡Fui descubierto!». Frase que no alcanzó a pronunciar.

—Pero, quizá lo deje pasar por ahora —agregó, la voz suave y con un toque seductor, pues para ese instante la distancia entre ambos es escasa, él mismo la redujo mientras hablaba—, sólo por un momento.

Los sentidos de Ranpo, que por su agudeza le representaron una constante maldición en su infancia y su mejor herramienta de trabajo mientras crecía dentro de la agencia, le advertían de su propio pulso acelerado, del calor que amenazaba con aturdirlo y del cariño con el que el pulgar opuesto se movía sobre sus cabellos.

Con el primer roce de labios, la incertidumbre de Fukuzawa desapareció en un vacío abismal, eliminando cualquier rastro de que alguna vez estuvo presente. Un gran peso cayó de sus hombros. Entonces, supo que todo estaba bien, mejor de lo que había estado jamás.

El sutil roce se transformó en una búsqueda cuidadosa, similar extender los brazos en la oscuridad, porque ese camino no contaba con una luz que facilitara el recorrido. Ahora, más que nunca, debían confiar en algo inexplicable y más allá de la razón.

La mano de Fukuzawa abandonó de forma momentánea el calor que le brindaba la ajena para subirla hacia la espalda; primero, con una fina caricia; después, con la determinación por la que era conocido, aquella que absurdamente se tambaleó minutos atrás.

Descubrió que Ranpo no era el origen de su inseguridad, tan sólo se trataba del único ser vivo capaz de poner su mundo de cabeza en más de un sentido.

Se separaron lo suficiente para que, al abrir los ojos, no resultara incómodo. Planeaban exponer una cuestión que jamás tomó forma ni adquirió voz. El segundo en que sus miradas se encontraron fue suficiente para aclarar aquello.

Ranpo se equilibró sobre las rodillas, sostuvo el rostro de Fukuzawa, que siempre le había parecido elegante, apuesto. Se apresuró a besarlo una y otra vez, buscando saciar la sed y el hambre que mantuvo su cuerpo al borde de la agonía.

En respuesta, Fukuzawa tuvo que sentarse bien sobre el tatami para mantener la postura y no caer de espaldas, acomodando las piernas en flor de loto para que el chico hallara su lugar entre éstas.

Las manos parecieron adquirir conciencia propia, masajeando, presionando y deleitándose con la cintura opuesta, la fina curvatura de la espalda sobre la cadera y los hombros estrechos. Era emocionante descubrir cuánto podía abarcar de ese cuerpo sólo con el tacto.

Abrió los labios, en busca de un contacto más íntimo, algo que el muchacho también anhelaba, pues no hubo reparos ni titubeos cuando sus alientos se mezclaron. La lengua de uno se entrelazó con la del otro, degustando y deleitándose con algo tan adictivo como reconfortante.

A Ranpo, tan fascinado por el azúcar, se le hizo agua la boca al saborear la picante frescura del jengibre combinado con la amargura del té verde en la saliva del otro. Sabía que tendría consecuencias devastadoras al subconsciente, pues desde ese instante no podría oler el aroma del té que preparaba Haruno en las oficinas, sin revivir ese beso tan ardiente y desesperado.

Como si sus sensaciones estuvieran vinculadas de alguna manera, Fukuzawa no experimentó algo tan distante. Sin ser particularmente afecto a los dulces, la boca que degustaba casi con voracidad, desprendía la sedosa textura del cacao con leche. Era surreal lo bien que encajaba el chocolate con la pasión del momento, intensificando la experiencia y creando una conexión cada vez más profunda.

Era un beso inexperto, ansioso de aprendizaje y, tal vez, con más fluidos de los necesarios, pero que sabía a cariño, a deseo y a los más exquisitos placeres de la vida.

Carente de ganas e intenciones de separarse, y ante una respiración cada vez más caliente y agitada, Ranpo ahogó un gemido contra la boca opuesta.

Un libidinoso escalofrío descendió como rayo desde la cabeza hasta los pies de Fukuzawa, provocando que la piel se le erizara y que los impulsos más carnales y reprimidos comenzaran a escarbar con uñas y dientes un camino hacia la libertad.

Sin embargo, no deseaba frenar el impulso que llevaba. Era como si enormes olas de hielo y fuego colisionaran de manera constante en su interior y el violento vapor resultante envolviera cada una de sus células. Si así se sentía la lujuria, ahora entendía por qué los hombres cometían atrocidades y locuras.

No obstante, él era capaz de controlarse. O eso creyó, hasta que se tuvo que reprender a sí mismo, mordiéndose parte de la lengua, por retirar la corbata de un tirón y aflojar el primer botón de la camisa del muchacho para dejarle un par de marcas rojizas en el cuello.

Se apartó de golpe. La magnitud de sus acciones lo dejaron sin aliento por un momento.

—Eso fue… —musitó Ranpo, descompuesto y jadeante por lo rápido que escalaba la situación. Sus ojos, sin lugar a dudas reflejaban la incredulidad y el asombro que inundaban su mente.

Fukuzawa se aclaró la garganta. Pese a seguir impactado, la sensación que experimentaba era caliente y maravillosa, como si hubiera desenterrado un tesoro oculto en aquellas tierras vírgenes e inexploradas representadas por el cuerpo de Ranpo.

Era momento de parar.

—Creo que debemos…

Las palabras se interrumpieron cuando Ranpo se fastidió de apoyarse en las rodillas. Cedió al cansancio y se dejó caer despacio. Su trasero hizo presión sobre la entrepierna opuesta, obteniendo una especie de gruñido excitado que en la vida creyó escuchar por parte de Fukuzawa.

—¿... Ir a la cama? —intentó completar la frase.

—¡Detenernos aquí! —le reprendió.

—Pero… —Se echó hacia atrás para dejar a la vista el bulto bajo la yukata, sobre el que se sentó—, entonces, ¿qué vamos a hacer con esto? —Sin el mayor pudor, comenzó a frotar de arriba abajo por encima de la tela.

—¡Dejar que baje! —Tomó la muñeca del chico para suspender el masaje que amenazaba con aturdir a la cordura.

—¿Por qué? Necesitamos que esté duro para poder tener sexo. Al menos uno de los dos tiene que estarlo.

—Santo cielo —suspiró mientras se sobaba el puente de la nariz, los ojos cerrados.

Sin importar cuán acostumbrado estuviera a escuchar a Ranpo hablar sin rodeos, no dejaba de parecerle incómodo lidiar con esa clase de situaciones. Lo peor era que así le gustaba ese pequeño monstruo excéntrico, por lo que ni siquiera servía para que sus recién afloradas intenciones lascivas se desvanecieran.

El sonido de la ropa siendo removida lo trajo de vuelta a la realidad. Antes de tomar los extremos del chaleco junto a la camisa para cerrarlos y cubrir el torso expuesto, Ranpo lo sostuvo por la muñeca, haciendo que posara una mano sobre el pecho desnudo.

—Esto está bien —dijo Ranpo, sin despegar los ojos de los ajenos—. Estoy bien con esto.

No necesitó agregar ni una palabra más. Fukuzawa sabía a lo que se refería. Ese contacto tan íntimo rompería con la única barrera que quedaba entre ellos.

Los roles de cada uno, lo que deberían entregar, a lo que tendrían que acceder; en realidad, no era distinto a lo que representaba en la actualidad. La diferencia yacía en lo que la noche, esa noche, estaba a punto de presenciar.

Sin saber cómo ni en qué momento, terminaron en la habitación de Fukuzawa. Él, con el obi aflojado y la yukata abierta, buscaba despojar de sus prendas a un Ranpo semidesnudo a quien sólo le restaban los pantalones.

Su tacto debía resultar duro y áspero sobre esa piel nívea y tersa que no dejaba de recorrer con ansias de memorizar cada centímetro. La cintura parecía más delgada de lo que realmente era cuando cerraba las manos sobre ésta y presionaba en un intento porque los dedos se tocaran.

La ausencia de actividad física hacía que el abdomen fuera blando y agradable de sostener, al punto de descontrolar su propia fuerza. Sabía que empleaba más de la usual, pues la herida presente en su diestra escocía cada tanto.

Se desconocía a sí mismo, nunca antes había sido tan esclavo de sus impulsos como ese momento. Siempre supo cuándo parar; sin embargo, con la luz comenzando a escasear y guiándose por el resto de los sentidos, no imaginaba el resultado de todo eso. Se hacía una idea, por supuesto, pero las imágenes no eran nítidas en su cabeza. Ansiaba que el cuerpo del muchacho completara los cuadros que él no era capaz de terminar.

El contacto físico era sobreestimulante para Ranpo. En la vida creyó tener que lidiar con algo semejante. No era nada comparado con hacer que un compañero lo cargara o con rodear a alguien con los brazos para esculcarle los bolsillos. Si tuviera que describirlo con una palabra, diría que era “aterrador”.

¿Por qué? El raciocinio se le entumecía, viéndose incapaz de articular más que jadeos y monosílabos; el cuerpo se le calentaba, en especial en zonas erógenas que le hacían sentir escalofríos; los labios se separaban tan poco de los otros, que la dificultad respiratoria al inhalar el aliento ajeno resultaba embriagante; los ocasionales temblores y el ritmo cardiaco anormal se le antojaban dignos de un envenenamiento.

No obstante, como si controlara todo con un interruptor interno, apagó todas y cada una de esas onerosas alarmas.

¿Por qué? Porque nadie más que el mismísimo Fukuzawa Yukichi era responsable de ellas, y él no era veneno. Incluso si lo fuera, se dejaría intoxicar y corromper hasta la médula, una y otra vez hasta encontrar lo que buscaba.

Por el bien de ambos, no debía permitir que Fukuzawa parara. Quizá era egoísta y caprichoso, pero le emocionaba estar a punto de toparse de frente con la bestia, el lobo. El animal que tanto escapaba de su captura y a quien nunca dejó de perseguir. Resultó algo conveniente lograr atrapar a esa criatura por lo herida que se encontraba.

Con cuidado, aunque con cierta fogosidad, pasó las manos desde las clavículas hasta los oblicuos de aquel hombre. Incluso con las vendas cubriendo la mayor parte del pecho y un poco del abdomen, los músculos mantenían su posición y firmeza. Eran la constancia y la disciplina tomadas forma en el cuerpo de un humano.

Echó la cabeza hacia atrás en busca de oxígeno o en verdad perdería la consciencia por falta del mismo; cuando menos, su instinto de autopreservación indicó eso.

Cerró las manos sobre los omóplatos contrarios −¿en qué momento escalaron hasta allí?− al recibir una mordida en la piel del cuello que expuso de manera deliciosa para la fiera indómita y hambrienta que tenía delante.

Fukuzawa le colocó una mano al chico en la parte trasera de la cabeza, antes de acomodarlo sobre el futón de manera algo brusca. Acto seguido, introdujo los dedos bajo el pantalón y los interiores, tirando de éstos de forma tan apresurada que casi parecía ansioso.

Tomó lugar entre sus piernas, sitio donde era inexperto, mas no carecía de información.

—¿Tienes que mirar tanto? —pregunta que se antojó como reclamo—. Tenemos lo mismo —finalizó Ranpo, intentando cubrir con poco éxito su entrepierna, usando la yukata que el otro dejó caer por un lado mientras escrutaba con lascivia la parte inferior de su cuerpo.

Fukuzawa esbozó una media sonrisa. Se aprovechó de la improvisación del muchacho para deshacerse de sus calzoncillos y no permitirle ver nada al usar la tela entre ambos.

Ranpo fue consciente de la súbita curiosidad por ver a su pareja en completa desnudez. Ahora lo entendía.

Les bastó encontrar las pupilas para que Fukuzawa obtuviera el permiso de mandar la ropa al demonio. La ráfaga de viento que se produjo hizo que a Ranpo se le erizara la piel.

Fukuzawa colocó un antebrazo al costado del rostro opuesto y dejó que la gravedad hiciera lo suyo, permitiendo que las erecciones se rozaran durante el tiempo que le tomó extender el otro brazo para alcanzar el tarro de vaselina que acomodaron cerca, previo a la sesión de besos.

Era toda una experiencia para Ranpo. Sabía lo que sucedería, los pasos a seguir para preparar su cuerpo y, aun así, se mostraba ajeno y fascinado ante cada pequeño gesto y acción desarrollada frente a sus ojos.

—Sería mejor si te pusieras boca abajo —mencionó Fukuzawa mientras tomaba una cantidad generosa de vaselina con los dedos—, creo que será menos incómodo de ese modo.

Pese a que moría de ganas por observar las expresiones del muchacho, lo cierto era que prefería apostar por lo seguro.

Tal vez el chico fue consciente de sus pensamientos, porque no obedeció del todo; se colocó de lado y flexionó una pierna, brindando una perfecta visibilidad y fácil acceso entre los glúteos.

—Relájate —dijo con voz suave—. No te tenses. Si lo haces, será incómodo para ti.

—Entonces apresúrate y haz que no sea incómodo.

«Tan demandante» pensó. Por un momento fantaseó con que un Ranpo avergonzado sería más dócil, aunque lo conocía de sobra para saber que sería todo lo contrario.

—No es necesario ser impaciente —dijo, y se inclinó sobre la nuca de su amante para distraerlo con besos y mordidas delicadas mientras le introducía un dedo por el esfínter.

Intentó ser cuidadoso, pero al comprobar lo estrecho que era en realidad, su entrepierna se estremeció y tuvo que morderse el labio inferior para contenerse.

Ranpo cerró las manos sobre las cobijas, apretándolas con fuerza en un intento de frenar un gemido involuntario, que escapó en un susurro lento y apenas audible. Contra todo pronóstico, no podría seguir las instrucciones del presidente y, simplemente, «no estar tenso».

—Dime si estoy siendo muy rudo o te lastimo —pidió Fukuzawa, encargándose de mover el dedo en círculos para intentar encontrar la próstata.

Ranpo se relajaba lo justo para que pudiera entrar y salir, aunque eso no evitaba que de vez en cuando se estrechara más de la cuenta. Nunca se había tocado de esa manera. Se sentía invadido.

«Si estás así será más incómodo» dijo Fukuzawa para sus adentros, sin atreverse a expresarlo en voz alta porque casi era capaz de oír nuevas protestas.

Antes de ingresar el segundo dedo, empleó más lubricante. El anular se unió al medio con movimientos cuidadosos. Aprovechó encontrarse de rodillas para recorrer con caricias sugerentes las piernas contrarias en un intento por distraer a su chico y, tras constatar el nulo efecto, tomó valor para subir hasta la entrepierna y estimularla con un masaje lento, pero firme.

Ranpo sofocó un jadeo. No era como si tener dos dedos dentro fuera doloroso, sólo incómodo, así que agradeció enormemente que la atención fuera desviada hacia su pene, donde la humedad proporcionada por el líquido preseminal facilitaba la masturbación.

De vez en cuando Fukuzawa comprobaba si era capaz de introducir un tercer dedo, mas no forzaba nada. Era cierto que reprimía sus bajos instintos y se esforzaba en no cometer un error que le costara la jornada, pero comenzaba a impacientarse, al punto de fantasear con recibir un premio.

«No cualquiera tendría tanta paciencia, supongo». No era fácil contenerse cuando la estrechez ajena lo llamaba a gritos. Hacía lo mejor que podía para conseguirlo.

Simuló embestidas con movimientos precisos de muñeca, hasta que el chico se acostumbró a contraer y relajar de manera regular; sólo entonces, introdujo un tercero.

Los ojos de Ranpo, antes a medio cerrar, se abrieron de par en par, con la sorpresa reflejada en las pupilas dilatadas. Un dedo más abriéndose paso era... era... ¡¿Por qué comenzaba a doler?!

—O-oye, ¿no se supone que eso debe sentirse bien? ¡¿Por qué no se siente bien?!

—Tranquilo, estoy haciendo lo posible para no lastimarte —aseguró—. Ranpo, concéntrate —pidió, viéndolo a la cara—. Mírame.

Dejó de lado su labor de masturbarlo −que tan bien había funcionado− para usar como apoyo el brazo y lograr inclinarse sobre él. De no tener en el pecho una herida lacerante con riesgo de apertura, no dudaría en probar otras posiciones con mayor libertad.

Lo besó por enésima vez, en esta ocasión, con más delicadeza y cariño, en lugar de la pasión desbordante y la lujuria desesperada del inicio.

Ranpo rompió el contacto al ladear el rostro. Se acomodó boca arriba. No tenía muchas ganas de centrarse en nada, sino de apartar a Fukuzawa.

No lo hizo.

Tampoco podía enfocarse en algo específico. Los dedos penetrando, el beso, haber sido masturbado; comenzaba a perderse entre una cosa y otra.

—Fukuzawa... —Se mordió el labio inferior. Señaló con un fino movimiento la zona del cuello bajo la oreja. Sin estar del todo consciente, le indicó uno de sus puntos débiles, mas no le importó.

El nombrado arqueó las cejas con cierta estupefacción, pero no tardó en recobrar el control de su propia mente y decidió no hacer esperar a su chico, yendo por el punto señalado con un primer uso de la lengua, seguido de los labios.

Con el tiempo, el dolor se redujo para Ranpo. Percibía una ligera molestia, pese a que su cuerpo se sentía extraño, similar a tener fiebre.

«Ya no puedo más». Fukuzawa llegó a su límite.

Extrajo los dedos y adoptó una postura erguida aún de rodillas. Toda la atención que brindó no había hecho más que dejar su pene dolorosamente hinchado.

—Colócate en cuatro —pidió, aunque sonó a orden.

—No quiero —respondió, manteniéndose boca arriba en lo que veía cómo Fukuzawa untaba una generosa cantidad de vaselina sobre su erección con movimientos fluidos de arriba hacia abajo, en un intento por aliviar parte de sus necesidades.

—Lo hará más fácil para los dos.

—Pero yo quiero verte.

—No pienso discutir sobre est…

—¡Quiero hacerlo de frente! —interrumpió, insistente, aferrado a su posición y sus caprichos.

Fukuzawa inhaló con fuerza.

«¿Por qué tiene que ser tan terco?». Exhaló con calma por la boca, resignado a resolver con ingenio lo que estaba a punto de suceder.

—Que sea como tú quieras entonces.

—¡Viva!

Sin mayor dilación, Fukuzawa tomó una almohada cercana, la dobló sobre sí misma y colocó tras la espalda baja del muchacho para hacer algo de altura. Posicionó la punta del pene sobre el ano y se empujó contra este para abrirse paso hacia las paredes internas de su amante, a quien escuchó emitir un gemido prolongado, agudo y casi doloroso, además de verle arquear la espalda.

Se detuvo cuando el glande quedó dentro, no sólo para dejar que el otro se acostumbrara al diámetro, sino para acomodar cada pierna sobre un brazo y poder usarlas como apoyo.

A medida que la penetración se volvía más profunda, flexionó las extremidades contrarias, obligando a que las rodillas intentaran tocar el pecho.

El calor sofocante que se ceñía sobre su erección y que lo invitaba a delirar, se opacó con rapidez por unos gritos desesperados, urgentes y faltos de oxígeno.

—Basta. ¡Basta! Presidente, auch, ¡me voy a romper! ¡Ah! Aquí, aquí. —Se llevó ambas manos a las ingles—. ¡No soy nada flexible! De verdad, ¡me voy a romper!

Fukuzawa se echó hacia atrás para aliviar la reciente incomodidad. Conocía de primera mano la vida sedentaria de ese excéntrico hombrecito. Por algo le dijo que de frente no sería fácil.

En cierto sentido, a sus ojos, Ranpo no había cambiado nada desde que lo conoció y, a la vez, era tan diferente…

—Por esto te dije que era mejor si te ponías en cuatro. —Aunque una de sus cejas se contraía como evidencia de la irritación, su voz no sonaba como tal.

Bueno, sí.

Más o menos.

El rostro de Ranpo reflejó una mezcla de confusiones, con la mirada perdida en lo que tenía delante y los músculos faciales distendidos, señaló con el índice el sitio que los unía.

—No puedo tomarme en serio ese reclamo si me la estás metiendo.

Fukuzawa le empujó las piernas hacia el pecho.

—¡Ay, ay, ay! ¡No es cierto! ¡Sí puedo! ¡Sí puedo! ¡Sí puedo! ¡Ah!

Esta vez, tras soltarlo para suspender la tortura, Fukuzawa se aclaró la garganta en un triunfal intento de sofocar la risa.

—Tendrás que comenzar a hacer estiramientos. —Ver cómo los ojos del muchacho se ampliaron, exponiendo el terror ante la idea, era todavía más ridículo, así que decidió aclarar el asunto—. Un par de ejercicios al día para mejorar la flexibilidad.

—Serán sólo cinco minutos, ¿cierto?

—Media hora.

—¡D-diez! —¿Por qué titubeó?

—Media. Hora —puntualizó—. No necesitamos a dos holgazanes en la agencia.

—¡Yo llegué primero! —Ni falta hacía mencionar al otro—. Es mi privilegio por derecho de antigüedad.

—Cincuenta min…

—¡Media hora está perfecto! —interrumpió, antes de empeorar más su fatídico destino.

Fukuzawa suspiró. En el fondo, le aliviaba no extender la plática o perdería las ganas de continuar con lo que estaban haciendo.

—Ya tendremos más oportunidades para probar con otras posiciones.

Al comprender lo que significaban esas palabras, no sólo los ojos de Ranpo se iluminaron con un brillo que haría ver a las esmeraldas genuinas como imitaciones, sino que las mejillas se le colorearon con los tonos rojizos del amanecer.

Fukuzawa juntó las piernas del chico y se las echó sobre un hombro, sosteniéndolas con firmeza.

—¿Qué tal así?

Ranpo asintió.

Antes de proseguir, Fukuzawa empleó su mano sana, algo pegajosa a causa de la vaselina, para propinarle una sólida y maliciosa nalgada. Pese a lo fuerte que se escuchó, no fue nada en comparación al chillido que soltó el otro, algo que, más que causarle satisfacción, hizo que su erección palpitara.

—¡¿Y eso por qué fue?!

—Lo merecías.

—¡¿Hah?!

No mintió.

Años atrás, en muchas ocasiones se quedó con las ganas de soltarse un buen golpe en el trasero a modo de reprimenda. Ahora, no sólo brindaba alivio a sus deseos reprimidos −en más de un sentido−, sino que descubría nuevos y más eróticos objetivos.

Continuó introduciéndose en ese cálido cuerpo al que despojaba de la virginidad, hasta que los testículos chocaron contra sus glúteos. La presión y la temperatura lo indujeron a emitir un gruñido placentero.

Se volvió consciente de la privación sexual a la que se había sometido sin ser realmente conocedor de aquello. Impuso un vaivén constante, nada forzado, pero que le permitía aplacar las ganas de hundirse con brusquedad.

Se preguntó si Ranpo se sentiría igual. Si habría desconocido de esa necesidad tan íntima hasta ese preciso momento o si, por el contrario, fuera consciente de que le hacía falta.

No obstante, no tenía que preguntarlo siquiera. Le conocía lo suficiente para saber que su cerebro no funcionaba como el del resto de la gente y que sus razones poco o nada tenían relación con satisfacer algo carnal.

Extendió una mano hacia al rostro de su amante y fue capaz de percibir el afecto y el deseo con los que Ranpo se restregó contra su palma.

Le recordó a un gato. Tal vez, a uno en exceso mimado.

La verdad era que Ranpo no estaba interesado en mantener relaciones con Fukuzawa ni mucho menos, incluso cuando su comportamiento en las últimas horas pudiera indicar lo contrario.

Él no tenía problema en entregarse de aquel modo justo porque se trataba de Fukuzawa, el hombre más determinado, imponente y noble que conocía; sin embargo, sus motivos iban más allá.

El primero de ellos era, por mucho, más enrevesado e intrincado que el segundo, puesto que, desde el primer momento en que se conocieron, Fukuzawa dejó en Ranpo una sensación de presencia inaccesible que, quizá, fue su principal motivador para encontrar una forma de intimar con él.

Cuántas locuras irracionales fueron ideadas por su subconsciente mientras crecía, con el afán de encontrar la hebra del estambre que le permitiera desenmarañarlo por completo. Justo en los instantes en los que Fukuzawa recorría su cuerpo con vehemencia y llenaba su piel con besos entusiastas, supo que lo había conseguido.

Sabía que ese hombre era capaz de amar, no sólo de corresponder un sentimiento. Hablaba de amar, amar. Auténtica y genuinamente. Con una fuerza tan vasta como el océano y con la misma intensidad de su profundidad.

Había conseguido que ese hombre, su hombre, abriera los brazos para aceptar en su corazón a alguien que pretendiera entrar en su vida y ese alguien no era nadie más que Edogawa Ranpo.

El segundo motivo era tan simple como ridículo: evitarle una crisis de mediana edad.

Enfocado en los estímulos que su cuerpo recibía, aunado a la experiencia psicológica del evento, no tardaría en venirse sin siquiera haberse tocado. Podría parecer que la manera en la que el otro besaba, lamía, mordía sus tobillos y pantorrillas, tenía un efecto afrodisíaco.

No obstante, su amante paró en seco y se llevó la mano libre al abdomen. Advirtió de inmediato cómo frunció el entrecejo y apretó la mandíbula. Un suspiro escapó de sus labios, mezclando la sorpresa y el dolor.

De un momento a otro, Fukuzawa experimentó una molestia en parte del abdomen. No resultaba insoportable, aunque lo obligó a tomar un respiro. De existir una mejor iluminación en la habitación –sin ofender la labor de la pequeña y alejada lámpara de lectura sobre el escritorio– la mácula de sangre, cercana al borde inferior del vendaje que llegaba a medio torso, no se habría perdido en la constante danza de sombras a su alrededor.

Ranpo hizo un esfuerzo titánico para bajar las piernas, apartarse con sumo cuidado de la virilidad ajena y acomodarse frente a frente.

«Vaya sensación más rara» pensó, al no resultar nada sencillo acostumbrarse a tener un pene metido en el trasero.

—¿Presidente?

—Estoy bien —respondió, la respiración agitada a causa de una mezcla entre la actividad reciente y el súbito malestar—. Estoy…

Dejó las palabras en el aire al ser sorprendido por un Ranpo que le tomó de los hombros y lo obligó a quedar de espaldas al futón.

«¿Eh?». Debía encontrarse en el extremo de la confianza o la debilidad para que alguien con la fuerza de ese chico lo sometiera con tanta facilidad.

Centró su atención en Ranpo, en cada pequeño movimiento que ejecutaba. A esas alturas no era inusual para él analizar la extrañeza de sus acciones. Los ojos le brillaban con afecto ante cada gesto que este esbozaba.

Ranpo terminó a horcajadas sobre el abdomen de Fukuzawa, en la parte inferior carente de vendajes. Como pudo, acomodó entre sus glúteos la erección de su pareja y, sin meditarlo demasiado, se penetró por completo de un sentón.

Su interior se contrajo. Fue doloroso. Por más que intentó relajarse, no lo logró. Dejó las manos sobre las clavículas contrarias y al poco tiempo le siguió la frente.

Fukuzawa necesitó los remanentes de la fuerza de voluntad que todavía guardaba dentro de sí para no correrse por algo tan simple, y es que el chico apretaba... ¡Y cómo lo hacía! Moría de ganas por aumentar el movimiento, pero se contuvo.

Aprovechó la cercanía para repartir mimos sobre aquellos cabellos negros, revueltos y esponjados por la reciente actividad. Asimismo, paseó una mano por toda la extensión de la columna a modo de distracción personal. No bastaría para despistar a la lujuria, pero ganaría tiempo.

—¿Ranpo? ¿Estás bien?

La pregunta era estúpida, porque estaba claro que no era así. Lo escuchaba gemir de forma ahogada, con el aliento chocando una y otra vez contra su cuerpo.

—Duele —emitió en un quejido lastimero, mientras dirigía una mano a sobarse la ingle—. C-creí que si sólo me sentaba… ¡¿Cómo puede ser esto tan complicado?!

Fukuzawa soltó un suspiro largo y tranquilo. Le alivió saber que el dolor era tema de su flexibilidad –otra vez– y no por haberse provocado una lesión en una zona tan delicada.

—Tal vez deberías dejarme esto a mí.

Ranpo asintió con sollozos afirmativos, un poco exagerados, como si intentara encontrar consuelo en medio del drama.

Fukuzawa esperó un minuto entero. Lo contó para mantener los pensamientos libidinosos entretenidos. Le pareció extraño que Ranpo se mantuviera quieto como una estatua.

—¿Sucede algo?

—No puedo moverme.

Fukuzawa levantó una ceja, inquisitivo.

—Creo que me quedé empalado en esta cosa.

—No lo llames cosa.

«¡Y tampoco lo compares con un empalamiento!» terminó de decir para sus adentros.

En verdad, ese muchacho era un experto en arruinar el ambiente. Habría dado por finalizada la sesión de sexo, de no ser porque el propio Ranpo le brindaba una escena magnífica y sublime en términos pornográficos.

Vio de la boca escurrir un hilo de saliva, más líquida que viscosa, que se derramó sobre su cuerpo. Supo que no fue intencional, pues cerró al instante y tragó en reflejo. Emitía sonidos cortos, repetidos y sugerentes, unos cuantos decibeles más agudos a su tono habitual, como cuando hacía berrinche, con la importantísima distinción de que se escuchaba fogoso y necesitado.

Todo mientras le veía contonear la cadera en un vaivén suave, que en un parpadeo cambió a un subir y bajar breve, pero persistente, evidenciado aun más por el rebote de su erección.

Cuando Fukuzawa notó lo que hacía, la respiración se le iba en jadeos pesados y las manos habían rodeado con fuerza la delgada cintura del muchacho. Los dedos se hundían en la carne con tanto brío, que Ranpo se quejó porque lo lastimaba.

—Per… Perdóname. —Era consciente de que Ranpo hacía más que embriagar sus sentidos con sensualidad, porque ni siquiera experimentaba culpa al mantenerlo en la misma posición, pese a haber escuchado la declaración de su dolor.

Colocó los dedos sobre las rodillas ajenas, después, los dedos y el resto de la mano, deslizando hacia arriba mientras saboreaba con el tacto aquella piel tan tersa y firme, que le quitaba la tensión remanente del día.

Amasó despacio la cadera y presionó al chico hacia abajo con el afán de grabar a fuego cuán exquisito y delirante resultaba estar dentro por completo.

—Te ayudaré con esto —dijo, pasando las manos hacia los glúteos, los cuales, se contuvo de acariciar con descaro.

En su lugar, ayudó al otro a elevarse para interrumpir la penetración.

Su hombría palpitaba en ruegos silentes para regresar al interior de ese precioso cuerpo. Si algún dios fijaba su atención en Fukuzawa, sólo él sabía cuánto se esforzaba aquel pobre hombre para no sentar a Ranpo a la fuerza.

No obstante, un demonio sí que decidió hacer de las suyas y, de la nada, la mano herida comenzó a escocer, previo al inminente sangrado que coloreó el vendaje con una tonalidad carmín.

Faltó poco para que el chico se desprendiera del todo, así que decidió soltarlo con la intención de evitar una reapertura completa en su mano. Por desgracia, el muchacho no pudo con su propio peso y volvió a penetrarse.

Un chillido agudo y estridente hizo eco dentro de esas cuatro paredes. Una parte delicada y muy sensitiva fue golpeada en el interior de Ranpo, cosa que propició la inutilidad de las extremidades de forma repentina. Empleó los antebrazos para no caer de bruces y los codos recibieron la inercia de la caída, presionando, sin malas intenciones, la mayor extensión de la herida en el pecho de su pareja.

El daño experimentado fue tan intenso, que las facciones de Fukuzawa se descompusieron al instante. Apretó la mandíbula y cerró los ojos con agonía. Las manos buscaron por instinto protegerse, encontrando a Ranpo en su camino.

En un movimiento urgente, carente de afecto, tomó los muslos de su amante para asegurarlo en su sitio, e invirtió posiciones con un giro demasiado brusco y rápido. Extrajo su pene, todavía duro, y esta vez fue él quien reposó la frente entre las clavículas opuestas, escondiendo la expresión que delataba su sufrimiento.

Un suspiro ahogado escapó entre sus labios apretados. Los jadeos angustiosos e irregulares chocaban con atropello contra el cuerpo debajo, como si cada respiración fuera un eco de su lucha por mantener la cordura sobre la tortura.

Se encontraba al borde de un abismo físico y mental. Cada inhalación era un susurro ronco, como si sus pulmones suplicaran piedad. Cada exhalación era un gemido ahogado, como si el esfuerzo mismo resultara una carga insoportable. Cada latido del corazón era un recordatorio de su fragilidad.

—Ranpo…

—¡Pre-presidente! ¡Yo-yo…! —El terrible accidente lo llenó de angustia y desesperación.

No tenía intención de lesionarlo. ¡¿Por qué razón lo haría?! Incluso si le costaba trabajo y había dicho que le lastimaba estar encima de él, sabía que era su culpa por montarse en primer lugar; además, no era algo insoportable o que le afectara de gravedad. ¡Sólo buscaba hacerle sentir bien! ¡Sentir algo placentero!

—No-no era mi intención. —Las manos le temblaron casi tanto como la voz. El peso de la culpabilidad lo aplastaba.

Cada segundo se transformaba en una tormenta de remordimiento. El incidente se repetía una y otra vez en su cabeza, clavándose como espinas sobre la piel.

La conmoción que poco a poco se apoderó no sólo de las palabras del chico, sino de su cuerpo, no pasó por alto para Fukuzawa. No pretendía reñirle ni mucho menos.

—No pretendía…

Le colocó una mano sobre la boca. En todos los años a su lado, no conocía un mejor método para callarlo.

«Cómo me haces ver mi suerte» palabras que no logró articular. Prefería recuperar el aliento.

Al poco tiempo, usó los antebrazos como apoyo para acomodarse. Sin prisa, trazó un camino de besos desde el esternón hasta el cuello, donde marcó los dientes con saña; luego, pasó la lengua por encima y finalizó al depositar los labios con ternura.

Ranpo emitió una queja, la mordida provocó que lagrimeara, pero consiguió sobreponerse.

—Estamos a mano —agregó Fukuzawa, apaciguando el ambiente sin bajar la temperatura.

—Estás sangrando —afirmó, aunque se antojó como pregunta.

—No pasa nada —la ausencia de jadeos opresivos volvía más creíbles sus palabras, aunque sabía que no podría engañar a su detector de mentiras personal—. Se abrieron algunos puntos, nada serio —decía la verdad.

Distinguía una herida abierta con riesgo de hemorragia, de una expuesta por accidente con un proceso de cicatrización eficaz. No era la primera vez que ocurría. Las cicatrices blanquecinas que adquirió en sus veintes, representaban páginas dobladas en su historia de vida. A esas alturas, eran apenas perceptibles al tacto, así como un importante vestigio de que sabía de lo que hablaba.

—No me refería a eso. —Ranpo inclinó el rostro hacia la mano que fue atravesada de lado a lado en su última batalla.

Las vendas estaban empapadas. Allí donde Fukuzawa tocaba, dejaba una impresión escarlata vibrante. Parte de la cadera y el lateral de uno de los muslos del chico se encontraban manchados.

—Eso… Eso tampoco es un problema —sonaba convincente, sólo resultaba hilarante que no lo pareciera.

—Me consta. —Elevó una pierna para frotar la erección contraria con la rodilla. Pese a lo ocurrido, no se había ablandado ni un poquito—. Para estar perdiendo sangre y que esto siga así de duro…

—Ranpo. —Experimentó escalofríos.

—¿Eres masoquista? —Detuvo el improvisado masaje a la espera de una respuesta coherente.

Fukuzawa se inclinó de nuevo sobre él y supo que le propinaría otra mordida, así que lo frenó haciendo uso de los brazos. No era fanático de sufrir.

Sin embargo, el muy astuto presidente lo pescó por el canto de una mano y le regaló otra bonita hilera de dientes.

—¡Ay, ay, ay! —Intentó apartarlo, tirando de su propia extremidad y empujando al otro por el hombro—. ¡Suficiente! ¡Me queda claro que eres del tipo sádico!

Con un resoplido y una mueca victoriosa, Fukuzawa se dio por servido. Los gestos exagerados del chico eran un deleite a la vista. O lo eran a la suya, que ya se había trastornado por años de vivir con ese dramático empedernido que hacía de su existencia una obra de teatro interminable.

Pese a que su rostro no lo demostrara con frecuencia, desde el más mínimo contratiempo hasta los momentos de alegría, los vivía con una intensidad desbordante. Resultaba agotador en ocasiones, aunque no podía negar la existencia de esa chispa que no dejaba que la vida se tornara aburrida.

En definitiva, Ranpo había llegado a mover de manera constante el suelo que pisaba, a agitar sus emociones en los momentos más inesperados y, sobre todo, a darle un nuevo sentido a cada uno de sus días.

De hecho, nunca le había prestado tanta atención a un ser humano como lo hacía con él. Jamás se había fijado en otra persona sin importar su sexo. Ese chico era el primero y el único que había conseguido cautivarlo por completo. Y le encantaba.

Ahora que había probado sólo un poco de él, sabía que ya no sería capaz de vivir sin su compañía.

Se acomodó de costado, por un lado de su amante. Le apartó algunos mechones del rostro, con cuidado de no mancharlo, para observar mejor sus facciones.

El color verde le parecía reflejo de esperanza y serenidad; le gustaba, no por nada lo escogió como la tonalidad de su yukata de diario; sin embargo, los ojos de Ranpo eran todo un tema. Ese par de irises esmeralda, tan desbordantes de vitalidad, tenían en él un efecto relajante y rejuvenecedor.

Se preguntó si el chico lo asociaría con algo similar, convirtiéndose en un total ignorante del hecho de que las canicas azules −de las botellas de ramune− que el otro reunía como parte de un pequeño tesoro, era porque le recordaban a sus ojos.

Casi como la primera vez en el comedor, acercó sus labios a los del chico. Los acarició con suavidad, la textura con indicios de resequedad, le hizo pasar la lengua por encima, antes de unirse en un cálido y húmedo beso que no trató en profundizar.

Con la mano libre decidió explorar aquel fino y delgado cuerpo. La piel parecía fundirse al calor de los dedos. No quería posar la palma por completo para evitar ensuciar el impecable lienzo sin imperfecciones, pero le fue imposible. Moría de ganas por abarcar tanto como pudiera.

Formó leves círculos al alcanzar el vello púbico, percibiendo la manera en que el otro hundía la parte baja del vientre en reflejo; luego, cerró la mano sobre el miembro erecto y no dudó en masturbarlo del modo que conocía, tras haber recurrido a aquella práctica un par de ocasiones en el pasado.

Ranpo ahogó un quejido en la boca opuesta, no de molestia, sino ante la conmoción de recibir una serie de estímulos abrumadores. Por instinto, llevó las manos hacia el cuello del presidente, hasta rodearlo con los brazos, profundizando el contacto.

Más que el simple movimiento de bombeo sobre la extensión del pene, Fukuzawa se concentró en masajear el glande con el pulgar, trazando amplios círculos en una dirección, antes de presionar la punta, frotar hacia abajo y reiniciar la acción en sentido contrario.

Se lo tomó con calma cuando Ranpo echó el rostro hacia un lado para cortar el beso. Su pecho subía y bajaba de forma profunda, agitada. Al notar los pequeños temblores de su cuerpo, dejó de masajear su erección.

Ya iba siendo hora de llegar al final.

—Ranpo, hazme caso esta vez —susurró contra su oído, la voz ronca, con tintes de una lujuria inequívoca—, y colócate boca abajo.

Ranpo asintió.

Las extremidades no le respondieron como esperaba. Esa simple acción resultaba similar a luchar contra la gravedad misma.

¿Por qué? Hace unos minutos no se sentía tan pesado.

Cuando lo logró, se tomó la libertad de levantar la cadera, con las rodillas como soporte, aunque dejó el pecho pegado al futón.

La vista era obscena e indecente desde muchos ángulos. Fukuzawa se encargó de captar todos y cada uno de ellos para deleite personal. Pensar que el chico de catorce años, causante de todas sus migrañas a los treinta, era el mismo que, en la plenitud de sus veintes, era capaz de proporcionarle tremendo placer visual.

Untó más vaselina sobre el bonito ano que tenía al frente, antes de meter un par de dedos para comprobar la dilatación.

—¿Incomoda?

Ranpo negó con un sonido similar a un «mh nh».

Aquello le bastó para extraer el par de dígitos y reemplazarlos con su erección. Ansiaba introducirse de golpe. Apenas se contuvo para no hacerlo y, en su lugar, lo hizo de manera pausada, pero sin reparos.

No dilucidaba cómo era que aquellas apretadas y calientes paredes lograban mandar el raciocinio de sabático. Sólo deseaba hundirse con fiereza hasta saciarse.

Se sorprendió cuando justo eso hizo al tomar a Ranpo por la cintura y moverlo a un ritmo conveniente. Los gemidos escandalosos que éste emitía no se quedaban atrás.

Se obligó a parar en seco cuando el muchacho giró la cabeza para verlo por encima del hombro, con los ojos cubiertos con una fina capa de líquido que amenazaba con romperse en cualquier momento.

Emitió un gruñido que a todas luces anunciaba haber ido demasiado lejos al pensar con la cabeza equivocada.

—¿Te estoy presionando mucho?

—No.

«¿Entonces qué es lo que…?» interrumpió a su voz interna al recordar el capricho inicial del chico.

—¿Quieres ver?

Asintió.

Con cuidado, Fukuzawa se colocó encima del cuerpo ajeno, cubriéndolo con su temperatura, mezclando su sudor.

—Ya habrá más ocasiones para eso —le aseguró, plantando un beso por detrás de la oreja—. Disfrutémoslo así por esta ocasión.

Tomó una de las manos de Ranpo por el dorso, entrelazando los dedos y gozando la manera en que era correspondido.

Reanudó las embestidas. Dada la cercanía, sólo podía extraer el miembro por la mitad previo a introducirlo de una fuerte estocada.

Pese a lo escandaloso que solía ser Ranpo de manera cotidiana, le sorprendía que lograra moderarse. Jadeaba de un modo audible, emitía súplicas ahogadas y no articulaba más que monosílabos. Descubrir esa faceta en él lo animaba a hundirse con mayor brío, a la espera de obtener mejores y más placenteros resultados.

Dos neuronas le conectaron lo necesario para maquilar una idea fabulosa. Sabía que había algo que a su chico le gustaba más que los dulces.

—Ranpo —murmuró contra su oído. La voz, en una cadencia seductora, pretendía tornar más erótico el ambiente—. Lo estás haciendo muy bien.

En efecto, dejó a Ranpo sin aliento.

—Puedes sentirlo, ¿verdad? Te contraes con mayor regularidad cuando la meto —cuidaba ser gráfico sin resultar demasiado vulgar—. Y la forma en la que te acomodaste antes… Dios, lucías fascinante.

Ranpo soltó el aire que no supo que estaba conteniendo. Los latidos de su corazón parecían vibrar al unísono ante el deleite de lograr complacer a su pareja.

Una euforia total se apoderó de él, externándola en gimoteos extasiados y un sutil vaivén de cadera que acompañaba a la entrepierna contraria cuando chocaba con su trasero, propiciando un eco de golpeteo seco, que elevó aun más la satisfacción del sexo al que era sometido.

Justo eso era lo que quería ver Fukuzawa, recompensando al muchacho con una serie de besos por la nuca y la base del cuello, imprimiendo marcas de su recién descubierta pasión y deseo.

Bastaron un par de segundos para que Ranpo advirtiera una presión entre las ingles, seguidas de un cosquilleo característico con el que derramó su semen en las cobijas.

No obstante, le siguió una agitación difícil de controlar. Sus pulmones, tan eficientes en el trabajo que habían hecho toda la vida, parecieron experimentar fallas irreparables.

—Fuk.. wa… mh… —ni siquiera era capaz de articular, tenía la mente en blanco.

—Aguanta un poco más. —Se percató al instante que su chico se había venido—. También estoy cerca.

Los gemidos excesivos y angustiosos de Ranpo potenciaban su libido. No dejaba de resultar increíble que el muchacho tuviera ese lado tan… tan… sexy. Desconocía si esa palabra era la adecuada, pero sin lugar a dudas lo volvía loco.

Se irguió tras él. Plantó un pie en el suelo de tatami, en perfecta escuadra; afianzando más el agarre a la cintura, impuso un vaivén rudo, casi violento, como una bestia hambrienta y deseosa de saciar sus más bajos instintos.

Como era de esperarse, las últimas embestidas fueron las mejores y más satisfactorias, otorgándole el tan anhelado orgasmo que persiguió de manera inconsciente durante toda la sesión.

El ritmo acelerado de su respiración resonaba en el aire, marcando el compás de su esfuerzo y los remanentes de éxtasis. El sudor perlaba su frente y el pecho se alzaba y caía con fuerza. A pesar del cansancio que lo abrumaba, no dejó de entrar y salir de aquel cuerpo, aunque con un ritmo más pausado y errático.

Dejó de penetrarlo cuando Ranpo se dejó caer de lleno sobre las cobijas.

Algo le hizo clic en el cerebro tras varios minutos de mutismo.

—¿Te encuentras bien? ¿Cómo te sientes? —inquirió, ayudando al muchacho acomodarse boca arriba.

Le resultó enternecedor toparse con unos gestos suaves y descompuestos, como si estuviera al borde del lago que separa la realidad de la fantasía. Esa expresión de cariño y vulnerabilidad hizo que dejara de ser dueño de sus acciones.

Tomó aquel rostro entre sus manos y procedió a besarlo con delicadeza, como si fuera a romperse en cualquier instante, olvidando que momentos atrás lo profanó con un entusiasmo casi animal.

Continuaron así un largo rato, al menos hasta que Ranpo cayó rendido y no pudo más. Fue el primero en sumergirse en un sueño profundo y pesado, dejando que Fukuzawa se las apañara con su cuerpo inconsciente.


Al amanecer, a diferencia de los días anteriores, Fukuzawa rebosaba de energía y vitalidad, como si hubiera sido transportado a un oasis de calma y serenidad. Cada músculo del cuerpo le exigía retomar los entrenamientos matutinos de sus años de gloria. Claro que continuaba con la rutina, tan sólo bajó dos rayitas a la intensidad y, por temas de recuperación y descanso, decidió suspenderlos una temporada.

Se preguntó si sería el mismo caso para el perezoso detective que seguía en el quinto sueño encima de él, recostado sobre la parte no lesionada de su cuerpo. Le llamaba la atención verlo tan tranquilo y apacible como un gato echando la siesta.

Le sorprendió que la carencia de iluminación no privara del sueño a Ranpo −sabía que no podía dormir en una habitación en completa oscuridad−, así como el hecho de que no se moviera en toda la noche. Por lo general, con Ranpo las patadas y manotazos estaban asegurados, y las cobijas terminaban desperdigadas por toda la recámara, menos donde debían de encontrarse.

Mientras salía despacio del futón, reparó en la cantidad de mordidas y moretones que la piel de Ranpo exhibía, en especial en las zonas del cuello, cadera, cintura y piernas. Tal vez se le había pasado un poco −en exceso− la mano.

Dejó escapar un suspiro pesado, a sabiendas del drama que se le vendría encima en cuanto Ranpo abriera los ojos.

Tras asearse y hacer un cambio de vendajes en la mano, llevó agua tibia y unas toallas de mano para limpiar el cuerpo de Ranpo. Los rastros de su propia sangre, ahora seca, en partes tan íntimas, hizo que la memoria le jugara en contra, reviviendo las sensaciones pasionales de la noche anterior.

Por suerte, hacía décadas dejó atrás la adolescencia y no era esclavo de sus impulsos, logrando mantenerlos bajo control. A lo mucho, los pómulos se le colorearon de carmín.

Tras finalizar la labor y salir de la habitación, abrió la puerta para responder al llamado del timbre.

—Buenos días, presidente —saludó Haruno con una pequeña reverencia.

—Buenos días —dijo, mientras cedía el paso al interior de la casa—. Puede que a partir de mañana ya no tengas que interrumpir tu rutina para venir aquí —miró de reojo la bolsa de tela rosa donde ella transportaba desayuno para tres—, me siento mejor ahora.

—Justo eso iba a decirle. Se ve mucho más repuesto que ayer. Es bueno que al fin haya podido descansar, pero, si no le importa, me gustaría seguir haciendo esto hasta que la doctora Yosano diga que puede retomar sus actividades regulares —insistió, genuinamente preocupada por el hombre al que veía, más que como un jefe, como un padre—. Todos en la agencia esperamos su regreso, así que no debe esforzarse si no es necesario.

Fukuzawa se limitó a asentir. Incluso si intentaba convencerla, ella se aferraría a lo que comentó con anterioridad, por lo que la decisión final recaía en Yosano.

En el fondo, disfrutaba y agradecía de corazón la comida casera. Siempre se aseguró de ingerir alimentos balanceados, pero un restaurante no lograba compararse a la atención y la calidez de un hogar. El sabor cambiaba.

Sus labios hicieron amago de proferir una palabra. Un alarido desgarrador atravesó la plática del mismo modo en que un rayo parte el cielo.

—¡Ah! ¡Presidente!

—¿Es…? ¿Sucedió algo con Ranpo? —preguntó Haruno, extrañada por el grito dramático que no resultaba tan inusual como debería.

—No, nada. Él está perfectamente bien.

—¡Esto no es bueno, Presidente! ¡No siento las piernas! ¡Me duele todo! ¡¿Acaso es una señal?! ¡Me voy a morir! ¡Seguro que voy a morir!

—¿Lo ves? Está perfecto —agregó Fukuzawa—. ¿Conoces a alguien en malas condiciones que tenga esa energía tan temprano por la mañana?

Haruno no quería responder que sí conocía a un sujeto igual de exagerado. En la misma Agencia. A ese paso podrían ofrecer servicios teatrales.

—¡Ven! ¡Rápido! ¡Quizá esté en mis últimos momentos! ¡Fukuzawaaa!

—Iré acomodando los platos sobre la mesa —anunció Haruno.

«No actúes como si esto fuera normal», pensó Fukuzawa, agradecido de que Ranpo no fuera tan imprudente como para salir desnudo de la habitación. Más bien, agradecido de que no sintiera la parte inferior del cuerpo, porque sabía de sobra que no le importaría dejarse ver en su estado actual.

Antes de acudir al lado de la desafortunada criatura que aseguraba encontrarse en su lecho de muerte, pasó por ropa cómoda para vestirlo: una pijama.

—Cualquiera que me viera en este estado, pensaría que fui víctima de violencia doméstica en lugar de un arrebato pasional —agregó Ranpo, con los ojos señalaba sus propias caderas.

—No vayas a decir eso frente a Haruno, mejor pensemos en cómo justificar esto. —Pasó con suavidad los dedos por el cuello ajeno, indicando cada marca y mordida evidente.

—¿Por qué debería?

—Sería incómodo para ella saber lo que hicimos anoche.

—Ah, pero eso ya lo sabe.

No tuvo que formular la pregunta, la mirada inquisitiva que le dio al chico a la espera de una explicación fue más que suficiente.

—¿No lo recuerdas? —continuó Ranpo—. Me desvestiste en el comedor. Tu hakama está junto a mi boina, corbata, chaleco y camisa. ¿Crees que no va a sacar sus propias conclusiones? Es una chica lista. Aunque no como yo, por supuesto. —Se ajustó unos lentes imaginarios—. A mí me habría tomado un segundo saberlo todo en cuanto abrieras la puerta de la entrada.

No esperó escuchar la explicación completa: aunque Fukuzawa no se levantó con un movimiento ágil y explosivo por las heridas, eso no le impidió acelerar el paso para acudir adonde su invitada, encontrándola de pie en la sala con un tic nervioso que la obligaba a entrelazar los dedos.

—P-presidente, justo iba a decirle que me llegó un mensaje de Naomi y debo encontrarme con ella cuanto antes.

A leguas se notaba que era una mentira.

—Por favor, disfrute del desayuno con Ranpo y no se preocupe por mis recipientes. Más tarde pasaré por ellos. —Se colocó el calzado con prisa en el genkan—. Le-le haré una llamada con tiempo para no interrumpir nada cuando venga. ¡Con permiso!

Más que articular palabras para despedirse, Fukuzawa alcanzó a dejar una mano al aire.

«¡Lo dedujo todo!». En cualquier otra ocasión, se habría sentido orgulloso de que inclusive el personal no combatiente de la agencia tuviera esas cualidades.

—¿Lo ves? —Ranpo encogió los hombros en cuanto vio a Fukuzawa regresar con los suyos caídos—. Te lo dije. —Alzó los brazos después de colocarse la parte superior de la pijama—. Ahora necesito que me ayudes. Es verdad que no puedo ponerme de pie.

Los ojos de Fukuzawa se posaron sobre aquel muchacho sin verlo en realidad. Conectó los hechos con las frases que éste había soltado a todo pulmón y exhaló un eco derrotado.

—¿Qué pasa?

—¿Qué voy a hacer contigo? —Esa era una pregunta que llevaba haciéndose más años de los que le gustaría aceptar.

—Llevarme a comer. Desperté con mucha, mucha hambre.


Yosano aseguró el extremo del vendaje con cuidado para dar por finalizada la curación.

—Eso es todo, Presidente —dijo, ayudando a éste a acomodarse la yukata, antes de proseguir con el hakama—. Las indicaciones son las mismas que la primera vez: nada de esfuerzo excesivo, reposo y si antes de quince días tiene alguna incomodidad, no dude en venir a verme.

—Te lo agradezco.

—Sé que ya lo dejó claro la primera vez, pero, ¿en verdad no quiere que use mi habilidad?

Para Fukuzawa había heridas que debían sanarse con el paso natural del tiempo. La suya en específico, se mantendría como el último recuerdo de la despedida de un viejo amigo. No era algo de lo que deseara deshacerse.

—Claro que… —continuó Yosano—, no sólo desaparecería la cicatriz del pecho y la mano, sino también el resto, inclusive las más pequeñas y recientes.

Pese a que mantuvo el semblante inmutable, Fukuzawa era consciente de que esa mujer no pasó por alto los rasguños cercanos a las clavículas y los omóplatos. Al menos, él podía agradecer no recibir preguntas incómodas.

—Gracias por la sugerencia. Lo pensaré. —Necesitaba salir de allí antes de que intentara sonsacarle información a través de métodos poco ortodoxos.

Aparte, debía revisar que Ranpo no se hubiera dormido en la bañera, donde lo dejó para que se relajara en lo que él recibía atención médica apropiada.

—Oh, antes de que se retire. Presidente, llévese esto. —Le extendió un tubo de ungüento.

Fukuzawa analizó lo que decía en el empaque: «Bebé-Niño. Crema contra las rozaduras. Previene, calma y repara».

Lo que Yosano dijo a continuación le congeló las articulaciones.

—Para Ranpo. Eso debería quitarle la molestia. —Yosano ansiaba acudir a la casa de ese par y revisar el cuerpo del mencionado, por puro morbo. La sonrisa de oreja a oreja delataba sus intenciones, aunque sabía cuál sería la respuesta del jefe si las ponía de manifiesto.

—Gracias.

Ahora no sólo Haruno lo sabía, también Yosano. Otro gran elemento para una agencia de detectives. Nunca se arrepintió tanto como ese día de haber fundado una.

Para empeorar todo, debía ingresar a las oficinas, porque ya le había prometido a Ranpo que le llevaría la consola portátil que guardaba en los cajones de su escritorio. No quería ni imaginar la clase de comentarios que haría Dazai o los Tanizaki, aunque contaba con la seguridad de que Kunikida los mantendría a raya.

Quizá sólo debía volver y decir que Yosano le dio tantas indicaciones que lo olvidó.


En cualquier otra situación, Ranpo habría celebrado en grande al recibir la indicación de faltar al trabajo, en especial si se la daba Fukuzawa directamente.

«Tal vez debí obedecer hoy y salir hasta mañana», pensó mientras subía las escaleras del edificio.

Después de dos días aún le dolían las piernas, sin mencionar que las superficies duras le incomodaban demasiado y no podía sentarse sin un cojín mullido entre éstas y su trasero.

«Ojalá pasen pronto las molestias». Así podrían hacerlo de nuevo.

Agitó la cabeza de un lado a otro.

¡¿En qué estaba pensando de la nada?!

Inhaló y exhaló como alguna vez escuchó −en un programa de radio− que debía hacer para calmarse. Una vez que le bajó el calor del rostro, ingresó a las oficinas de manera habitual, respondiendo los saludos de «buenos días» con monosílabos y gestos de mano.

Percibió las miradas al instante. Sabía que se dirigían justo al cuello, donde exhibía colores rojos parduscos y morados con bordes verdosos.

—Qué cansancio. —Se dejó caer sobre el sofá.

—Pero si acaba de llegar —murmuró Atsushi, no como reclamo, sino sorprendido de que la mente más brillante en kilómetros a la redonda tuviera una actitud tan inusual y perezosa—. ¿Hm? ¿Ranpo? ¿Qué le pasó a tu cue…?

—¡Oh, no! ¡Tenemos un problema! —exclamó Dazai, interrumpiendo la frase ingenua del chico a quien Kyōka y los Tanizaki arrastraron al pasillo, cerrando la puerta al salir—. Osamu Dazai y el misterio del usurpador de su área de trabajo exclusiva.

—Está por allá —Ranpo señaló un escritorio abandonado—, y el culpable es todo el polvo acumulado que comienza a tomar forma de persona.

—Resuelto en un parpadeo. ¡Tan increíble como siempre!

Ante la carencia de casos para atender, Dazai aprovechó cada oportunidad posible para hacer que Ranpo soltara una frase como «si sigues molestando, haré que te despidan», o similar, porque tenía ganas de responder con un «¿tan rápido abusas del nuevo privilegio?».

Sin embargo, no lo consiguió. En cierto punto, Ranpo fingió quedarse dormido y no contestó más. Fue un largo día para él, aunque obtuvo lo que deseaba.

Nadie hizo preguntas. Nadie se inmiscuyó más de lo debido, pero, a partir de ese día, todos les dirigieron miradas furtivas a Ranpo y Fukuzawa cada vez que compartían un espacio común, sin mencionar que no se atrevían a acercarse a la oficina del presidente cuando Ranpo entraba. Si no lo veían regresar pronto, consideraban la habitación como zona de riesgo.

Por un lado, Ranpo logró conseguir privacidad en el trabajo; por el otro, Fukuzawa le negó cualquier tipo de intimidad, incluso si sabía que nadie cruzaba la puerta de su oficina sin permiso previo.

Los días caóticos de Fukuzawa apenas comenzaban, por suerte, sus heridas habían sanado por completo.

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