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El reino de hielo y sangre

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Sinopsis

Su vida era monótona y aburrida. Con más responsabilidades de las que una chica de su edad debía llevar sobre sus hombros, Irati simplemente sobrevivía. Hasta la noche en la que su abuela murió. Buscando en su mesita de noche, esperando encontrar allí los papeles que el médico le había pedido, encontró un libro en blanco. Mientras ojeaba sus páginas, una de ellas le cortó el dedo manchando la hoja de sangre y transportándola de inmediato a otro mundo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
3
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Clasificación por edades:
16+

ABUELA

Un grito angustiado la hizo saltar de la cama.

Apenas con un par de horas de sueño, abrió la puerta de su habitación, ubicada en el altillo de la vieja casa de su abuela y se dirigió hacia el dormitorio de esta.

Hacia más de un año que su cuerpo se había rendido y necesitaba ayuda para todo. Su vida transcurría tras esas cuatro paredes y como eso no la hacia feliz, no dudaba en cargar su mal humor contra todo aquel que pudiera. Incluida su única nieta.

Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta y escuchaba perfectamente como lanzaba todo su veneno hacia su enfermera, la única tarea que su nieta, Irati, no realizaba.

Mildred vivía en la casa con ellas, ya que debía controlar constantemente su tensión y asegurarse de que tomara su medicación. También ayudaba a Irati cuando debían asear a la mujer.

Debido a su actual forma de vida, había ganado muchísimo peso y levantarla era una tarea imposible, por lo que entre ambas completaban el aseo.

—Vaya, ahí estás pequeña desagradecida.

Esas palabras, cargadas de resentimiento, iban dirigidas hacia ella.

Su abuela nunca había sido una mujer afectuosa. Su fortuna se debía única y exclusivamente a los seis maridos que había tenido y que ninguno había sobrevivido.

Irati solía llamarla “viuda negra” en sus pensamientos, pero lo cierto es que todos esos hombres eran mayores y de salud delicada, que era el único motivo por el que su abuela había terminado casándose con ellos.

Solo con su primer marido había tenido descendencia, un hijo. El padre de Irati.

Lamentablemente, padre e hijo habían fallecido quince años antes, cuando la pequeña contaba con dos años de edad.

Su madre y ella se habían mantenido solas, gracias al dinero que dejó su padre, pero dos años atrás, cuando ella tenía quince, su madre enfermó y falleció.

Desde entonces había vivido con su abuela, quien la trataba como a una extraña y aprovechaba cada segundo del día para hacerla sentir como tal.

Ahora, con diecisiete años recién cumplidos, estudiaba en casa y se encargaba de todo. Desde la compra hasta la limpieza del lugar.

—Buenos días, abuela.

—Hace horas que espero mi desayuno, Irati. ¿Estás esperando a que se me junte con la comida?

Desvió sus ojos hacia el reloj que colgaba sobre la pared junto a la cama, preocupaba por si había dormido más allá de la hora. No lo había hecho.

—Son las siete de la mañana.

—Tengo hambre ahora, niña. Ve y prepara algo rico. Y calienta bien el te. El de ayer estaba frío.

Lanzó una mirada de disculpa hacia Mildred y salió de la habitación para dirigirse a la cocina.

Mientras deambulaba por la cocina preparando el desayuno, no pudo evitar desear que su vida fuera distinta.

Había perdido a las dos personas a las que más quería en el mundo y ahora convivía con una que a pesar de tener su misma sangre, no albergaba ni una pizca de amor por ella.

Asegurándose de tenerlo todo sobre la bandeja, salió de la cocina y subió cuidadosamente las escaleras tratando de no volcar nada.

Eso ya había sucedido alguna vez y la reprimenda que recibió la mantuvo en su habitación durante horas mientras volcaba las lágrimas contra su almohada.

Al verla entrar, Mildred se apresuró a acercar la mesa que había comprado precisamente para estas ocasiones.

Su abuela podría no estar en el hospital, pero sin duda contaba con todo lo necesario.

Ambas se retiraron del dormitorio mientras la anciana murmuraba acerca de lo poco agraciada que era su nieta y como de incapaz era de preparar algo comestible.

Muchas veces le había insistido en contratar a un ama de llaves que cocinara, pero por supuesto se había negado.

—No voy a malgastar mi dinero. Aprende a cocinar.

Y lo había intentado. Mildred la ayudó mucho con eso y al menos ahora era capaz de no quemar los huevos, pero todavía le quedaba mucho por aprender. Simplemente no tenía tiempo.

La casa la mantenía ocupada prácticamente las veinticuatro horas.

Incluso con todo el dinero que tenía su abuela, el lugar tenía muchos años y las cosas se estropeaban a menudo.

Limpiar también le llevaba un mínimo de cuatro horas, porque aunque ella no pudiese comprobarlo fisicamente, controlaba cada rincón de su casa con cámaras, asegurándose de que Irati no olvidase ni un solo espacio que limpiar. Día tras día.

También controlaba el tiempo que invertía en sus estudios, recibiendo diariamente el reporte de su profesor particular.

Afortunadamente con eso no tenía ninguna queja.

—Esa mujer acabará conmigo, niña. Te lo aseguro.

—Shhh. ¡Te va a oír!

—No me importa. ¿Qué va a hacer?

¿Despedirme? Posiblemente me haría un favor.

—No digas eso, Mildred, por favor. ¿Qué haría yo sin ti?

Un suspiro salió de los labios de la mujer.

—Tu no tendrías que vivir en este infierno, pequeña. Te mereces mucho más que esto.

—Ella es mi única familia. No tengo a nadie más.

Y odiaba eso. No tenía dónde ir.

Tampoco podía acceder al dinero que le habían dejado sus padres hasta que cumpliera los veintiuno.

—Lo sé, cariño. Ven, voy a enseñarte una nueva receta hoy. A ver si es digna del dragón.

Eso logró hacerla sonreír y siguiendo a Mildred hacia la cocina, escucho y siguió todas las instrucciones que esta le dio.

A media mañana, mientras la carne se cocinaba a fuego bajo, Irati empezó con sus tareas.

Con los auriculares puestos con su música favorita, cargó los utensilios de limpieza y comenzó, como todos los días, por la planta de arriba.

Siempre procuraba dejar la cocina para el final, porque al fin y al cabo, era donde terminaba toda la basura de las demás estancias.

Con Mildred controlando a su abuela, se puso manos a la obra.

Algún día su vida sería mejor.

No podía esperar a que eso ocurriera.



La noche cayó pronto.

El viento soplaba con fuerza en el exterior y su tutor acababa de marcharse.

Pronto tendría que empezar a cocinar la cena.

Recogió sus libros de la mesa y los llevó a su dormitorio.

Después de una ducha caliente y de secarse el cabello, bajó de nuevo a la cocina y empezó a hurgar en el frigorífico.

Una ráfaga de aire frío la recorrió por completo.

Tras comprobar que no había ninguna ventana entreabierta que hubiese olvidado cerrar, prendió la calefacción antes de oír a su abuela quejarse y sacó los ingredientes para preparar un poco de sopa.

Con la olla en el fuego, se dirigió al salón y encendió el televisor mientras planchaba la ropa que había lavado y secado por la mañana.

Pronto el aroma del caldo llenó la planta baja y la hizo suspirar de placer.

Amaba el invierno y como no era una persona friolera, lo disfrutaba muchísimo.

A las nueve, coló el caldo y lo puso a hervir con la pasta mientras cocinaba unas patatas y cebolla para hacer una tortilla.

—Dios, eso huele de muerte.

Sonrió ante las palabras de Mildred que asomó la cabeza por encima de su hombro.

—Espero que sepa bien, también.

—Con ese olor es imposible que no lo haga. ¿Necesitas ayuda?

—¿Puedes preparar su bandeja. Esto ya casi está.

—No hay problema. Hoy ha estado un poco rara, ¿sabes? Más aún quiero decir.

—¿Está peor?

—Su tensión está un poco baja y tiene un silbido dentro del pecho que no tenía esta mañana. Apenas ha probado la merienda.

Eso si era extraño. Le había llevado gelatina para merendar y normalmente devoraba dos vasitos sin apenas pestañear.

—Tal vez está pillando un resfriado. Parece que la noche será fría.

Mildred la miró enarcando una ceja.

Vestía un pantalón largo de pijama y una camiseta de manga corta, pero eso era normal en ella. Nunca tenía frío.

La luz se apagó de repente y el generador de emergencia, que solía saltar en estos casos, no se encendió.

—Que extraño. Voy a subir a ver si está bien.

Queriendo seguirla, Irati apagó el fuego, y caminó tras ella.

Conforme subían las escaleras, el aire se volvió helado, hasta el punto que escapaba vapor de sus labios en cada respiración y solo empeoraba mientras se acercaban a su destino.

Una vez abrieron la puerta se quedaron heladas.

La habitación estaba completamente llena de hielo y en medio de la cama, su abuela las miró y pronunció algo sobre un libro antes de exhalar su último aliento.

Pocos minutos después, la luz regresó y con ello la calefacción, eliminando cualquier rastro de frío en el lugar.



Paralizada sobre el sofá, Irati escuchaba a Mildred hablar con el médico forense.

Ninguna de las dos había mencionado el palacio de hielo que se había formado dentro del dormitorio de su abuela, porque no quedaba nada de ello y las habrían tomado por un par de locas.

—Parada cardíaca. Parece que fue instantáneo por lo que no sufrió. Ha tenido suerte.

Esas palabras vinieron del médico y ella se limitó a asentir con la mirada perdida.

—Necesitaría algunos de sus papeles para rellenar el informe. Si fuese tan amable...

Eso la puso en marcha.

Subió las escaleras de dos en dos y solo se detuvo en la puerta un momento antes de cruzarla.

Era tan extraño no ver a su abuela en la cama.

Todo parecía, normal.

Caminó hasta la mesita de noche dónde la mujer guardaba todos sus papeles importantes y los cogió antes de darse cuenta de que había algo escondido debajo de estos. Un libro.

Recordó las palabras de su abuela antes de morir y se preguntó si se refería a este.

Sabiendo que no tenía mucho tiempo, pues la estaban esperando, lo abrió mientras se daba la vuelta para regresar abajo.

Extrañada de que las páginas estuvieran en blanco, pensó en si no se trataría de una especie de diario que su abuela nunca llegó a utilizar.

Justo cuando llegó a las escaleras, una de las hojas le hizo un corte al tratar de pasarla y una gota de sangre cayó sobre ella, extendiéndose por toda la página y mostrando unas palabras ocultas. “Bienvenido al Reino de los Sangre Mágica”.

Una sensación de vértigo la recorrió, obligándola a cerrar los ojos y sujetarse a la barandilla, solo que cuando eso pasó, y los abrió de nuevo, ya no se encontraba en la casa.

Un enorme paisaje nevado se extendía frente a ella, haciéndola jadear.

Volviéndose sobre sí misma, segura de que aquello no era más que una alucinación, no prestó atención a las criaturas que se le acercaban.

—¿Qué está pasando?—susurró en alto.

—Bienvenida a casa, majestad.

Giró por completo ante el sonido de aquella voz profunda y dejó escapar un chillido cuando, frente a ella, se extendió una manada completa de lobos blancos, todos con la cabeza baja, imitando una reverencia.

—¿Quién? ¿Qué...?

Uno de los lobos, el más grande de todos, dio un paso hacia ella, haciéndola retroceder.

—Habéis regresado por fin a casa, majestad. Este es vuestro reino, vuestro hogar, y nosotros, estamos listos para luchar.

—No entiendo nada. ¿Me he caído y golpeado contra las escaleras? Mi abuela...

Un fuerte gruñido escapó del gran lobo malo.

—Vuestra abuela os escondió. Le arrebató el libro mágico a vuestra madre impidiéndole regresar aquí. Os ha mantenido oculta durante diecisiete largos años, pero finalmente habéis encontrado el camino de regreso.

—Pero soy humana. Mi madre era...

—Vuestra madre era nuestra reina. Tuvo que huir al mundo humano para escapar de la Oscuridad. Temimos haberla perdido cuando dejó de comunicarse con nosotros. Luego conocimos la existencia de vuestro padre y después la vuestra. Sin embargo, ella mencionó después del fallecimiento de él que alguien había descubierto su secreto. Nunca supimos nada más.

—¿Por qué pensáis entonces que mi abuela se lo quitó?

—Porque vuestra madre nos lo dijo.

—Ella murió.

—Lo hizo, como humana. Su alma regresó y ahora está atrapada en el Reino de hielo y sangre.

—¿Qué puedo hacer?

—Debéis asumir vuestro cargo. Solo así obtendréis vuestros poderes.

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