Gatita Y Lobito: El Hombre Fragmentado (O Sobre La Ansiedad) por Alberto Pascual en Inkitt
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Gatita y lobito: el hombre fragmentado (o sobre la ansiedad)

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Sinopsis

Viajando por barco, acompañados de una hermosa luna, la gatita y el lobito encuentran la inspiración y el momento perfecto para charlar sobre una idea que ellos observan, ronda el ambiente social: el hombre fragmentado. ¿De que se trata este tipo de hombre que ven?, si a alguien le causa curiosidad, en esta historia se desarrolla.

Estado:
Completado
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El hombre fragmentado

Agarrado fuertemente del pasamano, caminaba de manera muy cautelosa con la intención de llegar a cubierta. El piso, aun mojado tras la fuerte tormenta que atravesamos por la noche, dificultaba mi andar hacía las escaleras de salida. Subiendo uno a uno los escalones, di un vistazo hacía atrás, para observar los camarotes. Todos se encontraban cerrados, excepto el nuestro. La duda y la incertidumbre me abordaron poco a poco. “¿En dónde estará?”, me dije a mi mismo. Llevábamos casi una semana navegando. Sin embargo, aún no me había acostumbrado al movimiento del barco. Si bien, las náuseas habían desaparecido, mis pasos seguían siendo torpes, por lo que necesitaba sujetarme de algo para avanzar.

Estando en cubierta lo primero que vi, fue la inmensidad nocturna, azulada. Perfecto retrato realista, que, reconozco, me hizo confundir en un principio el océano del cielo. Las mismas nubes, la misma luna, ambas diáfanas e inmaculadas, que, con ayuda del piso de madera del barco al fin pude diferenciar espacialmente cuál era la que se encontraba arriba y cuál abajo. “¡Que belleza!”, me dije, dando algunos pasos hacia atrás dado el impacto en mis sentidos que ocasionó tal imagen visual. Recuperado un poco, inmediatamente me vino a la mente ella. “Como me gustaría que viera está hermosa panorámica conmigo”, me dije, mientras con la mirada la buscaba de un lado al otro. Sin ubicarla, caminé hacía la proa. “¡Pasajeros, estamos por llegar al puerto!”, fue el aviso que se escuchó en las bocinas por todo el barco. Llegando con algo de dificultad a la parte de enfrente, a la panorámica anterior se le sumo una delicada silueta.

Sujetando su sombrero por la parte de arriba. Entallada en un vestido azul, lleno de grandes florecillas blancas. Con el rostro apuntando hacia el cielo. En la punta más alejada de la proa. Una hermosa gatita observaba el horizonte nocturno. Ante tal escena, vino a mi mente la imagen de las sirenas colocadas en las puntas de los barcos. Hechizado, como Odiseo, quede en silencio. No obstante, el golpe de una fuerte ola provocó que saliera abruptamente de ese hechizo. Ella, notando mí presencia; sin voltear a verme, me dijo con un tono lleno de ternura: “he estado deseando desde hace un rato que pudieras ver esta maravilla conmigo. Mira, si no fuera por la línea del horizonte, ¿cuál me dirías que es el océano y cuál el cielo? ¡Es fantástico!, ¿verdad? No sabes que ganas tenía que estuvieras aquí, lobito, amor mío”. Terminado su comentario, volteo a verme. Tenía una sonrisa tan luminosa y cálida, que en ese mismo instante perdí el miedo al movimiento del barco, y envalentonado corrí a abrazarla.

Pasado un momento, se alejó de mí. “¡Y a ti, ¿qué es lo que te pasa?!”, me dijo riendo, cambiando rápidamente su mirada por una más seria, mucho más pensativa. De nuevo, ella contemplaba al océano, a la luna. Como si buscara una verdad en esa inmensidad. O quizá, claridad para sus palabras. Porque después de un breve silencio, me dijo: “sabes… ayer escuche la charla que tenías con tu editor. Sobre la idea que tienes para un libro. Me pareció muy interesante, porque escuche que además de basarte en ciertos comportamientos que ves en la sociedad actual, has encontrado en el texto de Stefan Zweig, Novela de Ajedrez la inspiración que te faltaba para concretar algo, que en algún momento eran tan solo intuiciones. Ese algo si no escuche mal, es la tesis de que el hombre de hoy es un hombre fragmentado. Ahora entiendo… con razón no has dejado de leer ese libro todos estos días”.

De pronto, una ligera brisa llego a acompañarnos. Obligando a que ella sujetara con fuerza su sombrero. Rápido, me le acerque. El viento arreciaba. Le tome de la mano y le dije: “Anda, vamos al camarote”. Ella, mirándome con un gesto de amabilidad, contestó: “es tan solo el viento jugando un poco, créeme, ya pasara”. Como si sus palabras fueran una orden divina, la calma retorno en un instante.

Recargando su espalda en el barandal, en esta ocasión se quedó frente a mí, continuando su charla: “si acaso no entendí mal, la idea que planteas del hombre fragmentado, es, en esencia, un hombre lleno de ansiedad, ¿verdad?”. Tras decir estas palabras, guardo de nuevo un completo silencio. Su mirada se encontraba fija, pensativa. Una mirada que me observaba, como intentando descifrar cada reacción que yo hacía. Suspiró por un momento, buscando recuperar el aliento. Y retomó su comentario: “lobito, amor mío, quisiera que me hablaras un poco de ese tipo de hombre que tú ves. Porque lo que has contado en esa charla despertó en mí una reflexión que quisiera compartirte. ¿Puedes?”.

Sorprendido por todo lo que me había comentado, una pequeña marejada provoco que me agarrara fuertemente del barandal. “Se suponía que esa, era una conversación privada”, le cuestione, tratando de recuperarme del asombro. Ella, acercándose lentamente hacía mí, con el rostro lleno de dulzura, me susurro al oído: “escuche la conversación por casualidad. Tan solo es porque estoy muy interesada en tu trabajo. Pero vamos, cuéntame tu idea, y yo te contaré la mía. ¿Puedes?”.

Poniendo el rostro más serio que pude, me quede observándola un momento. Incluso me atreví a cruzar los brazos con la intención de que entendiera que su acción me había molestado. No obstante, ella puso una cara llena de tristeza que seguramente sabía que ablandaría mi carácter. “Está bien, te contaré, pero promete que no volverás a espiar mis conversaciones.”, le dije tratando de simular un aspecto de mayor seriedad y severidad. “No lo volveré a hacer”, me contestó con una voz de niña traviesa, que, no sé por qué razón, siempre me ha parecido muy linda.

Tratando de ordenar mis pensamientos, por un momento permití que el silencio reinara libremente en nuestra conversación. La miraba, y ella me miraba. Pasaba la mano por mi cuello, mientras ella acariciaba su cabello. Hinchaba mi pecho, a punto de soltar la primera palabra, pero tan solo me alcanzaba el aire para soplar un suspiro al viento. Ella, llenando su carita de emoción, se decepcionó al ver que regresaba nuevamente el silencio. Por dentro, yo me reía a carcajadas. La miraba, nuevamente. Ahora de una forma intensa, haciéndole un guiño con el ojo derecho. Ella, como siempre que hacía eso, se sonrojaba. Volví a exhalar aire. Ella mostraba, otra vez, mucha atención. Aunque de nuevo no le dije nada. “Bueno, ¡ya basta!, ¿me vas a contar o no?”, me interrumpió con un tono que podía interpretar como de molestia. Soltando una leve risa, le dije rápidamente: “está bien, está bien, ya te cuento”.

Volví a exhalar aire. En esta ocasión, pude ver que me miraba de una forma muy seria, como esperando nuevamente que le realizara una broma. Sin embargo, en esta ocasión me apresure a contestarle.

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