Capítulo único
Rojo ardiente.
Así había sido la larga, ¿y por qué no intensa?, relación que hubo entre ellos. Su mente se devolvió año tras año tras año, mirando a las personas pasear en la hermosa tarde de otoño, sentado en la banca del parque Saint James, sus manos entrelazadas en su regazo. En aquel entonces, cuando no existía nada de lo creado en el universo, cuando lo conoció, cabe mencionar que se enamoró enseguida. Como un amor a primera vista. El único testigo de ese naciente amor fue la nebulosa de colores y sintió celos, obviamente, al saberse rechazado. No se lo podía culpar, así se sentía aunque sabía que no había sido la intención del otro.
El perdón, oh, el perdón. Recordaba perfectamente cuando las palabras “te perdono” salieron de sus labios, marcando un antes y un después en su historia. Quizá no era lo más adecuado en ese momento, quizá se equivocó e hizo mala elección de palabras pero la intensidad del beso apenas le había dado tiempo para procesar nada. Su mente y sentimientos eran un caos.
Pero, nueva vez, no se lo podía culpar del todo. Era la única manera de amar que conocía, de demostrar lo que sentía, pues consideraba que el amor y el perdón iban de la mano. Tal vez el demonio ignoró el metamensaje oculto en aquellas palabras o él no se había expresado claramente, pero su amor por él fue más rápido que el viento y apasionado como el pecado.
Sin embargo, todo terminó tan de repente.
Inhaló y exhaló, trayendo a su mente de vuelta al presente. Quién sabe cuánto tiempo estuvo inmerso en sus recuerdos, lo único que le quedaba ahora. En este preciso instante y lugar, deseó no haber descubierto que el amor podía ser así de fuerte. Porque vaya que dolía.
Superarlo resultaba imposible cuando todo se mantenía dando vueltas en su cabeza una y otra vez.
Porque amarlo fue como conducir un Bentley por una calle sin salida.
Pero amarlo… Oh, amarlo fue tan…
Rojo.