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Los Ecos de Beit Sheni

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Sinopsis

En un futuro distante, la humanidad ha colonizado planetas lejanos en busca de recursos y una nueva vida. Tomás y su equipo, formado por Olivia, Mateo y Marcus, son miembros de las Escuadras de Exploración, encargadas de investigar el planeta Beit Sheni, "hogar dos". Al regresar a la ciudadela, se encuentran con una situación desesperada: una enfermedad misteriosa que transforma a las personas en seres amorfos y violentos. La enfermedad se ha propagado, sumiendo a la población en el caos y el miedo. Con el tiempo agotándose, Tomás y su equipo se enfrentan a un doble desafío: encontrar una cura para la enfermedad antes de que sea demasiado tarde y descubrir la verdad detrás de su origen. En un mundo de peligros desconocidos y traiciones inesperadas, deberán luchar por sobrevivir mientras desentrañan los oscuros secretos que amenazan con destruirlos. Inspirado en Dead Space, Soma y Alien.

Genero:
Horror/Scifi
Autor/a:
PersonalCloth
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Opistótonos

Hoy mataron a Olivia. No fue un accidente ni un acto de violencia injustificada. Fue una ejecución planificada por el Estado, llevada a cabo con precisión quirúrgica. No hubo llanto ni lamentos, solo la frialdad de la justicia y el eco sordo de un gatillo siendo accionado. Y ahora me encuentro aquí, en esta celda solitaria, enfrentando el peso abrumador de lo que soy y lo que he hecho. Mi mente está clara, sin remordimientos ni angustias, pero mi corazón late con una extraña sensación de indiferencia ante mi propio destino.

Sin embargo, al cerrar los ojos, mi mente regresa a aquel día soleado en la tundra, a la expedición en la que participé con Olivia.

—¿Puedes arrojarme el pico, Tomatito? —preguntó Olivia de modo juguetón.

—Agárralo.

Le lancé el instrumento y ella lo sostuvo en mitad del aire. Luego continuó golpeando el meteorito hasta hacer un hueco por donde salía polvo grisáceo y púrpura. Mateo recolectó el polvo en una bolsa y la selló, automáticamente expulsó todo el aire y redujo su tamaño considerablemente. Nos sacudimos la nieve casi al mismo tiempo y miramos al cielo. El sol pegaba con fuerza y la luz se reflejaba en la nieve violeta. De no ser por el traje de exploración estaríamos recibiendo quemaduras en la piel. Eso no quitaba que las nubes púrpura se ponían hermosas en los atardeceres.

—Espero que con esto sea suficiente. Se verá muy bien en mi currículum —exclamó Mateo, guardando los instrumentos y las muestras en una mochila.

—No lo sé, en realidad me gusta la vista —dijo Olivia—. Somos los primeros en llegar tan lejos de la Ciudadela. Lo que sí es que ya tengo hambre —se tocó el estómago.

—ASTRA —mencioné tocando el costado de mi casco—. Ya recolectamos cien gramos ¿Ya podemos irnos?

Una voz robótica femenina respondió.

Afirmativo, Tomás. —la voz sonaba en todos los cascos de mis compañeros—.La comandante Sofía Reyes ordena volver inmediatamente. Prioridad uno.

—¿Uno? —dijo Mateo.

Afirmativo, Mateo. No recibo más detalles de comando central.

Nos miramos de reojo, confundidos, y recogimos nuestras cosas con cuidado. Avanzamos entre la nieve, Mateo casi se cae pero logró componerse de un salto. La pendiente era pronunciada y el terreno accidentado, dificultando nuestro avance. Sumado a eso, la enorme masa púrpura nos impedía ver dónde pisábamos. Olivia tomó la cuerda que colgaba del borde del cráter y se impulsó hacia arriba. Conectó el escalador y encendió el motor, subiendo rápidamente hasta la cornisa, donde esperó nuestra llegada. Tomé la cuerda, conecté el escalador y encendí el motor también. Durante el viaje, observé el paisaje que dejábamos atrás: el meteorito en el centro del cráter, la nieve púrpura, nuestras huellas y las montañas en la lejanía. En realidad, no había mucho que ver, pero esas vistas extrañas evocaban una sensación de nostalgia por los árboles de la Tierra.

Ya en la cima, el teniente Marcus sostenía su rifle en su hombro y miraba hacia la lejanía, impaciente.

—¿Y el Interno? —refunfuñó.

—Tranquilo, Manzanita —dijo Olivia—. Tú no pudiste usar el escalador hasta la décima vez, que yo recuerde —se burló.

—¡Ya llegué! —gritó Mateo, apenas sosteniéndose de la cuerda y luchando por subir.

Le ayudé a escalar y a ponerse de pie. En la cima el suelo era diferente: la nieve estaba derretida y parecían charcos violetas que dejaban a la vista la tierra negra debajo de nosotros. Ni un atisbo de insectos o hierbas.

—¿Sabes porqué la comandante nos quiere de vuelta tan pronto? —pregunté.

—No. Seguramente sólo se lo pidieron los cuatro-ojos de investigación —se giró y abrió la puerta del vehículo—. En lo que a mí respecta sólo quiero volver a respirar aire fresco para fumarme un puro.

—Entonces quieres abandonar el aire tóxico de afuera para poder meterte aire tóxico adentro, ¿eh? —se burló Olivia.

—Es diferente. Además, ya llevo varios días sin dormir en una cama grande y no en estos cubículos.

—Eso no lo puedo negar, Manzanita.

El vehículo era una especie de cilindro con orugas. Tenía un aspecto industrial y las ventanas eran tan gruesas como el metal del propio chasis. Una vez dentro, usamos los asientos para descansar y colocar las maletas. Olivia fue a la parte trasera del vehículo donde se encontraba la cocina.

—ASTRA, llévanos a la Ciudadela —dijo Marcus.

Enseguida, teniente.

El cilindro encendió los motores y comenzó a avanzar lentamente por la tundra. Por la ventana se podían observar las nubes moradas, las montañas y el sol. El atardecer lograba añadir toques anaranjados a la atmósfera. En esos momentos me quedaba claro que éramos personas con mucha suerte. No más del cero punto cero cero cero cero un por ciento de la humanidad podría presenciar esos paisajes.

Entrando a zona ecológica habitable.

Presionamos un botón en los cascos y estos se retrajeron en pequeñas láminas que se ocultaron bajo la línea del cuello del traje de exploración, tomamos bocanadas de aire puro y por fin bebí un trago de agua. Sólo entonces recordé el rostro de mis compañeros: las cicatrices de Marcus, los ojos saltones de Mateo y la sonrisa burlona de Olivia. Mateo comenzó a escribir en su bitácora, Marcus sacó un cigarro de no sé dónde y Olivia comenzó a comer galletas secas mientras miraba con curiosidad a Mateo.

—Oye, interno —le dijo, aún con comida en la boca—. ¿Ya pensaste en qué le vas a decir a Ivanov? —Se sentó a su lado y se inclinó para ver lo que estaba escribiendo.

—Doctora Olivia, ¿Podría no ensuciar mi cuaderno, por favor? —Extendió su libreta a un lado, alejándola de las migajas—. Y sí: voy a solicitar que me muevan a un laboratorio de moleculares, mi proyecto para la replicación sintética de los exones para la regularización y el control de...

Ni siquiera recuerdo que más dijo. Yo era geólogo y arqueólogo. Pero a Olivia parecía interesarle todo aquél asunto genético y prestaba atención, aunque en ocasiones se mostraba desconfiada de las explicaciones del interno. Miré a Marcus y él tampoco entendía nada, sólo inhalaba de su puro y arqueaba una ceja.

Pasaron las horas hasta que logramos dilucidar la torre de comunicación en la lejanía. Esa antena enorme cuya punta parpadeaba cada pocos segundos era el único rastro de la ciudadela visible a kilómetros de distancia. Ya era de noche. La luna violeta se alzaba en el espacio imponente. La luz de la luna llena arrojaba destellos que bañaban toda el área con tonos púrpuras. Desde la distancia, la pequeña ciudad iluminaba con un haz amarillento las regiones circundantes, baldías también. Era un bastión en el medio del vacío. Algunos del equipo bostezaron y se tallaron los ojos denotando el cansancio. En la lejanía, vi una nave despegando desde la plataforma de lanzamiento. Algo raro y totalmente fuera de los protocolos.

—¿Y eso por qué? —señaló Marcus.

—¿Tal vez hayan adelantado la terraformación? —dije con dudas.

—ASTRA, ¿Quiénes iban en esa nave?

Lo lamento, teniente, no poseo información al respecto y no recibo autorización desde comando central.

Nadie dijo nada más. Nos miramos con duda. Cada uno tomó sus pertenencias y se las colgó al hombro. Tal vez inconscientemente, Marcus revisó sus cargadores y se aseguró de tener el seguro del arma puesto.

Hemos llegado a La Ciudadela. Contacte con su superior para más instrucciones. No me olvide, teniente.

—Sí, sí —Marcus se acercó al asiento de conductor y retiró una base de datos pequeña.

Bajamos del cilindro y nos acercamos a un muro de concreto y acero enorme. Más grande de lo que parecía a simple vista desde lejos. Una enorme compuerta de varias toneladas era lo único que nos separaba de la ciudad. Marcus habló por un interfono incorporado en su traje:

—Sebri, ¿quieres abrir la puerta? —esperó unos segundos pero no hubo respuesta—. ¿Sebri?

Silencio. Frunció el ceño y golpeó su micrófono en el pecho.

—Sebri, no seas cabrón, ¿Qué estás haciendo? estoy exhausto y no pienso comer más de esas porquerías de exploración. Abre la maldita puerta —Comenzó a impacientarse.

—¿Qué es eso?

Mateo señaló el cielo, justo en el borde donde terminaba el muro: había una silueta humana con los brazos extendidos hacia el frente. Por la falta de iluminación no podíamos ver muchos detalles pero fue suficiente para Marcus...

—¡Sebri! No seas cabrón, ¿Qué estás haciendo? —gritó a todo pulmón.

Poco pudimos hacer. Cuando reaccionó el resto de nosotros el cuerpo de Sebri ya estaba en la nieve hecho mierda. Sangre salpicó en los trajes blancos de todos nosotros. Los sesos estaban saliendo lentamente por el hueco de su cráneo que se hizo al caer. Un ojo le había explotado. La verdad no recuerdo mucho de ese incidente: era la primera vez que veía un muerto de tan cerca, y menos aún una muerte tan visceral. No sé cuánto tiempo pasó cuando Olivia me sacudió para sacarme del trance, para entonces Marcus ya estaba peleando con su micrófono y casi le arrancaba el traje a Mateo para sacarle el suyo.

—¡Tomás! —no sé cuántas veces me gritó—. Necesitamos tu autorización para entrar por la salida de emergencia.

—S-sí, claro.

Al fondo Marcus seguía discutiendo con ASTRA, exigiendo una vía de comunicación con los superiores, sin éxito. Entonces me miró con clara molestia y avanzó hacia mí. Le extendí mi tarjeta de acceso antes de que me golpeara.

—¿A quién reportamos esto? —preguntó Mateo, tímido.

Marcus se echó a andar por un costado del muro y nosotros lo seguimos. Anduvimos unos cuantos cientos de metros antes de llegar a una protuberancia en el muro. Era una puerta de tamaño normal con dos cámaras mirando en todas direcciones. Marcus sacó su tarjeta de acceso y deslizó ambas por un lector óptico. Una alarma muy ruidosa saltó y la puerta se abrió, permitiendo ver un pasillo claustrofóbico con apenas luz. Avanzamos velozmente por el estrecho camino hasta llegar a otra puerta. Nuevamente deslizó ambas tarjetas y se abrió. Del otro lado había una de las principales avenidas de la ciudadela. Estaba llena de vehículos de logística moviéndose, de edificios departamentales y mucha luz, como siempre. A simple vista no había nada distinto, pero un pequeño dolor en las sienes se hacía presente en todos nosotros al tiempo que un extraño aroma metálico inundó el ambiente. Mateo se agarró la cabeza con molestia y Marcus intentó establecer contacto por su micrófono. Olivia me tomó de la mano y me miró fijamente.

—¿Estás bien? —me preguntó, con una notable mirada de preocupación.

—E-eso creo. Gracias.

—No es eso. Estás sangrando de la nariz.

Me llevé la mano a la cara y sentí mi propia sangre ensuciando mis dedos. Antes de que otra cosa ocurriera, un miembro de la Unidad de Seguridad de Beit Sheni nos encontró. Estaba respirando con dificultad. Entre resoplidos nos gritó que nos pusiéramos los cascos. Todos excepto Marcus obedecimos.

—¿Qué está pasando, soldado? —preguntó con voz firme—. ¡Afuera, Sebri acaba de arrojarse del puto muro y no hay comunicaciones con nadie!

—¿Sebri? Oh no, carajo. Fue muy rápido —el soldado seguía luchando por recuperar el aliento—. No sé todos los detalles, pero puedo decirles que hay algo que se mueve por el aire y nadie sabe qué es —se arqueó hacia adelante, intentando tomar todo el aire que entraran en sus pulmones, había estado corriendo un buen rato—. Me enviaron a reunir civiles en comando central. Deberían ir allí, estoy seguro de que alguien puede explicarles lo que sucede —nos señaló con prisa—. Esos trajes están sellados, ¿no? Se lo ruego mi teniente, póngase el casco.

Pulsó el botón de su traje y el casco rápidamente le cubrió toda la cabeza. De nueva cuenta volvimos a escucharnos por medio del radio.

—ASTRA —dijo Marcus—. Traza una ruta a comando central.

Ruta establecida. Mapa actualizado a toda la escuadra.

—Bien, escuadra —dijo Marcus—. Esta vez necesito que obedezcan todo lo que les ordene, al menos hasta saber qué mierda pasa.

—Sí, teniente —dijo Mateo, tragando saliva.

El soldado se despidió con formalidad de Marcus y nos saludó al resto, luego continuó su viaje entrando a uno de los edificios de departamentos. El traje tenía en el antebrazo una pequeña pantalla con varios datos como la presión arterial, el ritmo cardíaco, los niveles de oxígeno, la temperatura y todos los demás datos médicos que no requerían de una intervención para saberlos. También mostraba datos que compartíamos entre los miembros del equipo: bitácoras, fotografías, detalles de la misión, etcétera. Entre tantas opciones también había una imagen satelital de la ciudadela con una ruta trazada. Tras unos pocos minutos de caminar con la atención al máximo, todos los autos que circulaban por la calle se detuvieron repentinamente.

—¿Más problemas de señal? —inquirí.

—Eso significa que la torre de comunicación está fallando —respondió Mateo con tono preocupado.

—La verdad no me sorprende —intervino Olivia—. Pero aún así no se me ocurre nada que haya provocado esto. ¿Algo que se propaga por el aire? ¿No estábamos todos vacunados y con los biochips?

—¿Creen que hayan encontrado por fin vida? ¿En el lago, tal vez? —sugirió Mateo con miedo en la voz—. ¿Qué por eso hayan cancelado la misión antes de tiempo?

—Eso sería noticia. —Aún así... ¿Qué clase de bacteria provoca... suicidios? —dije con cautela, aún sin superar la imagen de Sebri.

—Ha habido casos en los que una bacteria puede llegar al cerebro y causar problemas en las estructuras neuronales —comenzó Mateo—. Uno de los síntomas causados por Pericisonia Coccus es precisamente la disminución de los periodos refractarios de...

—Interno, simple —interrumpió Marcus con firmeza.

—L-lo siento —se apenó Mateo—. Es posible que haya convulsionado y no haya sido a propósito —resumió, avergonzado.

—¿Una bacteria que se propaga por el aire, es indetectable porque supongo que si se hubiera sentido enfermo le hubieran hecho estudios; y además causa convulsiones en pocos días sin más síntomas? —cuestionó Olivia—. Hasta que no lleguemos a comando central no lo sabremos.

—Y eso no explica las fallas en las comunicaciones —mencioné con duda.

—Silencio, equipo —ordenó Marcus—. Veo algo.

Nos pusimos detrás de él en fila india pegados al muro. Asomó la cabeza ligeramente por la esquina. Se quedó inmóvil un segundo y luego habló:

—Es... raro. Creo que está bien si lo ven, sólo no se acerquen.

Nos pusimos a un lado de él y nos asomamos con precaución. Lo que vimos pareció algo sacado de un psiquiátrico: una persona tirada en el suelo, con todos los músculos retraídos, la espalda arqueada con dolor y las manos hechas puños, apenas se sostenía sobre sus talones y su cabeza; emitía sonidos de dolor apagados sin decir ni una palabra. Se había arrancado la ropa y dejaba al descubierto casi la totalidad de su cuerpo. El dolor en las sienes regresó de golpe.

Mientras observábamos a la persona retorcerse en el suelo, una extraña sensación de inquietud se apoderó de nosotros. Los músculos de mi espalda se tensaron y sentí un escalofrío recorriendo mi columna vertebral. Miré a mis compañeros y aún ver directamente sus rostros, a través del visor reflejante y de su respiración acelerada notablemente audible por el radio, supe que estaban pasando por lo mismo que yo.

Entonces, de repente, la persona en el suelo levantó la mirada hacia nosotros. Sus ojos, desorbitados y llenos de pánico, se clavaron en los nuestros con una intensidad que helaba la sangre. Por un momento, el mundo pareció detenerse y el silencio se hizo opresivo a nuestro alrededor.

—¡No te muevas! —gritó Marcus, saliendo del escondite y apuntando con su arma a la persona.

—¡Marcus! —exclamó Olivia—. ¡No lo vayas a matar!

Pero ya era demasiado tarde. La figura en el suelo emitió un sonido gutural y comenzó a arrastrarse hacia nosotros, con movimientos torpes y espasmódicos. No parecían voluntarios.

—¿Qué es... eso? —susurró Mateo, con los ojos desorbitados de terror.

Antes de que siquiera formulara mis pensamientos, el sonido de dos disparos inundó el extrañamente sombrío y callado ambiente. Y cuando vi desplomarse los ojos y dientes de aquél ser humano, supe que me había convertido en cómplice de la mayor de las crueldades humanas.

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