DÉJÀ VU

Sinopsis

Shanks x Lectora (AU) ❝¿Eres real, o eres tan solo el extraño aunque muy familiar eco de las memorias pasadas que nunca sucedieron?❞

Estado:
En proceso
Capítulos:
26
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

No te fuerces

Prefacio

Otra vez me encuentro en este lugar...

Es sombrío, funesto...

No quiero estar aquí...

La preciosa joven que impasible flota frente al espejo me ve.

Quizá ronda la edad de los quince.

Su cuidada y muy delicada apariencia me hace especular acerca de su proceder. ¿Noble? ¿Miembro de la realeza? Quién sabe.

Sus grandes y bonitos ojos azules quizá apagados por la vida que ya la ha abandonado, o tal vez por el hecho de estar bajo el agua, se quedan clavados en los míos.

Su precioso vestido borgoña cuya franja dorada con un estampado que no logro divisar debido a la falta de luz, y que baja desde el centro de su pecho hasta el dobladillo de la falda, ondea como si cayera sin caer.

El revuelo de encaje en sus codos se encoge y se expande con sutileza cuales pétalos de anémona.

De hecho, hay un ramo de dichas flores al fondo. El jarrón que alguna vez las sostuvo también flota varias pulgadas lejos

¿Por qué es que no consigo ignorar a la joven a pesar del caos que la rodea?

Me gusta su vestido. Es muy al estilo victoriano.

¿Retro? Diría que es un buen disfraz si no estuviese al tanto de que estoy teniendo otra vez el mismo sueño.

Y no consigo despertar muy a pesar de que soy consciente de ello.

Me pasa lo mismo cuando voy a la playa y sin notarlo fijo la mirada en la interminable línea que divide las aguas de los cielos.

Pequeños fragmentos de este tétrico escenario vienen a mí a modo de visión.

La primera vez me pregunté: ¿quién es ella? Y, a medida que el acontecimiento comenzaba a presentarse más a menudo, fue cuando pude echar un buen vistazo.

De verdad. No quiero estar aquí...

Es el mismo sitio. El mismo evento.

Hay dos espejos de mango de plata que parecerían reliquias en una tienda de antigüedades —uno más grande que el otro—, y, también logro atisbar muchos accesorios como bolsos de mano de material de terciopelo. Son realmente preciosos.

Las joyas que parecen ser genuinas yacen sobre la alfombra persa; supongo que es por su peso.

Los muebles de madera cuyo estampado elegante en verde olivo y dorado, esos, que dan la pauta de pertenecer a alguien acaudalado, se mueven a mi alrededor sin llegar a tocarme.

Puedo escuchar que los vecinos de al lado ya han comenzado a reproducir música como es lo usual cada mañana.

Que alguien me despierte... Odio la parálisis de sueño.

No quiero estar aquí...

Los entumecidos brazos de la chica están frente a su vientre, como si hubiese intentado entrelazar los blancos y delicados dedos antes de perder la consciencia.

El cabello rubio, que me da la impresión de que antes fue meticulosamente peinado de modo elegante, ahora es un desastre. Algunos rizos se escaparon de la tragedia y han quedado intactos enmarcando su bello y fino rostro.

Es una extraña; sin embargo la conozco.

No, no la conozco de nada. La confundo con alguien más.

No hay varias perforaciones en su oreja izquierda ni las dos que debería tener en la derecha. No hay un diminuto accesorio de oro en la aleta izquierda de su nariz. No hay cicatrices casi desvanecidas en su frente. No hay tatuajes en su brazo izquierdo y mucho menos en su clavícula derecha. Puedo ver lo hermosa e impecable que es su piel blanca y tersa.

Asimismo, apuesto a que en el centro de su espalda no encontraría dos tatuajes que conforman un par.

Pues claro, la hermosa y distinguida doncella no pertenece a mi época.

Se le parece a ese alguien, pero no es. No. No se le parece. O tal vez...

En sus abundantes, alargadas y rizadas pestañas hay varias burbujas diminutas que la separan de lucir como una muñeca en exhibición detrás de un cristal.

Sus mejillas de porcelana son tan rosas como sus carnosos labios.

Es hermosa, casi angelical...

No, en nada se le parece a esa otra que nunca podría pasar por ella ni aunque lo intentase.

¿Quién es? ¿Quién fue? ¿Quién será?

No es cualquier joven. Ella... soy yo.


Shanks

Benn siempre ha sido un gran amigo. Aunque en ocasiones juega —a la perfección— el papel de mi madre.

Me riñe cuando hago estupideces o cuando se ha hartado de ellas, justo como es el caso en este momento.

Está enfadado y me acusa de ser un descuidado. Dice que debería tomar las cosas en serio y que evite cualquier tipo de situación que me ponga en aprietos.

A pesar de mi eterna actitud relajada, es como si yo fuese un imán para ciertas cosas que solo hacen que mi amigo se enfade.

Me parece que en cualquier instante va a comenzar a tirarse de los cabellos.

Por mi parte, llevo la fiesta en paz y sonrío a manera de disculpa frotándome la nuca mientras lo escucho.

—¡Te dije que esa mujer estaba obsesionada contigo, y que no haría más que causarte problemas! —me reprende, yendo y viniendo desde un extremo a otro, a lo ancho de la oficina.

Como siga así, desgastará la alfombra y la suela de sus zapatos hasta arrasar con el concreto.

¡Puedo ver sus pisadas ya remarcadas en la fibra gris!

Es una suerte que el espacio sea amplio, de lo contrario ya se habría mareado.

¡Yo me estoy mareando!

—Oye... —murmuro con acento amistoso—. No es para tanto.

—¡¿Que no es para tanto?! —exclama alzando sus manos, exasperado—. ¡Ha robado y usado todas tus tarjetas de crédito!

Bueno, es que no se me ocurrió que la historia se repetiría alguna vez. Ya me había sucedido con Angelique.

Incluso su nombre la representa, porque Angelique; en serio es un ángel terrenal, pero eso es solamente en el exterior. Puede ser un verdadero demonio cuando no obtiene lo que quiere, y por desgracia para ella —y por mucho que me esforcé porque fuese distinto—, no pudo hacerse conmigo.

Vamos, que ella es en verdad hermosa y muy creativa a la hora del sexo, pero nada de eso era motivo suficiente como para casarme.

—Está bien —le digo con tono conciliatorio—. De todas maneras debo pagar las cuentas, ¿no?

—¡Son treinta grandes en efectivo! —enfatiza como si yo no estuviese al tanto de ello—. ¡Y no olvides el precio del coche!

—Ya —murmuro con calma mientras abandono el sillón ortopédico detrás de mi escritorio de madera rojiza—. Tranquilo. No es como que voy a quedarme en la calle por pagar esa cantidad.

Me asomo al ventanal que se sitúa a mi lado izquierdo. Hace un bello día allá afuera; es algo notable aún desde aquí arriba, a sesenta pisos lejos del suelo.

Un poco de presión en mi muñeca izquierda es necesaria. Mi mano se ha cansado de tanto firmar documentos. Estoy exhausto. No. Estoy exhausto y aburrido.

Giro hacia Benn que me lanza una mirada llena de dureza. Suspira. Su gesto se suaviza.

—Eres un idiota —dice, negando con la cabeza—. Si Uta se entera de que otra mujer te ha hecho un desfalco en venganza por tu rechazo... mi rabieta se quedará rozando la línea de las monerías.

Me es inevitable soltar una carcajada.

—Uta no tiene porqué enterarse esta vez.

Bueno. Supongo. Aunque en realidad no creo que mi hija presencie de nuevo la patética escena donde me encuentra hablando por el teléfono en altavoz, mientras firmo algunos documentos en tanto escucho a mi contador riñéndome; diciendo que debería cancelar los retiros en efectivo y las compras realizadas por la loca que juraba estar embarazada.

A otro lado con esa historia. Nunca me follo a nadie sin usar protección. Ni aún estando ebrio.

Según ella, el dinero en efectivo le sirvió para pagar su aborto (mental), y añadió que el Porsche negro que obtuvo usando mi nombre, fue para compensar el desplante que le hice.

Me causa gracia, en realidad.

Bueno, espero que la cantidad sea suficiente para «sanar» su corazón, porque conmigo ha perdido incluso la posibilidad de ser amigos. No la quiero ni siquiera como una conocida.

Vuelvo a reír.

—¿Qué es tan gracioso?

—Nada —respondo negando con la cabeza—. Ya, quita esa cara de consternación.

—Tienes suerte de ser inmensamente rico, ¿sabes?

Río.

—Solo han sido dos mujeres quienes me han hecho este tipo de travesura. No es para tanto.

Benn suspira.

—Te dije que Angelique representaba problemas, y no me hiciste caso.

Me giro hacia el ventanal una vez más. Hace un lindo día afuera.

—Sí. Me lo dijiste, Benny.

—Te dije que Kendra era malas noticias, y no me hiciste caso.

—Sí. También me lo dijiste, Benny.

—¿Por qué es que nunca me haces caso?

Tal vez porque pensé que esta vez podía establecer una conexión con una persona; con una mujer que se parece a esa que me atormenta cada noche cuando las luces se apagan.

No puedo decirle esto. Me siento patético solo con pensarlo.

En realidad nunca sentí nada por Angelique y Kendra, pero si las he dejado hacer lo que se les ha dado la gana después de terminar con ellas, es porque simplemente creo que —aunque sea mediante dinero—, están recibiendo una pequeña compensación por su tiempo perdido.

Sí, las hice perder su tiempo.

Nada justifica sus últimos desplantes; una rompiendo las ventanas y el parabrisas de mi Bentley, y la otra causando un desastre en mi departamento de soltero; pero, son cosas que fácilmente puedo remediar.

—El año que me dieron no es algo que pueda devolverles —murmuro.

Benn bufa.

Por el ruido de sus pasos y la dirección que ha tomado, creo que se dirige a la puerta.

—Un año en que las consentiste demasiado y les diste una importancia que no tenían. Porque realmente no te interesaban.

Río.

Sé que de alguna manera tiene razón.

—No es para tanto —digo por lo bajo.

—Fuiste tu quien se esforzó por ellas —contrapone. Aunque yo nunca lo habría pensado de esa manera—. Pero hay algo que debes entender, Akagami...

Me giro hacia él. Está por salir por la puerta justo como lo especulé. Sujeta la perilla con la mano izquierda.

—¿Y eso es? —le pregunto con tranquilidad.

—El amor no es algo que puedes decidir o forzar para que suceda.

Parpadeo, confundido.

—¿Eh?

—No puedes obligarte a enamorarte de nadie. Y por mucho que te empeñes en prendarte de una mujer, no es algo que puedas lograr ni aunque te quedes un año más junto a ella.

Mis labios se separan. ¿Benn sabe sobre eso? ¿Tanto me conoce?

—¿Tú...?

Ríe ligeramente.

—Te conozco desde siempre, Akagami.

—Me sorprendes, amigo.

—¿Puedo darte un consejo?

—Sabes que no tienes que preguntarlo.

Aparta la mirada por un instante. Su gesto pensativo ha denotado algo de nostalgia.

—Nunca te has enamorado, vale, lo entiendo, y eso no es malo. Pero no puedes ir detrás de algo que no vas a encontrar. ¿Sabes por qué? —Niego en respuesta—. Porque el amor es una cosa que se presenta sin anunciarse, cuando menos lo esperas. No puedes elegir cuándo, cómo, o a través de quién ha de manifestarse. Tan solo...

Su frase queda en el aire.

Creo que está pensando en su esposa. Se separó de ella hace un año.

He notado que se esfuerza por no demostrar que no lo ha llevado muy bien.

He tratado de estar ahí, animándole sin que lo sepa, pero no me ha funcionado muy bien.

Supongo que el vacío del amor no es algo que puedas reemplazar con otra, ni una cosa de la que puedas librarte. Lo sé bien.

Las risas compartidas en momentos de tragos es algo que pasa al olvido cuando la puerta de tu casa se cierra y otra vez estás solo.

Supongo que a é le pasa lo mismo que a mí. Aunque en mi caso; jamás he estado casado o enamorado. Pero comprendo el sentimiento de soledad.

Ninguna mujer, o mujeres, han conseguido suplir la carencia de eso que quiero. Lo que ellas me dan no es lo que necesito. Y lo que anhelo con desespero, aún sin saber bien porqué si antes no me parecía necesario, es una cosa que se niega a presentarse.

Ah, tal vez solo estoy volviéndome viejo. Treinta y nueve años en esta tierra teniéndolo todo aún sin verdaderamente poseer nada.

Este vacío se hizo notable cuando las fiestas, el alcohol y las mujeres ya no me satisfacían; cuando los viajes por placer y mis logros dejaron de ser una distracción.

Quien dice que el dinero te da la felicidad, ciertamente no sabe de lo que habla. Aunque tampoco es como que me apetece ser pobre.

Bueno, si me dieran la garantía de que éste hoyo negro en mi pecho va a desaparecer, con gusto me volvería el hombre más pobre del mundo. Si tan solo encontrase lo que busco.

Me siento como un niño descarriado, como una alma perdida que necesita una conexión. Ya no quiero vagar, pero tampoco logro quedarme en ningún sitio porque me siento ajeno a todo.

—¿«Tan solo»? —insisto. Es justo donde ha dejado su frase inacabada.

—Deja que sea el amor quien te encuentre a ti, porque nunca vas a hallarlo en donde nunca ha estado.

Ladeo la cabeza, confundido.

Benn suspira.

—No ent...

—Tu cara de idiota lo dice todo —me increpa con un ligero acento de impaciencia—. Solo, no te fuerces. Todo debe darse de manera natural.

Me siento un poco expuesto, debo decirlo. Pensé que era el único que estaba al tanto de esta inquietud que me aflije.

—Vale —murmuro. Sonrío ligeramente—. Gracias, Benny.

Me devuelve el gesto aunque su mirada escrutadora recorre mis facciones.

—Espero que lo hayas entendido, no soy muy bueno con las palabras cuando se trata de idiotas como tú.

Ambos reímos.

—No sería así si yo fuese una mujer.

—Ah... —suspira crujiéndose el cuello mientras se frota la nuca—. Sabes bien que las mujeres sacan lo mejor de mí. Son mi debilidad.

Me limito a reír.

—¿Te apetece ir a por unos tragos al salir?

—Vale —responde, antes de disponerse a cruzar por la puerta.

—Benn... —le detengo. Me da su atención—. ¿Cómo sabré cuándo lo he encontrado?

Sonríe de manera ladina. Su gesto denota confiabilidad.

—Oh, amigo... será como un día de la independencia siendo celebrado con fuegos artificiales dentro de tu pecho.

Sonrío. Es una curiosa manera de explicarlo.

Me quedo con la sonrisa plasmada en la cara y la mirada fija en algún punto de esa carpeta de piel en mi escritorio. Debo firmar esos documentos también.

Trago. Algo me aqueja aquí dentro, justo donde apretujo en mi pecho. Es como si acabase de perder a alguien. Son ideas mías.

La sensación de vacío se hace presente otra vez, ahora que estoy solo. Quisiera que esto dejase de ser así.

Vuelvo a sonreír sopesando las palabras de Benn.

Conque el día de la independencia con juegos artificiales, ¿eh? Me gustaría experimentar eso.

La pregunta es... ¿podré?