Rosa venenosa

Allá a lo lejos, en un pequeño pueblo, oculto entre verdes colinas y valles, solía vivir un joven soñador. Su pacífica vida, lejos de ondas que perturbaran su paz, transcurría entre libros y fantasías. Siempre mirando más allá que la simple realidad. En sus sueños podía ser quien quisiese, ir a donde fuese, lograr cualquier imposible.
Un día, sin embargo, de la nada, inspirado quizás por sus héroes de leyenda, un deseo se apoderó de él, entonces quiso salir al mundo con sus propios pies, conocer las maravillas que solo sus libros le habían mostrado. Tomó un viejo bastón, se puso el poncho al hombro y partió, lleno de esperanzas, en pos de aventuras. Pero el mundo afuera es cruel, cruel con los soñadores.
Fue una mañana de primavera cuando lo vieron correr, feliz, hacia el horizonte. Y así, el joven soñador conoció grandes ciudades de cegadoras luces, exóticos parajes de colorido paisaje y personas tan extrañas como fascinantes. Él era un soñador; lo malo del mundo no podía hacer mella en sus sueños. Aún no.
Una tarde, a la luz del crepúsculo, como en los cuentos de hadas, mientras contemplaba la muerte del sol, sus ojos miraron a la criatura más maravillosa que jamás podría haber imaginado. Embelesado, se quedó contemplando en muda adoración a una joven de etérea belleza, Lucía, ¡Oh bella Lucía! Sus ojos brillaban como esmeraldas y su sonrisa eclipsaba al mismo sol. Una rosa, eso pensó el soñador, una rosa que no debería pertenecer a este mundo. Ese instante cambió para siempre la vida del joven e ingenuo soñador.
Lucía, Lucía, todos la conocían; su belleza era legendaria en aquellos lares, pero también su caprichosa naturaleza, juguetona y risueña. Como un cielo cambiante, a veces soleado y alegre, otras veces tormentoso y oscuro. Ella era, en verdad, una rosa esplendorosa, pero una rosa, por muy hermosa que sea, siempre tiene afiladas espinas que hieren. Pero el joven soñador ya estaba preso de sus encantos; todo de ella le parecía sublime, todo perfecto, sus amaneceres y sus anocheceres. ¿Qué importa el precio si es con ella?
Con las alas de su musa adorada, del joven soñador brotaron poemas y canciones que conmovieron a quien los escuchaba, incluso al corazón más helado. Subía hasta los escarpados abismos para buscarle las más fragantes y exóticas orquídeas, a solitarios ríos en búsqueda de las piedrecillas más singulares para ella, y le contaba historias de mundos imaginarios donde los dos podían ser felices lejos de las preocupaciones del mundo real. Así pasaron los días y los meses. Lucía disfrutaba de su compañía y, aunque nunca prometió nada, permitió que se acercara a ella más y más.
Un día, con los viejos árboles como mudos testigos, el soñador se atrevió al fin a confesarle su amor de manera directa, sin las vueltas de floridos poemas o canciones.
—Lucía —le dijo—, Lucía, eres la orquídea más bonita de todo el universo. Cada día te adoro más y más. Yo, yo solo quiero, deseo, sueño amarte por siempre, cuidarte por siempre, estar contigo por siempre.
Lucía, ¡oh bella Lucía!, con una triste sonrisa, tuvo que responder: —Oh querido mío, tus palabras son tan dulces como la miel, mi pobre chiquito —sus lágrimas asomaron por sus rosadas mejillas—. Dios es testigo de que, si yo pudiera, te amaría, te amaría como nadie. Pero no puedo.
Pudo ver, como si fuera visible, cómo se desgarraba el corazón de ese triste e ingenuo soñador, y solo pudo concluir para sí:
—Yo en verdad soy una rosa venenosa. Quien intente amarme solo encontrará dolor.
¿El soñador se dio por vencido? No, desgraciadamente no lo hizo. Hay quienes dicen que uno solo ama una vez en la vida, él lo creía firmemente. Para él, ella era la única en el mundo. Su amor por Lucía ya era tan profundo que estaría dispuesto a soportar cualquier tormento, cualquier sufrimiento por ella, solo por ella. Pero incluso él, que era un soñador sin remedio, tuvo que darse cuenta de que Lucía era un sueño imposible de alcanzar. Cada vez que creía estar un poquito más cerca de ella, ella se alejaba, como un horizonte inalcanzable. La realidad es la daga que mata los sueños.
Una noche sin luna y sin estrellas, con una tormenta rugiente, el joven soñador encontró a Lucía llorando bajo un árbol.
—Oh Lucía, ¿qué te sucede?, ¿qué te ha lastimado? —su corazón se desgarró aún más; no podía soportar que ella sufriera.
Lucía, con lágrimas en los ojos, le dijo: —Mi chiquito, nunca podré amarte como tú me amas. Mi corazón pertenece a otro lugar, a otro tiempo. Te he llevado al borde del abismo y ahora temo que te caigas por mi culpa. No puedo darte lo que tú deseas y eso me duele.
Desesperado, él le contestó: —¡No me importa! No te mortifiques por eso. Si por ti he de morir, dame el abrazo mortal. Si por amarte debo beber el cálido veneno, dame la copa. A ti quiero ofrendarte hasta mi último aliento —pero eso solo la hizo sentirse peor. Dándose cuenta de lo estúpido de sus palabras, cambió la conversación, de algún modo, la animó con una de sus fascinantes historias y la hizo reír otra vez. ¡Que linda era su sonrisa!
Antes de que el soñador llegara a esos parajes, ella siempre había sido feliz, sonriente y alocada, haciendo lo que quisiese, sin preocuparse por nada ni por nadie. Pero por su culpa, ahora extrañas sensaciones estaban punzando su despreocupado corazón.
Él se dio cuenta de eso; no podía perdonarse haber sido el causante de alterar el mundo de su amada. Para él, su felicidad era más importante que la suya. Así se lo dijeron los poetas en sus viejos libros ya olvidados. Parece que su presencia más que bien, estaba causando mal en aquella a quien tanto amaba. Así que decidió partir; era tiempo de volver, volver a su pueblo lejano oculto entre verdes colinas y valles pequeños.
Con la muerte del sol, como cuando la conoció, se despidió de su amada Lucía. Ella, conmovida y resignada con su adiós, generosa como era ella a veces, ¡Oh bella Lucía!, le concedió un primer y último beso, un beso largo, suave, mágico. Se miraron fijamente con lágrimas en los ojos, pero con sonrisas en los labios. La abrazó con fuerza. ¿Quién puede describir esas emociones, esas sensaciones? Entre el dolor más amargo y la más grande dicha. El sol ya había muerto. Se alejó en la oscuridad, con pasos trémulos, y se perdió en la inmensidad.
—Te quiero, Lucía, hasta mi último aliento —fue lo último que dijo, un susurro que ella alcanzó a escuchar.
Y regresó a su lejano pueblo. Las sencillas gentes le preguntaron qué había visto más allá. —Oh, muchas cosas —respondió él—, una pampa de agua sin límites, casas tan grandes como los eucaliptos… y una rosa y un sueño, un sueño imposible —agregó con melancolía.
Ya estaba herido, no en el cuerpo sino en el alma, y esas heridas no tienen cura. Noche tras noche, solía sentarse al pie de un antiguo árbol de saúco, en la cima de una loma, a contemplar las estrellas, dibujándola a ella, con ellas.
Un amanecer, el pueblo encontró al joven soñador ya dormido para siempre, con una expresión de paz en su rostro. Quizás estaba soñando, un largo y eterno sueño, donde él y su Lucía vivieron felices por siempre.
En el pueblo, pensaron que quizás estaba envenenado, por esa hermosa rosa venenosa que él siempre solía mencionar. Es peligroso, decían los ancianos, advirtiendo los peligros de allá afuera, más allá de sus fronteras, de acercarse demasiado a una rosa venenosa, por muy bella que fuera.
Lejos de allí, en otros parajes, Lucía volvió a sonreír, y siguió cautivando corazones, y siguió bailando con gracia, y sonriendo sin parar y el mundo siguió girando.
Si por ti, mi rosa venenosa, acaso he de morir
sí son, por tus espinas, dame pronto el abrazo mortal.
Si acaso por amarte he de beber el cálido veneno
dame pronto la copa, sírvela tu misma, que si viene de ti
la tomaré con regocijo, a ti, quiero ofrendarte hasta mi último aliento.
Yo loco soñador, contigo quise encender una llamarada
para protegernos tú y yo, de lo frío de este mundo tan cruel
donde el viento azota sin clemencia, donde la noche cae sin aviso
donde la lluvia casi siempre nos atrapa sin paraguas
más esta chispa no la quisiste, la apagaste con premura
tu ya tienes tu propio fuego, pobre de mí, me helaré hasta mi fin…
Hoy como ayer, recuerdo el sol brillante de aquel día,
a quien tu eclipsaste con tu sonrisa, la génesis de mi locura.
Me encontraste volando entre los mundos de papel
y con esa mirada tuya de hechicera, me arrastraste de vuelta,
a esta realidad que tanto desdeño…
me enamoré, de una quimera, de una tormenta, un huracán.
Cuando te vi por primera vez, te comparé con el cielo azul
y yo creo que, no estuve equivocado
como el mismo cielo, eres cambiante y caprichosa
a veces solo sol y luz, alegría sin tregua
A veces tormenta y frío, oscuridad y lágrimas.
… Yo adoro todo de ti, tus tardes y amaneceres.
Sabes querida, me enamore
de la orquídea más bonita de este bosque
de a poco te fui adorando, pude ver esa belleza
que tu piel y tu fulgurante figura ocultaba
pues fuiste dulce y buena conmigo, tu alma me cautivó
aprendí tus palabras, y tu forma de volar
y quise protegerte, aunque tu nunca me necesitaste.
En cada separar que tienen la noche y el día
miro y siento con el corazón, que navegas más lejos, más lejos.
trato de encontrarte en esa distancia desolada
pero yo sé que por más que reme hasta que los brazos se caigan
tú vas demasiado aprisa, más lejos, más lejos.
pronto ya no podré verte, mi dulce horizonte anhelado.
En cada despedida, temo no volver a verte, elíseo de mi vida.
Los lazos que nos unían, poco a poco van desapareciendo
se deshilachan con el martilleo implacable del tiempo
pobres hilos moribundos, ya no hay solución
se desvanecen con la neblina…y yo solo tengo miedo
miedo de cuando en agonía, ya no escuche nunca más, tu voz.
no quiero perderte…pero nunca te tuve.
Pero no me arrepiento de este amor, de amar el paraíso
Aun si nunca podré entrar, suficiente con solo contemplarla.
quise guardar en mi biblioteca cada página de tu historia
cada línea de tus días, cada detalle, cada detalle.
¡Oh dios mío! cuanto te quiero, como se quiere a la lluvia en la sequía.
Hoy solo hay melancolía en mi sembrío, con algo de apego, algo de anhelo
mi corazón sigue estremeciéndose con la niña de tus ojos
yo no desdeño este cariño que arrastra a la pena
aun si mi ser, se desgarra poquito a poco,
con cada pedazo, con cada fragmento te seguiré amando.
Yo ya sabía el precio de este amor de espinas
lo supe instintivamente al mirarte aquella vez
que tú, belleza de ensueño, me llevarías al ocaso
pero mi corazón empezó a amarte, no quiso escucharme
en este juego que tienen los soñadores, no hay elección
así que simplemente te quiero, con cada aliento de mi vida.
no hay lógica, no hay coherencia…estoy loco por ti.
La melancolía me atrapa cantando en la oscuridad
tengo un apego a mi lady, pero es una corriente que no tiene rumbo
Anhelos y alegrías, vaya rebaño de emociones
el tiempo nos aleja, fue el tiempo quien nos presentó
o caprichoso tiempo, como caprichosa eres tú, mi dama.
no puedo evitar quererte eres mi adicción…ya estoy perdido.
Sé que solo puedo seguir tus pasos solo un tanto más
tu destino es volar allá a lo lejos, solo eres un sueño fugaz
mi linda flor, tu perfume nunca la olvidaré.
Si por ti, mi rosa venenosa, acaso he de morir
sí es, por tus espinas, dame pronto el abrazo mortal.
Si acaso por amarte he de beber el cálido veneno
dame pronto la copa, sírvela tu misma, que si viene de ti
la tomaré con regocijo…
Poema declamado: https://www.youtube.com/watch?v=HsCjnG7LIC4&t=440s