La Cuna I

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Sinopsis

Prólogo. Un año ha pasado desde la muerte de su hermano mayor Dylan, y lo cierto es que Jeimmy se encuentra muy lejos de alcanzar la resignación, en ocasiones incluso, ha dudado de lo que sucedió esa noche en la carrera de motocicletas. Helen su madre, preocupada por su estado de animo cambiante y el alejamiento, que se ha instaurado entre ambos, planea un viaje a la cabaña del lago, durante el verano, sin embargo... algo sucede en la carretera, dando un giro vertiginoso a su historia, al recobrar la conciencia: Su realidad ha cambiado, nada tiene sentido, sus recuerdos son confusos, carentes de sentido. Esté, no es su mundo, se parece al mundo que recuerda, más no lo es; y la única persona que lo acompaña y mantiene vivo, su madre, se convierte en la artífice de su confinamiento o por lo menos eso le parece al inicio.

Genero:
Drama/Thriller
Autor/a:
Dido83
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Prólogo y Primer capítulo

Me incorpore con las palmas de las manos, de modo que quede sentado sobre el colchón de mi... cuna, el corazón se me fue a la garganta, estaba metido en una cuna, un mareo intenso me obligó a frenar mis movimientos, exhalé e inhalé con desesperación, esto debía ser solo un sueño uno de esos raros, bizarros, que al despertar no le cuentas a nadie porque rebasan cualquier línea de la normalidad.

Ya con anterioridad tuve pesadillas de las que pude despertar, concentrándome en ello, apreté los ojos y los dientes.

—Despierta, despierta, despierta —repetí una y otra vez con una insistencia al borde del desquicie, pero nada paso.

Me hinqué y sujete la parte superior de los barrotes empujando hacía abajo, logre que descendieran y salieran de mi cautiverio infantil.

Estar fuera de ahí, en definitiva, me permitiría pensar con mayor claridad.

«¿Qué es lo último que recuerdas?» me pregunté.

Nada

De acuerdo no entraría en pánico, lo último que debía hacer justo ahora era perder la cabeza, aunque era cierto que, para ser un sueño, ya estaba durando demasiado, también era desconcertantemente vivido, y para confirmarlo miré mis pies descalzos sintiendo la textura de la alfombra debajo de mis plantas.

Cada vez que me exigía recordar la cabeza me zumbaba y un muro blanco se interponía entre mis pensamientos y mi visión, acompañado de un dolor punzante en las sienes, sin lograr visualizar una sola imagen; opté por no insistir, creyendo que todo lo que lograría era provocarme un derrame cerebral.

Me asomé a la ventana para constatar mi sospecha inicial, solté una exhalación de alivio, menos mal, el paisaje que me regreso el exterior, encajaba con el frente del lago de la cabaña, que el abuelo le prestaba a mamá para que pasáramos los veranos, todo estaba ahí: el pinar, el muelle, el viejo bote de remos, aquello me tranquilizó un poco.

«Debía existir alguna explicación lógica para el decorado de la habitación y esa cuna», me dije.

Es probable que el abuelo realizará dichas adecuaciones para rentarla, después de todo, esta era la primera vez que veníamos, en poco más de un año.

Mi teoría se desplomo de forma estrepitosa al compás de mi quijada cayendo al piso, cuando mi madre, entro con un biberón en la mano.

—Y tu abuelo, que juraba era una exageración mía, mandar a alfombrar tu habitación, lo que pasa es que él, no te conoce como yo, que sé de tu fascinación por andar descalzo —fue a sentarse a la mecedora y meneo la mamila llamándome, palmeó sobre su regazo —Ven mi amor, ven a tomar tu leche.

La palabra confusión debió formarse en mi frente con letras grandes.

—Para ser un chiste, esto ya rebaso lo sano, además ¡Acéptalo, mamá, nunca has sido buena para las bromas!

Como si no hubiera escuchado una palabra de lo que dije.

—Jeimmy, sigues adormilado. Ven mi cielo —insistió.

Negué moviendo la cabeza de un lado al otro.

—Es que no quedaban vasos en la alacena, quizás una taza —pregunté con sarcasmo.

Al ver que no moví ni un músculo, se puso de pie, a mi encuentro, la finté y corrí por su costado contrario, ella alego

«que no era momento de jugar»,

El desconcierto tironeo de mi barriga, el tiempo se ralentizó, y sin saber que más hacer, me metí detrás de la mecedora y usé el respaldo como una barrera entre ambos, al mismo tiempo que me esforzaba porque mi cerebro fuera más rápido y me diera un indicio ¡¡De qué diablos estaba pasando!!

Se acercó se puso en cuclillas y nuestros ojos conectaron a través de las juntas de madera.

—¿Qué pasa mi niño, tiene uno de sus brotes de timidez?, ¿Es que no tienes hambre?

—No entiendo nada de lo que está pasando, si es un sueño quiero despertar, mamá, no beberé de un biberón, soy demasiado grande para eso —argumente.

Y cómo si todo lo que hubiera escuchado fuera la última parte.

Sonrió enternecida.

—Sí, ya eres muy grande por eso solo te consiento dándote el biberón en las mañanas y a veces en las noches ¿A ver dime que tan grande eres?

Ahora no era que no me moviera por decisión propia, sino porque quedé atónito, me hablaba con el tono dulce y meloso con el que una madre se dirigiría a un niño pequeño

Levantó uno, dos, tres dedos —así mi amor, así de grande eres —canturreo —tres años, ya casi cuatro —puntualizo.

Las piernas me flaquearon, el aire me falto y todo el recuerdo de la planeación de nuestro viaje al lago se reprodujo a toda velocidad como los celuloides de una película fílmica revelándose uno tras otro frente a mis ojos.

Excepto, el ¿Cómo habíamos llegado aquí?

El trayecto desde Denver hasta la cabaña del lago. Seguía siendo un espacio en blanco dentro de mi mente ¿Por qué era incapaz de recordar?

Peor aún porqué mi madre, afirmaba que yo tenía tres, casi cuatro años.

¡Por fin había sucedido! Mamá, había enloquecido.

Después de un desfile de médicos, retiros espirituales, sanaciones tántricas, psicólogos y por fin psiquiatras, nada había funcionado; en el fondo siempre lo supe, pero las ansias de querer verla recobrar esa sonrisa inigualable y ese brillo como racimo de estrellas titilantes en el cielo, me mantuvo esperanzado o quizás sedado, sabia en el fondo que, mamá jamás seria la misma, pero sí podía recuperar un poco de su alegría con eso me conformaba.

Fui tan iluso y como, si esa vocecilla interna en mi cabeza me confrontara.

«Siempre te lo dije, solo era cuestión de tiempo».

La realidad puede ser un visitante, no siempre bien recibido, quizás ese fue mi mayor error: la evasión.

Suspiré con desesperanza, pero sobre todo con temor.

Mamá, por fin había perdido la cabeza. Y es que, si por un segundo dejaba de ser el hijo condescendiente en el que me convertí este último año y era sincero conmigo mismo, podía escuchar esa parte mía, la racional, gritando dentro de mi cabeza:

“Es una terrible idea, Jeimmy, aún no está bien, no lo hagas”.

Es cierto, sentí un nudo en la garganta, cuando con una sonrisa eufórica, me lo propuso, parecía un bello sueño: