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La cabeza de Dioniso

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Sinopsis

El bien y el mal no existen por sí mismos, sino que el ser humano lleva siglos construyéndolos de acuerdo con sus necesidades; de este modo, ¿las leyes de los hombres son adecuadas para juzgar aquello que desconocen y que se encuentra en constante cambio? La respuesta a esta pregunta tiene un costo, ¿vale la pena pagar el precio para conocer la verdad? La desaparición de un amigo y la persecución de los implacables detectives que lo buscan se enredan con las declaraciones poco convincentes de cuatro mujeres, quienes tratan de ocultar lo que debe permanecer oculto de quienes no están preparados para entenderlo.

Estado:
Completado
Capítulos:
28
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Clasificación por edades:
18+

En blanco

Han pasado casi tres meses de la desaparición de nuestro amigo Cysio y las investigaciones no nos han dado tregua un solo día. Lo que ocurrió esa noche sigue pareciendo algo más que un accidente, puesto que los peritos no terminan de creerse la historia de que sólo era un viaje entre amigos, pero uno de nosotros no regresó...

Era tedioso tener que acudir cada cierto tiempo a los interrogatorios de rutina, en especial, por el psiquiatra que solía entrevistarnos. Supongo que buscando una confesión o tratando de detectar algún bloqueo psicológico que nos impidiera recordar más detalles sobre esa noche.

Su abundante barba blanca se veía bien cuidada, perfectamente recortada. Casi daba la sensación de verse como el busto de algún filósofo griego. Sus ojos, opacos por la edad, tenían algo en el fondo que los hacía centellear, quizá una ligera chispa de locura, un minúsculo recuerdo de tiempos mucho más apasionados.

Un surco severo le marcaba la frente, debía tratarse de una persona sumamente expresiva. La nariz estaba dotada de cierta dignidad respingona. Todo el conjunto resultaba bastante armónico. Posiblemente en su juventud tuvo una de esas bellezas excepcionales que, por desgracia, solían pasar desapercibidas. Me lo imaginaba parecido a Cysio, posiblemente le habría agradado.

Él no era precisamente bello, sino que tenía un encanto más bien sensible. Algo magnético en su forma desordenada de comportarse. Y esa mirada llena de dulces promesas. Era difícil resistirse a su presencia.

Lo único que suena, mientras estoy en la sala de interrogatorios, es el zumbido de la corriente eléctrica pasando entre los tubos de cristal de las lámparas.

Entonces, con aire imponente, el psiquiatra entra en la estancia. Llevando entre sus manos una elegante carpeta de cuero carmesí. A decir verdad, cada vez que vengo, me siento intrigada por saber qué documentos lleva en ella.

— ¿Qué intereses particulares tiene? — Pregunta sin mayor preámbulo, ni siquiera el acostumbrado saludo. Creo que las cortesías entre nosotros ya salen sobrando.

— ¿Disculpe? — Replico, recuperándome de la leve sorpresa inicial. El hombre se nota firmemente determinado, ¿a qué? Su actitud me resulta fascinante.

— Me refiero a sus pasatiempos. — Puntualiza para darse a entender mejor, aunque no veo con qué objetivo. Con gesto teatral se quita las gafas para limpiarlas, pese a que no parece que estén sucias.

— Podría decirse que soy una persona de libros. De vez en cuando, también disfruto salir a respirar un poco de aire fresco lejos de la ciudad. Pero paso la mayor parte de mi tiempo en casa o en el trabajo. — Este venerable caballero me pregunta datos inútiles de mi vida, incluso cuando conoce casi todos los detalles de ésta. ¿Por qué?

— ¿Algún autor favorito o algún libro que recomiende especialmente? — Termina de darle brillo a los cristales de los anteojos, para volver a colocárselos sobre el puente de la nariz.

— En general, cualquier libro de misterio o de terror puede ser una buena opción. — Puedo presentir que sus movimientos han sido previamente calculados, como si hubiera tanteado el terreno con antelación. ¿Adónde quiere guiarme?

— Si me pregunta por autores en específico, creo que los clásicos nunca decepcionan. Ya sabe, Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Eurípides... — Juega conmigo y yo tengo que seguirle la corriente hasta saber a qué estamos jugando.

— No conozco a muchas personas que lean tragedias griegas. — Entrelaza las manos poniéndolas sobre el escritorio que nos separa, abarcando más espacio, intentado intimidarme de modo sutil.

— ¿Qué puedo decirle? Son realmente extraordinarias. — Cruzo lentamente una pierna sobre la otra en posición naturalmente defensiva. La tensión crece en el ambiente. No hay tonos o palabras hostiles, sino que nuestra batalla se da en silencio, por medio del lenguaje corporal.

— ¿En qué sentido? — Toma algunas notas, bajando la mirada por momentos. Ignoro si realmente está escribiendo o es una táctica más para sacarme de balance.

— En que son inevitables las tragedias. Realmente, no importaría mucho qué decisión hubieran tomado los personajes en ellas. Siempre terminarían arrastrados por la desgracia. El mejor ejemplo de ello es Edipo, quien huye de su destino, sólo para darle cabal cumplimiento. — Su mirada se vuelve aguda, acabo de darle la oportunidad que estaba esperando. Debo tener cuidado a partir de este punto.

— ¿Usted diría que era inevitable lo que le sucedió al joven Cysio? — Se pone el bolígrafo contra los labios, como si la pregunta fuera más retórica que genuina.

— ¿Cree usted en el hado o en la voluntad divina? — De su respuesta depende la mía. No tiene mucho caso hablarle al ignorante de lo que no alcanza a comprender, ya que se corre el riesgo de ser tomado por loco.

— ¡Por supuesto que no! — Espeta con sumo desprecio. Como lo imaginaba, es sólo otro hombre de “razón” y nada más.

— Entonces, supongo que la desaparición de Cysio era perfectamente prevenible. Aunque todos nosotros, incluido él mismo, hayamos contribuido a que todo ocurriera de la forma en que lo hizo. — Sin darme cuenta, termino cruzando también los brazos, lo que no pasa inadvertido para el anciano, que me observa meticulosamente.

— Lo que acaba de decir podría ser considerado una confesión de responsabilidad en la desaparición de Cysio. ¿No lo cree? — Por su expresión, cree haberme atrapado con las manos en la masa.

Sonrío confiadamente antes de contestarle. — Lo sé y lo es. Como ya se lo he dicho, en ocasiones anteriores, todos estábamos ebrios. Así que, de cierto modo, todos tuvimos la culpa de lo que sucedió. — La mueca que hizo con la boca ante mi réplica me dejó saber que estaba exasperado.

— De eso estoy más que seguro. — Comenta en tono acusador, casi amenazante. Retrae las manos a una posición más cómoda, cediendo el terreno que había ido ganando.

— A decir verdad, no veo cómo es que sus preguntas respecto a mis intereses personales pueden ayudarnos a encontrar a Cysio. — Lo increpo con frialdad, tratando de dirigir toda la responsabilidad hacia él mismo.

— Dudo que eso le preocupe en verdad. Sobre todo, porque a estas alturas ya no tenemos prisa por hallarlo. Acaso, los detectives rescatarán el cuerpo. ¿No es verdad? — La certeza con que pronunció aquellas palabras me hacía creer que, prácticamente, tenía el cadáver debajo de su escritorio.

— No sabría decirlo, mientras no aparezca vivo o muerto. — Así que de eso se trata. Intenta manipularme, haciéndome creer que tiene algo en concreto presionarme a confesar.

— Una respuesta inteligente. Aunque no esperaba menos de usted y sus amigas. — Pone cuidadosamente sus manos con las palmas abiertas sobre la carpeta de cuero rojo. Seguramente hay algo muy importante dentro de ella.

— Durante tres meses han conseguido evadirnos. Debo darles algo de crédito por eso, pero me permito recordarle que nunca es tarde para hacer lo correcto. — Al no conseguir acorralarme como deseaba, lanza una tibia sugerencia apelando a la moralidad.

Para su mala suerte, yo había aprendido a ver más allá de los juicios moralinos de los hombres. Lo que el psiquiatra consideraba correcto era lo que la sociedad había acordado que era correcto.

No obstante, Lo Correcto, con mayúsculas era algo distinto. No tenía nada que ver con un consenso entre personas, ni era variable de cultura en cultura. Simplemente existía desde el principio de los tiempos. Aunque sí, escuchar su llamado era difícil en un mundo lleno de gente que gritaba a voz en cuello poseer La Verdad.

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