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Sinopsis

El recién liberado del servicio militar, Wonho busca desesperadamente recuperar el tiempo perdido y en una aplicación de encuentros hallará el vehículo perfecto para satisfacer sus deseos reprimidos. Por otro lado, Dongjun está decidido a dejar atrás un aniversario fallido y un amor pasado que se desvaneció. Cuando sus caminos se cruzan, la química es instantánea y ardiente. Sin ataduras emocionales, están dispuestos a explorar su conexión física en un apasionado y breve encuentro. "Bitumen" es la exploración de los deseos reprimidos y las conexiones fugaces, mostrando cómo incluso en un encuentro casual, las emociones y los impulsos pueden dejar huellas imborrables en el alma.

Estado:
Completado
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Cadete Lee Hoseok

El reloj se movía tan lento que la desesperación invadía el cuerpo del hombre que ya había guardado todas sus pertenencias, ya no tenía nada más que hacer en esa habitación oscura y fría. Aquellos últimos momentos se le hicieron más eternos que los casi dos años viviendo en la base militar, el tiempo iba dejándolo con una sensación de impotencia mientras los minutos se estiraban como chicle.

Wonho había esperado este día casi desde que fue a cumplir con sus obligaciones con su país. Finalmente, escuchó una pequeña alarma y vio el reloj, observando como las manecillas marcaban las doce del mediodía. Por fin.

La puerta crujió al abrirse, permitiendo que un haz de luz inundara la habitación. La figura de un sujeto uniformado emergió en la entrada, una presencia que Wonho había soportado durante largos y tediosos meses. El general a cargo, un hombre cuyo rostro Wonho agradecía no volver a ver, estaba frente a él.

—Lee Hoseok, hora de marcharse— anunció el general con una voz áspera y autoritaria. Los ojos del individuo se encontraron con Wonho, quien permanecía sentado en el borde de la cama.

—¡Por fin!— no pudo evitar soltar Wonho con un ápice de emoción, pero conservó su porte fuerte y sereno.

Se puso de pie, recogiendo su bolsa de tela camuflaje. Con pasos decididos, siguió al general por los pasillos familiares, dejando atrás los dormitorios y el largo período de servicio militar. En su mente, repasaba los días, las noches y los momentos que habían dado forma a su experiencia en la base.

La silueta del general avanzaba por delante, una imagen que había visto innumerables veces. La diferencia ahora era que, en lugar de seguir las órdenes, Wonho seguía sus propios pasos, alejándose de la sombra opresiva del cuartel. El general se detuvo, y Wonho lo imitó a su lado, al quedar frente a frente el general y el muchacho gigantesco, no solo por su estatura que logra rebasar al general por más de quince centímetros, sino también por ese cuerpo musculoso que durante años ha trabajado. Cualquier persona que entrara en el momento podría haber jurado (sin fijarse en la vestimenta) que el verdadero general, el verdadero hombre con el poder dentro de esa base militar era Wonho y no el señor en la puerta.

—Sígueme y te llevaré a la salida, tomarás las pertenencias que te fueron retiradas en tu ingreso, firmaras un par de documentos y podrás irte— fue lo que soltó el general sin siquiera mirar al cadete, mientras empezaba a caminar lentamente alejándose del dormitorio al que el hombre musculoso jamás iba a regresar.

Wonho no hizo ningún otro comentario, no había nada de qué hablar con su general al mando, llevaban casi dos años de convivir día a día, noches tras noche, pero en el ejército nunca hay tiempo para hacer amistades, ni tampoco para un buen polvo, cosa que tenía muy frustrado y bastante furioso a Wonho en todos esos largos meses, pero por fin iba a poder explotar, por fin iba hacer todo aquello que tanto tenía ganas y que no tuvo oportunidad.

Después de pasar por los extensos campos donde se encontraban otros dormitorios, y pasar por un par de pasillos de servicios médicos vio la recepción, esa por la que había entrado con una cara de resignación. Todo era blanco y luminoso, no sabía si era porque realmente era así de limpia y deslumbrante la habitación o si se debía a su emoción por ya largarse de una vez por todas de ahí.

Wonho vio al general señalando la ventanilla que se encontraba justo al lado de la inmensa entrada, y se acercó encontrando del otro lado del cristal a un hombre un poco mayor con una sonrisa.

—¿Cadete Lee Hoseok?— comentó el señor mirando en su pantalla.

Wonho solamente asintió con la cabeza.

—Bien, ten estas hojas, firmarlas y después escribe la fecha en la línea final de cada una— comentaba dejando frente al hombre un par de documentos en la base de la ventanilla.

El señor se levantó de su silla y fue hacia una parte donde no se lograba ver desde el lado donde Wonho se encontraba.

—Sé que este tiempo fuí muy exigente y severo con usted cadete— escuchó el muchacho que firmaba las hojas que le darían la libertad. —pero si fui tan exigente fue porque podía hacer todo aquello y más— el general se estaba sincerando y su tono grave y seco permanecía ahí, pero ahora era un poco más cálido.

—Ya tendrá un costal de papas menos del que encargarse— comentó Wonho firmando la última hoja. —Sé que nunca le terminé de simpatizar— esa afirmación no pretendía sonar como un reclamo, solo era un comentario sincero.

—Cadete— dijo el general, y ambos volvieron a mirarse cara a cara, claro que el general tuvo que elevar un poco el rostro para verlo directamente a los ojos. —Si hubiera decidido quedarse aquí y servir a su país, créame que en un par de años me hubiese suplido como general— una sonrisa pequeña pero sincera finalizó las palabras del general.

Wonho por su parte no pudo evitar inclinar su cuerpo ligeramente hacia adelante para agradecer con una reverencia.

—Muchas gracias, pero aún tengo muchas cosas afuera que me esperan— fue lo único que pudo decir, aunque no lograba pensar que cosas lo esperaban más que solo una, una cosa, un deseo, una idea que le revoloteaba por la cabeza durante tanto tiempo.

El señor del ventanal regresó con una caja de metal sin tapa y la colocó en su escritorio, después empezó a sacar cosas de ella y ponerla en la ventanilla.

—Bien— dijo el hombre mayor colocando un cinturón negro de cuero frente al muchacho. —te entrego un cinturón, un juego de llaves— se detuvo mientras escarbaba dentro de la caja. —Un celular, una cartera, una gorra y un par de tenis.

Wonho tomó sus pertenencias que le había quitado hace tanto, él colocó su bolsa que le habían otorgado al entrar y empezó a guardar sus viejas cosas junto a las pocas que se llevaría del servicio militar. Colocando donde encontrará espacio todo aquello, entre su par de camisas militares y sus agujetas para botas.

Los documentos firmados pasaron de mano en mano, confirmando oficialmente su retorno a la vida civil. Wonho asintió, escuchando las indicaciones del hombre mayor mientras su mente volaba hacia el futuro que se extendía ante él.

—Supongo que no debo esperar verlo aquí alguna vez— comentó el general.

—No, pero si algún día quiere verme ya sabe que…

—Cadete, no acepte ese trato dentro del cuartel, no lo aceptaré fuera— le interrumpió el general.

—Bueno, tenía que intentarlo una última vez— dijo Wonho dibujando una sonrisa descarada y honesta, ya varias veces le había ofrecido encerrarse entre las regaderas o en alguna bodega, pero nunca lo logró.

—Que le vaya muy bien, y espero algún día regrese para ofrecerle al país todo ese potencial— le soltó con una honestidad que jamás Wonho había esperado del apuesto pero serio general.

El muchacho no pudo hacer otra cosa más que extenderle la mano para despedirse por fin. Estrecharon las manos y el hombre de casi dos metros de alto atravesó las inmensas puertas que brillaban por el sol intenso de la ciudad. El general solo pudo ver como aquella silueta descomunal y ancha se hacía más pequeña y delgada con la distancia.

El cadete Lee Hoseok iba directo a rehacer su vida, a dejar de lado ese tiempo encerrado que lo había detenido de esos deseos intensos e íntimos que por fin podría desatar. Wonho estaba deseoso de aprovechar cada segundo, cada minuto de cada día que se le había arrebatado. Ya tenía todo planeado; iría directo a su departamento, se daría una buena ducha con agua helada en lo que su celular cargara, y después buscaría algún apetecible y liviano cuerpo que destrozar y poseer. Sus pasos se aceleraban, su corazón latía con una emoción contenida, porque sabía que el momento de satisfacer sus deseos estaba cerca, y nada ni nadie lo detendría.