Caín y Abel

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Caín desea todo lo que Abel tiene. Abel miente sobre quién es y solo Caín lo sabe. .° • ★ • °. Abdiel es un pintor que en los últimos años ha cautivado a miles. Su indudable talento y carisma lo han llevado a la cúspide de su carrera, pues a su corta edad, ha sido apodado por muchos como el maestro del arte ilusionista. Nadie duda que él sea la clara definición de «arte». Sin embargo, Abdiel no es ni la mitad de lo que dice ser, pues esconde un terrible secreto que solo Caín conoce. ¿Quién es Abdiel? Ese es Abel. Y Caín está dispuesto a revelar al mundo su verdadera identidad. Con ambos teniendo en su poder datos importantes del otro, es como inicia su búsqueda para encontrar las piezas faltantes de sus caóticas vidas. _____________________________ 📖 Borrador. Prohibido el plagio y las adaptaciones. La imagen de portada NO es de mi propiedad. Créditos a su respectivo autor. | The cover image is NOT my property. Credits to the corresponding author. :)

Estado:
En proceso
Capítulos:
14
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 01

Borrador © Primera publicación Inkitt: 11 de junio de 2024.


~•~


La vida es un ciclo que se compone de momentos efímeros, dulces y agrios. En lo particular me hubiese gustado experimentar más los primeros. De estos, mi memoria guarda muy pocos.


No sé cuánto tiempo pasó para que volviera a encontrarme y que aquellos recuerdos que alguna vez atormentaron mi ser, desaparecieran como las piedras que son arrojadas al mar. Pero lo que sí sé, es que al menos no todo fue sombrío, tuve la fortuna de conocer personas que fueron mi sostén en los días en que me sentí a la deriva. 


Si me preguntasen sobre momentos memorables en mi vida, sin duda, haría un recuento de los sucesos que ocurrieron en mi infancia temprana, para ser más exacto, cuando tenía entre cinco y seis años. En aquel entonces, mis días podían definirse como «perfectos». Mis padres todo me lo daban, todo lo tenía… Era el más afortunado. Bien dicen que uno no valora las cosas que tiene hasta que estas, se le son arrebatadas de un día para otro. 


Fue entonces que, a los siete años lo conocí.  Y también, cuando sin saberlo, todo lo que creía saber y tener, hubo de desmoronarse hasta obligarme a ser y estar, hasta donde ahora. 


Él y su familia eran los nuevos en el fraccionamiento, los Roldán, personas que decían venir del sur del estado. Y como todas las demás familias, nosotros habíamos preparado un pequeño presente para darles la bienvenida y ponernos a su disposición en lo que hacían por adaptarse. 


Salté en mi cama en cuanto me enteré que uno de los vecinos era tan solo dos años mayor que yo, eso significaba una cosa: cabía la posibilidad de hacerme de un nuevo amigo. Por lo regular, los otros niños rondaban por edades en las que ya no les interesaba mucho jugar, preferían pasársela metidos en otras cosas que prestarle atención a las que a esa edad eran motivo de mi entusiasmo como los balones y las bicicletas. Por esa razón, me había resignado a jugar a las afueras de mi casa y en su lugar, me vi en la necesidad de dedicarme a cumplir con las tareas escolares, dibujar, pintar y ver las mismas caricaturas una y otra vez. Pero todo apuntaba que las cosas podrían ser diferentes. 


—Puede que tengas dos amiguitos nuevos —mamá dijo en lo que terminaba de acomodarme mi suéter menos favorito. Sonrió y acarició mi mejilla. 


—¿Dos? —Mis ojos brillaron y dije, gustoso, mientras ella terminaba de explicarse. 


—Sí, de hecho tiene una hermanita menor que tú. —Pellizcó mi nariz. 


De pronto, mi sonrisa cayó y lo siguiente que hice fue formar una mueca. Mamá ladeó la cabeza en señal de duda y yo me apresuré a negar. Quizá me estaba adelantando y esa niña no era como las que solían molestarme en la escuela. 


—¿Qué pasa? 


—Nada. —Sonreí y le pedí esperarme hasta encontrar un buen juguete para impresionar a los vecinos y jugar con ellos. 


—Bueno, está bien. En cinco minutos nos vamos, no tardes. —Mamá besó mi frente antes de salir del cuarto. 


Papá y mamá hablaban entre ellos sobre si una caja de galletas de mantequilla había sido lo mejor que se les había ocurrido para dar como obsequio de bienvenida. Mi papá decía que un pastel hubiese resultado mejor, pero mamá sostenía que su elección era buena y ya lo vería. Yo solo deseaba que los señores Roldán fueran amables y nos invitaran a comer esas galletas con ellos que olían tan rico y que por cierto, eran mis preferidas, cuando una niña abrió la puerta y se quedó viéndonos por largo rato hasta que la cerró, asustada. Pasados unos segundos, un hombre de gesto amable nos saludó agradecido por la visita. Pasó a la otra mano la toalla con la que secaba sus manos y saludó a mis mayores con un corto apretón de manos, a mí me dedicó una sonrisa. 


—Ay, muchísimas gracias, no se hubieran molestado. Disculpen a Susana, no sabíamos que tendríamos visitas —dijo, ya con la caja en sus manos. Terminó de abrir por completo la puerta y nos invitó a pasar—. Por favor, adelante. Ahora baja mi esposa. ¡Ana! Tenemos visitas. —Y cerró la puerta con el pie. 


Tomamos asiento mientras le pedía a la niña de hace un rato que fuera a por su hermano para que viniera a saludarnos. Todo eso en lo que hacía por abrir la caja de galletas. 


—¿Gustan una? 


—Eh, no, no. No se preocupe, así estamos bien —contestó mamá. 


—Pero yo sí quiero. 


—Abel… —Mamá detuvo mi intención de querer aceptar la cordialidad del señor con solo el modo de decir mi nombre. 


—Ay, no sea así, deje que agarre las que quiera. —El hombre me miró. 


—No, cómo cree. Que pena, si las trajimos para ustedes.


—No, de veras, no pasa nada. Anda, hijo, toma las que quieras. 


Entonces lo hice. 


Como su esposa y su otro hijo tardaban en bajar, el señor Mauro se disculpó y se encargó él mismo de ver el porqué de su demora. En eso, mi papá no dejó pasar la oportunidad para comentar a mamá sobre las lindas decoraciones que rodeaban la casa y que iban desde llamativos cuadros hasta finos floreros y lámparas. De pronto, papá empezó a reír por algo que mamá le había dicho al oído, cuando unos pasos provenientes de la escalera, hicieron que mis padres se pusieran en pie. 


Por mi parte, empecé a balancear mis pies mientras movía mi cuerpo de un lado a otro. Incluso con mi edad, pude percatarme que entre más bajaba aquella mujer, el buen humor de mi papá desaparecía.


—Disculpen la tardanza —habló el señor Mauro—. Ellos son Liliana, mi esposa y él, Caín, nuestro hijo mayor. 


La mujer no dudó en saludar a mamá con la mayor de sus sonrisas, tanto así, que pronto se animó a saludarla con un beso en la mejilla.  


—Caín, saluda —le dijo su mamá, tomándolo de los hombros para acercarlo a nosotros. 


—Hola Caín, ¿cómo estás? —Mamá le sonrió mientras le tocaba la cabeza. 


—Gracias por venir —dijo la señora Liliana—. Por favor, tomen asiento. ¿Les gustaría tomar algo? Por cierto, ¿dónde se metió Susana? 


—Así estamos bien, no se preocupen. —Mamá era la única que participaba en la conversación. Por otro lado, papá se mantenía inmerso en sí, sin importarle parecer descortés al ignorar todas las muestras amables de los Roldán, algo que sin duda, empezó a preocupar a mamá, que en un momento en que los señores se distrajeron dentro de la cocina, le dio un leve codazo a fin que reaccionara—. ¿Qué es lo que te pasa? Te preguntan algo y no contestas. ¿Estás bien? 


Papá, que se mantenía con la vista perdida, hubo de reaccionar una vez mamá le pasó la mano por el hombro. 


—¿Adrián? —le preguntó tan bajito que apenas y pude escuchar. 


Entreabrió la boca, sin embargo, fue incapaz de decir algo en cuanto sus ojos dieron a parar en el matrimonio que se acercaba. El señor Mauro traía una bandeja repleta de pan dulce y la señora Liliana, una tetera humeante. 


—Ay, pero si se mira muy pálido —mencionó Mauro, mostrándose preocupado tras dejar la bandeja sobre la mesita de centro—. ¿Algo en lo que podamos ayudarle? 


—No —contestó papá, cortante, sin molestarse siquiera en mirarle. Luego, solo se dirigió a mamá y solo a mamá—. Vámonos —Su voz llena de prisa, incomodidad y súplica fue evidente para todos. Ella quiso añadir algo, no obstante, era tanto el suplicio que estaba viviendo papá en ese instante, que le fue imposible no acceder a su petición de huir de ahí. 


Así que lo siguiente que hizo mamá, fue disculparse en nombre de todos por la corta visita, asegurando regresar en otro momento que fuera oportuno. Los Roldán supieron comprender y dejaron de insistir en que nos quedáramos un rato más. 


—Anda Abel, despídete rápido —me dijo mamá, quien al ver que me negaba, me lanzó una mirada tan amenazante que me obligó a obedecer. Mi expresión caída fue suficiente para dar a entender cuán decepcionado me sentía y como mis deseos por quedarme más tiempo, al menos hasta saber si tanto Caín como Susana irían a la misma escuela que yo, se vieron derrumbados. 


Recuerdo haber intercambiado una sonrisa con ambos con la esperanza de cruzarnos después. 


Al llegar a casa, mis papás empezaron a discutir. Papá se arrepentía de haber ido con los vecinos y expresaba lo irritante que le había parecido la actitud tan fingida del señor Mauro. Por supuesto que mamá no estaba de acuerdo con él y no le pareció justo que por algo injustificable, nos negara acercarnos a ellos y poco le importó su reacción al decirle que de nuestra parte, no dejaríamos de frecuentarlos. 


Aún con las palabras de papá, no me quedó en claro si podría o no jugar con Caín y Susana y, preguntárselo en ese momento, no era la mejor opción que digamos. Pues se dirigía a mamá de un modo que me causó miedo, nunca antes lo había visto así: con los ojos brillantes del enojo ni diciéndole cosas tan horribles a mamá hasta hacerla llorar. Y en cuanto ella se dio cuenta que los miraba, se alejó de papá y le pidió dejar el asunto, ya que lo único que estaban consiguiendo era empeorar la situación. Ante esto, papá se volvió a mí siendo al fin consciente del desconcierto y miedo que acaparaban mis ojos que no le quedó más remedio que ahorrarse su descontento y pasó de largo directo al segundo piso. 


Cuando no hubieron más gritos que hicieran doler mi corazón, mamá tomó asiento a lado de mí y empezó a acariciar mi cabello, en un intento por mostrar interés en el dibujo que estaba a punto de terminar de colorear. 


—Entonces… —dije, sin despegar mi atención en la casa del árbol plasmada en el papel—, ya no podré jugar con ellos, ¿o sí…? —La falta de una respuesta inmediata, me obligó a mirar a mamá—. ¿Por qué? 


Ella se acomodó mejor en su sitio y soltó una risita, nerviosa. 


—No le hagas caso a tu papá, él no se refería a eso. —Ni ella creía en lo que decía, de eso podía estar seguro. Miraba a todos lados menos a mí, como si tratara de encontrar las palabras adecuadas—. Lo que quiso decir es que los visitemos menos para no molestarlos. Recuerda que vienen desde muy lejos y quizá ahora lo que necesitan es descansar. 


Dije nada y seguí en lo mío. 


—Abel, no te pongas triste. Estoy segura de que habrá otra oportunidad para que puedan hablar. Tenías muchas ganas, ¿a que sí?


Así que sí se había dado cuenta…


—¿Crees que vayan a la misma escuela que yo? 


—Es lo más seguro. 


Sus palabras me habían devuelto la esperanza, así que dejé de lado todo lo demás y la abracé. Sonreí, esperando que tuviera razón. 


—¿Vemos una película?


—¡Sí! —Mamá siempre sabía cómo hacerme sentir mejor. La quería tanto. La amaba tanto. 


Al quinto día de lo ocurrido, por la tarde, fue cuando me rehusé a utilizar la bufanda que, con tanto esmero, mamá había hecho para mí. Era de un color rojo vibrante, bastante acogedora, pero muy estorbosa. Refunfuñaba mientras trataba de abrigarme y pedía que no me alejara más de lo debido y volviera pronto para la cena. 


—Abel, allá afuera está haciendo mucho frío. Es por tu bien o si no, te vas a enfermar y no quieres eso, ¿o sí? Por favor, hijo, hazme caso. —Terminó de acomodar mi cabello rebelde y se puso en pie—. Y no más de media hora, ¿estamos muchachito? Que no tardan en llegar tus abuelitos y tu tía y todavía no te has bañado. 


Asentí con un ligero puchero y esperé a que mamá se perdiera al interior de la casa para por fin, deshacerme de aquella bufanda. Sonreí, libre. Así estaba mejor. 


—Será mejor si obedeces a tu mamá, es por tu bien. 


Me volví tan pronto oí una voz a mis espaldas, cosa que al instante, lamenté, pues había desparramado el monte de tierra que tanto trabajo me había costado reunir para construir un castillo. Una mujer más o menos de la misma altura que mamá, me sonreía. Los rayos de la puesta del sol caían sobre sus cabellos cobrizos, dejándolos ver todavía más hermosos. Bajó de la banqueta y caminó hacia mí y se puso a mi altura. 


—¿Sabes? Te pareces mucho a mi hijo, los dos son unos traviesos. 


Arrugué la nariz y eché dos pasos atrás. Nunca había sido fan de las comparaciones, ni tampoco me parecía correcto que la señora Ana se atreviera a medirme al mismo nivel de su hijo cuando era probable que Caín fuera mil veces mejor que yo. En respuesta, la mujer se rió.


—Mamá, ¿puedes venir? —Era él, con cara de angustia y la voz agitada. La señora Liliana se puso en pie y le miró, preocupada—. Susana se cayó. 


Sin dudarlo, la mujer regresó a su casa con el pendiente de que a su hija no le hubiese pasado nada grave. 


Mientras tanto, vi en ese momento mi oportunidad para hablarle. 


—Oye, espera. —Con torpeza, pero con la rapidez necesaria, logré que Caín me mirase antes de saber la próxima vez en que lo vería. 


—Mamá debe estar esperándome, adiós —dijo, dispuesto a dejarme ahí. 


—Al menos deja que te diga cómo me llamo —insistí. Él bufó—. Soy Abel. 


—Hola Abel —dijo y se dio la vuelta. 


—¿Cuándo podremos salir a jugar? 


Volvió a detenerse. 


—Puede venir Susana también —aseguré. 


—Bueno. —Fue lo único que dijo antes de que papá me sorprendiera hablando con él. Acababa de llegar del trabajo. 


—Abel —habló en tono autoritario. Lo saludé con una sonrisita, pero aquello no bastó para evitar que se enojara—. ¿Qué te dije de no juntarte con ese niño? 


—Pero si no estábamos jugando. 


—Pero estaban hablando. —Solo fue hasta que se dio cuenta que mis ojos se aguadaron, que se puso a mi altura y suspiró—. Abel, mira, n-no llores. —Acunó mi rostro entre sus manos y me sonrió. Al final no pude aguantar más las ganas y me eché a llorar. Mi papá me pegó a él y me abrazó con una delicadeza inmensa, como si temiese que me rompiera en ese instante—. Mira lo que te compré —dijo de pronto, enseñándome una bolsa que contenía un juego de lápices de colores que le había pedido la vez en que pasábamos por una gran papelería. Cuando notó que ya me había tranquilizado, quiso saber si las visitas habían llegado ya y le dije que no. 


Al entrar a la casa, notamos de inmediato el rico aroma del estofado que mamá había preparado y le pidió a mi papá, poner la mesa mientras ella se alistaba para recibir a nuestras visitas. 


Desde mi cuarto podía escuchar las voces de mis abuelitos y mi tía provenientes de la sala. Yo terminaba de ponerme los calcetines cuando papá tocó la puerta y se asomó para ver si ya estaba listo. 


—Abel, ¿ya terminaste? —Como vio que tenía dificultades para amarrar las agujetas, me ayudó. 


Dudé mucho si era oportuno hacerlo, pero al final me animé. Lo tomé del brazo antes de que pudiese cruzar la puerta y conseguí que fijara su atención en mí, confundido por mi repentina reacción. Como vio que agachaba la cabeza y no decía nada, suspiró y pasó una mano por mi pelo castaño. No era necesario que dijera algo para que entendiera a lo que quería llegar y a decir verdad, fue algo que me tranquilizó. Así, me invitó a sentarme junto a él. 


—¿Sabes? Cuando tenía tu edad, tus abuelitos no solían dejarme juntarme con los vecinos porque eran una mala influencia para mí y me distraían de los estudios —decía con la vista fija en algún punto de la pared, luego pareció darse cuenta de sus palabras que se rió—. No sé por qué te digo esto si es probable que no me entiendas. —Negó. Y pronto, puso la otra mano en mi hombro, se acercó lo suficiente y me sonrió—. Estuve pensando sobre todo el asunto con los nuevos vecinos y creo que no se me hace justo que al igual que yo, te pierdas de esto. 


Ladeé la cabeza, a veces, mi papá no lograba ser del todo claro o quizá era que yo era tan torpe que me costaba entender las cosas. 


—Sí, Abel. Podrás hablarles, olvida lo que dije la vez pasada, no sabía lo que decía.


Entonces, mis labios comenzaron a curvarse hasta formar una vasta sonrisa, su cambio de opinión había causado en mí tanto gusto que no dudé en lanzarme a sus brazos para así mantenernos cerca por largo rato. Luego, papá plantó un sonoro beso en mi frente y hubo de apretujar mis mejillas. 


—Ah, es cierto, ya no me acordaba, papá. —dije y bajé de su regazo. Fui hasta mi escritorio en busca de un regalo que le había preparado desde hacía días. Él me miraba expectante. 


—¡Pero mira nada más! —Papá sonreía gustoso por el dibujo que le había dado. Sus palabras provocaron en mí, una gran satisfacción, la necesaria como para sentirme importante. Contempló cada detalle y luego, tras dejar el dibujo sobre la cama, me aseguró—: Es el dibujo más bonito que he visto, gracias Abel. 


Sonreí, orgulloso. En aquel tiempo, siempre consideré el arte de mis dibujos de lo más pésimo, no había día en que me comparara con el trabajo de alguien más. Aquel pensamiento negativo lo llevé conmigo hasta que años después, entendí la importancia de valorar lo que era capaz de hacer. Si existía una persona con el poder de sabotearme, sin duda era yo. 


—¿Te gusta? —pregunté, risueño.


Papá asintió y revolvió mi pelo.


—Se suponía que este te lo iba a entregar enfrente de mis abuelitos y mi tía —dije volviendo a tomar el dibujo—. Así que para cuando te lo dé de nuevo, finge que es la primera vez que lo ves, ¿de acuerdo?


—Está bien.


Papá volvió a tomarme entre sus brazos y me tiró a la cama, provocando en mi estómago las más horrorosas cosquillas. Mis carcajadas fueron tanto en aumento que mamá se acercó a nosotros a ver cuál era el motivo por el que estábamos tardando en bajar, pues ya nos esperaban. Se apoyó en el umbral de la puerta, y negó repetidas veces con la cabeza, tratando de ocultar la sonrisa que se dibujaba en sus labios. Papá se alejó un poco de mí y se volvió a mamá con la clara intención de hacerla entrar en nuestro pequeño juego. De pronto, dejé de ser el centro de atención de ambos y pasé a convertirme en mero espectador.  El modo en que mis padres se sonreían y se miraban a los ojos, con tanto amor y dulzura, me dejó perplejo. Y entonces, cuando menos lo esperé, se dieron un beso. 


Mamá se giró en mi dirección y rió en cuanto me vio, para luego abrazarme, tan fuerte que restregó sus mejillas con las mías. 


—Ustedes me quieren, ¿verdad? —Solté de repente. Mi pregunta hubo de tomarlos tanto de sorpresa que, no se resistieron a reír mientras me miraban con el mismo amor que se profesaban. 


—Por supuesto que sí, Abel —aseguró papá y lo siguiente que hizo fue pellizcar mi nariz.


—¿Por qué la pregunta? —mamá quiso saber—. ¿Que no se nota? 


—Sí, pero quería que me lo dijeran. —Reí y me acomodé mejor entre sus regazos—. Es que me da miedo que dejen de hacerlo algún día. 


Sabía del caso de un compañerito que había perdido a su papá y la sola idea de pensar que en algún momento yo podría pasar por lo mismo, me aterraba de sobremanera. Y entonces, con los brazos enroscados en el cuello de mamá y la cara apoyada en su pecho, le escuché decir:


—Abel, escucha bien. No importa qué pase, nosotros siempre te vamos a amar muchísimo. Eres nuestro más grande tesoro y por nada del mundo te dejaremos. Eres muy importante para nuestras vidas. 


Sonreí. 


—Bueno, pues ya que me aman tanto, que sepan que ¡yo también los amo mucho! —dije y me aparté un tanto para brincar en la cama—. Y no amaré a nadie más que no sea a ustedes, ya verán.


—Abel. —Papá me tomó de los brazos con cuidado y me acercó a él. Acarició mi mejilla y me hizo levantar la cabeza—. En  unos años verás que eso no será así.


Reí porque no le creía nada. ¿A quién iba a amar más que no fuera a ellos? Si para mí, lo eran todo. 


Desde el inicio crecí con la idea que mis padres eran el uno para el otro. Pero me equivoqué, qué iluso fui. La hermosa familia que alguna vez fuimos, de la noche a la mañana se derrumbó. 


Y lo peor fue saber por qué.