Prólogo
Las estrellas no deberían temer a la oscuridad… pero esta vez, una de ellas había caído.
El cielo alguna vez había sido un paraíso, y como todo paraíso tiene sus tentadores buscando una manera de expulsarte.
Años habían pasado desde que recordaban cómo era el cielo. No les importaba olvidarlo, ahora estaban en Aureon.
Bajo el resplandor del Gran Sol Emperador y la gracia de la Gran Luna Emperatriz de Luminaria, las lejanas estrellas deslumbraban el firmamento con su luz y la tierra con su presencia.
Su historia volvió a iniciar gracias a estas divinidades que no podían concebir.
Azareth y Aurielle desesperados por una bendición alzaron sus miradas más allá de su imperio y extendieron un llamado al cielo. Desde el cosmos, una estrella les respondió.
Ante ellos, apareció un joven de presencia imponente, con el semblante de un guerrero pero los ojos más nobles que hubieran visto. El brillo plateado de su mirada pesaba con pena. Sin embargo, este joven no era la estrella recién nacida que esperaban. Él era un alma que ya había vivido.
A la Gran Luna Aurielle no le importó esto y lo acogió con ternura, sintiendo en su esencia la nostalgia de siglos pasados. Cuando el Gran Sol vio cómo el joven se aferraba a ella con la desesperación de un niño perdido, supo que aquella estrella necesitaba un hogar. Azareth estaba dispuesto a llevarlo, quería guiarlo fuera del Jardín de las Estrellas para entregarle su nueva vida pero él se negó. Su boca pronunciaba palabras nunca antes dichas en Aureon con una desesperación dolorosa. Sus ojos se movían frenéticos de un lado a otro, buscando algo.
Los gobernantes no entendían su actuar hasta que el hechizo de invocación se activó de nuevo sin que nadie lo ordenara… Sin un nombre que llamara.
Entonces allí, envuelta entre el polvo estelar, iluminada por el amanecer, apareció ella. Una mujer de belleza etérea cuyos ojos de plata reflejaban un vacío insondable.
Se tambaleó al llegar, como si sus propias sombras la consumieran y en un parpadeo, su figura adulta se desmoronó. Se convirtió en una niña de seis años, que cayó de rodillas y rompió en un agonizante llanto.
El joven príncipe se lanzó hacia ella con el alma desgarrada, llamándola con voz temblorosa, llena de incredulidad y esperanza.
—Xīng xīn.
Ella se aferró a él, gimiendo entre sollozos una única palabra.
—Dàgē…
La Gran Luna sintió un escalofrío recorriendo su piel. No sabía de qué mundo venían aquellas almas… Pero podía ver la verdad en sus ojos. Su mundo no había sido amable con ellos.
Así, con lágrimas silenciosas, Aurielle los abrazó y su esposo los acompañó cubriendolos con su capa. Los nuevos padres prometieron en su interior que, sin importar de dónde vinieran o qué les depare el destino, nunca más estarían solos.
Pero las estrellas, incluso en el firmamento, no están a salvo del dolor.
Los hermanos crecieron juntos. Nuevo idioma, nueva vida y nuevas habilidades. Los lazos que los unían se fortalecieron y crecieron para resplandecer en el imperio colmados de amor. Habían pasado siglos y la pequeña ya no era una niña, lo que punzó el sensible corazón de la Gran Luna.
Los cuatro miembros imperiales se reunieron de nuevo en el Jardín de las Estrellas. Bajo el ritual, dos estrellas atendieron el llamado. Rodeando a sus padres, los hermanos vieron a sus nuevas hermanas reposando en sus brazos y no pudieron evitar suspirar de ternura cuando vieron al cosmos reflejarse en los ojos de ambas. Alanna y Clarisse.
Los príncipes mayores, conocidos como los Gemelos Imperiales trascendieron más allá de sus apariencias. Mentes agudas, modales refinados y lenguas afiladas. Un depredador político y una guerrera audaz que fueron elevados a la divinidad. Con el tiempo, las princesas menores alcanzaron a los mayores, refinamiento y creatividad. Una erudita y una artista que robaron los corazones del pueblo sin problema.
Nunca importaron las guerras, Luminaria prevalecía. Con la primera princesa como la Gran General, el imperio se extendió por dos continentes. Todo era armonía hasta que algo en el interior de La Torre Celestial se quebró.
Un día, el príncipe desapareció.
La Torre Celestial se llenó de incertidumbre y el imperio se oscureció. La Gran Luna buscó su rastro en cada lugar al que su luz podía llegar y el Gran Sol estremeció al mundo con su furia.
Aureon se llenó del eco del nombre que la primera princesa gritaba hasta perder su voz.
—¡Mikael!
Pero él nunca volvió.
Un día, Ella apareció en el salón del trono y culpó al hombre sentando en él por la desaparición de su hermano. Una rebelión quiso alzarse pero fue aplacada con unas palabras.
—Eres su sombra, su otra mitad. Si él ya no existe, tú tampoco deberías.
La Gran Luna suplicó. Las estrellas se inclinaron buscando misericordia, pero el juicio estaba dictado.
La Estrella de la Gloria. La Gran General Imperial, fue arrojada del cielo con una mirada despiadada.
Ella cayó como una llama desgarrando la oscuridad. Su luz, su poder, su propia esencia se desmoronó en el descenso. Una joven despojada de su divinidad, una joven quebrada como cristal.
Al final de sus tiempos lo único que quedó de ella fue un cuerpo roto y un nombre borrado. Fuera de aquel templo no volvió a ser mencionada.
Y en la soledad de la noche, cuando la luna se alza entre las sombras, hay quienes juran que su luz llora. Porque una estrella cayó y no había nadie que la llamara hermana.









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