Nos volveremos a ver pronto
Carina
El viento me vuela el pelo sobre la cara. Se me queda pegado a las lágrimas que no dejan de rodar por mis mejillas. No han parado ni un segundo desde que recibimos la noticia de la muerte de papá a principios de semana.
Crucé todo el país en avión para estar aquí. Quería acompañar a mamá y a mi hermano como la familia que somos mientras amigos y desconocidos nos hablan para darle el último adiós a papá. No quiero estar aquí. No quiero escuchar a la gente hablar y reír.
Nadie dice lo que uno necesita escuchar.
Sé que eso es justo lo que va a pasar cuando una mujer que no conozco se me acerca. Me limpio la cara rápido y le doy la mano cuando me la ofrece. Ella me da unas palmaditas en el hombro con la otra mano. Suelta un montón de palabras que, sin duda, intentan consolarme.
Pero no la escucho. Solo asiento.
Ni siquiera me esfuerzo por fingir una sonrisa. Solo asiento.
Ella sigue adelante y hace lo mismo con mamá, que está a mi lado. Pero mamá ni le da la mano ni reconoce su presencia. La mujer se limita a sonreír suavemente y se aleja al no recibir ninguna reacción.
—¿Quién era ella? —logro susurrar con el nudo que tengo en la garganta.
—No sé.
Es todo lo que mamá responde antes de suspirar y sentarse. No le importa que los demás estén haciendo fila para darnos el pésame.
Saúl da un paso al frente y les dice a todos que, por ahora, nos gustaría estar a solas.
—Gracias —murmuro.
—Creo que mi mamá ya tuvo suficiente. Deberíamos llevarla a casa.
Lo miro y asiento. Se parece tanto a papá que solo le faltaría un bigote espeso y algunas canas para engañarnos a todos.
—No quiero ir a casa —protesta mamá a mi lado, sacando su abanico y agitándolo frente a ella.
Levanto una ceja. Intento no hacer ningún chiste sobre lo ridícula que se ve abanicándose con este viento que no me deja quitarme el pelo de la cara.
—Mamá, no podemos quedarnos aquí todo el día —susurra Saúl.
—La casa no es un hogar sin Javier.
No, la casa ya no se siente igual, ¿pero qué más se supone que hagamos?
Saúl me mira y se encoge de hombros. —Lo intentamos.
Trago saliva con la nariz dilatada. En parte agradezco que todavía no vayamos a casa. No creo que pueda soportarlo aún. La oficina de papá, su sillón favorito, su taza de café y el olor de su colonia son recordatorios constantes de que estaba ahí, pero ya no más.
Una brisa fría me golpea la mejilla y mantengo los dientes apretados para que no me tiriten. No le dicen "la ciudad de los vientos" por nada.
Observo a la gente acercarse al ataúd. Veo cómo ponen flores encima. Algunos lloran, otros sonríen, algunos solo tocan la madera. Saludo con la cabeza a los parientes lejanos que pasan, pero me niego a levantarme y unirme a las conversaciones.
No quiero hablar con nadie, y mucho menos fingir que estoy bien.
Papá se ha ido. No hay nada en el mundo que pueda llenar el vacío que dejó su ausencia.
—Ay, no —susurra mamá a mi lado, estirando la mano para agarrarme del brazo.
Se me clavan sus uñas y trato de que no se note el dolor mientras la miro. —¿Qué pasa?
Ella levanta la cabeza y señala hacia adelante con la barbilla.
Sigo su mirada y noto a un hombre alto, muy musculoso, que se nos acerca.
Saúl refunfuña algo entre dientes y se pone frente a mamá y a mí. —Queremos que nos dejen solos por ahora.
El hombre ladea la cabeza, levanta una ceja y luego le lanza una mirada a mamá.
—Déjalo —susurra ella.
Me giro hacia ella. —¿Conoces a este hombre?
—Desgraciadamente —dice ella mientras se pone de pie, cruzando los brazos sobre su estómago.
—Estela, vine a dar mis respetos. Tu esposo era muy... importante para mí.
A mamá le tiemblan los labios, como si intentara ocultar un gesto de desprecio. —No creo que él te quisiera aquí.
El hombre sonríe, mostrando una hilera de dientes blancos perfectos. Un hoyuelo encantador aparece en su mejilla izquierda, suavizando su aspecto severo.
Juguetea con los puños de su chaqueta y se acomoda los hombros. —Tu esposo y yo éramos muy buenos amigos.
Mamá suelta una risa burlona. —¿Amigos? Solo estás aquí porque quiero mantener a mi familia a salvo. Eres una mierda.
—¡Mamá! —No puedo evitar intervenir. Nunca en mi vida la había oído decir una mala palabra y me avergüenza que hable así.
En ese momento, el hombre decide mirarme y, Dios, desearía poder esconderme. Me pongo tensa bajo su mirada. Sus ojos marrones intensos cargan con el peso del conocimiento y la experiencia. Tiene cejas gruesas y dominantes que se fruncen mientras inclina la cabeza. —Tú debes ser Carina.
El corazón me late tan fuerte en el pecho que miro a mi alrededor para ver si alguien más lo escucha. Es como si no pudiera evitar responderle; emana tanta autoridad que el ambiente se siente pesado. —Sí.
Su sonrisa se ensancha y me recorre un escalofrío por la espalda. Su cabello negro azabache está peinado hacia atrás con una precisión impecable que combina con su traje negro a la medida. Parece que el viento ni lo toca. Me estremezco.
Sus ojos recorren mi rostro y se detienen en mi pecho antes de volver a mirarme a los ojos. Agarro mi chaqueta y me la aprieto mientras pongo cara de pocos amigos. Es inquietante la forma en que me mira, la forma en que me estudia.
Él responde con una sonrisa aún más amplia, poniéndome más nerviosa. —Nos volveremos a ver pronto.
Su voz es de un tenor profundo y ronco que a veces la hace difícil de entender. Se me pone la piel de gallina al escucharlo.
—¿Qué carajos te pasa, hombre? ¿Quién eres? —Saúl frunce el ceño e intenta ponerse entre nosotros, pero mamá lo detiene.
—No, Saúl. Deja al hombre en paz.
Saúl mira a mamá confundido, levantando los hombros como si le ofendiera su petición.
El hombre no me quita los ojos de encima. Se mete las manos en los bolsillos, pero no tan rápido como para que yo no note los tatuajes que tiene en los dedos y las muñecas.
—Lamento tu pérdida, Carina —me dice él, ignorando por completo a Saúl.
La forma en que pronuncia mi nombre me obliga a apretar los labios. Es como si lo hubiera dicho un millón de veces, como si me conociera de toda la vida.
Mamá resopla y sacude la cabeza. —¿Es todo lo que viniste a decir?
Él me mira un momento más y parece que le cuesta apartar la vista. —Así es.
—Entonces vete.
Se me seca la boca. Dos hombres han estado a su lado todo el tiempo que ha estado hablando con nosotros. Es obvio que van armados, y más obvio aún que saben usar esas armas. Mamá eligió un momento muy raro para ser tan grosera.
Me guardo el regaño.
El hombre inclina la cabeza ante mamá y me lanza una sonrisa antes de darse la vuelta para irse. Va a mitad de camino hacia su coche cuando les dice algo a los hombres que lo acompañan. Ambos se giran para mirarme, con los ojos muy abiertos y las cejas levantadas por la curiosidad.
Tiemblo.
Me giro hacia mamá. —¿Quién es él?
Ella me mira con lágrimas en los ojos. —Pronto lo sabrás.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Amaba a tu padre, pero esto es algo que no he podido perdonar. Lo siento, mija, pero no puedo decírtelo. Es algo entre tú y él.
Saúl sacude la cabeza. —¿Qué?
Pienso lo mismo, ¿de qué está hablando? Estoy demasiado alterada para pedir más información. Espero que si ignoro a ese hombre, pueda fingir que no existe.
Mamá suspira. —Ya estoy lista para irme.
Le echo un último vistazo al cementerio y miro el ataúd una vez más. Aunque el cuerpo de papá está ahí dentro, sé que no es realmente él. Solo es su cuerpo.
En el momento en que una persona muere y su alma se va, el cuerpo me resulta desconocido. Ver cómo la luz abandona sus ojos es inquietante, y todavía no me acostumbro, ni siquiera después de la residencia y de ejercer mi profesión.
Elegí ser doctora para seguir los pasos de papá, pero espero nunca ver la muerte como algo común y corriente.
Nos alejamos de todos sin intentar despedirnos. De alguna manera logramos llegar a mi coche sin que nadie nos detenga. El tío Fer aceptó encargarse de todos los arreglos del funeral para que Saúl y yo podamos llevar a mamá a casa sin preocuparnos por eso.
Me siento al volante mientras mamá y Saúl se acomodan atrás. No hemos comido desde esta mañana, pero no me pasa la comida. Aun así, pregunto: —¿Quieren que pasemos por algo de comer?
—Ni siquiera puedo pensar en comer —susurra mamá.
La observo por el espejo retrovisor. Saúl la rodea con el brazo y deja que ella apoye la cabeza en su hombro.
Ella cierra los ojos y yo aprieto el volante. Tengo miedo de la vida ahora que papá ya no está.
Tengo miedo de la vida ahora que ese hombre, al parecer, ya forma parte de ella.
(1) No sé.
(2) Déjalo.
(3) Eres una mierda.
(4) Mija – Término de cariño equivalente a "hija mía" o "cariño".