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— Año 2017 —
La pantalla del televisor lanzaba destellos azulados en la oscuridad tenue de la habitación. Takemichi estaba echado en su futón, con una mano sosteniendo una bolsa de papas fritas casi vacía y la mirada fija, pero apagada. El noticiero interrumpía la monotonía de su tarde sin sentido.
—La disputa entre la Tokyo Manji Gang se intensifica en la ciudad. Recientemente, ciudadanos inocentes han sido víctimas colaterales de esta guerra interna.
Takemichi metió otra fritura a su boca, masticando con desinterés. Su vida se había reducido a eso: comer, dormir y sobrevivir, día tras día, como si fuera invisible.
—No puede ser... ¿o sí? —murmuró sin convicción, sintiendo una ligera punzada de incomodidad en el pecho.
—Entre las víctimas fatales se encuentran dos personas: Tachibana Naoto, de 25 años... y Tachibana Hinata.
El crujido de la fritura se detuvo en su boca. Sintió cómo el aire se volvía más denso. El nombre se repitió en su cabeza una y otra vez.
Hinata.
Su corazón latió con fuerza. Su estómago se revolvió. Esa voz del televisor acababa de arrancar algo de su interior. Se incorporó lentamente, como si su cuerpo se negara a aceptar lo que acababa de escuchar.
—No... no puede ser...
Hinata.La única persona que había amado de verdad. Su primer y única novia. Aquella que le había dado luz en los días más oscuros de su adolescencia. Y ahora estaba... muerta.
Una punzada le atravesó el pecho, tan intensa que se llevó una mano al corazón.
Ella había sido lo mejor de su juventud, pero por miedo, por cobardía, él mismo la había dejado atrás. Creyó que no merecía estar a su lado. Se convenció de que ella merecía un futuro sin él, sin su sombra de pandillero frustrado. La abandonó... y ahora ya no había marcha atrás.
Takemichi bajó la cabeza, tragando saliva con dificultad.
Después de graduarse, se había alejado de todos: de Hinata, de sus antiguos amigos, incluso de su propia familia. No recordaba la última vez que había hablado con su hermana menor. Su madre ya no mencionaba su nombre, y él... él prefería no preguntar. No por desinterés, sino por la misma culpa que lo devoraba por dentro.
Pero ahora, ese abandono se sentía como una herida abierta. Su hermana... ¿estaría bien? Ella también había estado relacionada con Touman en el pasado. Cuando la pandilla aún tenía un propósito. Cuando aún creían que podían proteger algo.
Pero ahora... la Toman ya no era lo que él conoció. Se había convertido en una organización criminal. Peligrosa. Sangrienta.
El corazón de Takemichi latía con fuerza. Su mente corría en mil direcciones. Tenía que encontrarla, tenía que saber si estaba viva. Lo único que recordaba con claridad era que, desde niña, su hermana había soñado con abrir una escuela de baile. Amaba el ballet. Su madre la apoyó como pudo, inscribiéndola en una pequeña academia.
Recordó cómo ella llegaba emocionada, hablando sin parar sobre cada paso nuevo que aprendía. Y él, el hermano mayor, siempre intentaba cambiar de tema. Le incomodaba su entusiasmo infantil, sus juegos de “niña”, su inocencia... y ahora se arrepentía de cada momento en que la ignoró.
—¿Qué fue lo que hice mal? —susurró, con la mirada perdida, mientras esperaba el tren en la estación.
Las luces del andén parpadearon. El murmullo de los rieles anunciaba la llegada del tren.
Y entonces, sin previo aviso, un fuerte empujón lo lanzó hacia adelante.
No tuvo tiempo de reaccionar. Sintió el peso de su cuerpo caer, el viento rugiendo en sus oídos y el suelo acercándose a toda velocidad.
En ese instante, cuando la muerte lo abrazaba, cuando todo se reducía a segundos... no pensó en nadie más que en ella.
Hinata.








