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A través del tiempo (2023)

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Sinopsis

Tras la trágica muerte de sus padres, Saúl es criado por sus abuelos y su tía Sonia. El niño desarrolla un fuerte lazo con la joven, volviéndose posesivo y sobreprotector. Gael, el único amigo que no lo había abandonado después de que su mundo se derrumbara, siempre fue testigo de ello y seguía a Saúl en todas sus disparatadas ideas. Cuando contaban con doce años de edad, la familia de Saúl se muda del pueblo abruptamente, separando a los amigos y dejando un gran vacío en ambos. Casi dos décadas después, Sonia regresa al pueblo por obligación para ocuparse de un asunto pendiente. Ahí, se reencuentra con Gael, el cual ha madurado y se ha transformado en un hombre encantador, simpático y atractivo. A medida que pasan tiempo juntos, nace una bonita amistad que más tarde florece en algo más profundo. Sin embargo, su creciente cercanía los obliga a tomar una decisión sobre su relación. Pero ese no será el único conflicto que tendrá que enfrentar Saúl… ¿Cómo reaccionará ante el inesperado amor entre su tía y su mejor amigo de la infancia? ¿Conseguirá sobreponerse a todo lo que lo atormenta alcanzando la felicidad?

Genero:
Romance
Autor/a:
Carmen Méndez
Estado:
Completado
Capítulos:
52
Rating
4.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

PRÓLOGO

20 de diciembre de 1.996

Pasaban ya de las nueve de la noche, cuando Casilda escuchó el teléfono que llevaba sonando algunos segundos, acto seguido lo descolgó teniendo un mal presentimiento.

—¿Diga?—murmuró la mujer.

—¿Estoy llamando a casa de la familia de Elena Ferrer?—la voz del interlocutor sonaba quebrada.

—Sí, es aquí, Elena es mi hija—tras un incómodo silencio, se atrevió a preguntar—¿Ocurre algo con ella?

—Señora, sé que no es la mejor manera de dar este tipo de noticias, pero…

—¿Pero qué? ¡Por favor hable ya!—Casilda levantó tanto la voz que su marido Marcial apagó enseguida el televisor y acudió a su lado.

—Señora…su hija y su yerno Héctor han tenido un accidente de coche esta tarde y…—la persona al otro lado de la línea tomó aire—Lo siento muchísimo, ambos han fallecido.

A Casilda se le resbaló el auricular de la mano y miraba a su marido con cara de pánico, al verla así, Marcial se puso al teléfono y el hombre le repitió las mismas palabras que a su esposa. La persona que los había localizado era un amigo de Héctor que vivía en Madrid, justo el mismo lugar al que habían viajado Elena y Héctor por una reunión de trabajo que tenía él.

Esa reunión era el ansiado ascenso que tanto habían esperado y el cambio de vida para ellos y su pequeño hijo Saúl de siete años de edad. Pero nada de eso sería posible ya, un conductor ebrio se interpuso en el camino de la desdichada pareja arrebatándole la vida.

En el piso de arriba jugaban ajenos a la tragedia Sonia y Saúl. La muchacha intentaba sin ningún tipo de éxito que su sobrino ordenara los juguetes que él mismo había ido desperdigando.

—Vamos Saúl, sabes que cuando terminamos de jugar, toca recoger—el niño la miraba con sus ojos azules, tan similares a los de ella y torció el gesto.

—Pero yo soy muy pequeño y necesito que me ayuden. Me canso…—Saúl la miraba de arriba abajo fijamente—Hazlo tú que eres más vieja y alta.

—¿Vieja yo?—Sonia se indignó, sólo tenía dieciséis años—¡Y tú eres un niño desobediente y grosero!—se lanzó a por él para hacerle cosquillas, conocía a la perfección el punto débil de su sobrino—¿Me vas a volver a decir vieja?—el niño lo negó mientras reía a carcajadas—¿Vas a ordenar tus juguetes?

—No—respondió con lágrimas en los ojos de tanto reír.

—Muy bien, no lo hagas—soltó al niño y lo dejó en el suelo—Pero que sepas que mañana no irás a jugar al parque con Gael, te quedarás aquí.

—¡Nooo! Yo quiero ir al parque mañana por fi Sonia, te prometo que lo recojo—el pequeño se estiró todo lo que pudo y se agarró a la sudadera de su tía.

—Vale, si lo recoges todo, te lavas los dientes y te duermes pronto, mañana iremos donde tú quieras.

—Sí...pero ¿No puedo esperar a papá y a mamá despierto? Ellos me dijeron que tendrían una sorpresa para mí cuando volvieran—Sonia le iba a responder cuando Marcial entró en la habitación.

—Hija… ¿Puedes venir un momento abajo?—ella supo que se trataba de algo serio por la cara de su padre.

—Sí, ahora bajo—se dio la vuelta hacia donde estaba Saúl—Tú haz lo que te he dicho y después vemos que hacemos.

—Sí, Sonia—el niño le dedicó una bonita sonrisa que a ella le hacía derretirse siempre.

Salió de la habitación y tras bajar un tramo de escaleras pudo ver a su madre llorando desconsoladamente mientras su padre la abrazaba.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estáis así? ¡Me estáis asustando!—Sonia se acuclilló frente a sus padres.

—Hija ha ocurrido una desgracia—Marcial fue el que habló—Han llamado por teléfono hace un rato y…—el hombre suspiró profundamente—Elena y Héctor han tenido un accidente de coche y han muerto esta tarde—Sonia se tambaleó y se cayó al suelo sin soltar las manos de sus padres.

—¡Eso no puede ser cierto! ¡Mi hermana no ha muerto!—se levantó nerviosa—¡Tiene que ser un error! Ella no…no puede estar muerta.

—Cariño, ven—Casilda se puso de pie y abrazó a su hija menor—Ojalá no fuera cierto, pero lo es—ambas lloraron abrazadas—Ahora tenemos que pensar en Saúl, tenemos que luchar y vivir por y para él, tenemos que ser fuertes por el niño…

—¡Dios, Saúl!—Sonia se echó las manos a la cabeza—¿Qué le voy a decir cuando pregunte por ellos? Él está arriba y no quiere dormirse hasta que lleguen sus padres ¡Mi pobre niño!

—Si quieres yo puedo hablar con él—se ofreció Marcial.

—No papá—Sonia se limpió las lágrimas de los ojos con la mano—Yo lo haré, él me tiene mucho apego, debo ser yo.

Tras alguna llamada más del amigo de Héctor para ampliar algo de información y saber qué hacer para traer el cuerpo de Elena hasta Alcalá del Júcar y darle sepultura, Sonia subió a la habitación donde su sobrino llevaba un rato llamándola a gritos.

—¿Por qué has tardado tanto?—el pequeño dio un puntapié al aire—Mira—abrió su boca y le mostró los dientecitos limpios a su tía—¡Mira cómo brillan!

—Ya veo—intentó mantenerse serena frente a él, pero Saúl era muy observador.

—¿Estás triste? ¿Te han castigado los abuelos? No estés triste, hablaré con ellos para que no te castiguen más—el niño saltó y abrazó a la joven—Yo siempre te voy a defender ¿Vale?

—Lo sé, cariño—dijo besando su cabecita castaña intentando contener las lágrimas—Eres un niño muy bueno ¿Lo sabías?

—Sí—respondió—Mamá me lo dice mucho cuando me porto bien.

—Saúl…tengo que decirte una cosa—ambos se sentaron en la cama del niño—Quiero que sepas que los abuelos y yo siempre vamos a estar contigo y que te queremos mucho—el pequeño observaba a su tía sin entender nada—Papá y mamá no van a poder venir al final.

—¿Por qué? ¿Tienen que quedarse más días? ¿O vienen mañana?

—No Saúl, no podrán venir porque ellos se han ido a otro lugar, y ahí no podemos ir nosotros.

—¿Se han ido a la playa entonces?—el niño se rascaba la cabeza sin comprender.

—Cariño…—se acercó aún más a él—Ellos se han ido al cielo y ya no pueden volver con nosotros.

—¿Al cielo? ¿Cómo mi perrito Bam-Bam?—Sonia asintió—Pero Bam-Bam se fue al cielo y nunca lo he vuelto a ver… Con papá y mamá… ¿Va a ser igual? ¿No los veré más?—preguntó con los ojos encharcados en lágrimas.

—No mi amor…No vamos a verlos más—Saúl se acurrucó en su pecho llorando—Pero ¿Sabes qué? Ellos a nosotros si nos pueden ver, y no querrían vernos así de tristes—los dos siguieron llorando hasta que el sueño les venció.

Días después dieron sepultura a Elena en el cementerio del pueblo. La familia de Héctor reclamó su cuerpo, no querían que sus restos descansaran en ese lugar junto a su esposa, sino en el panteón familiar de Barcelona, su lugar de nacimiento. Nunca estuvieron de acuerdo con su relación y ni siquiera preguntaron en ningún momento por Saúl, para ellos simplemente no existía.

Tras la muerte de sus padres, Saúl no volvió a ser el niño alegre y divertido que siempre había sido, siempre estaba callado y taciturno. Sus amigos del colegio dejaron de preguntarle si quería jugar con ellos ya que la respuesta era no.

El único que siempre estaba ahí era Gael, su mejor amigo, eran uña y carne desde que se conocieron en la guardería y cómplices de la mayoría de las trastadas del colegio. Gael no sabía que se sentía a no tener padres, pero a su corta edad era consciente de que, aunque Saúl no quisiera jugar con él y a veces tampoco hablar, no lo dejaría solo.


8 de Julio de 1.998

Sonia despertó desorientada como siempre, tenía un sueño muy profundo y a veces al despertar no sabía ni el día en el que estaba. Cuando por fin pudo levantarse de la cama, miró el calendario y se acordó ¡Era su cumpleaños! Ese día alcanzaba la mayoría de edad.

Vio encima de la mesa una foto que tenía de Elena y ella el día de su boda y sonrió, tenía la tonta costumbre de pensar que su hermana estaba con ella en fechas señaladas como lo era aquel día. Bajó a la cocina a desayunar y allí encontró a Casilda preparando el desayuno.

—¡Feliz cumpleaños hija!—se acercó hasta ella y la abrazó.

—Gracias mamá—besó a su madre y se sentó en la mesa de la cocina.

—¿Qué te gustaría que hiciéramos hoy?—preguntó Casilda—Podríamos ir a Albacete a pasar el día y comprar algo o quizá...—Saúl entró a la cocina bostezando y restregándose los ojos—Buenos días cariño.

—Feliz cumpleaños Sonia—el niño sacó del bolsillo de su pantalón del pijama un dibujo arrugado y se lo entregó a su tía—No es gran cosa, pero ojalá te guste.

—Todo lo que venga de ti me encanta—le dio un beso a la fuerza, Saúl hacía tiempo que se había vuelto reacio a cualquier muestra de afecto hacia su persona.

—¿Entonces qué, Sonia?—su madre llamó su atención—¿Qué hacemos hoy?

—Mamá, yo ya tengo planes con Simón—respondió un poco avergonzada.

—Hija, ese chico y tú pasáis demasiado tiempo juntos. Él es mayor que tú. No sé, no me parece apropiado que vayáis solos por ahí.

—¿Cuántas veces vamos a tener esta conversación?—Sonia se levantó de la mesa bastante molesta—Simón y yo somos novios y es normal pasar tiempo juntos y solos, y no me importan lo que piensen las cotillas de las vecinas. Nos queremos y somos felices y eso es lo que a mí me importa—se volvió a sentar cuando Casilda llevó las tostadas a la mesa.

—A ver Sonia—su hija era muy buena normalmente, pero cuando se trataba de ese chico, se trasformaba—No te estoy diciendo que lo dejes, lo único que intento decirte es que trates a otras personas también ¿Por qué no llamas a tus amigas y quedáis? Hace mucho que no las ves, desde que acabó el instituto.

—Si tengo que elegir entre Simón y ellas, gana Simón por goleada—respondió dando un mordisco a su tostada—No necesito a nadie más.

—No me gusta Simón—las dos volvieron la cara hacia el pequeño cuerpo que había pronunciado esas palabras—Te mira de una forma muy rara y cuando tú no estás delante, me dice cosas feas como niñato de mierda o que siempre seré un maldito estorbo para ti.

—¡Saúl deja de inventarte esas cosas!—Sonia, esta vez sí se levantó de la mesa y se acercó a su sobrino enfadada—Que sea la última vez que hablas así de Simón ¿Entendido?—la chica salió de allí muy enfadada.

—Cariño ¿Estás seguro de lo que dices?—Casilda se acercó más a su nieto.

—Te lo prometo. Yo lo oí mientras hablaba con otro amigo suyo—terminó de beberse su vaso de leche—Yo no quiero que se vaya con él, es un hombre malo y aunque Sonia se enfade conmigo, la voy a defender de él—el niño también se levantó de la mesa y salió fuera.

Saúl se había criado en casa de sus abuelos, cuando sus padres se casaron, no podían permitirse vivir en otro lugar y allí nació él. Siempre que sus padres viajaban, quedaba bajo la custodia de Sonia y de sus abuelos, pero normalmente era ella quién jugaba con él, le ayudaba con los deberes del colegio, lo cuidaba cuando enfermaba, y todo lo demás.

Tras la muerte de Héctor y Elena, su tía se convirtió en una madre para él, y Saúl juró que a ella nunca la iba a dejar y tampoco permitiría que nadie la hiciera sufrir, por eso no quería que siguiera viéndose con Simón.

Estaba en la plaza del pueblo cuando llegó Gael con su balón de fútbol, pero éste al ver la cara de su amigo, sabía que algo estaba tramando.

—Hola—saludó Gael mientras soplaba hacia arriba para retirarse su rubio y despeinado flequillo de los ojos.

—Hola Gael, tengo que decirte algo—comentó mientras miraba el balón—Al final no vamos a poder jugar al fútbol.

—¿Por qué?—se quejó.

—Tenemos una misión hoy, pero es secreta. Hoy tenemos que impedir que Sonia y su novio estén solos.

—¿Y por qué? Los novios hacen esas cosas, están solos y luego se van a la cama a abrazarse—Saúl lo miraba perplejo, no sabía qué significaba eso, pero parecía algo grave.

—¿Cómo sabes que los novios hacen esas cosas?—preguntó mientras se rascaba la cabeza confundido.

—Lo he visto en la tele y a veces también nacen bebés si se abrazan a menudo en la cama. A mi madre le gustan las novelas de después de comer y ahí lo he visto todo.

—No quiero que Sonia tenga un bebé por abrazarse con ese tonto… Dame—le quitó la pelota—Vamos a casa y desde ahí los seguimos.

Los dos niños entraron en la casa como torbellinos, estaban acostumbrados a las entradas y salidas de ese par. Al subir las escaleras se encontraron con Sonia y como siempre se entretuvo con ellos.

—¿Sabes Gael que hoy es el cumpleaños de Sonia?

—Sí que lo sabía—el niño rebuscó en su bolsillo y sacó una flor que había arrancado de una planta de la plaza—Toma, para ti. ¡Felicidades!

—Muchas gracias Gael, es muy bonita­—le removió el pelo con cariño—Eres muy detallista, cuando seas mayor seguro que vas a tener a todas las niñas loquitas—le sonrió y el niño se puso colorado—Me tengo que ir, sed buenos—besó la cabeza de ambos y se marchó.

Gael se quedó medio atontado, le caía muy bien Sonia y era muy cariñosa con él, no estaba muy acostumbrado a que alguien, aparte de su madre, lo tratase así.

—Gael, vamos—Saúl lo sacó de su letargo—Se nos escapan.

Unos cuantos metros por delante, iban Sonia y Simón, el chico en cuestión tenía veinticuatro años, pelo rapado, ojos oscuros y bastante corpulento, cosa que a su novia le encantaba, se dedicaba a la reparación de motos con un amigo en un taller.

—Te tengo preparado un regalo que te va a encantar, princesa.

—¿De verdad?—Sonia se sonrojó—Ya sabes que no es necesario, ya tengo el regalo que más quiero aquí conmigo—Simón la tomó por la cintura y la besó apasionadamente delante de las vecinas del pueblo.

—¡Qué vergüenza!—exclamó una mujer.

—Estos jovenzuelos de hoy en día no tienen respeto por nada—dijo otra.

—¡Contentos deben estar sus padres, pobrecitos!—habló de nuevo la primera mujer.

Sonia agachó la cabeza y aceleró el paso, mientras Simón le sacaba el dedo corazón a aquellas mujeres mientras se reía. Este gesto las ofendió muchísimo más.

—Qué asco de viejas de pueblo—murmuró él—Lo que tienen es envidia porque ellas están al borde de la muerte y nosotros tenemos toda la vida por delante. Tú ni caso princesa, que digan lo que quieran.

—Simón no digas eso, son personas chismosas, pero no malas—hubo un silencio incómodo entre los dos—Por cierto ¿Tú has hablado con Saúl alguna vez?

—Es un crío, dudo mucho que hayamos cruzado más de dos palabras alguna vez. Sabes que los niños no son lo mío, pero… ¿Por qué lo preguntas?

—Él me asegura que sí, y que no has sido muy agradable con él.

—¿Y tú te lo crees, no? ¡Vamos princesa, es un niño! Los niños mienten y se inventan cosas, querrá llamar tu atención, nada más—se paró en seco y se puso frente a ella—Jamás trataría mal a tu sobrino, sé lo importante que es para ti—le dio un rápido beso en los labios—Vamos, se nos hace tarde para mi regalo—la pareja siguió caminando calle abajo hasta el puente romano que se encontraba en la entrada del pueblo a su paso por el río Júcar.

Saúl y Gael estaban hartos de caminar y estaban algo preocupados por alejarse tanto del pueblo, al fin y al cabo, sólo tenían nueve años. El pueblo era pequeño y prácticamente todos se conocían, no deberían correr peligro. Los niños vieron a la pareja detenerse pasado el puente, y pudieron observar cómo Simón sacaba algo de su bolsillo.


—Mira hacia allí—le indicó a Sonia. Las vistas del pueblo desde esa zona eran espectaculares—Dame tu mano—ella le tendió su mano izquierda sin dejar de disfrutar de las vistas—¡Feliz cumpleaños, princesa!

—Muchas gracias—miró su muñeca izquierda y tenía una pulserita de oro, fina y con una S colgada—¡Me encanta!—se abrazó a él y lo besó.


—¡Puaj, que asco!—soltó Gael—¿Cómo les puede gustar tanto a los adultos eso? Es asqueroso—observó a su amigo que no dijo ni una sola palabra—¿Saúl?

—Vamos—le indicó—Se han metido por aquellos árboles.

Los niños se adentraron en el pequeño bosque y los perdieron por un momento de vista, pero en poco tiempo los volvieron a encontrar en actitud muy cariñosa.

—¡Mira, mira, están ahí abrazados!—exclamó Gael—¿Ves? Te lo dije, esto es lo que hacen los novios.

—Ya no se van abrazar más por hoy—sentenció Saúl—Gael, tienes que caerte y hacerte mucho daño, luego yo pediré ayuda a Sonia. Vamos, tírate por ahí­—señaló un pequeño terraplén—Di que ha sido idea tuya venir aquí.

—¿Y por qué no te tiras tú? Yo no he planeado esto.

—Porque me regañará a mí por venir hasta aquí de todas formas. Pero si tú te haces daño, no te dirá nada. Va—y sin más empujó a su amigo colina abajo.

—¡Saúúúúúúl!—gritó el pequeño mientras rodaba, cuando paró, se dio cuenta que se había clavado unas cuantas piedrecitas en la mejilla—¡Ayuda, me duele mucho!—Saúl bajó todo lo rápido que pudo y se asustó mucho cuando vio a Gael sangrar.

—¡Perdón, perdón! No quería hacerte daño de verdad. Voy a por Sonia ¿Vale?—salió disparado en su busca.

La joven pareja estaba ajena a cualquier cosa que no fueran ellos mismos o sus cuerpos… Hasta que creyó escuchar la voz de su sobrino. Se quitó de encima a Simón y se puso de pie.

—¿Saúl?—gritó al viento.

—¿Pero qué haces? Ven, sigamos con lo nuestro…—él insistió, pero ella ya no le estaba prestando atención. Pocos segundos después, llegó el niño hasta ellos llorando.

—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? ¿Qué haces aquí tan lejos?—Saúl sólo la abrazó y la mojó con su cara empapada.

—Gael se ha caído ahí detrás y tiene sangre en la cara ¡Ven corre!—ambos corrieron a donde se escuchaba el llanto de Gael, mientras Simón estaba gritando bastante enfadado.

—¡Cuándo termines de ser niñera, búscame!—y se fue de ahí dejándola sola con los niños.

Enseguida se reunieron con el pequeño que estaba sentado en el suelo con la mano en la cara llena de sangre.

—Gael tranquilo, mírame—el niño obedeció y levantó la cabeza—Tenemos que llevarte al centro de salud. Vamos—él se calmó un poco y se levantó con su ayuda—¿Quieres que te lleve en brazos o puedes caminar?

—Puedo caminar—le dio la mano a Sonia mientras que Saúl iba andando delante de ellos.

—¿Alguno de los dos me puede explicar que hacíais tan lejos de casa?

—Yo…—Saúl hizo el intento de hablar, pero su amigo lo interrumpió.

—Fue idea mía Sonia, lo siento. Él no quería venir y yo lo convencí—explicó Gael—No volveremos a venir, lo prometo.

—Eso espero, no debéis alejaros tanto del pueblo ¿Y si os pasa algo más grave de lo que ha pasado hoy?—los miró preocupada.

Ambos agacharon la cabeza y caminaron hasta el centro de salud. Mientras Saúl iba a buscar a la madre de Gael, Sonia pasó con él enseguida y le explicó la situación al médico.

—Estos niños son unos diablillos ¿Verdad?—bromeó el doctor—Habrá que darle unos cuantos puntos en la mejilla—el niño la miró aterrorizado—Pero te va a quedar una cicatriz para presumir con tus amigos la mar de chula.

—¿Esperará a que llegue su madre, no? Mi sobrino fue a buscarla, no creo que tarde.

—No puedo esperar, hay más gente esperando a ser atendida ¿Estás preparado?

—Sí—murmuró Gael muy bajito.

Mientras le daban los puntos, Sonia no soltó su mano en ningún momento. Salieron del centro médico y no había rastro ni de su sobrino ni de la madre del niño, así que, decidió llevarlo hasta su casa.

—Gracias por acompañarme y no dejarme solo—iba a entrar cuando Sonia lo detuvo.

—No es nada, tranquilo. Por cierto, Gael—se agachó hasta la altura de sus pequeños ojos dorados—Algo me dice que todo esto ha sido idea de Saúl y, me gustaría pedirte algo.

—¿El qué?—preguntó mirándola a sus llamativos ojos azules.

—No sigas a Saúl en este tipo de aventuras y si vuelve a intentar hacer algo así, detenlo ¿Me lo prometes?—Gael asintió sin decir nada—Gracias—le revolvió el pelo como hacía siempre y se marchó. En el trayecto de vuelta a casa, se cruzó con la madre de Gael, le estuvo explicando todo y se llevó a Saúl con ella.


Con el paso de los años, la relación de Sonia y Simón, tuvo muchos altibajos, él comenzó a cambiar, o quizá siempre fue así y ella no lo había notado. La presionaba para hacer cosas que Sonia no quería, como dejar a su familia para irse con él. También la engañó con otras mujeres varias veces y ella siempre lo perdonaba cuando volvía arrepentido, Simón sabía perfectamente dónde tocar para manipularla a su antojo.

Cuando tristemente Marcial falleció de un ictus, Sonia estaba destrozada y en cambio Simón no estuvo con ella ni con su familia en ningún momento, prefirió ir a divertirse a las fiestas del pueblo. Sonia se decepcionó mucho de él y empezaba a pensar que igual Simón no era su príncipe, sino más bien, su verdugo.

Un año después de la muerte de Marcial, Sonia recibió una de las peores noticias de su vida y ahí fue donde conoció al verdadero Simón.


18 de septiembre de 2.001

Sonia y su familia regresaron al pueblo después de varias semanas fuera, se la veía demacrada y cansada, pero feliz de regresar por fin. Tenía que darle una noticia a su todavía pareja, era algo duro, pero también era su única esperanza de seguir adelante, así que, fue a su casa a buscarlo.

—¡Hola!—se mostró muy efusivo, algo bastante raro en él—Pasa, no te quedes ahí mujer—Sonia entró y arrugó la nariz.

—¿Qué es ese olor? Es asqueroso.

—Bueno anoche cenaron aquí unos amigos y se nos fue un poco de las manos—rio Simón mientras llevaba unos vasos a la cocina.

—Tenemos que hablar, y esta vez, es algo serio Simón—ambos se sentaron en el sofá.

La joven le contó todo. Le dijo que tenía bastante miedo y que esperaba tenerlo a su lado en ese momento tan duro de su vida. Una vez que ella terminó de hablar, Simón se levantó y la miró.

—Si piensas que me voy a quedar contigo después de lo que me has contado, estás loca—se rio a carcajadas—Llevo años aguantando tus penas, las desgracias de tu familia y a ese puto niño que está medio chalado y nunca he dicho nada, pero ¿Esto de ahora? Lo siento princesa, pero no mereces tanto la pena—se encendió un cigarrillo y le echó el humo en la cara—Espero que vaya todo bien pero no quiero saber nada de ti.

—¿Simón?—se escuchó a lo lejos la voz de una chica—¿Qué haces? Vamos, vuelve a la cama.

—Eso que escuchas, sí que es una mujer digna de mí. Una mujer en toda la extensión de la palabra, cosa que tú nunca vas a volver a ser.

Sonia aún estaba intentado asimilar las palabras del que hasta entonces había sido su gran amor. No sólo había estado engañada, si no que, en el peor momento de su vida, se había reído de ella y la había humillado.

—Sólo te diré un par de cosas. La primera, para hablar de mi familia primero tienes que lavarte esa cloaca sucia que tienes por boca. La segunda, algún día te vas acordar de este momento y verás lo que la vida te va a deparar a partir de ahora. Y la última, todo el amor que te tenía se ha convertido en nada, te aborrezco como no te puedes imaginar.

—Mira ya me he cansado de tanta palabrería—la agarró violentamente del brazo y la sacó de su casa sin volver a mirarla.

Sonia no sabía que mal había hecho para recibir tanto castigo, eso sí, no derramó ni una sola lágrima, ni por Simón ni por nada. A partir de ese momento nacería una nueva Sonia, y para ello debía irse de Alcalá del Júcar pasase lo que pasase.

Mientras tanto en casa, Saúl y Gael estaban en el patio como siempre hablando de chicas, tenían doce años y sus hormonas estaban en rompan filas.

—Entonces ¿Qué opinas de Patricia?—Saúl hizo el gesto como si tuviera unos grandes pechos—Para mí, es la que está más buena.

—Es una niña, no sé no me gustan las niñas, son muy pesadas—respondió Gael cansado de hablar siempre del mismo tema.

—Pero… ¿A ti te gustan las tías, no?—le preguntó muy serio.

—A mí no me gustan las tías, me gustan las mujeres y punto.

—¿Quién es?­—quiso averiguar—¿La conozco?

—¡No te voy a decir quién me gusta!—Gael se puso de pie y mientras decía eso, Sonia apareció ante ellos.

—Saúl, no seas pesado, deja a Gael tranquilo—en ese momento el aludido se dio la vuelta y se puso como un tomate—¿No sois un poco jóvenes para hablar de estas cosas?

—Bueno tengo que irme, adiós—Gael salió de la casa casi corriendo muerto de la vergüenza.

—Deberías dejar de presionarlo, el chico es tímido—los dos entraron en casa.

—¿Gael, tímido? Es de todo menos tímido, créeme. Sinceramente no sé a qué ha venido lo de ahora pero bueno…—miró a su tía y se dio cuenta de que algo no andaba bien—¿Pasa algo?

—Ve a buscar a la abuela, tengo que contaros algo.

Después de llevar un rato hablando y compartir la decisión que ella había tomado, era el turno de Casilda para expresarse.

—Estás loca si piensas que vamos a dejar que te vayas sola­—la mujer estaba al tanto del grave problema que tenía su hija, cosa que Saúl aún ignoraba.

—Pero vosotros tenéis vuestra vida aquí, no tengo ningún derecho a arrastraros conmigo—se lamentó la chica.

—Nuestro sitio está donde estemos juntos, no importa dónde—sentenció Saúl

Tres días más tarde, Saúl fue a despedirse de su mejor amigo a su casa.

—No menciones ni una palabra de lo que te he contado, nos vengaremos de ese gilipollas y si yo no puedo, prométeme que tú lo harás.

—No Saúl, déjalo ya. Hazlo por Sonia, vengarse no sirve para nada.

—Pero…

—Pero nada—le dio un abrazo—Llámame a menudo ¿Vale?

—Te llamaré, recuerda que somos casi hermanos y los hermanos no se olvidan nunca—se volvieron a abrazar mientras un coche paró en la puerta.

—Vamos Saúl—Sonia se bajó para que su sobrino pudiera subir al coche de Paco, un vecino que los llevaría a la estación del tren.

—Os voy a echar mucho de menos—Gael intentó no llorar, pero fue incapaz.

—Y nosotros a ti—abrazó al chico que casi era igual de alto que ella—Eres un buen niño y serás un gran hombre—lo miró a los ojos y le sonrió—Adiós Gael, cuídate mucho.

Y mientras el coche desaparecía, Gael supo que nunca más sería el mismo de antes.

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