Parte única

Un pincel se mecía incansable sobre los débiles trazos plasmados en la tela; a cada paso de color la imagen tomaba forma, se hacía más tangible y se materializaba desde el imaginario del pintor al lienzo, como la magia más pura otorgada a los mortales.
El pintor, quien lucía imperturbable en su proceso de creación, no parpadeaba en temor a perder su concentración, estableciendo un vínculo en cada trazo; con cada toque del pincel en la tela entregaba un fragmento de sí mismo, como parte de esa magia primigenia que solo algunos podían evocar. Muchas personas viajaban desde los rincones más recónditos del mundo, tan solo para implorar al pintor que hiciera realidad alguna de sus peticiones y calmar así los sollozos de sus almas incompletas con creaciones vivas, formadas de acuarelas, vida y fragmentos de su creador.
—Cuanta suerte tiene el maestro, unas pinceladas y puede obtener la felicidad que crea.—decían ajenos varios de sus clientes, fascinados con su trabajo, añorando tener la suerte de aquel que podía crear, sin saber el precio a pagar por su don.
Aquel que pintaba sin sentirlo, con la mirada muerta, fijo en una tarea, de ojeras pronunciadas y el cuerpo consumido; había desgastado su alma cumpliendo deseos tontos, pintando amores falsos para damas acaudaladas, materializando joyas desde sus lienzos para llenar las arcas de sus clientes más avariciosos y creando mujeres ficticias sin opinión ni alma, para aquellos que llegaban a él implorando un amor que cobijara sus almas rotas.
Pero esa noche tensa y silenciosa, a diferencia de otras noches cargadas del fulgor nocturno, un brillo real cobijó los ojos cansinos del maestro; cada pincelada llevaba una súplica alojada por años en su solitario corazón, la magia destilaba del pincel a cada paso de color, se impregnaba en la tela como un brillo cósmico y cargaba latidos de anhelo de aquel que jamás se había detenido a materializar con su magia lo que deseaba.
—Que ella me ame, que ella me ame—susurraba él pintando sin descanso aquellos labios sonrosados que anhelaba desde sus sueños; delineaba con esmero los rizos rojizos de la dama en su pintura, retocaba la fémina sonrisa dulce jamás vista por el mundo y se esmeraba en recrear los ojos ambarinos vivos en su imaginación que deseaba ver fijos en él.
Por leves momentos el estudio envuelto en sombras fue cuna de las más bellas luces; los destellos del pincel danzaban como estrellas en el aire, se aferraban a los colores que les hacían nacer y se mezclaban ante el deseo de su creador, quien no tenía ojos más que para aquella mujer, etérea, lejana y perfecta evocada desde su imaginación, que le miraba aún inerte desde el lienzo de luz, bañada por el universo que fluía tras las lágrimas desesperadas de su creador.
En la mañana el cuerpo del pintor se encontraba recostado en el suelo, con los dedos manchados de pintura seca y los labios pálidos, esos que jamás besaron a otro mortal en vida. Descansaba inmutable y frío, a escasos centímetros del caballete donde reposaba su reciente lienzo, entregado para siempre al sueño inmortal del cual no existe regreso.
Una joven de rizada melena rojiza permanecía de pie a su lado, le contenía con un brillo melancólico y compasivo en sus ojos ambarinos y en un movimiento medido y suave acarició los risos dorados ya fríos que le dieron vida; unas cuantas lágrimas de acuarela se escaparon de sus ojos, atraídas por la gravedad, derramándose sobre la piel pálida de “su pintor”, apagando su brillo al tocarlo.
—Descansa, cariño mío.—susurró la dama antes de irse, contemplando por última vez la silueta de su creador y entregando el primer y único beso cargado con el rosa de sus labios.
La magia abandonó el lugar una vez las puertas del estudio se cerraron; dejando atrás los bocetos que jamás serían trabajados, abandonando los tarros de pintura destinados a secarse y al pintor impasible e inerte, que entregó en su último deseo el fragmento final de su alma.
