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EL INSOMNE Y OTROS ESPANTOS

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Sinopsis

Un hombre que no puede dormir y se va para un bar, donde encuentra una sorpresa que lo marcará para siempre; unos niños que descubren por accidente quiénes son su hermano paterno y su papá; una mujer que despide por su piel el olor del diablo... Éstas son las historias que te ofrezco ahora en este único volumen para que no te sientas tan solo, o tan sola, con tus propios temores. ¡Buen provecho!

Estado:
Completado
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El insomne

EL INSOMNE

©️ Carlos Trujillo Morales

No podía dormir. Era la octava vez que cambiaba el dial de su pequeña Sony. Los continuos jalones de aire, frío y turbio, en sus pulmones nada podían contra la revoltura de sus nervios de paloma. Se encontraba acorralado por una fuerza sombría sin sustantivo posible, de las que a veces, siempre en cualquier lugar cerrado y solitario, se perciben sin siquiera entender por qué, de dónde, y en el momento menos sospechado te soplan, te dan un mal golpe o te agarran la garganta, y al tratar de liberarte, has notado que esos dedos deformes tienen unas garras que ni las de un tigre. ¡Bueno, algo así! En fin, que el escaparate te grita Coge este pullover, estas mismas sandalias, cualquier pantalón aunque no esté lavado Ah la billetera y asegúrate que esté cargada ¡vaya, para que aunque sea te puedas comprar un refresco! Tú sabes que hay un bar ahí en la esquina que amanece. ¡Dale ya!

Ahí estaba el barcito. El billar con un par de muchachonas que de repente le parecieron extranjeras. Bien acompañadas por dos guapetones que no eran de la zona (a la entrada los esperan sus motos, Harley Davidson); los dependientes ("los" porque a esa hora de la madrugada como están las cosas en todo el país... atracos con muertos, heridos graves, psicóticos agresivos... No, por supuesto que no hay jovencita de tanto carácter como para prescindir de un custodio de párpados elásticos con una subametralladora, por ejemplo) se bastaban como dependientes y a la misma vez como cuidadores. Servían entonces otras latas de cerveza negra para los caballeros. Para las damas, unas veces un par de lagers, otras un jugo de limón para la seria, y naranja para la melancólica. Pancho, el insomne de este relato, después de recorrer una y otra vez la estantería, pidió una cerveza clara y enseguida tomó asiento en una mesa a la orilla del mostrador.

Bebió un sorbo y en cámara rápida aceptó que alguien le encendiera el último cigarrillo que le quedaba. "Éste es mi cigarro de la suerte" exclamó en un tono de gratitud. El rostro ensombrecido del extraño que le había acercado el mechero y que él apenas había mirado un par de segundos, le preguntó si lo podía acompañar en la mesa; Pancho de lo más contento y animado accedió con un estirón de  manos hacia la silla de enfrente y el otro, en el momento de sentarse, se lo agradeció nombrándolo por el apodo junto con sus dos apellidos. Esta voz a Pancho le resultaba completamente desconocida, aparte de lo áspera para su gusto, ¡y ultraterrenal! Esta vez lo miró con detenimiento, examinando las oscuras cuencas de sus ojos azabaches. "Temo que no te conozco. ¿Quién eres?". "He venido a recomendarte que mañana no vayas a trabajar. Eso es todo". Se retiró de la mesa dejándole caer sobre la tabla una cajetilla de Marlboro.

Esa noche al volver a su casa una hora después de que uno de los motociclistas lo invitara tomarse otras dos cervezas de la marca más cara, al caer en la cama cerró los ojos y empezó a contar ovejas y más adelante panteras negras e hipopótamos. El encuentro con aquel extraño personaje no lo dejaba dormir. "¡Por qué me habrá dicho eso?!". Trató de encontrar a dicho individuo en lo más intrincado de su memoria. No vio en qué momento se levantó de la cama. Amanecía. Puso el televisor. En la pantalla aparece el autobús de su centro laboral, con la carrocería todo estrujada y envuelto en llamaradas rojinegras. Una periodista se lo había confirmado. Se sentó en el parque más próximo para asimilar aquello. Fumaba un cigarrillo pegado al otro. Por delante de él apenas vio a un hombre que llevaba de la mano a una niña pequeña. La niña le sacudió en las narices una muñeca de ojos muy claros y de rostro nada placentero. El padre de la misma no era otro que el tipo de la noche anterior y al asustarse... Lloró de alegría al encontrar que estaba todavía tendido en su cama y que no había nadie con él en su dormitorio . Vistiéndose salió a la calle. Junto a su buró lo esperaban los brazos cruzados y la mala cara del jefe.

‒Llegas tarde el día de la auditoría... Y la guagua pasó, el chófer te pitó y tú durmiendo ‒le gritaba no como a un subordinado, sino como al hijo bobo que nunca quiso‒. Ven para que conozcas a los auditores ‒entre ellos había una mujer extremadamente delgada, rubia y pecosa.

Abajo del inmueble, en un Chrysler del 75, estaba sentada en el asiento de atrás una mujer bastante parecida a la anterior, y a su lado, recostado a ella, un niño no muy pequeño, que leía una revista de cómics, y que era idéntico a Pancho; y al volante estaba nada menos que el tipo del bar, saboreando un cigarrillo Marlboro.

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