La fragilidad de la vida
Un día de abril, luego de un atardecer, apenas comenzando la noche -según me cuentan- salí del vientre de mi madre.
¡Qué frío!
¡Qué vacío!
¿Qué es esto?
¡Regrésenme al vientre de mi madre!
¡No quiero estar afuera!
Lloré desconsoladamente por sentir aquella hostilidad alrededor mío, donde de pronto, ya no lo tenía todo, sino que mi nacimiento venía con un deber: sobrevivir.
Comenzando, con esos primeros respiros llenos de llanto y unos segundos mas tarde, que en ese momento parecieron una eternidad, recibí el consuelo del amor y calor de mi madre por medio de la lactancia.
¡Qué rico consuelo!
¡Estoy vivo!
Se siente un frío estremecedor,
pero también un calor protector,
es mi mamá...
Para describir esta vivencia de mi nacimiento, he aprovechado la experiencia de ser testigo del nacimiento de mi hijo,
me ha servido de inspiración
con algo de imaginación
y la mano en el corazón
-quiero creer-
que acaricié mis sentimientos primigenios,
tal vez, mis primeras vivencias
dentro de mi, olvidadas
pero claramente experimentadas…
Esa fragilidad de la vida cuya respuesta es
ese endurecerse,
ese instinto de supervivencia,
ese deseo de vivir innato.
He descrito la fragilidad de la vida desde los sentimientos, ahora la describiré desde la razón.
Vivimos en un planeta cuyas condiciones para la vida se desarrollaron a lo largo de millones de años, es más, es el único planeta en el universo visible donde podemos constatar vida inteligente... Al menos, hasta 2024. Hay miles de millones de planetas, algunos gaseosos con violentas tormentas de dimensiones colosales, otros eternamente gélidos, y otros rocosos con volcanes tan grandes... ¡Como la Luna misma!
¿Puedes imaginarte contemplar un entorno inhóspito con fenómenos dantescos por miles de millones de años?
Nuestra Tierra, desarrolló una atmósfera principalmente con hidrógeno y oxígeno, que le permitió retener el agua para que emergieran las primeras especies unicelulares, y de ahí, gracias a la evolución, al ciclo de la vida, o por voluntad divina, se desarrollaran desde animales microscópicos hasta los más evolucionados, incluidos los seres conscientes de sí, o sea, nosotros.
Todo eso, sin contar los millones de años de cada era geológica. Donde millones de otras especies vivieron y murieron, ahí quedan los registros fósiles como mudos testigos de vivencias ancestrales, un pasado que nos ha llevado hasta hoy.
Estamos aquí, efímeramente, como todo ser vivo, así como nacimos, estamos destinados a morir. Nuestro instinto de supervivencia teme a la muerte, y tiene que ser así, es la única forma que la naturaleza encontró para que la vida prospere a lo largo de las diversas eras de nuestro planeta. Nos estremece pensar en la muerte, y peor aun, sentirla cerca, cuando llegue nuestro momento…
Conmovidos... ¿Estaremos?
Ataque de pánico... ¿Tendremos?
Perdón a Dios... ¿Pediremos?
¡Quién sabe!, Pero uh…
¡Vaya que nos estremece!
De algo si podemos estar seguros, nadie puede evitar su propia muerte, así como no pediste cómo nacer, tampoco controlas el cómo morir. A no ser, que tengas pensamientos suicidas.
Es que acaso, ante la fragilidad de la vida, ahora como adultos:
¿No buscamos certezas en algún ser iluminado?
¿Esperanzas de vivir en algún lugar paradisíaco?
¿Trascender hacia lo divino?