Prólogo.
El eco de mis pasos resonaba con un ritmo irregular en el pasillo desierto. Cada crujido de la madera parecía amplificar el silencio opresivo que llenaba la casa. Había desobedecido las advertencias. Mi curiosidad, como siempre, me había llevado demasiado lejos.
La puerta del ala oeste, aquella que me había prohibido cruzar, estaba entreabierta. Una fina capa de polvo cubría el suelo, pero no había signos de herramientas ni andamios. En su lugar, el espacio estaba abarrotado de muebles cubiertos, estantes atestados y cajas apiladas. Todo parecía organizado con una precisión que desmentía el supuesto estado de abandono.
Un destello captó mi atención desde una estantería cercana. Me acerqué con cautela, mis dedos temblorosos al alcanzar una caja abierta. Dentro, un marco de foto asomaba entre papeles amarillentos. Al tomarlo, sentí como si el aire se volviera denso a mi alrededor.
Era mi padre.
Su imagen, relajada y sonriente, ocupaba el centro de la fotografía. A su lado, una mujer elegante con cabellos dorados le tomaba del brazo, mirándolo con ternura. Reconocía su rostro, aunque no podía ubicarlo en mis recuerdos.
“¿Qué hace una foto de mi papá aquí?”
La pregunta se repitió en mi mente mientras dejaba el marco en una mesa cercana. Intenté calmarme, pero algo dentro de mí sabía que aquella respuesta sería cualquier cosa menos simple.
Continué explorando. Otra caja, medio abierta, contenía una pila de papeles y sobres desgastados. Uno en particular destacaba, doblado múltiples veces. Al abrirlo, mis ojos recorrieron las palabras con avidez.
Mi corazón latía desbocado mientras trataba de procesar lo que estaba leyendo.
Entonces lo vi. En un estante cercano, un álbum de fotos resaltaba por su estado relativamente reciente. Al abrirlo, las primeras imágenes eran antiguas, en blanco y negro, pero a medida que avanzaba, las fotos se hacían más familiares.
Cerré el álbum de golpe, como si el acto pudiera borrar lo que había visto. Mi pecho subía y bajaba rápidamente, atrapado entre el miedo y la incredulidad. No sabía que estaba desenterrando secretos que cambiarían todo.
Cuando me giré para salir, sentí una mano firme sujetándome por la espalda. Antes de que pudiera gritar, otra mano cubrió mi boca, sofocando cualquier intento de pedir ayuda.
—Shhh... tranquila —susurró una voz baja, peligrosa, directamente en mi oído.
El mundo pareció detenerse mientras el miedo se apoderaba de mí. Mi cuerpo se tensó, inmovilizado por la fuerza que me retenía. Intenté luchar, pero el agarre era implacable. El sonido de mi respiración entrecortada resonaba en el silencio, marcando el inicio de algo que cambiaría mi vida para siempre.








