CAPITULO I







Todos los derechos reservados ©
Usted está frente a un libro de poemas. Notará que en todos se reitera una forma regular, como si el autor hubiese usado un molde para galletitas. Sucede que se trata de sonetos, una composición con ocho siglos de edad: hay catorce versos de once sílabas, divididos en dos cuartetos y dos tercetos; si se los lee en voz alta se percibe una cadencia marcada por énfasis tónicos y por la repetición de algunos sonidos finales. Esto último se llama rima. De qué hablan los poemas es otro asunto, con moldes menos claros. Digamos que cada pieza es un descargo, una interpelación. El tono se torna por momentos acusatorio; a veces se impone un inconformismo perezoso, algo banal. En general los sonetos están escritos contra el mundo que usted y yo habitamos, y del cual somos culpables. Hay lugar para la amistad, el amor y la ternura, de los cuales usted y yo también somos culpables. Las ilustraciones no son simples telones de fondo ni escenografías. Se valen por sí mismas y junto a los poemas —ajo y perejil— auspician un sabor nuevo. El autor incluye fotos propias desde la insólita portada. Esto expresa su narcisismo, y también quizá una idea de lo que puede ser una obra literaria: un dios pagano esculpido en barro crudo por un mono tiritante, a imagen y semejanza de su desamparo. a los pies de los pies de Ozymandias.






