La última canción de la luna

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Sinopsis

¿Y si tuvieras un último deseo qué pedirías? ¿Poder, riqueza o sólo la ilusión de amar y ser correspondido? Julieta, con sus días contados, pide a la luna un último deseo: encontrar el amor. La luna responde, pero a un alto costo. Despertará en otra época, en el cuerpo de otra mujer, para vivir el romance que siempre anheló. Sin embargo, cuando su cuerpo regrese al presente, todo estará a punto de cambiar. Entre canciones que trascienden el tiempo y un secreto que solo la luna conoce, Julieta descubrirá que el amor eterno tiene un precio que solo los valientes están dispuestos a pagar.

Genero:
Romance/Fantasy
Autor/a:
Monrockth
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1 Cuenta regresiva




20 de noviembre de 1987


Siempre me dijeron que la vida era un suspiro, y supongo que el mío está a punto de agotarse. Pero hay cosas que la enfermedad no puede arrebatarme: mis paseos, mis libros, y el deseo de amar, aunque el tiempo se me escape entre los dedos.


Mi vida es sencilla. La gente suele decir que vivo como una persona de 50: mis días se basan en dar largos paseos, escuchar música y leer novelas de amor. Y la verdad, no me quejo. Me gusta este ritmo pausado, disfrutar de los pequeños momentos. Aunque, claro, mis energías no siempre están de mi lado. He pasado por dos cirugías a corazón abierto, y sé que una tercera podría ser inevitable.


—Eso es todo por hoy —murmuro, cerrando mi portátil.


—¿A dónde vas, Julieta? —me grita mamá desde la cocina.


—A caminar, como siempre.


—Lleva tus llaves y ten cuidado —responde con un tono entre preocupado y resignado.


Tomo mis auriculares, meto las llaves en el bolsillo y me adentro en una nueva aventura. Mientras bajo las escaleras, me detengo un momento a contemplar la vista desde nuestro departamento. El puerto se extiende majestuoso, con los barcos llegando y las puestas de sol tiñendo el horizonte. Aunque no soy muy fan del mar, verlo todos los días me reconforta.


Respiro hondo. Es hora, me digo, y comienzo a correr al ritmo de la música.


El aire fresco roza mi rostro, y durante unos minutos, me siento libre. Pero no tarda en llegar la punzada familiar en el pecho, como un recordatorio de mis límites. Me detengo y comienzo a caminar, dejando que mi corazón recupere su ritmo.


Finalmente, llego a mi destino: una pequeña tienda de arte, mi refugio. Los colores vibrantes de las acuarelas me llenan de vida. Cada tono me evoca una emoción distinta: el amarillo me recuerda a la calidez de los abrazos de mamá, el azul al susurro del mar bajo mi ventana. Pintar no es solo un pasatiempo, es mi forma de capturar la belleza que no quiero olvidar.


—Son $2500 —dice la vendedora, mirándome con una mezcla de sorpresa e incredulidad.


Frunzo el ceño. ¿Acaso cree que no puedo pagarlo?


—Claro, aquí tiene. Gracias —respondo, sonriendo con firmeza.


Al salir, mi padre ya está esperándome en el auto, como si supiera exactamente dónde estaría. Siempre lo hace.


—Ven, mi niña bonita. Súbete, vamos a comprar algo de comer.


Guardo mis cosas en el asiento trasero, me pongo el cinturón y le pregunto:


—¿Qué vamos a comer?


—Uno de tus platillos favoritos. Ya verás.


En el camino, miro por la ventana mientras el paisaje pasa lentamente. No puedo evitar reflexionar sobre lo que significa este pequeño momento de normalidad. La vida es tan frágil, pienso. Pero en esos pequeños instantes, mientras me pierdo en los colores o en los olores de la cocina de mamá, me siento viva. No sé cuánto tiempo me quede, pero cada día que despierto es una nueva oportunidad para llenar mi mundo de recuerdos.

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