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—¿Has escuchado la leyenda de Tachibanagō?
—¿Tachibanagō? Los ancianos de ese lugar ni siquiera se molestaron en encontrar un nombre adecuado para su reino.
—¡Eso no importa! Hay una poderosa leyenda que gira en torno al bosque que rodea ese lugar.
—No me digas que crees en esas tonterías.
—Creí que podría interesarte. Es sobre un poderoso brujo capaz de brindarte poder.
El viento, cómplice de la leyenda, comienza a soplar con fuerza. Ninguno de los dos viajeros lo quiere admitir, pero el crujido de los árboles los hace temblar. Afortunadamente, pueden culpar al aire frío de la noche.
No es la mejor idea hablar sobre historias fantasiosas de brujas en medio del bosque durante la noche, pero estos chicos no son muy inteligentes.
—No existen las brujas —insiste el más miedoso—. Brujas, hombres lobo, vampiros... Todos esos cuentos son historias que inventa la gente del pueblo para que sus hijos obedezcan y se porten bien.
Repentinamente, aparece un pequeño gatito naranja justo frente a ellos, sin que lo hayan visto llegar. La oscuridad es densa, y los árboles alrededor apenas permiten que la tenue luz de la luna ilumine algo. Es lógico que no hayan visto al gato acercarse. Sin embargo, luce como un gato doméstico: está limpio, rechoncho y porta un collar con un pequeño cascabel.
—¿Qué es eso? —pregunta uno de ellos, señalando al gato con cautela.
El gato, aparentemente sin temor, se acomoda en el suelo, girando su cuerpo con elegancia y observándolos con ojos que brillan en la oscuridad, como si los estuviera evaluando.
—Debe haberse perdido —dice el más escéptico—. ¿Quién tiene un gato tan gordo por aquí?
El viento sopla nuevamente, pero esta vez parece llevar consigo un susurro bajo, casi imperceptible. El gatito mueve una oreja, como si hubiera escuchado algo, y da un paso hacia la pareja. El collar suena con un tintineo suave, interrumpiendo el silencio nocturno.
—¡Es raro! —exclama el más valiente—. ¿Por qué estaría aquí un gato a esta hora?
El viento se agita con más fuerza, y las ramas crujen como si la misma oscuridad estuviera al acecho. Los dos chicos se miran, sin atreverse a dar un paso atrás, pero sin saber qué hacer.
—No me gustan los gatos —murmura el miedoso, apartándose ligeramente.
De repente, el gato da un salto inesperado y se posa sobre una roca que sobresale en el camino. Al hacerlo, su cuerpo parece brillar fugazmente, una luz débil pero perceptible. Por un instante, ambos sienten una extraña presión en el aire.
—¿Viste eso? —susurra uno de los chicos, mirando al gato con recelo.
El gato emite un maullido suave, pero extraño, como si fuera un sonido poco natural, y sus ojos, ahora fijos en ellos, parecen brillar con una intensidad inhumana.
—Tal vez... —dice el más intrigado—, tal vez este gato no es tan ordinario. ¿Y si...?
El viento parece levantarse aún más fuerte, el crujir de los árboles se convierte en una sinfonía extraña y amenazante, y el susurro en el aire se vuelve más claro: “La oscuridad está cerca. El poder es tuyo, si lo deseas...”
En ese momento, la leyenda de Tachibanagō se hace más real que nunca.
Al otro lado del camino, en el extremo opuesto de donde se encontraba el gato, una figura alta e imponente se hace apenas visible. La escasa luz, con dificultad, les permite ver parte de su pálido rostro, pero logran distinguir un largo cabello negro. No hay nada más destacable; no se distingue ninguna prenda que resalte, excepto una larga túnica de algún color oscuro.
Los chicos tiemblan de forma evidente al percatarse de aquella presencia, temiendo que sea igual de humana que ellos.
—Hay que tener valor para venir a mi territorio y llamarme cuento —exclama una voz gruesa, cargada de coraje.
—¿Eh? ¿Tu territorio?
El gato maúlla, llamando la atención de los viajeros, aunque esta vez ya no está sobre la roca, sino que ha avanzado hasta situarse junto a un viejo letrero de madera. La imagen del gato, con su mirada penetrante y tranquila, parece desbordar el tiempo y el espacio. El letrero de madera, gastado por el paso de los años pero aún legible, refleja una mezcla de misterio y familiaridad: Tachibanagō.
—¡Marchense ahora y no haré nada contra ustedes! —grita la misteriosa figura una vez más. El suelo del bosque tiembla a medida que las palabras llenan el aire—. ¡O quédense y averigüen si realmente soy un cuento!
La figura, envuelta en sombras, observa a los intrusos con una mirada penetrante, casi palpable. El aire se vuelve denso, como si el propio bosque respirara en conjunto con ella, marcando el paso del tiempo con una quietud inquietante. Un susurro de viento agita las hojas a su alrededor, pero la amenaza sigue suspendida, como una espada afilada a punto de caer. Nadie se atreve a mover un músculo, pues saben que en este lugar, donde las leyendas cobran vida, la diferencia entre realidad y mito puede ser mucho más tenue de lo que parece.
El sonido de un ave emprendiendo vuelo es el detonante perfecto para que ambos intrusos huyan despavoridos, presas del miedo. Sus pasos resuenan frenéticamente sobre el suelo cubierto de hojas secas, mientras el bosque parece cerrarse a su alrededor, como si quisiera engullirlos.
Sin embargo, en cuanto ambos extraños se marchan, de las sombras emerge la figura del dichoso brujo.
El brujo observa con una sonrisa enigmática, sus ojos brillando con un fulgor inquietante bajo la capa de oscuridad. No parece apresurado, como si la huida de los intrusos no fuera más que un juego para él. Con un gesto lento y deliberado, levanta la mano hacia el aire, como si intentara atrapar algo invisible, y murmura unas palabras ininteligibles en un idioma antiguo. El viento parece responder a su llamado, deslizándose entre los árboles con un susurro que se convierte en un lamento lejano.
El bosque, antes tan inquieto, comienza a calmarse. Las sombras se alargan, pero no con la amenaza de antes, sino con una paz extraña, casi palpable. El brujo da un paso al frente, su silueta fusionándose con la penumbra que lo rodea. Aunque el peligro se ha desvanecido, su presencia sigue siendo una advertencia. Algo más se está gestando en ese rincón olvidado del bosque, algo que solo el tiempo revelará.
El gato naranja, ágil y sigiloso como una sombra, corre tras el brujo, sus patitas ligeras apenas dejando huella sobre el suelo cubierto de hojas. Sus ojos, grandes y brillantes, reflejan una astucia que contradice su aspecto inofensivo. Con un maullido bajo, casi como un susurro, se desliza entre los árboles, como si supiera exactamente a dónde dirigirse, como si estuviera guiando al brujo a través de las oscuras sendas del bosque.
Ambos, brujo y gato, parecen una misma entidad, una extensión del otro, unidos por un vínculo invisible que solo ellos comprenden. El gato, con su andar silencioso, parece disfrutar del caos que acaban de sembrar en las mentes de los intrusos. No es la primera vez que participan en este tipo de juegos. El gato ha sido, durante mucho tiempo, la mano invisible que acaricia las sombras y las distorsiona, sus ojos un faro de locura para aquellos que se atreven a caminar por estos senderos prohibidos.
El brujo, sin volverse, murmura algo en voz baja, una risa apenas perceptible que se pierde en el viento. El gato se detiene un momento, mirando atrás, como si asegurándose de que el terror que acaban de sembrar aún persista en el aire, antes de seguirlo con determinación.
×
—¡Meeeow! —maulla el gato en cuanto se encuentran lo suficientemente lejos del escenario donde han montado su show.
—Perdón, lo olvidé. —murmura el brujo, quitándose la túnica de encima y dejándola caer sobre el pequeño gato.
Continúa su camino, poco le importa dejar atrás al cómplice de su maldad, o eso podría parecer, pues es solo cuestión de tiempo para que un joven rubio y pálido, cubierto con la túnica que él ha dejado atrás, lo alcance. En su cabeza se destacan dos orejas esponjosas y el collar que lleva en el cuello ya no es un cascabel, sino que se trata de una pequeña turmalina.
—Baji-san, eso fue exagerado —dice el híbrido, mientras sus manos se mueven en ademanes sobreactuados—. Todo ese montaje de “no soy un cuento”, “váyanse ahora”... Creí que no te importaba la opinión de los demás.
—Gato tonto —gruñe el brujo, aguantando la risa por la pésima imitación de su acompañante—. Esto no se trata de mí, Chifuyu.
—¿Entonces?
Baji se detiene, extiende los brazos de forma amplia y señala todo a su alrededor. El viento vuelve a correr tranquilo, moviendo su largo cabello negro y alborotando las orejas de gato de Chifuyu. Los insectos nocturnos comienzan a hacer su aparición y las luciérnagas se posan alrededor del brujo.
—¡Es por esto, Chifuyu! —recalca Baji con obviedad—. Esos idiotas llevaban días vagando por el bosque. Ha sido el mismo bosque quien me ha pedido ayuda para ahuyentarlos. No respetaban la naturaleza ni a los animales. Si debo usar la leyenda que cargo sobre los hombros para defender mi hogar, entonces lo haré.
Baji vuelve a emprender el viaje de regreso a la vieja y oculta cabaña que llaman hogar, mientras Chifuyu, con ojos de admiración, lo sigue.
—Pensé que odiabas al rey.
—Lo hago, el rey y su estúpido castillo no me importan en lo más mínimo —admite—. Pero el pueblo y el bosque son otra cosa.
Chifuyu camina en silencio por un momento, procesando las palabras de Baji. A pesar de sus diferencias, no puede evitar admirar la fuerza de convicciones de su compañero. La lealtad al bosque, al lugar que le ha dado refugio y vida, es algo que no puede negar, incluso si ese mismo bosque lo ha convertido en un mito.
—Supongo que… al final, el rey tiene sus prioridades y tú tienes las tuyas —dice el híbrido, pensativo, mientras sus orejas se mueven por el viento—. Aunque no lo admitas, tienes algo de protector, ¿no?
Baji no responde inmediatamente. Sabe que Chifuyu tiene razón, pero la idea de ser un protector le parece ridícula, algo que no encaja con su naturaleza solitaria y distante. Pero al final, no puede negar lo que ha hecho por el bosque.
—No me importa ser un protector —gruñe—. Solo sé que este lugar, este bosque, me pertenece más que cualquier título real o castillo de barro. Si esos tontos no entienden eso, entonces no tienen cabida aquí.
El sonido del crujir de las hojas bajo sus pasos y el suave murmullo del viento acompañan su marcha. Las luciérnagas siguen danzando en el aire, como si la naturaleza misma los estuviera protegiendo. Chifuyu observa a su amigo, reconociendo el amor oculto en su actitud hacia el lugar.
—Supongo que, en el fondo, no es tan diferente a un cuento de hadas —dice con una ligera sonrisa—. Aunque, claro, sin el príncipe ni la princesa.
Baji lo mira de reojo, sus ojos brillando con una mezcla de burla y cansancio.
—Y sin los finales felices, gato tonto. Sin los finales felices.