Capitulo I: Un Destino
KAEL.
Desperté con el eco de una canción. Suave, cálida... como el abrazo de una madre.
—Despierta, dormilón —decía aquella voz en mis recuerdos—. El mundo no espera por nadie.
Cuando abrí los ojos, solo quedaba el silencio.
La luz de la mañana se filtraba entre las grietas de mi cabaña, proyectando sombras que se estiraban como fantasmas sobre la pared de madera agrietada. La silueta de mi madre cocinando, la figura de mi padre cruzando la puerta con su bolsa de trabajo al hombro... todo eso desapareció como niebla al sol.
Suspiré y me senté en la cama de paja, sacudiendo algunos bichos que se habían acomodado durante la noche.
—Otro día más...
Me arrastré hasta un balde de agua en la esquina y sumergí las manos. El frío me recorrió los huesos, pero me obligó a despejarme. Mientras bebía un sorbo con las manos, mi estómago gruñó con fuerza.
—Sí, sí, ya entendí el mensaje.
Había vendido casi todo para sobrevivir: las ollas de barro de madre, las botas gastadas de padre... incluso el culut, ese instrumento con el que solía cantar antes de dormir. Pero cuando el hambre acecha, la elección es simple.
Hoy, sin embargo, todo eso pasaba a segundo plano.
Era mi tercera vez intentando el Frag’velkar.
Las dos primeras casi me destruyeron. Sentí fuego en la garganta, en el estómago, en cada fibra de mi ser. Pero esta vez... esta vez lo resistiré.
Si lo logro, tal vez me envíen a una de las regiones del Orbis, incluso a las más ocultas de Alyndra. Si fracaso... bueno, siempre puedo volver a ser un recolector más.
—Qué motivador —murmuré, rodando los ojos.
Salí de la cabaña y eché un vistazo al vecindario. La franja gris de Daravarth seguía igual: casas desvencijadas, niños descalzos corriendo entre callejones, el olor a pan duro mezclado con la peste de las alcantarillas.
La gente nos llamaba “los despojados”. No importaba cuánto nos esforzáramos, nunca dejaríamos de ser basura para los nobles.
Pero yo quiero más.
—Si no me apuro, me quedo sin turno... —susurré, acelerando el paso.
El Frag’velkar se realiza cada cinco años. Es mi última oportunidad antes de convertirme en polvo en alguna mina.
Por un instante, dudé.
¿Y si fallo otra vez?
Sentí el ardor de la prueba recorriendo mi memoria, la sensación de fuego ardiendo en mis venas, la humillación de ver cómo los demás obtenían respuestas mientras yo quedaba en la nada.
Sacudí la cabeza.
—No. No voy a quedarme aquí.
Apreté los puños y seguí caminando, ignorando las punzadas de ansiedad en el pecho.
Fue entonces cuando noté algo extraño.
Stef no estaba.
Cada mañana nos encontrábamos, aunque fuera solo para intercambiar unas palabras. Su risa—tan escasa como una esquirla en Daravarth—siempre tenía algo cálido, algo que me recordaba a mi madre.
Pero hoy no había rastro de ella.
—¿Habrá pasado algo?
La inquietud se enroscó en mi estómago. Conocía a Stef desde que éramos niños, y sabía que su vida no era fácil. Su madre era... complicada. No lo demostraba abiertamente, pero las sombras bajo sus ojos y la forma en que elegía sus palabras siempre la delataban.
Apreté los dientes.
—Quizá deba pasar por su casa más tarde.
Por ahora, tenía que enfocarme en lo que venía. El Frag’velkar no espera a nadie, y yo tampoco pensaba dejar pasar mi única oportunidad de cambiar mi destino.
Incluso si eso significaba tragar fuego una vez más.
Los callejones de Daravarth eran como venas enfermas de un cuerpo moribundo. Oscuros, apestosos y llenos de sombras que susurraban historias que nadie quería contar. La mugre en las paredes parecía parte de su esencia, y en algunas se veían manchas secas de sangre. No me sorprendía. Aquí, en la franja gris, la miseria no era solo un estado; era una condena.
Un gruñido en mi estómago me sacó de mis pensamientos, haciéndome doblarme un poco. Hambre otra vez. Como siempre.
—Tch... qué sorpresa —murmuré, tratando de ignorarlo.
Pero antes de poder incorporarme, una mano áspera me aferró el brazo con brusquedad.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Giré la cabeza rápidamente y ahí estaba: Talek, el recaudador de impuestos. Su expresión burlona me hizo desear, por un segundo, partirle la nariz de un golpe. Detrás de él, dos guardias con armaduras gastadas me miraban con la desgana de quien ya ha visto esta escena demasiadas veces.
—Kael, chico, llegó el día —anunció Talek con su tono burlón de siempre—. La cuota del mes, ¿la tienes?
Apreté los dientes y sacudí la cabeza. Sabía que esto pasaría.
—No tengo las esquirlas aún —admití, tratando de mantener la calma—. Pero... tal vez hoy me convierta en guardia. Si eso pasa, podré pagarte lo que debo y más.
El silencio duró un segundo. Luego, Talek soltó una carcajada sonora, inclinándose hacia adelante con exageración teatral.
Los guardias detrás de él se rieron también, como si acabara de contar el chiste más ridículo del día.
—¡¿Tú, guardia?! —se burló Talek, secándose una lágrima imaginaria—. Chico, gracias. De verdad. Necesitaba un buen entretenimiento esta mañana.
Mi mandíbula se tensó. Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser.
—Mira, porque me has hecho reír, te daré un par de días más —continuó, apoyando una mano en mi hombro con fingida amabilidad—. Pero no te hagas ilusiones, Kael. Todos sabemos a dónde perteneces.
Y con un ligero empujón, me soltó, chasqueando la lengua con burla.
—Lo mejor será que vayas a las minas. Ahí es donde los tuyos terminan siempre.
No respondí. Apreté los puños, desviando la mirada mientras sentía la ira revolverse en mi pecho.
Pero, ¿qué podía hacer?
Respiré hondo. No tenía tiempo para esto. Lo importante ahora era llegar al examen. Tal vez, solo tal vez, esta vez sería diferente.
A lo lejos, vi a Izael de pie bajo un árbol seco.
Cuando me vio, relajó su postura y me saludó con una sonrisa que parecía desafiar al cansancio del mundo.
—Siempre puntual, ¿eh, Kael? —bromeó con un tono cálido.
—Más o menos... apenas logré dormir anoche —admití, sintiendo el peso del cansancio en mis hombros.
—¿Pesadillas otra vez? —preguntó, con una mirada que dejaba ver una pizca de preocupación.
Bajé la mirada.
—No exactamente... Estoy nervioso por el Frag’velkar. Pero también me pregunto si es un error. ¿Y si quedo en ridículo? ¿Y si no soy suficiente?
Izael respiró hondo, echando un vistazo a las calles alrededor, como si buscara fuerzas en algo invisible.
—Puedo entenderlo —murmuró—. Pero, Kael... a veces hay que arriesgarse. Quedarse aquí para siempre tampoco es vida.
—Lo sé, pero no es tan simple —repliqué, entrelazando los dedos con nerviosismo—. Todavía no tengo ni para comer.
Izael sonrió con un toque de ironía.
—Y aun así, estás a punto de dar un paso que podría cambiarlo todo.
Me quedé en silencio. No podía discutir contra eso.
—Por cierto —agregó de repente, como si recordara algo—. Leila preguntó por ti.
—¿Leila? —fruncí el ceño.
—Sí. Quiere saber si necesitas algo, aunque ya sabes que tampoco anda sobrada.
Leila...
Por un instante, su imagen cruzó mi mente.
Sacudí la cabeza.
—Lo agradezco, pero prefiero no ser una carga. Ya tengo bastantes problemas.
Izael suspiró, pero no insistió.
—Haz lo que quieras, pero ten cuidado, Kael —dijo finalmente—. Hoy es un día importante.
No necesitaba que me lo recordara. Lo sabía mejor que nadie.
Hoy, mi destino se definía.
Izael hizo una pausa, su mirada desviándose hacia otro callejón. Su expresión se ensombreció levemente antes de cambiar de tema.
—No he visto a Stef desde ayer. ¿Tú sabes algo de ella?
El comentario encendió una alarma en mi interior.
—No, no la he visto... supongo que estará en su casa. Ya sabes cómo son las cosas allá.
El silencio que siguió hizo que mi tensión aumentara. No era normal que Stef desapareciera sin avisar. Me esforcé en mantener la calma, consciente de que Izael también cargaba con sus propias preocupaciones.
—Seguro solo está enferma. —Se encogió de hombros, pero su tono no era convincente.
Intentó cambiar el ambiente enseguida.
—Kael, tienes que entender que dejar fluir el Aetherial y conseguir un pacto no es algo que cualquiera logra. Así que... si no resulta, no te decepciones.
Apreté los dientes.
—Lo sé... pero no me veo toda la vida recogiendo migajas. En algún punto tengo que jugármela, ¿no?
Izael sonrió de lado, una de esas sonrisas que parecían decir “ahí está el Kael que conozco”.
—Eso suena más a mi amigo. Pero no te subas demasiado alto, podrías acabar cayendo.
Asentí, agradeciendo en silencio que fuera tan directo. De algún modo, sus palabras me aterrizaban.
—Por cierto, ¿no tenías que presentarte en la mina hoy? —preguntó, arqueando una ceja.
—Sí, pero si me quedo trabajando, perderé mi oportunidad de apuntarme al examen. Y si no voy, Osric buscará a otro y me quedaré sin sustento. —Suspiré, sintiendo la presión aumentar—. Es un dilema, Izael. Si fallo, me quedo sin nada.
—Tranquilo, señor dudas —bromeó, dándome un golpecito en la espalda—. Tengo una idea: te ayudaré a saltarte la fila en la prueba. Así acabas antes y podrás ir a la mina a hablar con Osric. Puede que todavía te dé un puesto.
Mi ceño se frunció.
—¿Crees que funcione?
Izael soltó una risa confiada.
—Si lo hacemos rápido, sí. Confía en mí. Y luego, cuando te conviertas en guardia... iremos a comer carne, ¿no?
—Carne... —musité, sintiendo un escalofrío al imaginarla. Ni siquiera recordaba su sabor.
Izael rió, y nuestras voces resonaron en los muros agrietados de Daravarth, como si se negaran a rendirse ante la desolación. Para él, un pacto era algo lejano pero no imposible; para mí, era una puerta que podría cambiarlo todo... o cerrarse ante mis narices.
¿Qué haría si fallaba?
—¿Sabías que dicen que los fragmentos puros pueden iluminar como una estrella? —comentó Izael, recogiendo un pedazo opaco del suelo y mostrándomelo.
Observé la pequeña piedra en su palma.
—He oído historias... pero también sé que la gente está dispuesta a matarse por ellos.
Izael giró el fragmento entre sus dedos, el brillo tenue reflejándose en su piel.
—Sí, supongo que sí. Aun así, imagina tener algo que todos desean. Algo capaz de transformar tu destino.
Mis ojos se quedaron fijos en aquel diminuto destello. ¿Era eso lo que yo quería? ¿Algo lo suficientemente poderoso como para cambiarlo todo?
—¿Y si al final nada cambia? —susurré, sintiendo el filo cortante de la duda—. ¿Y si todo esto es solo una fantasía?
Izael guardó el fragmento y me sonrió. Una sonrisa que decía: “No pierdas la fe”.
—Entonces, al menos lo habrás intentado.








